sábado, 29 de noviembre de 2025

SEVILLA ME MATA (ROBERTO BOLAÑO)

 




SEVILLA ME MATA 

1. El título. En teoría, y sin que yo tuviera nada que ver en la elección del tema, mi conferencia debía llamarse «De dónde viene la nueva literatura latinoamericana». Si me atengo fielmente al título, la respuesta no sobrepasará los tres minutos. Venimos de la clase media o de un proletariado más o menos asentado o de familias de narcotraficantes de segunda línea que ya no desean más balazos sino respetabilidad. La palabra clave es respetabilidad. Ya lo escribió Pere Gimferrer: antaño los escritores provenían de la clase alta o de la aristocracia y al optar por la literatura optaban, al menos durante un tiempo que podía durar toda la vida o cuatro o cinco años, por el escándalo social, por la destrucción de los valores aprendidos, por la mofa y la crítica permanentes. Por el contrario, ahora, sobre todo en Latinoamérica, los escritores salen de la clase media baja o de las filas del proletariado y lo que desean, al final de la jornada, es un ligero barniz de respetabilidad. Es decir: los escritores ahora buscan el reconocimiento, pero no el reconocimiento de sus pares sino el reconocimiento de lo que se suele llamar «instancias políticas», los detentadores del poder, sea éste del signo que sea (¡a los jóvenes escritores les da lo mismo!), y, a través de éste, el reconocimiento del público, es decir la venta de libros, que hace felices a las editoriales pero que aún hace más felices a los escritores, esos escritores que saben, pues lo vivieron de niños en sus casas, lo duro que es trabajar ocho horas diarias, o nueve o diez, que fueron las horas laborables de sus padres, cuando había trabajo, además, pues peor que trabajar diez horas diarias es no poder trabajar ninguna y arrastrarse buscando una ocupación (pagada, se entiende) en el laberinto, o, más que laberinto, en el atroz crucigrama latinoamericano. Así que los jóvenes escritores están, como se suele decir, escaldados, y se dedican en cuerpo y alma a vender. Algunos utilizan más el cuerpo, otros utilizan más el alma, pero a fin de cuentas de lo que se trata es de vender. ¿Qué no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende. Por ejemplo: Macedonio Fernández no vende. Si Macedonio es uno de los tres maestros que tuvo Borges (y Borges es o debería ser el centro de nuestro canon), es lo de menos. Todo parece indicarnos que deberíamos leerlo, pero Macedonio no vende, así que ignorémoslo. Si Lamborghini no vende, se acabó Lamborghini. Wilcock sólo es conocido en Argentina y únicamente por unos pocos felices lectores. Ignoremos, por lo tanto, a Wilcock. ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre al miedo. Podríamos parecer, para alguien no advertido, figurantes de una película de mafiosos neoyorquinos hablando a cada rato de respeto. Francamente, a primera vista componemos un grupo lamentable de treintañeros y cuarentañeros y   uno que otro cincuentañero esperando a Godot, que en este caso es el Nobel, el Rulfo, el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos. 

2. La conferencia debe continuar. Espero que nadie me tome a mal mis anteriores palabras. Era broma. Lo escribí, lo dije, sin querer. A estas alturas de mi vida ya no quiero más enemigos gratuitos. Estoy aquí porque quiero enseñaros a ser hombres. No es verdad. Era broma. En realidad, me muero de envidia cuando os veo. No sólo a vosotros sino a todos los jóvenes escritores latinoamericanos. Tenéis futuro, os lo puedo asegurar. Pero no es verdad. Era broma. Ese futuro es tan gris como la dictadura castrista, como la dictadura de Stroessner, como la dictadura de Pinochet, como los innumerables gobiernos corruptos que se han sucedido uno detrás de otro en nuestra tierra. Espero que a nadie se le ocurra desafiarme a pelear. No puedo hacerlo por prescripción médica. De hecho, cuando acabe esta conferencia pienso encerrarme en mi habitación a ver películas pornográficas. ¿Que quieren que vaya a visitar la Cartuja? Ni de chiste. ¿Que quieren que vaya a un tablado flamenco? Se equivocaron, una vez más, conmigo. Yo sólo voy a un rodeo mexicano o chileno o argentino. Y una vez allí, entre el olor a bosta fresca y copihues, procedo a quedarme dormido y a soñar. 

3. La conferencia debe poner los pies en el suelo. Es verdad. Pongamos los pies en el suelo. A algunos de los escritores invitados los considero mis amigos. De ellos, por otra parte, sólo espero delicadezas hacia mi persona. A los demás no los conozco, pero a algunos los he leído y de otros tengo excelentes referencias. Por supuesto, faltan escritores sin los cuales no se entendería esta entelequia que por comodidad llamamos nueva literatura latinoamericana. Es de justicia citarlos. Comenzaré por el más difícil, un autor radical donde los haya: Daniel Sada. Y luego debo nombrar a César Aira, a Juan Villoro, a Alan Pauls, a Rodrigo Rey Rosa, a Ibsen Martínez, a Carmen Boullosa, al jovencísimo Antonio Ungar, a los chilenos Gonzalo Contreras, Pedro Lemebel, Jaime Collyer, Alberto Fuguet, a María Moreno, a Mario Bellatin, que tiene la suerte o la desgracia de ser considerado mexicano por los mexicanos y peruano por los peruanos, y así podría seguir durante un minuto más. El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos veinticinco escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos. 

4. La herencia. El tesoro que nos dejaron nuestros padres o aquellos que creímos nuestros padres putativos es lamentable. En realidad somos como niños atrapados en la mansión de un pedófilo. Alguno de ustedes dirá que es mejor estar a merced de un pedófilo que a merced de un asesino. Sí, es mejor. Pero nuestros pedófilos son también asesinos. 

Raymond Carver/Caballos en la niebla/ Si me necesitas, llamamé

 



Raymond Carver

(Clatskanie, Oregon, 1938 - Port Angeles, Washington, 1988)


(Estos dos textos, son para mí, algo especial. En alguna oportunidad, viajando en mi camioneta hacia la ciudad; vi a los caballos en la niebla. Venían en contravía por la carrtera central. Eran una media docena. Blancos, bayos y negros; poderosos y asustados, soltando vapor y sudor por los ijares; galopando en la mañana temprano. Sentí fascinacion y miedo. La niebla no permitía ver a más de 10 metros y en estas vías del Quindío; en epocas de invierno se llenan de neblina y suceden no pocos accidentes. De inmediato recordé, los cuentos de Carver, cuentos que he leido media docena de veces sin dejar de asombrarme. Estos dos cuentos en especial. Dos  cuentos que parecen uno.  Variaciones literarias sobre un mismo tema. La ruptura. La imagen central, poética, sinestésica y visual al mismo tiempo: Caballos en la niebla. el primer cuento, lleno de matices, de movimientos escénicos aparentemente ordinarios, pero de una complejidad literaria brillante y fluida. el segundo, más ligero. Más cortado en la linea del realismo burdo y minimalista de Carver; pero con un cierre inesperado en donde la poesía del escritor deslumbra. ¿Por qué escribió estas dos variaciones de un mismo tema y con finales muy diferentes?... No lo sabemos. Me arriesgo a decir, que algo muy personal influyó en esta desición y le hizo vislumbrar, en la veta dolorosa, algo que al final tenía que expresarse de alguna forma. Un acto de sanación; la perdida de la fé y el derrumbe; tal vez el miedo o la ira. Una apuesta arriesgada en lo literario (las variaciones) pero tambien, una muestra de los procesos creativos del escritor, que tiene un poema con el mismo trasunto; (seguramente nucleo y semilla de los cuentos). En el primero, el dramatismo es intenso. La desgarradura total. En el segundo, el cinismo que viene despues de la epifanía, es como una liberación. Son dos que parecen uno; como en la canción. O uno, que es la cara bruta y negra del otro. Sumados conforman, segun mi opinion, uno/(unos) de los textos más sugestivos y poderosos de la literatura norteamericana del pasado siglo. El escritor, que vivió una vida nómade, violenta y salvaje; que dio importancia vital a su poesía; alguna vez escribio:“Los poemas son pequeñas sorpresas que estallan en las manos. Un poema debe estar siempre en movimiento. Puede hacerlo en una u otra dirección: volver al pasado, proyectarse en el futuro o perder el rumbo en un sendero cubierto de hierba. Puede incluso dejar de estar en el suelo y buscar un lugar entre las estrellas. Puede surgir como una voz de ultratumba o moverse como salmón. Pero no se queda quieto. Se mueve y, aunque se desplieguen elementos extraños en su desarrollo, hay una secuenciación, una cosa llama a la otra. Y al final, reluce”. ) 

O.G.R.




