viernes, 18 de enero de 2008


EN UNA CIUDAD

Como en una ciudad
donde los poetas bohemios
saliesen a comprar mandarinas y manzanas
después de la borrachera
con el sol rompiendo tímidamente el frío del invierno
fumándose el último cigarrillo del gabán negro.
Con sus bufandas
sobre los cuellos calientes y sudorosos de caballos
empapados en bruma…
Pensando en despedirse para siempre de la noche
la de los labios rojos
pintura acrílica-fosforescente
medias negras de seda china
falda de Bangla Desh y pequeño tatuaje sobre lomo
elástico de perra asiria.

Pensando en olvidarse para siempre de la noche, esta el hombre...
“Así se mueve este corazón
sin paisaje ni background.
La tela roja de un pañuelo rueda sobre los senos de una poetisa eslava
con pequeñas heridas en las pantorrillas.
Una poetiza que grita como Lilith el día
de su acoplamiento con Adan kadmón, bajo el árbol de la ciencia.
Una poetisa
que viene de la última manifestación contra la globalización en Viena”.


Así, entre esa nomenclatura de nombres ibéricos, o garitos caribeños...
huyendo desde el puerto de Nueva York
hasta los burdeles de Ámsterdam. Así va entre el extraño tumulto que brota de los tunnelvannags, de los subways, metros y garés de la babilonia terrestre.
Como si en las ciudades
de cabelleras de smog, ojeras azules y alientos de tabaco
estuviesen escritos los símbolos de una revelación mesiánica.

Así va ese hombre.
Escribe y trata decir algo que conmueva su lucidez
y la invite a sentarse en el sillón turco de una placidez elemental.
Algo que cause pánico o risa…
Pero lo único que consigue es
aterrarse ante el famélico espejo de sus noches
rayar sobre la pizarra de su alma símbolos de yeso y nieve
soltar chistes crueles sobre la condición del exilio
y fumar, como fuman los condenados a muerte.
De vez en cuando saca de su chistera un conejo rojo
y lo prepara a las finas hiervas…
Un sabor que le deja una risa saltarina en el estomago.

¿Qué buscaba en las palabras ese hombre desde niño?
¿Qué mito de papel le asaltó y le enfermó?

Él, se aplicó con puntualidad, su dosis de fe y de locura
inoculado con el poema venenoso
como una pequeña hidra de brazos metálicos
que se retorcía en sus neuronas
recorrió los puertos y las calles
cercanas a los templos de Afrodíta.
Profanó las criptas de los adoradores de Lilith.
Sabe, que en su cabeza baila un demonio.
Que en su corazón
la danza será a muerte, que no podrá escapar de la noche
a no ser
que se refugie en el asilo
en donde irán a visitarle y a llevarle arenosos chocolates de Estambul
flacos ladrones, camellos paranoicos.
Que en su pecho, el humo del cigarro en la madrugada irritará sus palabras
resecará la prosa del palimpsesto, y enanitos de barro cuarteado
danzarán ruidosamente sobre sus cuartillas...
Que ese otro rostro
de muchacha ligera tomando café y comiendo manzanas será
tan solo una imagen más
ajada postal del extranjero.
Callejuela empedrada....
Piedra negra, sobre piedra blanca
casas antiguas, sin puertas ni ventanas
y vías que no conducen a ningún lado.
Territorio vedado de la muerte.

Las cartas que envío, no obtuvieron respuesta...
Seguramente se perdieron
En las compuertas de los aviones o en los pasillos azules
por donde transcurren
somnolientos y salitrosos los burócratas de los correos.


Sabe que no puede mirar atrás.
Que nunca podrá regresar.
Que nunca podrá despertar del sueño de las ciudades agonizantes.

Ahora esta metido en su madriguera
la luz acuchilla los cristales sucios
con las cagadas de las moscas.
Sobre la mesa
de madera y metal,
la dosis...
El torniquete de caucho estrangula un brazo herido.
La jeringa penetra la vena dejando un rió de volcán caliente en la piel...
Ya, la felicidad helada con su beso boreal
la pared en blanco, el nudo del zapato
la mancha de la manzana transgénica
que se desdobla…
mariposa vegetal
contra una cortina raída
sobre la que se empantana la mañana de Madrid.

