jueves, 4 de febrero de 2021

Corona-miedo y corona-ideología como descomponedores de la democracia constitucional

 

Corona-miedo y corona-ideología como descomponedores de la democracia constitucional

Escrito por Bernd Marquardt












El presente artículo revisa la ola de coronapolíticas del 2020 desde la perspectiva de las ciencias sociales –principalmente las constitucionales (1)–, orientándose de modo contra-hegemónico en preocupaciones según el siguiente cuestionamiento: ¿nos ubicamos más en un tema de salud, o de control social? ¿‘Corona’ se refiere más a una enfermedad, o a miedos, mentalidades e ideología? ¿Es más peligroso el microorganismo Sars-CoV-2, o el virus socio-mental de la autocratización?

El mundo del 2020 ha pasado por una ola autocratizante sin ejemplo en su extensión y profundidad. Revisando la fase de ascenso de marzo a mayo, el miedo a un virus –de impacto medio/bajo– sirvió como justificación para que 186 Estados ordenaran restricciones del tráfico fronterizo, 169 cerraran sus colegios, 135 limitaran los negocios no esenciales, 127 exigieran la distancia social, 114 promulgaran la emergencia y 91 ordenaran algún toque de queda total o parcial (2), incluyendo monstruosas confinamientos nacionales –encarcelaciones colectivas en casa– durante varios meses, que nunca se habían practicado en la historia mundial antes del 2020. En toda la época pudo observarse voces críticas de la ciencia jurídica y política: recientemente, el politólogo berlinés y experto en estudios democráticos Wolfgang Merkel constató un “populismo iliberal de las prohibiciones” y la nueva tendencia de “gobernar a través del miedo”, mientras el constitucionalista gotingués Hans M. Heinig advirtió, al inicio del coronamiedo, los peligros de un “Estado fascistoide-histérico de higiene” y su colega porteño Roberto Gargarella habló del “Derecho a la sospecha” (3). Se trata del mayor pico autocrático en Europa noroccidental y central desde finales de la Segunda Guerra Mundial, en la península Ibérica desde la caída dictatorial en la mitad de los años 70 y en América Latina desde la fase final de la Guerra Fría en los años 80. La tendencia del nuevo Estado policial a sobrecontrolar sin coherencia mínima, motivó a la prensa a reconocer en la Francia de noviembre del 2020 un “absurdistan autoritario” (4).


De tal manera, por medio de este proceder son afectados los tres componentes más nucleares del Estado constitucional, proveniente del iusracionalismo y humanitarismo de la Ilustración europea y americana. Primero, los aislamientos de los Estados ‘coronizados’ restringieron fuertemente y durante plazos largos la mayor parte de los derechos humanos y fundamentales en sociedad, asociados con el meta-valor de la dignidad humana, como el libre desarrollo de la personalidad con otros, la libre circulación, la libertad de reunión y manifestación, la seguridad de no ser detenido sin debido proceso (en los confinamientos en casa), el deporte, los cultos, las artes (escénicas), el trabajo, la propiedad y libertad económica, la familia y los derechos del niño, la educación y la autonomía universitaria, la vivienda digna (donde se obligó a quedarse en una casa marginal de subestándar) e incluso la salud y vida, donde en nombre de la salud se condenaron a la vida insana de pobreza, hambre, sedentarismo y psicoestrés de soledad. Segundo, resultó neutralizada la separación y el equilibrio de poderes, pues surgió una tendencia a la unidad de poderes en manos del ejecutivo que ordenó las restricciones a través de decretos sin participación significativa del Congreso, por ejemplo, en forma de 157 corona-decretos presidenciales y ministeriales en Colombia de marzo a junio. Tercero, fue afectado el principio democrático en los casos del soberano encarcelado por una cuarentena nacional, un acto que solo puede evaluarse como usurpación por su primer servidor. Esta triada describe nada menos que la implosión de los pilares principales del Estado constitucional democrático, social y ambiental. Habla por si mismo que en un país como Alemania, la rama judicial se vio obligada a revisar la constitucionalidad de decenas de corona-medidas, en lo que se detectó una hostilidad extendida de los 16 ejecutivos federales frente a diversos valores cardenales de la Ley fundamental de 1949 (5).


En general, se ha difundido la mentalidad anti-constitucional del estado-sitismo que rinde homenaje a los estados de sitio, de excepción y de emergencia, sea abiertamente o de modo camuflado a través de la interpretación ilimitada como presumido derecho policial normal, aunque la intensidad es única en términos históricos. Se impuso la lógica in dubio pro securitate en vez del constitucionalizado in dubio pro libertate, sacrificando la libertad en nombre de una efímera seguridad. Por definición, el estado de sitio es una dictadura comisaria para superar una crisis, pero si la afirmada crisis se perpetúa, se consolida también la dictadura. En ello, hay que constatar la tardía marcha triunfal del pensamiento de Carl Schmitt, el horrible “jurista de la corona” del totalitarismo nazi (6), alrededor del mundo. También puede citarse la figura del Estado de medidas activistas y represivas, de autoría de un crítico del nazismo, Ernst Fraenkel (7).