Caballos en la niebla

      Estaba una noche en mi estudio cuando oí algo en el pasillo. Levanté los ojos del trabajo y vi que un sobre se deslizaba por debajo de mi puerta. Era un sobre grueso, aunque no hasta el punto de no poder pasar por debajo de la puerta. Llevaba mi nombre escrito en el anverso, y contenía una carta que se suponía me había escrito mi mujer. Digo «se suponía» porque, aunque las quejas sólo podían provenir de alguien que se hubiera pasado veintitrés años observándome en un terreno cotidiano e íntimo, las acusaciones eran terribles y absolutamente discordantes con el carácter de mi mujer. Había además un dato de importancia decisiva: no era la letra de mi mujer. Pero, si la letra no era la de mi mujer, ¿de quién era aquella letra?
       Ojalá hubiera conservado la carta; ahora podría reproducirla hasta la última coma, hasta el último e inclemente signo de admiración. Y ahora me estoy refiriendo al tono, y no sólo al contenido. Pero no la he conservado, y lo lamento. La he perdido, o se me ha traspapelado. Poco después del triste asunto que me dispongo a relatar, hice una limpieza de mi escritorio y cabe la posibilidad de que la tirase sin darme cuenta. Aunque no es propio de mí, porque normalmente no suelo tirar nada.
       En cualquier caso, tengo una memoria excelente. Puedo recordar palabra por palabra lo que leo. Mi memoria es tal que en el colegio solían premiarme por mi facilidad para recordar nombres y fechas, inventos y descubrimientos, batallas, tratados, alianzas y demás. Siempre obtenía las notas más altas en los exámenes sobre hechos, y más tarde, en el llamado «mundo real», mi memoria me ha sido de gran utilidad. Por ejemplo, si ahora me pidieran que hablara del Concilio de Trento o del Tratado de Utrecht o de Cartago, la ciudad arrasada por los romanos tras la derrota de Aníbal (las legiones romanas sembraron de sal su suelo para que de ella no quedara ni el nombre), podría hacerlo. Si me preguntaran acerca de la Guerra de los Siete Años, de la Guerra de los Treinta Años, de la Guerra de los Cien Años, o simplemente de la Primera Guerra Silesia, podría ponerme a disertar con la mayor seguridad y el mayor entusiasmo. Pueden preguntarme cualquier cosa sobre los tártaros, los papas del Renacimiento, el esplendor y la caída del Imperio otomano. Sobre la batalla de las Termopilas, la de Shiloh, o sobre los explosivos Maxim. ¿La ba-talla de Tannenberg? Nada más fácil. Los caballeros teutones mordieron el polvo ante el rey de Polonia. En Azincourt los arqueros ingleses decidieron la victoria. ¿Más ejemplos? Todo el mundo ha oído hablar de la batalla de Lepanto, el último gran combate naval dirimido entre navíos impulsados por galeotes. Esta batalla tuvo lugar en el Mediterráneo oriental en 1571, cuando la flota de los pueblos cristianos de Europa puso en fuga a las hordas árabes capitaneadas por el infame Alí Muezzin Zade, personaje aficionado a cortar con sus propias manos la nariz de sus prisioneros antes de requerir los oficios del verdugo. Pero ¿alguien recuerda que Cervantes peleó en ella y perdió la mano izquierda? Más ejemplos: las bajas francesas y rusas en Borodino fueron setenta y cinco mil en un solo día, el equivalente a las víctimas que ocasionaría el que un jumbo lleno de pasajeros se estrellara cada tres minutos desde el desayuno hasta la caída del sol. Kutuzov se replegó hacia Moscú. Napoleón se tomó un respiro, reagrupó sus tropas y continuó su avance. Entró en Moscú y ocupó el centro de la ciudad a la espera de Kutuzov, que jamás volvió a dejarse ver. El generalísimo ruso esperaba la llegada de la nieve y el hielo, que obligarían a Napoleón a iniciar su retirada hacia Francia.
       Las cosas se me quedan en la cabeza. Las recuerdo. Así que cuando digo que puedo reproducir la carta —los fragmentos que leí, que enumeran las acusaciones contra mí—, quiero decir exactamente lo que digo.
       La carta —una parte de ella— rezaba como sigue:

Querido:
     Las cosas no van bien. De hecho, van mal. Han ido de mal en peor. Y sabes a lo que me refiero. Hemos llegado al final. Todo ha acabado entre nosotros. Y, sin embargo, cuánto me habría gustado que hubiéramos hablado acerca de ello.
    Ha pasado mucho tiempo desde nuestras últimas conversaciones. Me refiero a conversaciones de verdad. Incluso después de casarnos seguimos hablando y hablando, en un continuo intercambio de informaciones e ideas. Cuando los niños eran pequeños —e incluso después, cuando se hicieron algo mayores— seguíamos encontrando tiempo para hablar. Era difícil, claro está, pero nos las arreglábamos, encontrábamos el tiempo. Lo inventábamos. Teníamos que esperar a que se durmieran, o aprovechar cuando jugaban fuera o estaban con la niñera. Nos las arreglábamos. A veces llamábamos a la niñera exclusivamente para poder hablar. Otras nos quedábamos hablando toda la noche, hasta el amanecer. Bien. Las cosas suceden, lo sé. Las cosas cambian. Bill tuvo aquel problema con la policía, Linda quedó embarazada, etcétera. Nuestro plácido tiempo juntos se esfumó. Y poco a poco tus responsabilidades volvieron a absorberte. Tu trabajo llegó a ser lo más importante, y nuestro tiempo juntos acabó por agotarse. Luego, cuando nuestros hijos se fueron de casa, volvimos a tener tiempo para hablar. Nos teníamos el uno al otro de nuevo, pero cada vez teníamos menos de que hablar. «Son cosas que pasan», diría el filósofo. Y es cierto. Son cosas que pasan. Pero nos han pasado a nosotros. En cualquier caso, nada de reproches. Nada de reproches. No es ése el motivo de esta carta. Quiero hablar de nosotros. Quiero hablar del ahora. Ha llegado la hora, ya ves, de admitir que ha sucedido lo imposible.
     De admitir la derrota. De disculparse. De...

