lunes, 27 de julio de 2009

REMENBERING KEROUAK BY WILLIAM BURROUGHS


Peter Orlovsky, Jack Kerouac y William Burroughs


Nota: El siguiente texto apareció en The Adding Machine (Collected Essays), John Calder Edit., London, 1985.
Título original: Remembering Kerouac.
Traducción: Milita Molina

Jack Kerouac era un escritor. Esto es: escribía. Muchas personas que se dicen escritores y tienen sus nombres en libros no son escritores y no pueden escribir: como un torero que hace pases sin el toro ahí. El escritor ha estado ahí o no podría escribirlo. Y yendo ahí, corre el riesgo de ser corneado por el toro. Esto es lo que entiendo por lo que los alemanes, apropiadamente, llaman “el espíritu del tiempo”. Por ejemplo, tan frágil mundo fantasma como el de la Edad del Jazz, de Fitzgerald – todos los jóvenes tristes, atardeceres con luciérnagas, sueños invernales, frágil, frágil como la foto tomada a los veintitrés años- Fitzgerald, poeta de la Edad del Jazz. Él fue ahí y lo escribió y lo trajo de vuelta para que una generación lo leyera, pero nunca encontró su propio camino de regreso. Una generación migratoria completa venía de En el camino, de Kerouac, hacia México, Tánger, Afganistán, India.

¿Qué están tratando de hacer lo escritores? Y limito el término al escritor de novelas. Están tratando de crear un universo en el que han vivido o en el que les gustaría haber vivido. Para escribirlo deben ir ahí y someterse a condiciones que pueden no haber admitido negociación. A veces, como en el caso de Fitzgerald o de Kerouac, el efecto producido por un escritor es inmediato, como si una generación hubiera estado esperando ser escrita. En otros casos, puede haber un tiempo de retraso. La ciencia ficción, por ejemplo, tiene la posibilidad de que el universo que crea resulte verdadero. En cualquier caso, al escribir un universo el escritor hace de ese universo, un universo posible.

¿Hasta qué punto los escritores son capaces de representar y representan sus escrituras en la así llamada vida real, y cuan útil es eso para su trabajo?: son cuestiones abiertas. Esto es: ¿Estás haciendo tu universo más como el universo real o estás presionando el universo real dentro del tuyo? El vencedor no gana nada*. Por ejemplo, la determinación de Hemingway de “actuar” los aspectos menos interesantes de su propia escritura y ser en realidad su personaje, creo que fue desafortunada para su escritura. De un modo simple: si un escritor insiste en ser capaz de hacer -y de hacer bien- lo que sus personajes hacen, limita el alcance de sus personajes.

Sin embargo, los escritores sacan provecho de hacer algo, incluso cuando lo hacen mal. Fui, por una corta semana, -me causa úlceras pensarlo- un bastante mal asistente de un carterista. Decidí que una semana era suficiente y que no tenía el toque, verdaderamente. Dando vueltas por los descampados de las afueras del Brooklyn con el Marinero después de un garroneo (como le llamaba a un trago) descubrimos, al final de Flatbush : “Los policías eliminarán la mierda de entre nosotros… tienes que esperarlo” Me encogí de hombros y no quería “esperar” eso, y decidí ahí mismo que iba a entregar a la policía mi ejemplar del Times, el que usaría para cubrir al Marinero cuando sacara su mano. Siempre usábamos el mismo ejemplar –decía que la gente podría tratar de leerlo y se confundiría si era de un mes viejo y eso impediría que nos miraran-. Era casi un filósofo, el Marinero era … pero una semana era suficiente antes de conseguir lo que “Tenía que esperar”.

“Aquí viene uno… luces amarillas, también”. Nos agazapamos en un terreno baldío… Al menos yo, que siempre puedo ver lo que veo como si estuviera fuera, parecía un atemorizado viajero aferrado al maletín como si pasara el estruendo de los Hell’ s Angels. Esto podría parecer cobarde: acurrucado en un terreno baldío, cuando podría haberme proporcionado la experiencia de que me den una paliza los policías flacos y petisos con la cara marcada de acné que cuidaban de ese auto en que hacían sus rondas, sus ojos marrones grabados en su cabeza. Bueno, el Marinero no quería eso y tampoco un Cazador Blanco hubiera querido un cliente allí atacado por un león.