Para la constitucionalidad de los corona-decretos es esencial la cuestión de la proporcionalidad, teniendo en cuenta que ningún valor constitucional es absoluto (tampoco el combate epidémico) y debe ser ponderado de modo sistémico en sus relaciones con otros, bajo la prohibición del exceso. Por lo tanto, es inevitable el cálculo de riesgo. Al respecto, no existirían grandes dudas sobre medidas duras (en caso de su eficiencia) frente a una verdadera pandemia asesina como la peste justiniana del Mediterráneo de 541 d.C., la peste negra euro-asiática de 1347-1351 y el cocolitzli mexicano-peruano del siglo XVI, que provocaron colapsos demográficos alrededor del 40-90 por ciento. ¿Pero contra el covid 19? Hay que disputar si es razonable tratar de manera semejante un virus, donde la probabilidad de sobrevivir un contagio concreto se específica alrededor del 99,8 por ciento (con base en la plausible Infection Fatality Rate de 0,2) (8), sin duda seria que la letalidad corresponde mucho más con una gripe invernal que con una peste histórica.


Del mismo modo, surge la duda si es apropiado restringir los derechos de la totalidad, cuando menos del 0,5 por ciento de la población muestra un contagio con Sars-CoV-2, de los cuales el 80 por ciento se comprueba como asintomático o monosintomático, es decir, no se enferma. Tampoco parece irrelevante que la edad promedia de los contados como corona-muertos corresponde notablemente con la expectativa de vida del respectivo país, por encima de 80 años de edad en Europa. Otro criterio valiosa es que el covid 19 se ubica en el mero séptimo rango de las causas de muerte prematura del 2020, muy por debajo de los 9,2 millones por hambre, los 6,8 millones por cáncer, los 4,2 millones por contaminación del aire libre, los 4,1 millones por fumar, los 2 millones por alcohol o los 1,4 millones por Sida, en el mismo rango con los 1,1 millones de muertos por el tráfico motorizado, solo gradualmente por encima de la malaria o agua contaminada (9). Si se tomara en serio la justificación oficial de la coronapolítica de proteger la salud, habría que tomar prioritariamente medidas eficaces contra el hambre, prohibir las empresas contaminantes y los automóviles, lo que obviamente no ocurre debido al poder de opinión de los interesados.


Una ponderación racional requeriría, además, calcular los riesgos de la coronapolítica misma para la salud y vida, así como revisar bien las finalidades planteadas como ganar tiempo, en particular, la expectativa de generar más seguridad por prolongar artificialmente las olas naturales de difusión y desaceleración viral, teniendo en cuenta que las pandemias del pasado como las pestes del Antiguo Régimen y las gripes del siglo XX –la española (1918-1920), asiática (1957-1958) y hongkonesa (1968-1969)– no fueron vencidas sino que terminaron naturalmente por mutación e inmunización, y que solamente una enfermedad peligrosa se suprimió de modo completo por el ostentado camino ideal de la vacuna, la viruela en 1978.


Las nuevas coronapolíticas muestran en múltiples países una estructura paralela, pero se distinguen en su radicalidad y moderación relativa. Pese a muchas particularidades y oscilaciones, parece viable detectar el patrón que los Estados tendencialmente moderados fueron aquellos sin experiencia autocrática durante el último siglo (Suecia, Suiza) o con un manejo crítico de su pasado dictatorial (Alemania), así como las culturas sin las creencias gnósticas, escatológicas y apocalípticas de Occidente (Corea del Sur). En general predominan los Estados bien consolidados de buena confianza en sí mismo. En cambio, como Estados tendencialmente radicales destacan aquellos que se han acostumbrado a apreciar el estado de sitio como la medicina general para todo problema y sin manejo crítico de las fases autocráticas de su historia reciente. Típicamente, son católicos. De igual forma, se descubren los Leviatanes de peluche que prefieren simular y fingir una eficiencia objetivamente inexistente al estilo de una estatalidad de teatro. Los tres países más corona-represivos del mundo –Colombia, Perú y Argentina–, cuentan con todas estas preconfiguraciones como bases de sus encarcelamientos monstruosos de su soberano democrático durante varios meses.


La ideologización de la miedocracia

En el presente análisis, se considera central la ideologización de la miedocracia, pues ‘corona’ se ha transformado en un conjunto de creencias y emociones sin verificabilidad, así en el triángulo político entre el Estado, las grandes empresas de medios masivos y el brazo apocalíptico de la (pseudo) ciencia microbiológica que es cercano a la industria farmacéutica. Llama la atención el alarmismo que apela con una frecuencia e intensidad grotesca al miedo, lo que promueve la des-racionalización societal. En el fondo, tuvo lugar la redefinición conceptual de pandemia por la OMS en 2009, independizándola de los riesgos reales para la vida humana, con el efecto de que muchas comunicaciones estatales se limitan al reduccionismo de cuantificar el contagio. En efecto, se difunde el malentendido según el cual el receptor popular escucha ‘peste’, aunque el emisor dice nada más que ‘difusión rápida de una especie de gripe’.


La corona-ideología tiende a encuadrar el pensamiento colectivo por filtros de efecto sugestivo, introduciendo y popularizando conceptos, mediciones y valores límites desconocidos anterior al 2020, con selectas cifras absolutas de apariencia amenazante sin contextualización suficiente. Es central la estrategia de reinterpretar segmentos de la muerte natural por edad, exponiéndolos como víctimas de una invasión viral. Se complementa por la ilusión de la Confirmed Case Fatality Ratio que provoca imaginarios de una letalidad alta por relacionar los muertos con la pequeña minoría de los contagiados conocidos por las autoridades, aparte de jugar con una inflación artificial del número de víctimas por presentar todo muerto con prueba PCR positiva como víctima del virus, independiente de toda causalidad. No faltan las referencias a una sobre-mortalidad abstracta que incluyen generosamente las víctimas de la corona-política a aquellas del virus. Paralelamente, ocurren engaños comparativos como la tendencia del mundo hispanoparlante de presentar la estrategia del confinamiento (encarcelación colectiva en casa) como la respuesta uniforme de todo el mundo, aunque la mayor parte de los países nunca actuó tan radical, mientras se extiende el concepto de cuarentena del histórico control de pocos viajeros a la esfera nacional.