       Llegué hasta aquí y dejé de leer. Algo no cuadraba. Había gato encerrado en aquella carta. Los sentimientos expresados en ella podían, sí, ser los de mi mujer (quizá lo eran, digamos que lo eran, admitamos que sus sentimientos fueran ésos). Pero no era su letra. Soy la persona más indicada para decirlo. En lo que concierne a la letra de mi mujer, me considero un experto. Pero, si no era su letra, ¿quién diablos había escrito aquella carta?
       Debería decir algo sobre nosotros y nuestra vida en aquella casa. En la época de la que escribo vivíamos en una casa que habíamos alquilado para el verano. Yo acababa de recuperarme de una dolencia que me había retrasado en la mayoría de los trabajos que quería haber terminado aquella primavera. Si exceptuamos uno de los lados, estábamos rodeados por prados, bosques de abedules y colinas bajas y ondulantes..., una «vista territorial», en palabras del corredor de fincas que nos la describió por teléfono. Ante la casa había una zona de césped crecido y descuidado (falta de interés por mi parte) y un largo camino de grava que iba a dar a la carretera. Más allá de ella se alzaban las lejanas cimas de unas montañas. De ahí quizá la frase «vista territorial», ya que se trataba de una vista que se apreciaba tan sólo desde una gran distancia.
       Mi mujer no tenía amistades en la comarca. No nos visitaba nunca nadie. Yo, con franqueza, agradecía esa soledad, pero ella era mujer habituada a los amigos, al trato con propietarios y encargados de establecimientos comerciales. Allí, en el campo, éramos sólo ella y yo, y debíamos valemos por nosotros mismos. Hubo un tiempo en el que una casa en el campo había sido nuestro ideal, la forma de vida que habíamos codiciado. Pero hoy veo que la idea no era tan buena. No, no lo era.
       Nuestros dos hijos se habían ido hacía mucho tiempo. De cuando en cuando nos llegaba una carta de alguno de ellos. De Pascuas a Ramos —en alguna fecha señalada, pongamos— telefoneaban (a cobro revertido, naturalmente, pues mi mujer aceptaba el cargo de mil amores). Esta aparente indiferencia filial era a mi juicio una de las causas primeras de la tristeza e insatisfacción general de mi mujer, insatisfacción que —he de admitir— no había yo advertido sino vagamente antes de nuestro traslado al campo. En cualquier caso, verse en un medio rural después de tantos años de vivir cerca de un centro comercial y de la parada del autobús, con el teléfono a mano para llamar en cualquier momento a un taxi, debió de ser duro para ella, muy duro. Pienso que su declive, como diría un historiador, fue acelerado un tanto por nuestro traslado al campo. Creo que fue a partir de entonces cuando empezó a perder pie. Claro que hablo desde una óptica retrospectiva, y tal óptica siempre tiende a conformar lo obvio.
       No sé qué más puedo decir en relación con el asunto de su letra. ¿Qué más puedo decir sin comprometer mi credibilidad? Estábamos solos en casa. Que yo sepa, en ella no había nadie que pudiera haber escrito aquella carta, y sin embargo hoy sigo convencido de que no era su letra la que llenaba las cuartillas de la carta. No en vano llevaba viendo la letra de mi mujer desde mucho antes de que se convirtiera en mi esposa. Mi conocimiento de ella se remontaba a lo que podíamos llamar nuestra prehistoria, cuando siendo aún adolescente partió para un internado con su uniforme gris y blanco. Durante su ausencia me escribió todos los días, y estuvo ausente dos años, sin contar las fiestas y las vacaciones de verano. En el curso de nuestra relación, y computando nuestras separaciones y los breves períodos de tiempo que pasé en el hospital o en viajes de negocios, calculo —y es un cálculo muy moderado— que llegó a escribirme entre mil setecientas y mil ochocientas cincuenta cartas, para no mencionar los cientos, quizá miles, de notas informales («Cuando vuelvas no olvides recoger lo de la tintorería, y comprar algo de pasta verde en Corti Bros»). Reconocería su letra en cualquier punto del globo. Necesitaría sólo unas cuantas palabras. Tengo la certeza de que si estuviera en Jaffa o en Marrakech y encontrara una nota escrita por mi mujer en un mercado, reconocería su letra al primer golpe de vista. Me bastaría incluso una palabra. La palabra «hablar», por ejemplo. ¡Nadie la escribiría como ella! Pero si la carta no la escribió ella, he de admitir que no tengo la menor idea de quién pudo escribirla.
       En segundo lugar, mi mujer jamás subrayaba las palabras para hacer hincapié en su significado. Jamás. No recuerdo ni una sola vez en que lo hiciera; ni en nuestra vida de casados ni en las innumerables cartas que me envió siendo soltera. Aunque se podría objetar —no sin razón, supongo— que es algo que puede sucederle a cualquiera. Es decir, que cualquiera en una situación absolutamente atípica, bajo la presión del momento, podría llegar a hacer algo inopinado por completo, como trazar una línea, un mero atisbo de trazo, debajo de una palabra, o incluso de una frase entera.
       Me atrevería incluso a afirmar que la carta en cuestión (hago la salvedad de que no llegué a leerla íntegra, y de que ya no podré hacerlo porque no la encuentro) es falsa de principio a fin. No me refiero a falsa en el sentido de «no cierta». Algo hay quizá de verdad en las acusaciones. No quiero ser puntilloso. No quiero parecer mezquino al respecto; ya salgo bastante malparado en tal sentido. No. Lo que quiero decir, lo único que pretendo decir, es que, si bien los sentimientos expresados en la carta pudieran ser los de mi mujer y encerrar cierta verdad —ser, por así decir, legítimos—, la fuerza de las acusaciones dirigidas contra mi persona se vería mermada, si no minada, anulada incluso, por el hecho de que ella no escribió la carta. O, en caso de que la escribiera, ¡por no haberlo hecho con su propia letra! Y es esa falsedad la que suscita mi avidez de hechos. Y hechos, como es lógico, puedo reseñar algunos.

       La noche en cuestión cenamos con cierto laconismo aunque amablemente, como de costumbre. De vez en cuando yo alzaba la mirada y sonreía para mostrarle mi gratitud por los deliciosos platos: salmón cocido, espárragos frescos, pilaf con almendras. Teníamos puesta la radio en el otro cuarto, y nos llegaba una música suave: una suite de Poulenc que yo había escuchado por primera vez —en grabación digital— cinco años atrás en San Francisco, en un apartamento de Van Ness Avenue, durante una tormenta.
       Cuando acabamos de cenar, después del postre y el café, mi mujer dijo algo que me produjo cierto asombro.
       —¿Vas a quedarte luego en tu estudio? —preguntó.
       —Claro —respondí—. ¿Qué pensabas?
       —Quería saberlo, eso es todo.
       Cogió su taza y sorbió un poco de café. Pero evitó mirarme, pese a mis intentos por captar su mirada.
       ¿Vas a quedarte luego en tu estudio? No era una pregunta en absoluto propia de ella. Hoy me pregunto por qué diablos no seguí el hilo de aquel interés extemporáneo. Si alguien conocía mis hábitos, ese alguien era ella. Pero creo que para entonces ya lo tenía todo decidido. Creo que al formular aquella pregunta misma ya me ocultaba algo.
       —Claro que voy a quedarme luego en mi estudio —repetí, acaso con un punto de impaciencia.
       No dijo nada más, y yo también guardé silencio. Tomé el café que quedaba en la taza y me aclaré la garganta.
       Ella alzó la cabeza y me miró a los ojos un instante. Luego asintió con un gesto, como si hubiéramos convenido algo (lo cual, obviamente, no era cierto). Luego se levantó y empezó a recoger la mesa.
       Tuve la impresión de que la cena, en cierto modo, terminaba con una nota discordante. De que faltaba algo —unas palabras, quizá— que pusiera broche al momento e hiciera que las cosas volvieran a su curso.
       —Tenemos niebla —dije.
       —¿Sí? No me había dado cuenta —dijo ella.
       Pasó un trapo de cocina por el cristal de la ventana de encima de la pila y miró afuera. Durante unos instantes no dijo nada. Luego —de forma un tanto misteriosa, o al menos me lo parece ahora— dijo:
       —Sí. Hay mucha niebla. Una niebla muy espesa, ¿no crees?
       No dijo nada más. Luego bajó la mirada y se puso a fregar los platos.
       Yo seguí en la mesa unos minutos más, y al cabo dije:
       —Bueno, me voy a mi estudio.
       Sacó las manos del agua y las puso sobre el escurridor contiguo a la pila. Creí que iba a decirme unas palabras de ánimo en relación con mi trabajo, pero no lo hizo. No abrió la boca. Era como si esperara a que me fuera de la cocina para poder disfrutar de su propia intimidad.
       Estaba trabajando en mi estudio, como he dicho, cuando vi aparecer la carta por debajo de la puerta. Empecé a leerla y al rato había leído lo bastante para poner en duda la autenticidad de su letra y preguntarme cómo era posible que se hubiera estado ocupando de las cosas de la casa y al mismo tiempo me hubiera escrito aquellas cuartillas. Antes de proseguir la lectura, me levanté y fui hasta la puerta, quité el pestillo, la abrí e inspeccioné el pasillo con la mirada.
       Aquella parte de la casa estaba sumida en la oscuridad. Pero asomé con cautela la cabeza y vi que había luz en la sala, al otro extremo del pasillo. La radio, como de costumbre, sonaba muy baja. ¿Por qué vacilaba? A excepción de la niebla, era en apariencia una noche como tantas. Pero había algo más, se estaba fraguando algo. Y en el instante mismo en que lo presentí tuve miedo (¿no es increíble?, ¡en mi propia casa!) de recorrer el pasillo para cerciorarme de que todo estaba en orden. Si algo no marchaba bien, si mi mujer estaba padeciendo —¿cómo decirlo?— alguna dificultad de cualquier tipo, más valía hacer frente a la situación antes de que pudiera empeorar, y no perder más tiempo en el necio empeño de leer lo que me decía con una letra ajena.
       Pero no pude decidirme a investigar. Tal vez quería evitar un ataque frontal. En cualquier caso, retrocedí y cerré la puerta con llave, y volví a la lectura de la carta. Pero ahora estaba furioso al ver cómo malgastaba la velada en aquel asunto estúpido e inexplicable. Empezaba a sentirme inquieto (creo que es la palabra exacta). Y al coger de nuevo la carta para seguir leyendo sentí que se me revolvía el estómago.

A nosotros —nosotros: tú y yo— se nos ha pasado ya la hora de poner las cartas sobre la mesa. Tú y yo. Lanzarote y Ginebra. Abelardo y Eloísa. Troilo y Cresida. Píramo y Tisbe. Joyce y Nora Barnacle. Etcétera. Sabes bien de qué hablo, cariño. Llevamos juntos mucho tiempo: en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en los males del vientre y los males de ojo-oído-nariz-garganta, en los días de dicha y en los de desdicha... ¿Y ahora? Bien, no sé qué otra cosa puedo decir sino la verdad: no puedo soportarlo más.