William Burroughs y Jack kerouack

Fitzgerald le dijo una vez a Hemingway . “Los ricos son diferentes de nosotros” “Sí, tienen más dinero” Y los escritores son diferentes de usted y de mí. Ellos escriben. Nunca traerás una historia si consigues que te maten. Así, un escritor no necesita avergonzarse de esconderse en un terreno baldío o en el rincón de la habitación por unos minutos. Está ahí como escritor, no como personaje. No hay nada más inaprensible que el personaje principal de un escritor (ese personaje que el lector supone que es el propio escritor) haciendo nada menos que las cosas sobre las que escribe. Pero este personaje principal es simplemente un punto de vista interpuesto por el escritor. Este personaje principal se convierte, de hecho, en otro personaje del libro pero, en general, el más difícil de ver, porque está falseado por el escritor mismo. Es el observador del escritor, a menudo muy incómodo en su rol y no sabiendo cómo explicar su presencia. Es un objeto de sospecha para el mundo de los no escritores a menos que se arregle para incluirlos en su camino. Kerouac dice en La vanidad de Duluoz “Yo no soy” “Yo soy”, como un espía en el cuerpo de alguien simulando esos juegos amateurs, niños en el campito cercano a la Iglesia de St Rota…” Cuando lo conocí, en 1944, Jack Kerouac sabía de escritura. Tenía 21 años. Ya había escrito un millón de palabras y estaba completamente dedicado a lo que había elegido. Fue Kerouac el que se mantuvo ahí diciéndome que debería escribir, y llamó al libro que escribí Almuerzo desnudo. No había escrito nada desde la escuela secundaria y no me pensaba a mí mismo como escritor y así se lo dije. “No tengo talento para escribir…” “He probado algunas pocas veces, una página tal vez”. Releerla siempre me daba una sensación de fatiga y disgusto, una aversión hacia esa forma de actividad como debe experimentar una rata de laboratorio cuando elige el camino equivocado y obtiene el punzante castigo de una aguja en sus centros de displacer. Jack insistía suavemente en que yo sí tenía talento y que debería escribir un libro llamado Almuerzo desnudo. A lo que yo replicaba “No quiero escuchar nada literario”


Intentar recordar cuándo y dónde fue dicho todo esto es como intentar recordar un amontonamiento de viejos films. 1940 parecen siglos de distancia. Vi un bar en la calle 116, aquí, y la escena cinco años más tarde en otro siglo: un marinero en el bar que se tambaleaba en la entrada de Almuerzo desnudo y nos acusaba- creo que Allen Ginsberg estaba allí y John Kingsland- de hacer una referencia burlona a la Armada Suiza. Kerouac era bueno en ese tipo de situaciones ya que, básicamente, no era hostil. O fue en New Orleáns o Algiers para ser más preciso donde viví en una casa de madera por el río, o fue después, en México cerca del Lago en el parque de Chaupultepec… hay una isla allí donde cientos de buitres (zamuros en México) anidaban apáticamente. Quedé impresionado por esa vista porque siempre había admirado sus aéreos trabajos en equipo, algunos sobrevolando a pocos pies de la tierra, otros trazando círculos ascendentes, pequeñas motas negras en el cielo y cuando divisan comida se precipitan en un pozo negro.

Estamos sentados a la orilla del lago con tacos y botellas de cerveza. “Almuerzo desnudo es el único título” dijo Jack. Señalé los buitres.

“Ellos se han rendido como los viejos en San Petersburgo, Florida… ¡Salgan y agarren alguna carroña buitres haraganes!” Saqué de repente mi 45 y maté seis, en lluvia de plumas negras.