De igual forma, hace parte de la ideologización de la miedocracia, el intento de construir la salud como el presumido supra-derecho del cielo iusnatural, en contra de todo equilibrio teórico y constitucional establecido. En general, ocurre una desconstrucción de la sensibilidad para los valores constitucionales provenientes de la Ilustración occidental, con base en un discurso en pro de la seguridad que reduce la libertad a un mero lujo, pospuesto a futuros días mejores, transformando el pueblo en corona-súbditos que son exigentes de su propia incapacitación. Los corona-halcones diseñan la excepcionalidad constitucional como la nueva normalidad, camuflando el neo-estadositismo como presumido derecho policial normal.


En ello, juegan un papel diversas técnicas propagandísticas básicas, en particular, adoctrinar mediante la repetición penetrante: en algunos días, hasta el 70 por ciento de las noticias se dedican a corona, lo que crea una obsesión y adicción al tema. Bajo el uso de una retórica bélica, se argumenta la coronapolítica del país propio como una supuesta verdad objetiva sin alternativa (principio de Tina: there is no alternative). Desde siempre, es uno de los mejores indicios de ideología, la negación del pluralismo científico, lo que ocurre en el 2020 cuando los promotores igualan profecías de los sumos sacerdotes de la escuela apocalíptico-oscura de la microbiología –incluyendo Neil Ferguson, autor del Malleus maleficarum de los corona-cazadores (10)– con la ciencia como tal, bajo la estigmatización de los realistas y una ceguera sistemática hacia los criterios de las ciencias sociales, incluyendo el gran silencio frente a las experiencias históricas con las pandemias. Paralelamente, la corona-ideología establece rituales cuasi-sacralizados que simbolizan la inclusión al endogrupo, como el código de vestimenta de tapabocas. Se demonizan a los oponentes (países, científicos, manifestantes), tratándolos como heréticos.


En el núcleo ideológico, llama la atención la creencia que las fuerzas naturales serían plenamente controlables por el ser humano y sus instituciones. No se pone en duda que las medidas estatales e industriales definirían decisivamente el curso de ‘la pandemia’. Así, se ignora medio siglo de las ciencias ambientales que precisaron las limitaciones naturales de la humanidad en el ecosistema Tierra. En otras palabras, el corona-tecnocentrismo reactiva una especie de superstición en vestimenta seudo-ilustrada, tan presuntosa como irracional. Consecuentemente, la oferta de salida de la crisis se reduce al camino industrial-tecnológico bajo la dirección estatal: a través de la ‘vacuna’ de la industria farmacéutica, una expresión que esconde que se impone precisamente una nueva tecnología genética (tipo ARNm).


Tradicionalmente, la ciencia política analiza las ideologías en el esquema derecha-izquierda, lo que no es tan fácil con corona, pues diversos seguidores velan de bandera falsa y forman alianzas diagonales. No obstante, es términos estructurales la corona-ideología pertenece a la derecha acentuada: hablan por sí mismas la concepción negativa del ser humano que debe ser disciplinado, la afición de dirigir por el derecho policial y penal, la confusión de dureza con eficiencia, la prioridad de la seguridad nacional frente a los derechos humanos o el neo-estado-sitismo con base en el “jurista de la corona” nazi Carl Schmitt. No debe subestimarse que el nazismo fue la única ideología del pasado que hizo de la higiene uno de sus pilares centrales. También puede citarse la preferencia de la corona-ideología para soluciones del complejo industrial-tecnológico. A los confundidos del espectro de izquierda, se invita a despedirse del imaginario que todo lo relacionado con la salud sería un tema propio: en realidad, todo dictador europeo de los años 30 practicó algún grado de populismo social.


Paralelamente, la corona-ideología articula una tendencia de reactivar la memoria cultural al combate de desgracia y peste en el Antiguo Régimen pre-ilustrado. Ocurre un renacimiento de elementos estructurales del derecho del miedo de los siglos XVI y XVII que, en su tiempo, asoció la peste endémica con demonios peligrosos como metáfora de los virus desconocidos, en lo que el brazo apocalíptico de las Universidades recomendó la prevención férrea, incluyendo excesos como sacrificar miles de ayudantes de la ira satánica en el fuego purificador. En la actualidad, se reanima el estilo de las ordenanzas de la buena policía de entonces con su enfoque sacralizado en el disciplinamiento societal que reglamentaron detalladamente todo espectro de la vida conjunta (vestimenta, número de invitados a bodas, limitación de fiestas…). De tal manera, renacen las capas de protección contra la desgracia de espíritus que se pretenden impresionar mediante la dureza. Incluso resurge la paradoja del cazador de brujas, pues la autopercepción de aquel según la cual solo su intolerancia hubiera prevenido mayores daños de manos del demonio, aparece otra vez en las especulaciones de los corona-halcones que asocian contrafácticamente la evitación de mayores daños con su severidad. También la cuarentena como tal es una herencia de este mundo del pasado, como lo entendió también una ley del alto liberalismo neogranadino de 1850 que abolió las cuarentenas como superstición incompatible con los valores del ascendiente constitucionalismo. Así, se constata un peligro que corona revoca el ‘desencanto del mundo’ de la Ilustración y se despide del ius/racionalismo.