      Al llegar a este punto dejé caer la carta y fui de nuevo hasta la puerta, decidido a poner las cosas en claro de una vez por todas. Quería una explicación, y la quería de inmediato. Estaba —creo— hecho una furia. Pero entonces, nada más abrir la puerta, me llegó un susurro de la sala. Era como si alguien estuviera en el teléfono tratando de decir algo y haciendo lo imposible para no ser escuchado. Y luego oí cómo colgaban el auricular. Eso fue todo. Después todo volvió a ser normal: la casa silenciosa, sin otro eco que el sonido suave de la radio. Pero había oído una voz.
       En lugar de ira, empecé a sentir pánico. Examinaba el pasillo y el miedo crecía en mi interior. Todo estaba igual que antes: la luz en la sala de estar, el sonido tenue de la radio... Avancé unos pasos y me detuve a escuchar. Esperaba oír el rítmico, tranquilizador entrechocar de sus agujas de hacer punto, o el pasar de una página... Pero no llegó a mis oídos nada parecido. Avancé unos pasos más hacia la sala, y entonces —¿cómo podría explicarlo?— perdí el valor, o la curiosidad. Y fue en ese momento cuando oí el callado sonido de un tirador que gira, e inmediatamente después el inconfundible ruido amortiguado de una puerta que se abre y cierra suavemente.
       Mi primer impulso fue correr hacia la sala y llegar de una vez por todas al fondo del asunto. Pero no quería actuar impulsivamente y correr el riesgo de ponerme en evidencia. No soy un hombre impulsivo, así que preferí esperar. Pero en casa ocurría algo. Algo se estaba fraguando, no había la menor duda; mi deber, pues —para mi propia tranquilidad espiritual y, cómo no, para la seguridad de mi mujer, acaso comprometida—, era actuar. Pero no lo hice. No pude. Era el momento, pero vacilé. Y de pronto fue demasiado tarde. El momento para una acción decisiva había pasado; no era posible ya hacer que volviera. Así vaciló Darío en la batalla de Gránico, y la indecisión que le llevó a no actuar le costó cara. Alejandro Magno embistió contra él desde todos los flancos y le infligió una colosal derrota.
       Volví a mi estudio y cerré la puerta. Pero el corazón me latía atropelladamente. Me senté en mi silla y, aún tembloroso, reanudé la lectura de la carta.
       Pero he aquí algo curioso. En lugar de leerla de principio a fin, o de seguir allí donde la había dejado, cogía cuartillas al azar y las ponía bajo la luz de la lámpara y leía una línea aquí y otra allá. Ello me permitió ir yuxtaponiendo las imputaciones contra mí hasta que la relación de cargos —que recordaba el informe de un fiscal— adquirió un carácter distinto y más aceptable, pues al perder la cronología perdía asimismo parte de su contundencia.
       Bien. Así, saltando de cuartilla en cuartilla, una línea aquí, otra línea allá, leí a trompicones algo (un texto que en otras circunstancias habría resultado una suerte de compendio) que rezaría como sigue:

...retrocediendo más y más hasta llegar a... algo bastante ínfimo, pero... polvos de talco esparcidos por todo el cuarto de baño, incluidas paredes y zócalos... un caparazón... para no hablar del hospital psiquiátrico... hasta que finalmente... una opinión equilibrada... la tumba. Tu «trabajo»... ¡Por favor! Dame un respiro... Nadie, ni siquiera... ¡Ni una palabra más al respecto...! Nuestros hijos... pero la verdadera cuestión... eso sin mencionar la soledad... ¡Santo cielo! ¡Hay que ver! Quiero decir que...

       De pronto oí claramente cómo se cerraba la puerta principal. Dejé caer las cuartillas sobre la mesa y corrí a la sala. No me llevó mucho tiempo comprobar que mi mujer no estaba en casa. (Es una casa pequeña: dos dormitorios; a uno de ellos lo denomino unas veces «mi estudio» y otras «mi cuarto».) Pero he de hacer constar lo siguiente: estaban encendidas todas las luces.