Los otros cuervos tomaron rumbo al cielo. Podía representar esto con Jack; y algunas escenas que más tarde aparecieron en Almuerzo desnudo surgen de estas representaciones. Cuando Jack vino a Tánger en 1957 había decidido usar el título y gran parte del libro ya estaba escrita. En verdad, durante todos esos años en que conocí a Kerouac no recuerdo haberlo visto nunca hostil o enojado. Recuerdo la clase de sonrisa que me brindaba en respuesta a mis reparos, al modo de un cura que sabe que tarde o temprano va a estar con Jesús: No puedes desertar del escuadrón de Shakespeare, Bill. Siendo un niño yo había querido ser un escritor. Cuando tenía 9 años escribí algo llamado Autobiografía de un lobo. Este ensayo literario temprano estaba fuertemente influido por –tan fuerte como para oler a plagio- un pequeño libro que había leído titulado La biografía de un oso pardo. Había muchas aventuras incluyendo la pérdida de su amada compañera… al final este pobre oso viejo se mete en un valle que él sabía lleno de gases venenosos , para morir. Puedo ver ahora la imagen, todo en sepia, el valle lleno de humo amarillo de nitrato y el oso caminando como un criminal resignado a la cámara de gas. Quise darle a mi lobo un giro diferente, entonces, entristecido por la pérdida de su familia entera encuentra a un oso pardo que lo mata y se lo come. Después hubo algo llamado Carl Cranbury en Egipto que en realidad nunca despegó: un cuchillo destellando en el valle oscuro. Con la velocidad de un rayo, Carl Cranbury trató de tomar la automática de acero azul. Esto fue escrito entero y penosamente a mano con gran atención en la escritura. El proceso de escritura se volvió tan penoso que no pude hacer nada más por Carl Cranbury porque la Era de la Oscuridad descendía: los años en los que quería ser algo más que un escritor. Un detective privado, un barman, un criminal. Fracasé miserablemente en todas estas profesiones, pero un escritor no está implicado en el éxito o el fracaso sino simplemente en observación y memoria. Cuando no estaba juntando material para un libro simplemente no hacía nada: nada mal para hacer una vida de eso. Kerouac lo hizo mejor que yo. No le gustaba pero lo hizo: trabajos en ferrocarriles, fábricas. Mi tiempo record de trabajo en fábrica fue de cuatro semanas. Y en verdad, tuve la distinción de ser dado de baja de una planta de defensa durante la guerra.

Tal vez Kerouac lo hizo mejor porque vio sus interludios de trabajo como un medio de comprar tiempo para escribir. Díganme cuantos libros ha escrito un escritor… En general podemos suponer diez veces esa cantidad cajoneadas o descartadas. Y voy a decir cómo pasaba él su tiempo. El escritor pasa buena parte de su tiempo solo, escribiendo. Y así es como recuerdo a Kerouac, como un escritor hablando de escritores o sentado en un rincón tranquilo con su cuaderno de notas, escribiendo a mano. Era además muy veloz con la máquina de escribir. Uno sentía que estaba escribiendo todo el tiempo, que la escritura era la única cuestión en la que pensaba. Nunca quería hacer otra cosa.




Si parece que habló más de mí mismo que de Kerouac, es porque estoy tratando de decir algo sobre el lugar particular que Kerouac tuvo en mi escritura. Como un niño, yo había abandonado la escritura, quizás incapacitado para enfrentar lo que todo escritor debe enfrentar: toda la mala literatura que tiene que hacer antes de alguna buena. Podría ser un ejercicio interesante juntar la peor literatura de algún escritor que, simplemente, muestre las presiones bajo las cuales están los escritores para escribir mal, es decir: para no escribir. Estas presiones son, simplemente, los propios condicionamientos de la infancia del escritor para pensar al Americano Protestante Blanco (en mi caso) y, en el caso de Kerouac, al Católico Francés Canadiense .Los escritores son, incluso, en cierta forma, muy poderosos. Escriben el guión para el film de lo real. Kerouac abrió un millón de cafeterías y vendió millones de pares de Levis para ambos sexos. Woodstock surgió de sus páginas. Si los escritores pudiéramos estar juntos en una unión verdaderamente bien tramada, ya tenemos el mundo establecido por las palabras. Podemos escribir nuestro propios universos y serían tan reales como una cafetería, un par de Levis o una fiesta en la Edad del Jazz. Los escritores podrían tomar el control del estudio de la realidad. Entonces, no deben pedir permiso para descubrir que ellos pueden hacer que ocurra. Kerouac entendió esto mucho antes que yo. La vida es un sueño, dijo.