La inviabilidad de las encarcelaciones nacionales en países con un amplio proletariado informal


Cuando Colombia, Perú y Argentina copiaron la cuarentena nacional de la Italia de G. Conte y la radicalizaron a monstruosas encarcelaciones del demos completo en sus hogares durante múltiples meses, olvidaron repensar la viabilidad en países con la estructura societal propia. Donde una transformación subóptima a la sociedad industrial había establecido un proletariado informal urbano que encarna la mitad de la población, se observó una especie de cuarentenas nacionales de papel, pues los pobres urbanos de pocos ingresos diarios necesitaron salir de sus hogares para sobrevivir, bajo la imposibilidad de toda distancia social en la estructura de los barrios informales, mientras se entregó un número desconocido de pobres y nuevos empobrecidos –víctimas de la coronapolítica– al destino del acortamiento de vida por desnutrición, hambre, falta de tratamiento médico común, depresión de soledad y violencia familiar. Al respecto, llama la atención que el 74 por ciento de la sobre-mortalidad peruana del 2020 no puede ser asociada con infecciones por el coronavirus, al igual que en Sudáfrica con su estructura societal semejante (11), lo que invita a repensar la probabilidad de fenómenos semejantes en Colombia. Algunos gobiernos desconocían las condiciones de su sociedad propia, aparentemente sin grandes escrúpulos de pasar al sociocidio.

Interesados y ganadores

Con respecto a la pregunta clave por las fuerzas dirigentes de la coronapolítica, se advierte de la tentación de un decisionismo estrecho, pues comparando con otras psicosis colectivas, como la caza de brujas de 1560-1690, no se detecta necesariamente el gran supervillano, sino más una interacción compleja de factores y actores en sistemas retroalimentivos. Sin embargo, esto no significa la ausencia de stakeholders y beneficiados que aceleraron de manera no altruista la violencia estructural.

En primer lugar, se señala el provecho de las naciones del núcleo industrial del planeta frente a las menos industrializadas que resultan debilitadas en mayor medida por los shutdowns. De modo social-darwinista, la coronapolítica fortalece el eco-imperialismo con sus huellas ambientales extensas a través de las cuales la UE, los EEUU y la sinósfera ocupan cada vez más partes de la bioproductividad del ‘sur global’.

Segundo, se indica el avance del gran empresariado ‘anarco-liberal’ a costa de las empresas medianas y pequeñas, dirigidas masivamente a la bancarrota. De tal manera, se acelera el reemplazo del ciudadano económico por poderes neo-feudales. Entre los ganadores destacan las empresas farmacéuticas, digitales y bancarias. También se asegura la hegemonía de la ideología neoliberal contra la creciente pérdida de su fuerza persuasiva, pues el régimen del miedo promueve el súbdito obediente en vez de reflexivo.

En tercer lugar, expande la estatalidad autocrática contra la estatalidad limitada del ideal constitucional-democrático de la Ilustración. Por una parte, gobernantes concretos aumentan su reputación pública mediante un populismo salvador de dureza que trata el estado de sitio como garante de seguridad. Por otra parte, se rompe abiertamente con el paradigma de la unidad de la democracia de mercado, haciendo obvio y definitivo el divorcio del liberalismo económico de su hermano político. En vez del canto del cisne al Estado, popularizado por la globalización a comienzos del tercer milenio, se reconfigura la alianza sistémica entre el gran empresariado industrial y el Estado policial.


En paralelo, pueden discutirse las relaciones internacionales, revisando el gran juego de la competencia de sistemas, pues la renaciente potencia mundial de China destaca no solo como la única sin recesión y como el punto de partida del curso viral, sino que representa también el exportador original del coronamiedo con su potencial tóxico de desintegrar la estructura profunda e identidad del competidor sistémico, subrayando la superioridad de la armonía confuciana sobre la floja estatalidad limitada.


En quinto lugar, re-expanden los medios masivos en manos del capital industrial contra el ascendente desafiador de los medios sociales alternativos. En ello, no debe subestimarse el riesgo de una dirección errónea autorreferencial del sistema de comunicación globalizado, según las lógicas de la economía de atención (incluyendo el uso de algoritmos) y de la competitividad digital que presiona a los medios establecidos a presentar nuevos artículos en su página web múltiples veces al día.
En sexto lugar, gana el conservadurismo industrial contra el ambientalismo, pues todos los citados anteriormente aseguran sus intereses contra la hegemonía de debate y el potencial de reforma en el ámbito del cambio climático antropogénico, desviando de la necesidad de las reformas estructurales, pues si el pueblo piensa que el problema más urgente es la salud, se abstiene de tematizar las incómodas limitaciones al industrialismo carbonizado, de modo que resultan marginados los movimientos socio-ambientales prometedores como Fridays for Future del 2018-2019.

 