       Había una pesada niebla en el exterior, una niebla tan densa que al mirar por la ventana apenas lograba ver el camino de la entrada. La luz del porche estaba encendida, y al borde de los escalones había una maleta. Era la maleta de mi mujer; la maleta en la que había traído sus cosas cuando nos trasladamos a la casa. ¿Qué diablos estaba sucediendo? Abrí la puerta. Súbitamente (no encuentro otra manera de contarlo: lo contaré tal como fue) surgió un caballo de la niebla. Y luego —un instante después, mientras lo miraba, estupefacto— otro caballo. Ambos se pusieron a comer el césped de nuestro jardín. Vi a mi mujer al lado de uno de ellos, y la llamé por su nombre.
       —Sal, ven aquí —dijo ella—. Mira esto. ¿No es lo más asombroso que has visto en tu vida?
       Estaba junto a aquel caballo enorme, y le acariciaba el ijar. Vestía sus mejores galas, y se había puesto zapatos de tacón y un sombrero. (No la había visto con sombrero desde el entierro de su madre, tres años atrás.) Avanzó un par de pasos y pegó la cara contra las crines del caballo.
       —¿De dónde vienes, grandullón? —dijo—. ¿De dónde vienes, cariño?
       Luego, mientras yo la miraba, se echó a llorar sin despegar la cara de las crines.
       —Eh, eh —dije, y empecé a bajar los escalones. Fui hasta ellos y acaricié al caballo; luego la toqué a ella en el hombro, pero se apartó. El caballo lanzó un bufido, alzó la cabeza un instante y se puso a pastar de nuevo en nuestro jardín—. ¿Qué es lo que te pasa? —le dije a mi mujer—. Por el amor de Dios, ¿qué diablos pasa aquí?
       No respondió. El caballo avanzó unos pasos y siguió pastando en nuestro jardín. El segundo caballo mordisqueaba también el césped. Mi mujer, que se había desplazado con el primero, seguía pegada a sus crines. Puse una mano en el cuello del caballo, y una oleada de energía me recorrió el brazo hasta el hombro. Me estremecí. Mi mujer seguía llorando. Me sentí impotente, pero también asustado.
       —¿Puedes decirme qué es lo que pasa? —pregunté—. ¿Por qué estás vestida así? ¿Qué hace esa maleta en el porche? ¿De dónde han salido estos caballos? Por el amor de Dios, ¿puedes decirme lo que pasa?
       Mi mujer se puso a tararear una tonada. ¡Se la tarareaba al caballo! Luego dejó de hacerlo, y me dijo:
       —No has leído mi carta, ¿verdad? Puede que le hayas echado una ojeada, pero no la has leído. ¡Admítelo!
       —Sí, la he leído —dije. Mentía, sí, pero era una mentira inocua. Una mentira a medias. (Quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra.)—. Pero dime qué es lo que pasa aquí.
       Mi mujer volvió la cabeza y hundió la cara en las crines oscuras y húmedas. Oí cómo el caballo mascaba con ruido la hierba. Aspiró el aire por los ollares y soltó un bufido.
       Mi mujer empezó:
       —Había una chica, ¿sabes? ¿Me escuchas? Y esa chica amaba a un chico con locura. Lo amaba más que a sí misma. Pero el chico..., bueno, se hizo mayor. No sé lo que le sucedió. Pero tuvo que sucederle algo. Se volvió cruel sin querer ser cruel y...
       No alcancé a oír el final porque en ese preciso instante emergió de la niebla un coche que enfiló hacia nosotros por el camino de entrada, con los faros encendidos y una centelleante luz azul sobre el techo. Segundos después le siguió un camión que remolcaba lo que me pareció —no podía verlo bien a causa de la niebla— un furgón para el transporte de caballos. (Aunque en realidad podía haber sido cualquier cosa: un horno móvil gigantesco, por ejemplo.) El coche subió hasta el césped y se detuvo. El camión llegó detrás y paró a su lado. Ambos siguieron con los faros encendidos y el motor en marcha, y ello acentuaba el aura de irrealidad y de misterio del momento. Un hombre con sombrero de vaquero —un ranchero, pensé— se apeó del camión, se subió el cuello de la zamarra de piel de oveja y empezó a silbar a los caballos. Luego se bajó del coche un hombre corpulento, de mayor envergadura que el ranchero, con impermeable y sombrero de vaquero. Llevaba el impermeable abierto, y alcancé a verle una pistola al cinto. Debía de ser un ayudante del sheriff. Pese a todo lo que pasaba a mi alrededor, y a la inquietud que sentía, me pareció digno de ser consignado el hecho de que ambos llevaran sombrero. Me pasé la mano por el pelo y lamenté no llevar también yo un sombrero.
       —He llamado a la oficina del sheriff hace un rato —dijo mi mujer—. En cuanto he visto los caballos. —Se quedó callada unos segundos, y al cabo continuó—: Al final no vas a tener que llevarme en coche a la ciudad. Te hablé de ello en la carta. La carta que has leído. Te decía que necesitaba que me llevaras a la ciudad. Pero podré ir, creo, con uno de estos caballeros. No he cambiado de opinión en nada de lo que te he dicho. Mi decisión es irrevocable. ¡Mírame!
       Yo estaba mirando cómo los dos hombres acorralaban a los caballos. El ayudante del sheriff alumbraba con la linterna mientras el ranchero hacía subir a un caballo por una pequeña rampa que ascendía hasta el furgón. Me volví para mirar a aquella mujer que ya no conocía.
       —Te dejo —dijo—. Eso es lo que pasa. Me voy a la ciudad esta misma noche. Voy a volar con mis propias alas. Te lo explico todo en la carta que has leído.
       Mi mujer, como ya he dicho, jamás subrayaba palabras en sus cartas, pero en aquel momento (se había secado ya las lágrimas) hablaba como si una de cada dos de las palabras que salían de sus labios llevara en sí tal énfasis que mereciera ir subrayada.
       —¿Pero qué mosca te ha picado? —me oí decir, como si tampoco yo pudiera evitar subrayar con el tono algunas de mis palabras—. ¿Por qué haces esto?
       Sacudió la cabeza. El ranchero hacía subir al furgón al segundo caballo. Lanzaba agudos silbidos, batía palmas, gritaba «¡So! ¡So, condenado! ¡Atrás ahora, atrás!».
       El ayudante del sheriff vino hasta nosotros con un tablero de pinza bajo el brazo y una gran linterna en la mano.
       —¿Quién ha llamado? —preguntó.
       —Yo —contestó mi mujer.
       El ayudante del sheriff la examinó detenidamente. Dirigió la luz hacia los altos zapatos de tacón; luego fue subiéndola hasta el sombrero.
       —Se ha puesto de tiros largos —observó.
       —Abandono a mi marido.
       El ayudante del sheriff asintió con la cabeza, como en señal de entendimiento. (¡Pero no entendía, no podía entender!)
       —No irá a darle ningún problema, supongo —dijo, dirigiéndose a mi mujer. Me enfocó la cara y movió el haz de luz con rapidez de arriba abajo. Y añadió, hablándome ya a mí—: No lo hará, ¿verdad?
       —No —dije—. Ningún problema. Pero me duele que...
       —Estupendo —zanjó él—. Pues no se hable más del asunto.
       El ranchero cerró la puerta trasera del furgón y echó el cerrojo. Luego vino hacia nosotros a través del césped húmedo, que le llegaba hasta lo alto de las botas.
       —Quiero darles las gracias por llamar —dijo—. Muchísimas gracias. Hay una niebla muy espesa. Si llegan a meterse en la carretera principal habrían organizado un buen jaleo.
       —La señora fue quien llamó —dijo el ayudante del sheriff—. Frank, tiene que ir a la ciudad. Se va de casa. No sé quién de los dos tendrá la culpa, pero la que se va es ella. —Se volvió hacia mi mujer—. ¿Está segura de lo que hace, señora? —dijo.
       Ella asintió con la cabeza.
       —Sí, estoy segura.
       —Muy bien —dijo el ayudante del sheriff—. Todo arreglado, entonces. Frank, ¿me oyes? Yo no puedo llevarla. Tengo que hacer otra visita. ¿Podrás llevarla a la ciudad? Seguramente querrá ir a la estación de autobuses, o a un hotel. Es lo que se suele hacer en situaciones como ésta. ¿Eso es lo que quiere hacer, señora? —le preguntó a mi mujer—. Frank tendrá que saberlo.
       —Puede dejarme en la estación de autobuses —dijo mi mujer—. Tengo la maleta ahí, en el porche.
       —¿Podrás llevarla, Frank? —preguntó el ayudante del sheriff.
       —Sí, claro que sí —contestó Frank, quitándose y volviéndose a poner el sombrero—. La llevaré con mucho gusto, pero no quiero inmiscuirme en los asuntos ajenos.
       —No lo está haciendo, no se preocupe —dijo mi mujer—. No quiero causarle ningún problema, pero es que estoy..., bueno, estoy desolada. Sí, desolada. Pero en cuanto me vaya me sentiré mejor. En cuanto me vaya de este sitio horrible. Echaré una última ojeada para asegurarme bien de que no me dejo nada. Nada importante. —Vaciló un instante, y luego dijo—: No es una decisión tan repentina como parece. Viene de mucho tiempo atrás. Llevamos casados muchos años. Hemos pasado buenos y malos tiempos, momentos felices e infelices. De todo tipo. Pero ya es hora de que empiece a vivir mi propia vida. Sí, ya es hora. ¿Saben a lo que me refiero, caballeros?
       Frank volvió a quitarse el sombrero y se puso a hacerlo girar despacio entre los dedos, como si examinara el ala. Luego volvió a ponérselo.
       El ayudante del sheriff dijo:
       —Son cosas que pasan. Bien sabe Dios que nadie es perfecto. Nacimos y moriremos imperfectos. Ángeles sólo hay en el cielo.
       Mi mujer se dirigió hacia la casa pisando con sus zapatos de tacón alto el húmedo y descuidado césped. Abrió la puerta y entró. La vi moverse tras las ventanas iluminadas, y me vino a la cabeza un pensamiento: puede que no vuelva a verla nunca. La idea me asaltó fugazmente, y fue como una sacudida.
       Frank, el ayudante del sheriff y yo nos quedamos en el jardín, esperando en silencio. La húmeda niebla vagaba despacio entre nosotros y los faros encendidos. Los caballos se movían inquietos en el furgón. Todos nos sentíamos incómodos, creo. Yo por lo menos sí. No sé cómo se sentían ellos. Puede que vieran estas cosas todos los días: gentes cuyas vidas se alejan... Sí, era probable que el ayudante del sheriff las viera. Pero Frank miraba hacia el suelo. Se metió las manos en los bolsillos de la zamarra, y volvió a sacarlas. Dio un puntapié a algo que había sobre el césped. Yo me crucé de brazos y seguí allí de pie, sin moverme, sin saber lo que sucedería en el momento siguiente. El ayudante del sheriff encendía y apagaba la linterna. De vez en cuando lanzaba con ella una estocada contra la niebla. Uno de los caballos relinchó en el furgón, y al cabo de unos segundos relinchó el otro.
       —No se ve nada con esta niebla —dijo Frank.
       Supe que lo decía para romper aquel silencio incómodo.
       —Es de las peores que he visto —dijo el ayudante del sheriff.
       Entonces se volvió hacia mí y me miró. Esta vez no me cegó con la linterna, pero dijo algo. Dijo:
       —¿Por qué le deja? ¿Le ha pegado o algo? ¿Le ha soltado algún guantazo?
       —Nunca le he puesto la mano encima —dije—. Nunca. En todo el tiempo que llevamos casados. Hubo veces en que se lo merecía, pero jamás llegué a tocarla. Ella sí me pegó una vez —dije.
       —Bueno, no empecemos —dijo el ayudante del sheriff—. No quiero oír miserias esta noche. No abra la boca, y todo irá bien. Nada de jaleos. Ni se le ocurra. Aquí no va a haber ninguna bronca esta noche.
       El ayudante del sheriff y Frank me observaban. Frank estaba visiblemente violento. Sacó el tabaco y se puso a liar un cigarrillo.
       —No —dije—. Nada de broncas.
       Mi mujer salió al porche y cogió la maleta. Me dio la impresión de que no sólo había echado una última ojeada de inspección a la casa, sino que había aprovechado la ocasión para arreglarse un poco, volver a pintarse los labios, etcétera. El ayudante del sheriff enfocó hacia el porche para que ella pudiera ver los escalones.
       —Baje, señora —dijo—. Tenga cuidado, están resbaladizos.
       —Estoy lista —dijo ella.
       —Muy bien —dijo Frank—. Pero quiero asegurarme de que las cosas quedan claras. —Se quitó el sombrero una vez más y se quedó con él en la mano—. La llevaré a la ciudad y la dejaré en la estación de autobuses. Pero, entiéndame, no quiero meterme donde no me llaman. Ya sabe a lo que me refiero.
       Miró a mi mujer y luego me miró a mí.
       —Exacto —dijo el ayudante del sheriff—. Muy bien dicho. Las estadísticas muestran que las disputas conyugales son las situaciones más potencialmente peligrosas en las que cualquiera, y en especial un policía, puede verse envuelto. Pero creo que ésta va a ser la excepción que confirma la regla. ¿Me equivoco, señores?
       Mi mujer me miró y dijo:
       —Creo que no voy a darte un beso. No, no voy a darte un beso de despedida. Sólo te diré «hasta la vista». Cuídate.
       —Exacto —dijo el ayudante del sheriff—. Un beso... Quién sabe cómo acabaría la cosa si empiezan a besarse.
       Lanzó una carcajada.
       Tuve la impresión de que todos esperaban que yo dijera algo. Pero por primera vez en mi vida me faltaban las palabras. Me armé de valor y le dije a mi mujer:
       —La última vez que te pusiste ese sombrero lo llevabas con velo y yo te tenía cogida del brazo. Estabas de luto por tu madre. Y llevabas un vestido oscuro, no el que llevas esta noche. Pero los zapatos de tacón son los mismos, recuerdo. No me dejes así —dije—. No sé lo que voy a hacer si me dejas.
       —Tengo que hacerlo —dijo ella—. Está todo en la carta. En ella te lo explico todo. Lo demás pertenece al ámbito de..., no sé. Del misterio, de la conjetura, supongo. —Luego se volvió a Frank y le dijo—: Vámonos ya, Frank. Puedo llamarle Frank, ¿verdad?
       —Llámele como quiera —dijo el ayudante del sheriff—, con tal de llamarle a tiempo para la cena.
       Lanzó otra carcajada. Una carcajada sonora, campechana.
       —Claro —dijo Frank—. Claro que puede. Bien, de acuerdo. Vayámonos, pues.
       Le cogió la maleta a mi mujer y fue hasta el camión y metió la maleta en la cabina. Luego fue hasta el lado del acompañante, abrió la puerta y esperó.
       —Te escribiré cuando me instale en alguna parte —dijo mi mujer—. Bueno, eso creo. Pero lo primero es lo primero. Luego ya veremos.
       —Así se habla —dijo el ayudante del sheriff—. Hay que dejar abiertas todas las vías de comunicación. Buena suerte, amigo —dijo dirigiéndose a mí. Fue hasta su coche y subió en él.
       El camión describió un ancho y lento semicírculo a través del césped. Uno de los caballos relinchó en el furgón. La última imagen que conservo de mi esposa fue la de instantes después, cuando al resplandor de una cerilla la vi inclinarse hacia el asiento del conductor con un cigarrillo para aceptar la lumbre que le tendía el ranchero. Rodeaba con sus manos la mano que sostenía la cerilla. El ayudante del sheriff esperó a que camión y furgón hubieran pasado por su lado. Luego dio la vuelta en semicírculo, resbalando sobre el césped mojado hasta encontrar suelo firme en el camino de entrada, donde la grava saltó desde debajo de las ruedas. Bajaba ya hacia la carretera cuando hizo sonar el claxon. Pitó. Los historiadores deberían emplear palabras como «pitar» o «bocinazo» o «piií, piií» y onomatopeyas por el estilo, sobre todo en momentos graves como después de una matanza o cuando un suceso horrible tiende un paño mortuorio sobre el futuro de un país. Es en momentos tales cuando ese tipo de palabras se harían necesarias. Serían genuinas joyas en esta era mediocre.