Creo que mis propios registros de nacimiento, los registros de nacimiento de mi familia y de los ascendientes registrados, mis registros de atletismo en los recortes periodísticos, mi propio cuaderno de notas y mis libros publicados no son para nada reales y, mis propios sueños, no son en absoluto sueños sino productos de mi imaginación despierta… Ése es el mundo del escritor: el sueño hecho real, por un momento en el papel – casi puedes tocarlo- como los finales de El Gran Gatsby y de En el camino. Ambos expresan un sueño del que tomó posesión una generación.

La vida es un sueño en el que la misma persona puede aparecer en tiempos diversos y en distintos roles. Años antes de conocer a Kerouac, un amigo del colegio secundario y de la universidad, Kells Elvins, me repetía que yo debería escribir y que no era adecuado para hacer nada más .Cuando estaba haciendo el trabajo para graduarme en Harvard en 1938 , escribimos una historia en colaboración titulada Últimos resplandores de la caída que usé muchos años después casi textualmente en Expresso Nova. Representábamos los papeles sentados en un costado del porche de la casa blanca que rentábamos juntos. Y ése fue el nacimiento del Doctor Benway. “¿Están bien?”, gritaba, ubicándose él mismo en el primer bote salvavidas, entre las mujeres. “!Soy el doctor!”

Años después, en Tánger, Kells me dijo la verdad: “Sé que yo estoy muerto y tu también… Los escritores están todos muertos y toda la escritura es póstuma. Nosotros somos en verdad de más allá de la tumba y sin comisiones asignadas… (todo esto lo estoy escribiendo tal como lo pienso de acuerdo con la propia manera de escribir de Kerouac. Decía que la primera versión es siempre la mejor)

En 1945 o por ahí, Kerouac y yo colaboramos en una novela que nunca se publicó. Algo del material de esa obra perdida fue mas tarde usada por Jack en El pueblo y la ciudad y en La Vanidad de Duluoz. Todo ese tiempo el anónimo gris personaje de William Lee fue tomando forma: Lee que está allí tanto tiempo , el suficiente para ver y oír lo que necesita ver y oír para alguna escena o personaje que usará veinte o treinta años después en sus escritos. No, él no estaba allí como un detective privado, un barman, un granjero algodonero, un carterista, un exterminador, él estaba allí en su especificidad de escritor. No supe eso hasta después. Kerouac parecía haber nacido sabiendo. Y me dijo lo que yo ya sabía, que es la única cosa que puedes decirle a alguien.

Estoy hablando del papel que Kerouac jugó en mi escritura; el que yo jugué en la suya puede ser inferido de los enigmáticamente pomposos retratos de Hubbard Bull Lee que sin dificultad se adaptan a las escenas entre Carl y Doctor Benway en Almuerzo desnudo. Kerouac puede haber sentido que no lo incluí en mi repertorio de personajes; pero él es, por supuesto, el anónimo William Lee definido en nuestro trabajo en colaboración, un espía en el cuerpo de otra persona donde nadie sabe quién está espiando a quién. Sentado en un rincón del porche, Lee estaba allí en su especificidad de escritor. Así Doctor Benway me dijo lo que ya sabía “Soy el Doctor….”.

* Winner take nothing en el original: título de una obra de Hemingway

Tomado de:
http://laperiodicarevisiondominical.wordpress.com/

jueves, 25 de junio de 2009

Manifiesto contra la servidumbre






RAFAEL ARGULLOL


Desde hace cierto tiempo tengo la sensación -y creo no estar solo en esto- de que se me arrastra hacia una de las actitudes más envilecedoras de la libertad humana: la de elegir obligatoriamente entre dos opciones indeseables o responder, sin excusas, a dilemas engañosos. Es cierto que el maniqueísmo está alojado en una región profunda del corazón del hombre como la respuesta más inmediata a los sucesivos cercos del miedo y que todo individuo se ve tentado, en algún momento, a creer que un mundo dividido entre la pura luz y la tiniebla total es un mundo más fácil de entender y asumir; pero, si algo nos ha enseñado la historia de la cultura -a medida en que uno lee- y la propia experiencia de la vida -mientras gastamos o ganamos nuestro tiempo, según se mire-, es que la existencia transcurre precisamente entre la noche más profunda y el resplandor del mediodía, sin anclarse ni en una ni en otro. Aunque no sepamos lo que es la libertad sí podemos sentir sus efectos cuando percibimos la 'infinitud cromática' (Paul Valéry) que brota cada día entre el blanco y el negro.