1. El artículo se fundamenta en una obra propia con referencias detalladas: Marquardt, B.: “Coronapolíticas y coronaderecho: Un viaje comparativo al mundo del 2020 en estado de excepción”; en Íd. (Comp.): ¿Coronademocracia o coronadictadura? Anuario IX de CC - Constitucionalismo Comparado, Bogotá: Ed. Ibáñez, 2020, pp. 11-124.
2. Cheng, C. et al.: “Coronanet: A Dyadic Dataset of Government Responses to the Covid 19 Pandemic”, en SocArXiv, Open Archive of the Social Sciences, de 16.5.2020, DOI: 10.31235/osf.io/dkvxy (17.11.2020).
3. Merkel, W.: “Corona-Politik: ‘Ich nenne das: Regieren durch Angst’“, en Die Zeit, de 14.10.2020, https://www.zeit.de/politik/ deutschland/2020-10/corona-politik-demokratie-angela-merkel-regierung-pandemie-wolfang-merkel (17.11.2020); Heinig, H.M.: “Gottesdienstverbot auf Grundlage des Infektionsschutzgesetzes”, en Verfassungsblog, On Matters Constitutional, de 17.3.2020, DOI: 10.17176/20200318-003209-0 (17.11.2020); Gargarella, R.: “Frente al coronavirus: ¿es necesario restringir las libertades compulsivamente?” en Clarin, de 24.3.2020, https://www.clarin.com/opinion/frente-coronavirus-necesario-restringir-libertades-compulsivamente-_0_7-hXC6hjy.html (17.11.2020).
4. Joeres, A.: “Corona-Regeln in Frankreich: Autoritäres Absurdistan”, en Die Zeit, de 12.11.2020, https://www.zeit.de/politik/ ausland/2020-11/corona-regeln-frankreich-lockdown-polizei-quarantaene-attest-joggen-sport (17.11.2020).
5. Panorama: https://www.lto.de/themen/recht/c/coronavirus/ (17.11.2020).
6. La expresión “jurista de la corona” (Kronjurist) es del politólogo W. Gurian de 1934.
7. Fraenkel, E.: Der Doppelstaat, 4ª ed., Hamburgo: EVA, 2019 (originalmente de 1938).
8. De una IFR de 0,2 parte plausiblemente: Ioannidis, J.P.A.: “Infection fatality rate of COVID-19 inferred from seroprevalence data”, en Bulletin of the WHO, de 13.9.2020, https://www.who.int/bulletin/online_first/BLT.20.265892.pdf (17.11.2020).
9. Data de 28.10.2020 de: Worldometer: Real time world statistics: Health, https://www.worldometers.info/ (28.10.2020). Sobre la mortalidad de la contaminación del aire: OMS, https://www.who.int/health-topics/air-pollution#tab=tab_1 (17.11.2020).
10. Imperial College Covid 19 Response Team: Report 9, Impact of Non-Pharmaceutical Interventions (NPIs) to reduce Covid 19 Mortality and Healthcare Demand, de 16.3.2020, https://doi.org/10.25561/77482 (17.11.2020).
11. Viglione, Giuliana: “How many people has the coronavirus killed?” en Nature, de 1.9.2020, https://www.nature.com/articles/d41586-020-02497-w (17.11.2020).

*Profesor titular de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional; Director del Grupo de Investigación Constitucionalismo Comparado.

TOMADO DE: DESDE ABAJO

 https://www.desdeabajo.info/index.php


lunes, 1 de febrero de 2021

RAZONES EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO

 


YEMAYÁ EN MADRID (OM/GARRATZ)

RAZONES EN EL ARTE CONTEMPORÁNEO


Gerard Vilar

(Universitat Autònoma de Barcelona)

El arte, por seguir empleando un término cómodo, pero de incierto referente, ha servido a lo largo de su historia para muchas cosas y a numerosos señores. Ha servido a las religiones, a las iglesias, al poder en todas sus formas y variedades, a todos los deseos y a todas las necesidades humanas e inhumanas. Pero también ha servido al conocimiento, a la justicia y hasta a la felicidad, esto es, como se decía antes, ha desempeñado diversas funciones emancipatorias y racionales. Tras pasar todas las vicisitudes históricas sabidas, hoy el arte sigue cumpliendo estas últimas funciones. Quiero decir que el arte, pese a ciertas apariencias contrarias, es y sigue siendo una de las formas básicas de la racionalidad en el sentido más enfático. Los seres humanos hemos podido llegar a desarrollar la razón gracias a que no estamos definidos del modo en que lo están la salamandra o el león. Pero la razón misma tampoco está definida de una vez por todas, sino que hay que hacerla, buscarla, inventarla. En los últimos tramos de historia de nuestra especie, la razón a tomado una serie de formas, aunque a veces laxamente, más o menos conectadas entre sí: ciencia, tecnología, Estado de derecho, democracia política, ética humanista, filosofía crítica y, claro es, también arte autónomo y crítica de arte. Todas estas prácticas e instituciones que están en el núcleo de la razón en el presente, se caracterizan porque de un modo u otro se basan en un denominador común: la práctica de dar razones, reconocerlas y aceptarlas o rechazarlas en base a razones. Tales prácticas, dicho wittgensteinianamente, constituyen una gran familia de juegos de lenguaje que tal vez no se dejen encerrar en una descripción sistemática y unificada, rigurosa y detallada, pero que no se podrían entender o reconocer al margen de dicho denominador común. En cada caso esas prácticas presentan peculiaridades y diferencias muy importantes. La práctica de un seminario de científicos discutiendo sobre la espuma cuántica y la de una sesión de letrados del tribunal constitucional es, sin duda, muy distinta. Los primeros buscan la descripción verdadera de un fenómeno del mundo objetivo; los segundos la interpretación justa de los preceptos legales. En el caso del arte, por supuesto, las cosas son aún más confusas. Pero creo que en todos los casos podemos reconocer una dialéctica de acuerdos y desacuerdos, de consensos y disensos acerca de aquello sobre lo que se dice y se habla, abstracción hecha de que los acentos pueden estar más en los primeros o en los segundos. La ciencia y el derecho persiguen más los acuerdos y consensos. El arte y la filosofía buscan más los desacuerdos y los disensos. Pero son formas prácticas de dar y reconocer razones. En lo que sigue voy a tratar de dar mi visión sintética de por qué creo que el arte contemporáneo también es centralmente una de tales prácticas.