       Me gustaría poder decir que fue entonces, en el instante en que de pie en medio de la niebla la vi alejarse en el camión, cuando recordé una fotografía en blanco y negro en la que se veía a mi mujer con su ramo de novia. Tenía dieciocho años. «No es más que una niña», me había gritado su madre un mes antes de la boda. Se había casado conmigo unos minutos antes de que fuera tomada aquella fotografía. Está sonriendo. Está a punto de echarse a reír, o acababa de hacerlo hace unos instantes. Tiene la boca abierta mientras mira hacia la cámara con gesto de felicidad estupefacta. Está embarazada de tres meses (la cámara no lo registra, como es lógico). Pero si lo está, ¿qué importa? ¿No lo estaban todas las mujeres en aquella época? Es feliz, en cualquier caso. Yo también era feliz (sé que lo era). Los dos éramos felices. Yo no estoy en la fotografía, pero estoy muy cerca (sólo unos pasos más allá, recuerdo, estrechando la mano de alguien que me da la enhorabuena). Mi mujer sabía latín y alemán y química y física e historia y Shakespeare y todas esas cosas que le enseñan a uno en un colegio privado. Sabía cómo ha de sostenerse una taza de té. También sabía cocinar y hacer el amor. Era una mujer de primera.
       Me gustaría poder decir que fue cuando la vi alejarse en el camión, digo, cuando recordé esa fotografía. Pero no fue así. Encontré la fotografía, junto con otras, unos días después del incidente de los caballos en la niebla, cuando pasaba revista a las cosas de mi mujer tratando de decidir lo que debía desechar y lo que debía conservar. Estaba haciendo las maletas. Me quedé mirándola unos instantes, y luego la tiré. Fui despiadado. No me importaba, me dije. ¿Por qué había de importarme?
       Si algo sé —y algo sé—; si, por mínima que sea, alguna noción tengo de la naturaleza humana, sé que no podrá vivir sin mí. Volverá a mí. Pronto. Que vuelva pronto.
       No, no sé absolutamente nada de nada. Nunca supe nada. Se ha ido para siempre. Para siempre. Lo presiento. Se ha ido y nunca volverá. Punto final. Nunca jamás. No volveré a verla nunca, a menos que nos crucemos un día en una calle.
       Aún queda por resolver el asunto de la letra. Un enigma. Pero el asunto de la letra no es de capital importancia, por supuesto. ¿Cómo podría serlo después de las secuelas de la carta? No de la carta en sí sino de su contenido, que no puedo olvidar. No, la carta tampoco tiene una importancia capital; en todo esto hay mucho más que la mera letra de quien la ha escrito. Este «mucho más» tiene que ver con cosas sutiles. Podría decirse, por ejemplo, que tomar una esposa es dotarse de una historia. Y si ello es así, debo entender que yo estoy ahora fuera de la historia. Como los caballos y la niebla. O podría decirse que mi historia me ha dejado. O que he de seguir viviendo sin historia. O que la historia habrá de prescindir de mí en adelante, a menos que mi mujer escriba más cartas, o le cuente sus cosas a una amiga que lleve un diario. Entonces, años después, alguien podrá volver sobre este tiempo, interpretarlo a partir de documentos escritos, de frag-mentos dispersos y largas peroratas, de silencios y veladas imputaciones. Y es entonces cuando germina en mí la idea de que la autobiografía es la historia de los pobres desdichados. Y de que estoy diciendo adiós a la historia. Adiós, amada mía.