El zen de la heroína es una forma elástica de la muerte.
Detrás de la cortina...
afuera, en la calle...
la ciudad aúlla
como zorra herida
desangrándose en la trampa.




GRANDE Y OBLICUA LA CORAZONADA

“El carácter de la batalla...es la matanza, y su precio es la sangre."
Clausewitz



Grande y oblicua la corazonada,
flecha de basalto que se encarna
sobre la plenitud del silencio.
Cuchillada de ceniza
en la cara de una ciudad que se va diluyendo
adentro, en su bruma de invierno.
Solo queda la huella de la mano que arañaba contra el cristal empañado
la herida negra que no duele,
adentro si, y abajo…un poco de frío
en el prepucio del alma.
Las criaturas de la madrugada
desfilan envueltas en sus atuendos de lanas protectoras
bufandas de crisálidas nerviosas.
Sus sonrisas…
escaparates de dentistas en invierno.
Así congeladas las manos,
dormido el arbolito,
como si un hielo druida congelara el corazón,
las dos bolas, el tuétano.
Alguien dijo que estábamos en guerra... ¿Desde cuando?
¿Ya no se firmó un armisticio?... ¡Ah! es otra guerra...
Es otra señal...
(A cada uno un poco de dolor, un poco de arena, un poco de sangre).

“Era un veneno de polvo rojizo en las trincheras...Yo recuerdo,... Me parece recordar” –, dijo el viejo asomándose detrás de la oreja mutilada, brotando como un espectro desde una ventana parietal, casi olvidada.
–“Yo recuerdo....El veneno rojizo de las trincheras revolviéndose contra la sangre,
el pesado casco perforado y el muchacho loco que corría
detrás de los caballos eléctricos,
sobre unas alambradas de metal negro...
Solo teníamos ripio de café y pan negro...
Yo no sé, si fue primero ese muerto, al que recuerdo...”–.

(¡Mira mi cara de antropófago con un garrote en mano!
¡Mi cara de sacerdote tatuada en achiote y un corazón humeante entre mis dientes!)

Alguien dice: “Estamos en guerra...”
De una espada,
de un escudo de luna se derrumba una cabeza
que da vueltas sobre el lomo dorado de la bestia.
Desde un caballo de madera,
unos barcos con velas incendiadas
y guerreros con cascos de bronce
y penachos de crines de caballos negros.
Viene su grito.

Luego, siglos más tarde,
El grito y la bomba venían de otras latitudes, fueron traídos en barcos...
Si, en barquitos de maderas mediterráneas que no se hundieron por que eran conducidos por buenos y valientes marineros.
Hasta estas tierras, después del sable y el arcabuz,
llegó el cañón y la metralla.
Muchas calaveras de niños indios, así dormidos como fetos
como si guardasen flores disecadas de los andes...
Con sus cabellos negros, lacios y brillantes
y mandíbulas de comedores de maíz y de guatín.
Así desde la orilla del barro genésico, hasta el ánfora de dureza musical
se sigue la pista de esta guerra. Su caminito de no me olvides.
Su cosecha de vasijas de barro con huesos apretados.
Que ya venía la muy ingrata, que tenía amores en la lejana Europa, y ya eran muchos los degollados y se hacían invasiones y luego grandes homenajes con lanzas de Breda y vino españoles.
Luego cambió de carruaje y le dio por volar (una barca empotrada en el lomo de la gran sardina) y en dejar caer bombas
unas más pequeñitas que otras,
bombas que caían sobre caballos grises,
y niñas que alumbraban con una vela temblorosa
entre los subterráneos y las ruinas.
–La mujer se arranca los cabellos de dolor,
una mano amputada arácnea sobre el barro–.

(¡Mira mi cara de justiciero, con arma de metal caliente cruzando el pecho. ¡¿Acaso, todas esas grandes marchas de la historia, no terminaron en esto?!)
Así de papel, de plano; fotocopiada, así como de conferencia de Clausewitz y Sun-Tzu... Así como impresa en los periódicos grises, literatura técnica, filosófica y política del horror que se imprime sobre la memoria de cera ensangrentada de la humanidad. En cromáticas gestas, en libros de aventuras y batallas memorables, de generales heroicos y soldados resueltos, parece natural…
(¡Oh¡ ¡nuestra infancia heroica, nuestros sueños de justicia y luz!)