Quienquiera que haya visitado alguna exposición reciente de arte contemporáneo se habrá encontrado con objetos, instalaciones o acciones que a menudo cuesta mucho distinguir como obras de arte y de las que, aún más, no es nada fácil reconocer su significado. Nan Goldin, por ejemplo, una artista que ha realizado sobre todo fotografía desde los años setenta, nos presenta como obra de arte un terrible retrato de ella misma con el título Nan One Month After Being Battered, es decir, “Nan un mes después de ser apaleada”. Es una fotografía de 1984 en la que vemos a la artista con los ojos amoratados, la cara inflada y una expresión de desamparo e indefensión que no puede dejar de conmover. Parece querer compensar su humillación con el rojo intenso de su lápiz de labios, con unos grandes pendientes de plata y un voluminoso peinado parecido a una peluca. Pero inevitablemente uno se pregunta por qué esta fotografía es una obra de arte y las fotografías que encontramos casi cada día en las revistas y periódicos o que hacen los médicos forenses de mujeres maltratadas no lo son. Resulta igualmente ambiguo una cabeza de vaca encerrada dentro de una urna que se pudre lentamente consumida por centenares de moscas negras que depositan ahí sus huevos de los que luego salen gusanos que se alimentan hasta que ellos también acaban convirtiéndose en moscas en un largo ciclo vital, como en la obra One Thousand Years del artista británico Damien Hirst; o las fotografías absolutamente cursis e infantiloides de niñas enfundadas en vestidos futuristas que sonríen como si se hubieran tomado un tripi de Fanta, como en las obras de la inefable Mariko Mori; o una obra o acción consistente en una cena en la que el artista Rirkrit Tiravanija cocina una sopa tailandesa para el público. Sin duda, parece que estos artistas contemporáneos quieren decir alguna cosa con sus obras o acciones, pero no es nada evidente en qué consiste esta comunicación frente a lo que había sido la comunicación artística en el pasado.


Hace una generación, T.W. Adorno, el filósofo del arte que mejor pensó el arte moderno desde su momento o lado negativo, podía afirmar convencido que “ninguna  obra de arte debe describirse ni explicarse por medio de las categorías de la comunicación”.[1] Adorno hacía esta afirmación porque creía que esta sociedad subyugada por el capitalismo y sus medios de dominio, cosificación y alienación, la única forma de resistencia que quedaba ante el imperio total del sistema sobre las conciencias de los individuos era el arte que, en lugar de entregarse al mercado y a la ideología dominante, se encerraba sobre sí mismo, haciéndose hermético y desagradable. Este arte, al ser antifuncional, inhumano y refractario a la comunicación, mantenía viva la llama de la libertad, que es lo que Adorno creía ver en las obras de Kafka, Beckett o Schönberg. Pero después de la postmodernidad, en medio de este delta de incontables brazos y canales en el que el río del arte moderno se ha convertido, el punto de vista de Adorno ha perdido pie en la realidad. No obstante, tampoco puede decirse que con el triunfo del capitalismo se haya apagado completamente la luz de la libertad y la posibilidad de lo heterogéneo, de la diferencia o la noidentidad, como la llamaba. El arte ya no puede resistirse a la comunicación en nombre de la utopía, sino que transforma los modos de comunicación en una sociedad dominada más que nunca por los medios de comunicación y el espectáculo. La relación entre el arte y la comunicación ha sido, por consiguiente, distinta en distintos momentos históricos y tiene, por tanto, una historia.




1. La comunicación en el arte tradicional




Las que hoy llamamos “artes visuales” han sido siempre, desde sus orígenes, tipos de comunicación. La verdad es que de los orígenes sabemos muy poco y es muy improbable que lleguemos a saber mucho más dada la escasez de los productos artísticos y de las culturas en cuyo seno éstos tenían sentido. Sólo nos han llegado algunas muestras que por azar han sobrevivido a la destructividad del tiempo y los elementos y que, probablemente, son de fecha relativamente avanzada respecto a lo que debieron ser sus orígenes en el alba de la especie. Normalmente las historias del arte empiezan con las pinturas rupestres, las agujas hechas con astas y las pequeñas “Venus” prehistóricas. Todos estos objetos representaban realidades humanas, naturales y quizá entidades mágicas que hoy nos resultan muy difíciles, si no imposibles, de reconstruir con una cierta seguridad. Sin embargo, fuera cual fuera el significado real de estos objetos, lo que parece incuestionable es que eran objetos simbólicos. En un sentido amplio, todo objeto simbólico es el substituto de un ente al que se refiere y que sirve para comunicarse. Todo símbolo comunica algo a alguien. Esta estructura comunicativa también es característica de los lenguajes naturales: sistemas simbólicos de sonidos que sirven para que alguien comunique algo a alguien. Por este motivo hablamos corrientemente de los lenguajes del arte[2]. Los lenguajes naturales y los lenguajes artísticos presuponen la misma capacidad simbolizadora. Así pues, no es del todo arriesgado, aunque sí difícil de probar, que las artes y el lenguaje se fueran desarrollando de forma paralela y que siempre hayan ido estrechamente ligados. El ojo fisiológico y el ojo interior de la mente articulado lingüísticamente han estado seguramente íntimamente unidos. Ver la figura totémica espeluznante y simultáneamente comprenderla emocionalmente como representación de un poder natural con nombre y una historia legendaria y mágica, es el modelo de la experiencia del arte en sus orígenes: la comunicación de un contenido espiritual dentro del horizonte de una determinada cultura. Como nosotros no tenemos la cultura que dio lugar a  Altamira, sólo podemos especular sobre los contenidos espirituales que ese arte comunicaba, pero lo que sí sabemos es que había algo que se comunicaba a los miembros de esa cultura. Y de esta forma continuaron las cosas hasta no hace mucho tiempo.