A menor riqueza cromática, menor experiencia de la libertad. La sensación envilecedora a la que me refería es de este tipo, más detectable pictóricamente que conceptualmente: una escenografía repleta de palabras e imágenes como fondo de un escenario opaco y oclusivo en el que, sin saber muy bien por qué ni con qué finalidad, nos movemos todos, unos con incomodidad, otros en silencio, la mayoría sin advertir que se hallan en un escenario, iluminados por los focos que les ciegan.

Ante el miedo el hombre siempre se ha refugiado en fortalezas, tanto exteriores como espirituales, y supongo que, de analizar cada siglo de la Historia, identificaríamos las murallas y trincheras que se encontraron adecuadas en cada época. Por la misma razón el hombre ha dado lo mejor de sí mismo cuando al abrir los muros de su refugio se ha lanzado, pese a todas las dificultades, a la exploración de la existencia, a la búsqueda de colores y a la captura de matices. Al aventurarse en esta dirección un individuo o una comunidad, el miedo no desaparece -inextirpable siempre-, aunque queda provisionalmente detenido por el propio empuje de la acción, por la sobredosis de vitalidad que comportan el conocimiento y el deseo, la búsqueda y la transformación. Fuera de la fortaleza el valor de la aventura no estriba, por tanto, en la temeridad de creer que el miedo ha sido anulado porque el hombre es completamente libre, sino en la prudencia y en la audacia de poder soñar libremente sobre lo que está más allá de la línea de horizonte.

Desde el interior de la fortaleza no hay línea de horizonte. Kafka ha descrito para siempre las servidumbres que tienen lugar entre sus muros: primero se pierde aquella línea que nos permite soñar; a continuación se nubla la visión de los campos abiertos, donde jugábamos y amábamos; luego se identifica el perímetro del recinto con los muros del mundo; finalmente, construidos esos muros en nuestra propia alma, ya no necesitamos que el enemigo exterior ataque a la fortaleza porque está apostado en nuestro interior mismo. Familiarizados por completo con el espíritu de la fortaleza no hace falta que se acerquen las huestes del miedo puesto que nosotros ya somos el miedo. Y ésta es la máxima servidumbre.

Sospecho que es una fortaleza de estas características la que hemos ido construyendo, renuncia a renuncia, y ya encerrados en ella ni siquiera nos permitimos sospechar. No es necesaria la censura donde actúa la autocensura; tampoco es necesario el adversario cuando cada uno puede ser el adversario de sí mismo. Los miedos del siglo XX se guiaron por el turbulento sismógrafo de las utopías bañadas en sangre y, después, por la calma mortal de la guerra fría. Pero en lo esencial eran miedos que procedían del pasado a caballo de ideologías del pasado y por eso un Nietzsche, más vidente que profeta, pudo predecir tanto de lo que estaba por llegar. No ha habido ese visionario para el miedo del incipiente siglo XXI porque éste es un miedo procedente del futuro.

Sólo así se comprende que el zarpazo de las Torres Gemelas, por destructivo que fuera, haya sido tan significativo para el mundo y con efectos seguramente tan duraderos: golpeó desde lo 'incierto' y lo 'desconocido', surgió desde lo 'imprevisto' y lo 'inesperado'. Procedía, por tanto, del futuro y la reacción debía de ser acorde con esta súbita incertidumbre. A velocidad de vértigo el mundo ha sido instalado en la nueva fortaleza, quizá la más ambiciosa y también la más prodigiosa que se haya concebido hasta ahora porque pretende ser universal, y en su universalidad adquiere tonos metafísicos y fantasmagóricos.