SI ME NECESITAS, LLAMAMÉ



Los dos habíamos estado involucrados con otras personas esa primavera, pero cuando llegó junio y terminaron las clases decidimos poner en alquiler nuestra casa en Palo Alto y trasladarnos a la costa más al norte de California. Nuestro hijo, Richard, pasaría el verano en casa de la madre de Nancy, en Pasco, Washington, donde podría trabajar y ahorrar algo de dinero para la universidad. Ella estaba al tanto de la situación en casa y ya estaba buscándole un empleo por la temporada. Había hablado con un granjero que aceptó tomar a Richard para que juntara heno y arreglara alambrados. Un trabajo duro, pero Richard estaba conforme. Lo llevé a la terminal el día después de su graduación y me senté con él hasta que anunciaron su ómnibus. Su madre ya lo había despedido llorando y le había dado una larga carta que él debía entregar a la abuela en cuanto llegara. Prefirió quedarse terminando las valijas y esperando a la pareja que alquilaría nuestra casa. Yo compré el pasaje de Richard, se lo di y me senté a su lado en uno de los bancos de la terminal. En el viaje hasta allá habíamos hablado un poco de la situación.
       —¿Van a divorciarse? —había preguntado él.
       —No, si podemos evitarlo —le contesté. Era un sábado por la mañana y había poco tránsito—. Ninguno de los dos quiere llegar a eso. Por eso nos vamos; por eso no queremos ver a nadie durante el verano. Y por eso te enviamos con la abuela. Para no mencionar el hecho de que volverás con los bolsillos llenos de dinero. No queremos divorciarnos. Queremos estar solos y tratar de solucionar las cosas.
       —¿Aún amas a mamá? Ella dice que te sigue queriendo.
       —Por supuesto que la amo. Deberías saberlo a esta altura. Sólo que hemos tenido nuestra cuota de problemas, y necesitamos un poco de tiempo juntos, a solas. No te preocupes. Disfruta el verano y trabaja y ahorra un poco de dinero. Considéralo unas vacaciones de nosotros. Y trata de pescar. Hay muy buena pesca por allá.
       —Y esquí acuático. Quiero aprender.
       —Nunca hice esquí acuático. Haz un poco de eso también. Hazlo por mí.
       Cuando anunciaron su ómnibus lo abracé y volví a decirle:
       —No te preocupes. ¿Dónde está tu pasaje?
       él se palmeó el bolsillo de su campera. Lo acompañé hasta la fila frente al ómnibus, volví a abrazarlo y le di un beso en la mejilla. Adiós, papá, dijo él y me dio la espalda para que no viera sus lágrimas.
       Al volver a casa, nuestras valijas y cajas estaban junto a la puerta. Nancy estaba en la cocina tomando café con los inquilinos, una joven pareja de estudiantes de posgrado de matemática, a quienes había visto por primera vez en mi vida pocos días antes, pero igual les di la mano a ambos y acepté una taza de café de Nancy mientras ella terminaba con la lista de indicaciones de lo que ellos debían hacer en la casa en nuestra ausencia y adónde debían enviarnos el correo. Su cara estaba tensa. La luz del sol avanzaba sobre la mesa a medida que pasaban los minutos. Finalmente todo pareció quedar en orden, y los dejé en la cocina para dedicarme a cargar nuestro equipaje en el coche. La casa a la que íbamos estaba completamente amueblada, hasta los utensilios de cocina, así que no necesitábamos llevar más que lo esencial.
       Había hecho los quinientos kilómetros desde Palo Alto hasta Eureka tres semanas antes, y alquilado entonces la casa amueblada. Fui con Susan, la mujer con la que estaba saliendo. Nos quedamos en un motel a las puertas del pueblo durante tres noches, mientras recorría inmobiliarias y revisaba los clasificados. Ella me vio firmar el cheque por los tres meses de alquiler. Más tarde, en el motel, tirada en la cama con la mano en la frente, me dijo: “Envidio a tu esposa. Cuando hablan de la otra mujer, siempre dicen que es la esposa quien tiene los privilegios y el poder real, pero nunca me lo creí ni me importó. Ahora, en cambio, entiendo qué quieren decir. Y envidio a Nancy. Envidio la vida que tendrá a tu lado. Ojalá fuera yo la que va a estar contigo en esa casa todo el verano. Cómo me gustaría. Me siento tan gastada”. Yo me limité a acariciarle el pelo.
      Nancy era alta, de pelo y ojos castaños, de piernas largas y espíritu generoso. Pero últimamente venía baja de espíritu y de generosidad. El hombre con el que estaba viéndose era colega mío, un divorciado de eterno traje con chaleco y pelo canoso, que bebía demasiado y a quien a veces le temblaban un poco las manos durante sus clases, según me contaron algunos de mis alumnos. él y Nancy habían iniciado su romance en una fiesta, poco después de que ella descubriera mi infidelidad. Suena aburrido y cursi; es aburrido y cursi, pero así fue toda aquella primavera, nos consumió las energías y la concentración al punto de excluir todo lo demás. hasta que, en algún momento de abril, comenzamos a hacer planes para alquilar la casa e irnos todo el verano, los dos solos, a tratar de reparar lo que hubiera para reparar, si es que había algo. Los dos nos habíamos comprometido a no llamar, ni escribir, ni intentar el menor contacto con nuestros amantes. Hicimos los arreglos para Richard, encontramos los inquilinos para nuestra casa y yo miré en un mapa y enfilé hacia el norte desde San Francisco hasta Eureka, donde una inmobiliaria me encontró una casa amueblada en alquiler por el verano para una respetable pareja de mediana edad. Creo que incluso usé la expresión “segunda luna de miel”, Dios me perdone, mientras Susan fumaba y leía folletos turísticos en el auto estacionado fuera de la inmobiliaria.
       Terminé de cargar las cosas en el coche y esperé que Nancy se despidiera por última vez en el porche. Yo saludé desde mi asiento y los inquilinos me devolvieron el saludo. Nancy se sentó y cerró su puerta. “Vamos”, dijo y yo arranqué. Al entrar en la autopista vimos un coche con el escape suelto y arrancando chispas del pavimento. “Mira”, dijo Nancy y esperamos hasta que el coche se salió de la autopista y frenó, antes de seguir viaje.
       Paramos en un café cerca de Sebastopol. Estacioné y nos sentamos a una mesa frente a la ventana del fondo. Pedimos sandwiches y café, yo encendí un cigarrillo mientras Nancy deslizaba el dedo por las vetas de la madera de la mesa. Entonces noté un movimiento por la ventana y al mirar en esa dirección vi un colibrí en los arbustos allá afuera. Sus alas vibraban en un borroso frenesí mientras su pico se internaba en una de las flores.
       —Mira, un colibrí —dije, pero antes de que Nancy levantara la cabeza el pájaro ya no estaba.
       —¿Dónde? No veo nada.
       —Estaba ahí hasta hace un momento. Ahí está. No; es otro, creo.
       Nos quedamos mirando hasta que la camarera trajo nuestro pedido.
       —Buena señal —dije—. Los colibríes traen suerte, ¿no?
       —Creo haberlo oído en alguna parte —dijo Nancy—. No podría decir dónde pero sí, no nos vendría mal un poco de suerte.
       —Una buena señal. Me alegro de que hayamos parado aquí.
       Ella asintió, dejó pasar un largo minuto y probó su sandwich.
      Llegamos a Eureka antes del anochecer. Pasamos el motel en la ruta donde había estado con Susan dos semanas antes, nos internamos por un camino que subía una colina que miraba al pueblo y pasamos frente a una estación de servicio y un almacén. Las llaves de la casa estaban en mi bolsillo. A nuestro alrededor sólo se veían colinas arboladas y praderas con ganado pastando.
       —Me gusta —dijo Nancy—. No veo el momento de llegar.
       —Estamos cerca —dije—. Es más allá de esa loma. Ahí —y enfilé el coche por un camino flanqueado de ligustros—. Ahí la tienes. ¿Qué opinas? Esa misma pregunta le había hecho a Susan cuando hicimos el mismo camino para ver la casa por primera vez.
       —Me gusta; es perfecta. Bajemos.
       Miramos a nuestro alrededor en el jardín del frente antes de subir los escalones del porche. Abrí la puerta con la llave que traía y encendí las luces adentro. Recorrimos los dos dormitorios, el baño, el living con muebles viejos y chimenea y la cocina con vista al valle. —¿Te parece bien?
       —Me parece sencillamente maravillosa —dijo Nancy y sonrió—. Me alegra que la hayas en-contrado. Me alegra que estemos aquí. —Abrió y cerró la heladera, luego pasó los dedos por la mesada de la cocina. —Gracias a Dios está limpia. Ni siquiera hace falta una limpieza.
       —Nada. Hasta nos pusieron sábanas limpias. La alquilan así.
       —Tendremos que comprar algo de leña —dijo Nancy cuando volvimos al living—. Con noches así debemos usar la chimenea, ¿no?
       —Mañana. Podemos hacer unas compras también. Y recorrer el pueblo.
       Nancy me miró y dijo nuevamente:
       —Me alegra que estemos aquí.
       —Yo también —dije y abrí los brazos y ella vino hacia mí. Cuando la abracé sentí que temblaba. Le alcé el mentón y la besé en ambas mejillas.
       —Me alegra que estemos aquí —repitió ella contra mi pecho.
      Durante los días siguientes nos instalamos, recorrimos las calles del pueblo mirando vidrieras y dimos largos paseos por el bosque que se alzaba atrás de la casa. Compramos provisiones, yo encontré un aviso en el diario que ofrecía leña, llamé y poco después aparecieron dos muchachos de pelo largo en una camioneta que nos dejaron una carga de aliso en el garaje. Esa noche nos sentamos frente a la chimenea y hablamos de conseguir un perro.
       —No quiero un cachorro —dijo Nancy—. No quiero nada que implique ir limpiando a su paso o rescatando lo que quiere mordisquear. Pero me gustaría un perro. Hace tanto que no tenemos uno... Creo que podríamos arreglarnos con un perro aquí.
       —¿Y cuando volvamos, cuando termine el verano? —dije yo y entonces reformulé la pregunta: —¿Estás dispuesta a tener un perro en la ciudad?