Hasta hace aproximadamente un siglo, eso a lo que llamamos “arte” según las narraciones históricas comúnmente aceptadas, era una forma de comunicación relevante que, por ejemplo, vehiculaba conocimientos, cumplía funciones sociales importantes y era una manifestación superior de la capacidad creativa de los seres humanos. Se podía cuestionar la capacidad del arte como manifestación de conocimiento, plantear la necesidad de su subordinación a la religión o a la política o, contrariamente, defender su poder visionario y su libertad absoluta. Pero aún con independencia de que unos u otros reconocieran sus pretensiones, nadie podía dudar de que estas pretensiones de razón estaban ahí planteadas en los frescos de Sant Climent de Taüll, la Anunciación de Leonardo da Vinci, en La libertad guiando al pueblo de Delacroix. El arte hablaba en sus lenguajes comprensibles y hablar y escribir sobre las obras de arte no fue una tarea necesaria hasta bien entrado el siglo XVIII. Hoy los discursos sobre el arte del pasado no sólo reconocen estas razones antes expuestas –la razón comunicativa, la razón funcional y la razón creativa, para decirlo de una forma sintética aunque un poco inexacta-, sino que ellos mismos se han convertido en ciencia de la historia del arte, en iconología, en sociología y en psicología con sus propias pretensiones de razón. El Cristo crucificado del retablo d’Isenheim pintado por Grünewald sería un perfecto ejemplo de las razones del arte tradicional. Cualquier cristiano podía entender aquella obra, reconocer su función piadosa y litúrgica y reconocer la creatividad del artista. Sin duda se podía discrepar sobre si un Cristo pobre, llagado y sangriento era la representación más adecuada del Hijo en el Calvario y que el artista haya conseguido crear con éxito algo valioso. Esto mismo se debió cuestionar cuando Grünewald entregó su obra acabada al convento de monjes antoninos que se la había encargado, y  ello se ha discutido posteriormente y seguramente se continuará discutiendo en un futuro. De todas formas, creo que se puede afirmar a grandes rasgos que siempre se ha entendido Grünewald y se han contemplado sus razones, dando por supuesto que la comprensión en el arte es siempre un proceso abierto que no puede tener un punto final en una comprensión perfecta o acabada.


Aún así, ya en el Renacimiento se dieron signos de una complejidad de las cosas, un proceso que para el arte iría en aumento. La famosa Alegoría de la primavera de Botticelli fue un encargo político para un salón del palacio de los Médici. Éste no era un arte para todo el mundo. Par entender la obra de Botticelli no sólo era necesario estar entre los pocos privilegiados que tenía acceso al palacio, sino que también se tenía que haber leído al poeta Poliziano, tener conocimientos de filosofía neoplatónica, de mitología clásica, de iconología y de los objetivos propagandísticos de Lorenzo de Médici, objetivos que consistían también en utilizar el arte para fortalecer políticamente la ciudad de Florencia y enriquecer material y espiritualmente a sus ciudadanos. Esa obra de Botticelli no era obvia y comprensible para cualquiera y sus razones eran bastante oscuras. No es pues extraño que hasta que la iconología del siglo XX no pudo aplicar sus métodos de interpretación en esta obra, su significado originario había quedado sepultado bajo estratos de tiempo e ignorancia. Panofsky, Warburg, Wind, Gombrich y otros han restaurado este significado con un gran esfuerzo de inteligencia, de forma que hoy podemos gozar de esta obra no sólo como una “alegoría de la primavera” en general, sino que también podemos leer esta alegoría como un discurso de las bondades de la ciudad de Florencia como centro cultural, económico y político bajo los auspicios de la familia de los Médici. No obstante, el hecho de que se haya tardado tanto tiempo en restaurar este sentido a la obra de Botticelli es un signo inequívoco de que en esta y en otras obras de la época se abrió una primera grieta en la relación del arte con sus razones. Una grieta que acarreará vastas consecuencias porque, en primer lugar, se irá traduciendo poco a poco en eso que podemos llamar “la estetización del arte”, que culminará en las teorías filosóficas de la Ilustración según las cuales lo que importa son los placeres de la imaginación, el desinterés y la ausencia de concepto y, en consecuencia, el hecho fundamental sería la forma autónoma y sus propiedades de generar en el individuo experiencias “estéticas”. Paralelamente, apareció el gusto como capacidad universal del individuo libre para juzgar el arte y lo bello, es decir, apareció el gusto como forma de razón, pero de una razón muy problemática. Porque, en segundo lugar, la manera en como se concibió el gusto implicó la diferenciación entre el juicio estético y el juicio artístico, que había llegado a ser un lugar común. Podemos gozar de cualquier obra del pasado o del presente, de nuestra cultura o de cualquier otra sin atender para nada a su significado, la función para la que fue concebida o las intenciones de quien la creó. En resumen: sin entender nada de ella y sin prestar atención a sus  razones. Y porque, en tercer lugar, esta diferenciación incluso resulta ser una oposición un poco paradójica: puedo entender perfectamente una obra de arte pero no por ello ha de complacerme. O, puede complacerme y simultáneamente puedo rechazar lo que significa, comunica o explica.