A lo largo de estos meses de densa escenografía visual y verbal no he encontrado a nadie que haya definido con tanta precisión y concisión el objetivo de la nueva fortaleza como lo ha hecho Ronald Rumsfeld, secretario de Defensa de Estados Unidos y, por tanto, uno de sus indiscutibles arquitectos. Rumsfeld, en un discurso pronunciado el 9 de febrero de 2002, confesó que la actual estrategia busca una protección frente a 'lo incierto, lo desconocido, lo imprevisto, lo inesperado'; palabras textuales que, en su rotundidad, parecen adecuadas para la situación de Godot en la obra de Samuel Beckett, pero que son sorprendentes en boca de un ministro de Defensa.

Pero podemos mirarlo desde el ángulo inverso. Godot encarna la incertidumbre del mundo mientras que Rumsfeld quiere un mundo que domestique la incertidumbre. El primero es un personaje literario que, aunque sea a través de una línea sinuosa, entronca con otro personaje literario, el Prometeo de Esquilo, que sitúa al hombre rodeado de 'ciegas esperanzas'. Una humanidad en duda, pero explorando a campo abierto. Rumsfeld -involuntario poeta- sigue la estela de las fortalezas para anunciar la construcción de la más desmesurada de todas ellas.

Por asombroso que hubiera podido parecer a generaciones precedentes, el mundo se ha ajustado con inusitada docilidad a esta desmesura. Si el acto terrorista de Nueva York -desde luego, gravísimo en sí mismo- hubiera sido acotado en su abrupta particularidad desde la perspectiva de un mundo abierto y henchido de contradicciones se hubiera podido iniciar un desafío radical al terrorismo, a sus consecuencias y también a sus causas. Junto con la acción se requería la discusión. Pero se optó por la proclamación universal del Terror, un enemigo que sería en adelante omnipresente aunque asimismo, en más de un sentido, espectral. Ese enemigo cósmico, vanguardia de lo 'incierto' y lo 'desconocido', convertía en legítima la construcción de la Gran Fortaleza.

Bajo ese impulso, que impregnó la atmósfera desde el principio, no deja de ser curioso que un americano utilizara de inmediato una expresión que hemos venido aborreciendo en el transcurso de estos meses. William S. Cohen, antiguo secretario de Defensa, tituló su artículo aparecido en The Washington Post el 12 de septiembre de 2001 La guerra santa americana (American Holy War). El 'tono' estaba ya dado y pronto se escucharía por todas partes la melodía.

Casi todo lo que ha sucedido desde entonces encaja a la perfección con los engranajes kafkianos, sólo que en este caso las murallas de la fortaleza pretenden abarcar el entero planeta. Pero la cadena de la servidumbre es idéntica: perdida la visión de los paisajes exteriores -donde es posible imaginar múltiples alternativas- queda únicamente la legislación interna de la fortaleza que exige, en último término, la propia reclusión del espíritu. La aceptación de la idea -loca o, peor, 'santa'- de un terror universal comporta la asunción de una servidumbre también universal. Podemos combatir los miedos, pero como el terror es imbatible todos nos convertimos en sus siervos: desde el más miserable súbdito hasta el mismo emperador.

Esta sacralización del terror y de la guerra -simétrica al nihilismo desencadenado por los fanáticos religiosos- ha tenido efectos devastadores puesto que, al prohibir los matices, ha puesto al mundo, y sobre todo a las sociedades democráticas, ante un cul de sac del que será muy difícil escapar. Todos, en alguna medida, hemos quedado atrapados entre la amenaza terrorista y el peligro de perder nuestra soberanía en la espectral lucha, no contra este o aquel grupo de terroristas, sino contra el terror.

En este paisaje inquietante, Estados Unidos, amparado en aquella sacralización, ha cruzado un Rubicón sin precedentes en la historia, moderna o antigua, al afirmarse como única potencia imperial, con dominio sobre todo el planeta y aun, si atendemos a los planes puestos en marcha, sobre el espacio que rodea la Tierra. Naturalmente el gesto ha ido acompañado de un tan colosal incremento del presupuesto militar que, en la actualidad, éste representa la mitad de todo el gasto armamentístico del mundo. Este poder, para el cual no hay antecedentes, es, a juicio del historiador Paul Kennedy, el dato más relevante de nuestro presente.