–La ve uno pasar. A uno le entran ganas de salirle adelante, al paso.
Pero sigue derecho y tritura si uno no se mueve.
Ella si se mueve, pero sin piernas, sobre muletas; acompañada de un mendigo sobre una silla con ruedas de oruga, y de su gigantesco culo florece una trompeta de cobre oxidado–.

Así en películas en blanco y negro casi ni se siente, es un murmullo de cafetería o de taberna, la apreciación de un director, por un grupo de jóvenes que hablan de la matanza de celuloide, en cenáculo de su cine-club.

Pero ya está en la calle, tocándote los huesos
ya mordiéndote en el paseo del fuego
ya mirándote con ojos de carbones negros que brillan bajo el frío de la lluvia.

La ultima perra sarnoso de la época;
ella, la guerra, viene dando plomo
prendiendo fuego y aullando
bebiendo sangre en grandes dosis y con reverberación
de fanática-frenética-lunática.

La viciosa dentro
muy adentro del plasma
como una maromera de la sangre
que se hace invitar a la fiesta del circo
y luego saca su facón.
La rompe-vísceras
la muy rompe-corazones
la muy innoble, la muy cerda
la meretriz emperatriz
la muy indigna
y
lujuriosa guerra.





LA ESPERA

La noche ha invadido los rincones de la ciudad,
las sombras son la luz para perseguidos, desahuciados y ladrones.
“Atmósfera para amantes y ladrones”
Gaspar Aguilera Díaz (México)

Y son humanos, inhumanos,
fatalistas, sentimentales,
inocentes como animales
y canallas como cristianos.
“Los ladrones” de Canciones del tercer frente
Raúl González Muñón
(1941-1974 ARGENTINA)


Yo esperaba de niño
frente a la ventana de la tarde
un cometa de flamante estela
azotando la cara del sol.
Yo esperaba
un caballito blanco
de cola dorada, sobre el que cabalgaría hasta el fin de la tierra.
Años después...
Esperaba una muchacha callada
que en silencio leyera a Gustavo Adolfo Bécquer en un balcón rodeado de golondrinas.

Yo esperaba saltar con Roldan “El Temerario”, en la cara almidonada de la luna.

Pasaron los años....
Cayó mi cometa
estalló contra un planeta abandonado.
Me estrellaron una tarta de azufre en la cara en medio de la vía.
Mi caballo blanco murió de brucelosis.

Ya no espero
ya no rumio
ya no vuelo
no sueño
no planeo
tan solo trato de aterrizar.
Ya no alunizo; solo, sin parapente, caída libre dentro del abismo.
Cometa-Prometeo, denso espectro de metal y fuego.

Entonces en aquella ciudad...
Esperaba dentro del túnel; magullado (amaestrado por el dolor quizá...)
el último metro a la felicidad.
Era como llegar de la jornada
del vagabundeo urbano a la calidez de la cama sencilla
la mesa servida, copa de vino y cigarro andaluz.
Yo esperaba
que la cosa no se prolongase mucho tiempo en medio del paro
que el problema se arreglase, que se pudiese al menos vivir
y salir del atascón.
–Nadie puede pedir peras al olmo– Me había dicho Benaforte el catalán, de una manera que yo creí nueva.
–Cosas de las palabras. Cosas de los maesses de las calles–.
(Yo hacía lo que se podía y en medio de la ciudad aprendí a moverme, como se debe mover un ladrón en la metrópoli; barracuda cerca al banco plateado; tiburón blanco después del naufragio).
Caribeando en la vía me encontré a Malena. Musa lunfarda que organizó el panorama. Aligeró la carga. Aclaró las cosas.