       —Ya veremos. Pero busquemos uno, mientras tanto. No sé lo que quiero hasta que lo veo. Revisemos los clasificados y veamos qué pasa.
      Aunque los días siguientes seguimos hablando de perros y hasta señalando los que nos gustaban frente a las casas por las cuales pasábamos, no llegamos a nada y seguimos sin perro. Nancy llamó a su madre y le dio nuestra dirección y teléfono. Richard ya estaba trabajando y parecía contento, dijo la madre. Y ella se sentía bien. Nancy le contestó:
       —Nosotros también. Esto es como una cura.
       Un día íbamos por la ruta frente al océano y, desde una loma, vimos unas lagunas que formaban los médanos muy cerca del mar. Había gente pescando en la orilla y en un par de botes. Frené a un costado de la ruta y dije:
       —Vamos a ver qué están pescando. Quizá valga la pena conseguirnos unas cañas y probar.
       —Hace años que no vamos de pesca. Desde que Richard era chico, aquella vez que fuimos de campamento cerca del monte Shasta, ¿recuerdas?
       —Me acuerdo. Y también me acuerdo de cuánto extraño pescar. Bajemos a ver qué están sacando.
       —Truchas —dijo uno de los pescadores—. Trucha arcoiris y algún que otro salmón. Vienen en el invierno, cuando el mar horada los médanos. Y, con la primavera, cuando se cierra el paso, quedan atrapados. Es buena época, ésta. Hoy no pesqué nada pero el domingo saqué cuatro. De lo más sabrosos. Dan una batalla tremenda. Los de los botes creo que sacaron algo hoy, pero yo todavía no.
       —¿Qué usan de carnada? —preguntó Nancy.
       —Lo que sea. Lombrices, marlo de choclo, huevos de salmón. Basta tirar la línea y dejarla reposar hasta el fondo. Y estar atento.
       Nos quedamos un rato pero el hombre no sacó nada y los de los botes tampoco. Sólo iban y venían por la laguna.
       —Gracias. Y suerte —dije al fin.
       —Que tengan suerte ustedes también. Los dos —contestó el hombre.
       A la vuelta paramos en una casa de artículos deportivos y compramos unas cañas baratas, unos rollos de tanza y anzuelos y carnada. Sacamos unalicencia también y decidimos ir de pesca la mañana siguiente. Pero esa noche, después de la cena y de lavar los platos y poner unos leños en la chimenea, Nancy dijo que no iba a funcionar.
       —¿Por qué dices eso? ¿A qué te refieres?
       —No va a funcionar, enfrentémoslo —dijo ella sacudiendo la cabeza—. No quiero ir a pescar y no quiero un perro. Creo que quiero ir a lo de mi madre y estar con Richard. Sola. Quiero estar sola. Extraño a Richard -dijo y empezó a llorar—. Es mi hijo, es mi bebé, y está creciendo y pronto se irá. Y lo extraño. Lo extraño.
       —¿También extrañas a Del, a Del Schraeder, tu amante? ¿Lo extrañas a él también?
       —Extraño a todo el mundo. A ti también. Hace mucho que te extraño. Te he extrañado tanto durante tanto tiempo que te he perdido. No sé cómo explicarlo mejor. Pero sé que te perdí. Ya no me perteneces.
       —Nancy —dije yo.
       —No, no —dijo ella y negó con la cabeza. Sentada en el sofá de frente al fuego siguió negando y negando y luego dijo: —Voy a tomar un avión para allá mañana. Cuando me haya ido puedes llamar a tu amante.
       —No voy a hacer eso. No tengo la menor intención de hacer eso.
       —Sí, lo harás. Vas a llamarla en cuanto me haya ido.
       —Y tú vas a llamar a Del —dije. Y me sentí una basura por decirlo.
       —Haz lo que quieras —dijo ella secándose las lágrimas con la manga—. Lo digo en serio. No quiero parecer una histérica, pero me iré mañana. Mejor me iré a acostar ahora; estoy exhausta. Lo lamento. Lo lamento mucho, por los dos. Pero no vamos a lograrlo. Ese pescador, hoy. Nos deseó suerte a los dos. Yo también nos deseo suerte. Vamos a necesitarla.
       Entonces se encerró en el baño y dejó correr el agua. Yo salí a los escalones del porche y me senté a fumar un cigarrillo. Estaba oscuro y silencioso, apenas se veían las estrellas en el cielo. Jirones de niebla del océano ocultaban el valle y el pueblo allá abajo. Me puse a pensar en Susan. Oí que Nancy salía del baño y oí que se cerraba la puerta del dormitorio. Entonces entré y puse otro leño en la chimenea y esperé hasta que se avivara el fuego. Luego fui al otro dormitorio. Abrí la colcha y me quedé mirando el estampado floral de las sábanas. Me di una ducha, me puse el pijama y volví frente a la chimenea. La niebla ya llegaba a las ventanas del living. Fumé mirando el fuego y, cuando volví a mirar por la ventana, creí ver algo que se movía en la niebla.
       Me acerqué a la ventana. Un caballo estaba pastando en el jardín, entre la niebla. Alzó la cabeza para mirarme y volvió a su tarea. Vi otro cerca del auto. Encendí la luz del porche y me quedé mirándolos. Eran caballos grandes, blancos, de largas crines, seguramente de alguna granja de los alrededores con algún alambrado caído y vaya a saberse cómo habían llegado hasta nuestra casa. Parecían estar disfrutando inmensamente su escapada. Pero se los notaba un poco nerviosos también: podía verles el blanco de los ojos desde la ventana. Sus orejas iban y venían al ritmo de sus mordiscos. Un tercer caballo apareció entonces y luego un cuarto, todos blancos, pastando en nuestro jardín.
       Fui al dormitorio a despertar a Nancy. Tenía los ojos enrojecidos y los párpados hinchados, y se había puesto ruleros y había una valija abierta a los pies de la cama.
       —Nancy, tienes que venir a ver esto. No vas a creerlo. Vamos, levántate.
       —¿Qué pasa? Me estás lastimando. Qué pasa.
       —Querida, tienes que ver esto. No voy a lastimarte. Perdona si te asusté. Pero tienes que levantarte y venir a ver esto.
       Pocos minutos después estaba a mi lado en la ventana, atándose la bata.
       —Dios, son hermosos. ¿De dónde vienen? Qué hermosos son.
       —De alguna granja vecina, supongo. Voy a llamar al sheriff para que ubique al dueño. Pero quería que los vieras antes.
       —¿Morderán? Me gusta acariciar a aquél, el que acaba de mirarnos. —No creo que muerdan. No parecen esa clase de caballos. Pero ponte algo encima si vamos a salir. Hace frío afuera.
       Me puse la campera encima del pijama y esperé a Nancy. Abrí la puerta y salimos y nos acercamos caminando hasta ellos. Todos levantaron sus cabezas. Uno resopló y retrocedió unos pasos, pero volvió a tironear del pasto y mascar como los demás. Apoyé mi mano entre sus ojos y le palmeé los flancos y dejé que su hocico me oliera. Nancy estaba acariciando las crines de otro, mientras murmuraba: “¿De dónde vienes, caballito? ¿Dónde vives y qué haces aquí en medio de la noche?”, mientras el animal movía su cabeza como si entendiera.
       —Será mejor que llame al sheriff —dije.
       —Todavía no. Un rato más. Nunca veremos algo igual. Nunca, nunca tendremos caballos en nuestro jardín. Un rato más, Dan.
       Poco después, mientras Nancy seguía yendo de uno a otro, palmeándolos y acariciándolos, uno de los caballos comenzó a rumbear hacia la ruta, más allá de nuestro auto y supe que era momento de llamar.
      En pocos minutos vimos las luces de dos patrulleros en la niebla y poco después llegó una camioneta con un acoplado para caballos, de la que bajó un tipo con gamulán, que se acercó a los caballos y necesitó un lazo para lograr que entrara el último en el acoplado.
       —¡No le haga daño! —dijo Nancy.
       Cuando se fueron volvimos al living y yo dije que iba a hacer café y pregunté a Nancy si quería una taza.
       —Te diré lo que quiero —dijo ella—. Me siento bien, Dan. Me siento como borracha, como... No sé cómo, pero me gusta. No quiero dormir; no podría dormir. Haz un poco de café y a ver si encuentras algo de música en la radio y puedes avivar el fuego.
       Así que nos sentamos frente a la chimenea y bebimos café y escuchamos viejas canciones por la radio y hablamos de Richard y de la madre de Nancy y bailamos. Ninguno aludió en ningún momento a nuestra situación. La niebla seguía allí, detrás de las ventanas, mientras hablábamos y éramos gentiles el uno con el otro. Hasta que, cerca del amanecer, apagué la radio y nos fuimos a la cama e hicimos el amor.
      Al mediodía siguiente, luego de que ella terminara su valija, la llevé al aeródromo desde donde volaría a Portland y de allí haría el trasbordo que la dejaría en Pasco por la noche.
       —Saluda a tu madre de mi parte. Y dale un abrazo a Richard. Y dile que lo extraño. Y que lo quiero.
       —él también te quiere. Lo sabes. En cual-quier caso, lo verás después del verano. —Yo asentí. —Adiós —dijo ella. Y me abrazó. Yo le devolví el abrazo—. Me alegro por anoche. Los caballos. La charla. Todo. Ayuda. No lo olvidaremos —y empezó a llorar.
       —Escríbeme, ¿quieres? —dije yo—. Nunca pensé que fuera a pasarnos. En todos estos años. Nunca lo pensé. Ni un sola vez. No a nosotros.
       —Te escribiré. Mucho. Las cartas más largas que hayas visto desde las que me enviabas en el secundario.
       —Las estaré esperando.
       Ella me miró largamente y me acarició la cara. Entonces me dio la espalda y se alejó por la pista rumbo al avión.
       Ve, mi más querida, y que Dios esté contigo.
       Ella abordó el avión y yo me mantuve en mi lugar hasta que se encendieron los motores y la nave empezó a carretear por la pista y despegó sobre la bahía y se convirtió en una mancha en el horizonte.
       Volví a la casa, estacioné el coche y miré las huellas que habían dejado los caballos la noche anterior, los trozos de pasto arrancado y las marcas de herraduras y los montones de bosta aquí y allá. Entonces entré en la casa y, sin sacarme el saco siquiera, levanté el teléfono y marqué el número de Susan.