Sin embargo, tan relevante o más, es que Estados Unidos, empeñado en una paradoja también inédita, quiera ser, simultáneamente, Imperio y Fortaleza, una potencia centrífuga con competencia universal y una potencia centrípeta agazapada en su propio miedo. Cuando Samuel P. Huntington, Francis Fukuyama y otros intelectuales norteamericanos publicaron la Carta de América y pregonaron -citando a san Agustín- la 'guerra justa' trataron evidentemente de sancionar la perspectiva del nuevo imperio, y en la misma senda se han definido muchos políticos y publicistas, despreciando toda colaboración igualitaria con el resto de los países y, en especial, con Europa. Pero, pese a tales declaraciones, el Gobierno de Estados Unidos ha sido rehén de su propia contradicción. Constantemente ha aflorado el espíritu de la fortaleza junto a la voluntad imperial. El pánico paranoico alrededor del fantasmal ántrax, la proposición de una idea tan paupérrima intelectualmente como el Eje del Mal o el siniestro espectáculo de los prisioneros de Guantánamo (y de John Walker, el traidor, con la fotografía en la que aparecía maniatado, cegado, aislado sensorialmente) forman parte de aquel espíritu. La misma guerra de Afganistán fue una extravagante mezcla de exhibición imperial y 'lucha contra la propia sombra'.

Tan desconcertante como esto es la fulminante expansión del Imperio-Fortaleza fuera de Estados Unidos, con particular énfasis cuando reconocemos la reacción de Europa, la única región del mundo con una tradición de libertad política consolidada: acatamiento, disimulo, silencio. Noticias que hubieran parecido escandalosas a finales del siglo XX se han deslizado como camufladas por nuestros medios de comunicación y nuestros parlamentos. Apenas ha habido resistencias cuando se han promulgado órdenes y decretos restrictivos de la libertad y de la justicia. O cuando se han anunciado instituciones de perversidad delirante como una Oficina de Influencia Estratégica creada por el Pentágono para 'intoxicar la prensa mundial' (20-2-2002) o cuando, en términos más domésticos, se ha sugerido que los servicios de información americanos podrían actuar en España según el nuevo convenio bilateral (6-4-2002). Incluso ha continuado esa gélida indiferencia cuando ha asomado su tétrica cabeza el monstruo que paralizó a la segunda mitad del siglo XX y el presidente Bush ha anunciado la fabricación de una suerte de bombas atómicas prêt-à-porter para arrojarlas en nada imposibles guerras venideras (pese a que, además, nos habíamos enterado, por una reciente desclasificación de cintas del Archivo Nacional, de que el presidente Nixon había querido persuadir al doctor Kissinger -Dr. Strangelove- para arrojar la bomba sobre Vietnam: 'Quiero que pienses a lo grande', 2-3-2002).

Europa, también recluida en la fortaleza, ha adoptado con triste rapidez su papel en la cadena de la servidumbre. Nuestros medios de comunicación, con raras excepciones, y nuestros gobernantes, con casi ninguna, han conducido a la 'opinión pública' hacia la aceptación de aquel reduccionismo blanquinegro que, al expulsar la multitud de los colores, merma necesariamente la libertad. Nuestra servidumbre más cruel radica en que hemos aceptado la lógica del miedo, situándolo finalmente en el lugar más recóndito de nuestra conciencia. Pero esta docilidad hacia el Imperio puede transformarse fácilmente en violencia hacia los que, movidos también nosotros por el espíritu de la fortaleza, podríamos considerar los bárbaros y secretos portadores del terror: los acechantes, los extranjeros, los inmigrantes.

Y no obstante, el principal peligro de este recién inaugurado siglo XXI no es tanto tal o cual miedo -siempre ha habido miedos y hombres libres luchando contra los miedos-, sino la sacralización del terror. Esto nos hace unánimes, esto nos hace pasivos, esto nos hace ignorantes o cómplices de lo que fingimos ignorar. La esperanza es que, sabido el nuevo peligro, seamos capaces de concebir una nueva rebeldía.

Si esto fuera un manifiesto no dudaría en acogerme a la sabiduría dura pero inconformista de Albert Camus para concluirlo: 'Je me révolte donc nous sommes'.

Rafael Argullol es escritor y filósofo.

Publicado en EL PAÍS, (España) 21 de mayo de 2002