Podría decir...
que en algún momento, no faltaba nada, o casi nada…
Malena y yo lo teníamos todo. Los buenos restaurantes, la moda fresca de prêt à porter, los vinos de crianza y las drogas de diseño. La nevera estaba llena y mis manos que eran ágiles (habían aprendido en sus falanges, las clases de un flayte chileno); se deslizaban con alegría de seda ladina, dentro de los gabanes y pantalones de los turistas, en pos de sus carteras pletóricas de dólares.
(La gran ciudad te pule a golpes de esquina y te afina con la dura canción del cemento. Cada calle es un libro, cada parque una biblioteca, cada policía un enemigo. Si sabes eso, estas salvado).
Y eso es mucho para una persona que se había emboscado,
que no pago servicio militar
que nunca ejerció de burócrata
que no fue de rodillas a la iglesia. (La verdad es que mis padres no me habían bautizado. En el fondo, tengo una acendrada vena mística que es recorrida por la cálida sangre del sacrificio).
Que nunca marcó papeleta alguna
por que a ellos les interesa que uno lea su basura; que uno se entrampe de cabeza en esas cosas. Las cosas de la máquina. Las cosas del cadalso.

Lo único que pedía era cariño y fidelidad.
Fidelidad a la hora de los hechos
fidelidad a la hora de la verdad. (Inocente perversidad de macho).
Pero también eso falló; a la doncella callejera que leía a Bécquer se le iba la mano con la jeringa y empinaba el codo dos copas más allá de la realidad… y comenzó a leer las revistas del corazón.
(Aconsejo: Monsiers voleurs, nunca dejen que sus mujeres de tacón negro y boquitas de caucho rojo, lean las revistas rosa y corazón –son mas dañinas que la T.V. y la drogas psíco-cinéticas – si no quieren ver el suyo, estrujado como un papel arrugado y viejo tirado en la basura.)

La que bailaba como una sirena en la piscina privada de nuestra felicidad de maleantes existencialistas, poetas de la acción...
Se fue... Se esfumó, se evaporó, ahuecó el ala, se piró, se transmutó en un fantasma de opio barato, maniquí de plástico con el pelo teñido y la sonrisa de vinilo rojo; minifalda de cuero negra y el último botín...
El más grande.
El alijo de la jubilación temprana.

Se acerca el invierno y la inspiración no llega.
Ya no espero....
Solo merodeo dentro de los túneles
Buscando la víctima propiciatoria.
Aguantando, sin perder el cigarro de los labios
el ultimo tren de la felicidad.
El bus nocturno de los guardianes del centeno que vienen buscando su gran noche.
Mirando a los meticulosos trabajadores de la factoría de avispas, que trabajan en su próximo juego sangriento.
Los vendedores de shop-suey,
y los ladrones y cabareteras de la Gran Vía.
Viendo pasar a los talladores de cristales negros, a los maleantes de la Yakuza; los marineros normandos buscando la bronca de la noche temprana; los skin heads colgados de una cruz levógira; a los gitanos húngaros prestidigitando con la luna y las carteras; a las mulatas de Abisinia, de Costa de Marfil, de Guinea y del Congo y su música de amuletos para el amor mercenario; los chulos de Madrid, las Drag- Quin de Barcelona; todos y todas, caminando alegres en medio de los juegos pirotécnicos hacia la torre de Babel.
Viendo los besos de chicle de cibernéticos amantes, que centellean sobre pantallas de neón y se acarician con gesto robotizado sobre una calle
de soledad metálica.
Todos marcados por la urbe. –Esta, si no daña, desfigura–.
A veces, cuando el caballo patea, voy a buscar a las trajinadas mujeres del puerto con aliento de maderas portuarias y aceite de cangrejos bermejos entre las piernas.
La maratón al fondo de la noche.

Ya había pasado el tiempo de las preguntas y las dudas.
Cambiaba de escenario constantemente tratando de mantenerme en forma.
Era solo una pieza a la que yo le daba vueltas y más vueltas , que venía buscándole respuesta, que venía siguiéndole los pasos
pisándole los talones y se escapó...
Elemental, trascendental,
accidental, occidental. Trova de borrachos.

Ya se fue la perra asiria
La babilónica meretriz
La puta de Bangla Desh.
La hetaira de Roma.
La perra de Sodoma. La putilla de Sevilla.
Ya puedo llegar con el ataque de frío en la madrugada
después de mi trabajo de sombras chinescas en los extramuros del entorno.
Al licor de los primeros minutos del alba
A la muerte lenta
con beso de resaca en la mañana.
Nadie espera por mí, y yo no espero a nadie.
El reloj negro,
de tic-tac seco y metálico,...
¡Lo estrellé contra la pared de la miseria!


O.G.R.
DEL LIBRO
"LOS PARAJES PELIGROSOS"

jueves, 17 de enero de 2008


MARINERO EN LA PIEDRA

Animal de piedra me miro.
Animal de piedra me mira
desde un espejo rayado
por la luz de una mañana porteña.
Agua fría dentro de las manos.
Áspera la barba, dura la sonrisa.
En el espejo de la pensión
veo al viejo animal de piedra
que acaba de bajar del insomnio
de la piel de mulata de treinta dólares.
Sudor, escozor y cigarrillo muerto.

Mi piel es blanca como vientre de tiburón
y la barba de algunos días
parece la piel de un burro andaluz.
Mis ojos inyectados de un sueño
de albatros adicto a la ergotina de la caída
miran desde la plata vieja.
La casaca azul raída y la camisa amarilla de
blanco hueso
y afuera ese cielo que espera como una red tendida
sobre una presa en la ciudad sitiada.

La casera me dice que es el último día…
Como si se fuera acabar el mundo
como si el barco fuera a zarpar
como si el marinero no tuviera negro el corazón
curtido de tanto partir sin horizonte.
Ayer estuvo, una mulata de Abisinia entre mis sabanas
le di lo último que me quedaba
y ella me regaló, lo único que podía regalarme.
Así que no le pague a la casera.

Un derrier azul, unos senos grandes y pesados
De manatí preñado
mamé como un torpe crío de los manglares
hasta sentir el estertor en medio de la nada.
Es lo que recuerdo
y luego su cara sin una sonrisa
sin ganas de imitar la alegría del animal recompensado.
Me estoy haciendo viejo; ya las putas no me alaban
ni me dicen que regrese
con sus camándulas alrededor del cuello
con sus talismanes de piedras negras
con sus movimientos lascivos cuando se ponen sus medias blancas o rojas, y sus zapatos ordinarios
cansados de atropellar la luz amarillenta y fría de las noches, con sus culos pesados sobre el catre.

Soy un marinero de piedra, en la piedra del muelle.
La ciudad ya me llega con su fuego,
con su sabor de tabaco y sangre seca,
con su ruido de mañana agónica.
La ciudad es una ramera que se muestra en la mañana
con lagañas y rubor descosido
y sus ojeras desconchadas de pulpo negro y pútrido.
La ciudad en la mañana
es una puta francesa pasada de tragos
y revolcada contra el catre del odio.

Soy un marinero de piedra, en la piedra.
Mi barco es de jade verde
mi cabeza de fuego marinero
ondula, brilla y se contorsiona
Como una bailarina de Benín.
Como un zafiro del Kurdinstán.
Como un Buda de Budapest.
Mi casaca de mar
azul, gruesa, y pesada
espera la tramontana y la tormenta.

Tomo mi café negro.
Es un momento de respiro…
una condición de fuego agnóstico.
Un nuevo despertar para salir del laberinto
hacia el azul del mar
en donde danzan versátiles dragones plateados.

En el puerto los hombres esperan la salida.
Hay un carguero que lleva azúcar a Liverpool
otro que lleva flores y trigo a Estambul y aquel que parte hacia el Egipto cargado de bombas y azufre.
Hace un sol que se deteriora hacia el medio día
en el meridiano de una carcajada
que se extiende como un arco de mongol mongólico.
De shaman pasado de visiones.
De yagué plagado de shamanes.
Pago con un tiquete; marco con una ficha;
sello con un trago; dejo atrás la pensión de barro y mugre
esa grosera caja de moribundos ebrios
y zarpo
con mi corazón
de obsidiana reluciente.
Con mi navaja
toledana afilada al alba
en tinta fresca
como si acabase de enterrarse en la
costilla de un poeta simbolista.

“El marinero de piedra va con su equipaje,
no tiene un futuro cercano, solo una estrella, solo una estrella”.


Es un carguero pequeño
manejado por contrabandistas.
Me dicen que solo pagan 300 francos por mes,
pero la comida es buena.
Yo cojo mi pequeña tula y la tiro
por la borda.
Mi corazón parece un albatros.
Ya liviano.
Ya blanco.
Próximo a alzar el vuelo.
–“Firme aquí. Si le da la gana” –. Me dijo el capitán.
Y me regaló un poco de tabaco.
O.G.R.