¿Es definitivo este divorcio que se inició en los albores del mundo moderno o podemos descubrir nuevas vías que conecten el arte con sus razones, para que la estética recupere el concepto y el gusto se reconcilie en alguna medida con el conocimiento, con el entendimiento? La respuesta inevitable es que, estrictamente, ésta es una diferenciación irreversible, pero esto no significa de ninguna manera que la estética y la filosofía del arte no tengan un enorme territorio en común, como el que tuvo en tiempos de Baumgarten y que luego se perdió con Kant, Hegel y las demás filosofías habidas hasta Heidegger y Adorno. Esta separación, que no llegó nunca al divorcio, entre la estética y la filosofía de arte fue sobre todo impulsada por la irrupción del arte moderno cuando, como es sabido, las cosas se complicaron aún más para la comunicación artística. Por su carácter innovador, experimental y crítico, el arte moderno tiende siempre a rechazar las formas tradicionales de razón que el arte siempre había tenido para buscar otras más nuevas e, incluso son frecuentes las posiciones extremistas que rechazan toda forma de razón comunicativa, o toda forma de función, o toda forma de creatividad. Arte que no quiere comunicar nada, arte que no quiere tener ninguna función ni ser signo de creatividad llegó a ser algo usual entre la Primer Guerra Mundial y el fin de la Guerra del Vietnam. Las vanguardias llevaron su propia guerra entre guerras. Pero vistas las cosas desde el presente, cuando el arte moderno parece tan lejos como el de los maestros renacentistas, todo se nos presenta con menos ardores guerreros y menos voluntades radicales de lo que se creyó en otros momentos. Hoy, alrededor de todo ese arte que nació con vocación anti-institucional, hay un enorme complejo institucional de museos, fundaciones, galerías, coleccionistas, revistas, críticos y comisarios en el que se mueven millones de personas y miles de millones de euros. No obstante, esta despotenciación de la fuerza subversiva del arte moderno y su integración en el sistema del mercado cultural no ha comportado necesariamente una simplificación de las cosas.




2.  De lo moderno a lo contemporáneo




Puede ser que comprender el Gernika de Picasso sea relativamente sencillo, pero en el arte moderno es más una excepción que una regla. Era bien emblemática la posición de Clement Greenberg, el gran crítico de arte americano de los cincuenta, cuando apelaba a la Crítica del Juicio de Kant como base filosófica más satisfactoria para la crítica de arte. Es decir, apelaba a una estética que sostenía que en el juicio de gusto no se ha de reparar en ningún significado ni concepto, sólo en la forma y la estructura, la estética en la que el anteriormente citado divorcio entre juicio de gusto y juicio artístico era más completo. No menos emblemática es la célebre declaración de Frank Stella sobre que “el arte que se ve es el que se ve”, invitando a prescindir de todo ejercicio de comprensión. Pero si a la vez esta posiciones fueran adaptadas coherentemente, entonces el arte no tendría nada que decirnos, se reduciría a un asunto de placeres y displaceres, meramente a las emociones y, además, según el conocido argumento de Arthur Danto, no podríamos reconocer diferencia alguna entre la cartulina  garabateada de un niño y una abstracción de los expresionista americanos, o entre cualquier caja metálica y una escultura minimalista[3]. Las obras de arte tienen un significado que vehiculan en un objeto, instalación o acción. Las obras de arte contemporáneo son en general enunciados en un lenguaje desordenado.




Este es un punto de vista que está en contradicción con el supuesto que ha dominado durante unos cuantos siglos, que las categorías con las que se debía pensar el arte eran categorías de belleza y de la experiencia estética entendida como una reacción emocional a los estímulos que provienen de la obra. El arte contemporáneo normalmente no es bello y no se puede evaluar con los términos tradicionales. Eso no significa que la belleza haya desaparecido del arte. Sin duda siguen habiendo obras y artistas que buscan principalmente la belleza. De hecho, en el arte ningún descubrimiento temático, técnico o expresivo no se abandona nunca, sino que se suma e integra en los círculos concéntricos de la expansión de la esfera de lo artístico.  Aún así, la belleza no es un tema dominante hoy y raramente lo es en los artistas contemporáneos, aunque lo fuera en alguno de los grandes modernos como Mark Rothko. Pero creo que incluso en éstos la belleza se presenta no como una cosa de la que simplemente hay que gozar, sino como un significado. El arte contemporáneo está dominado por el significado, por la pretensión de comunicar contenidos espirituales normalmente de carácter reflexivo y exige de nosotros un esfuerzo de comprensión. En este sentido, el arte ha recuperado en cierta forma la relación con el significado que tenía antes de que en el Renacimiento las artes se convirtieran en “bellas artes” y se iniciara un  periodo que duró quizá hasta los años cincuenta del siglo XX. Como en el Románico, en el que lo importante es el significado de Cristo o de los evangelistas representados en el cielo y no la “estética” de esta representación, que es algo completamente secundario, en las fotografías de Nan Goldin o Cindy Sherman, en las esculturas de Rachel Whiteread o Damien Hirst, o en las instalaciones de Eulalia Valldosera o Francesc Abad lo fundamental es lo que significan y no que sean bellas, que tengan cualidad o que sean sublimes. La liberación del corsé “estético” ha puesto a los artistas ante una situación de libertad desconocida en el arte del pasado. No obstante, para ser exactos,  el arte ha alcanzado una libertad que tiene poco que ver con la situación del arte en el medievo. Si acaso tendría más relación con el arte del mundo griego, cuando aún no había una función de ilustración de un libro, una revelación fijada textualmente como en el arte de época cristiana, sino que los poetas y los artistas eran los creadores de la religión, de los mitos griegos. No pretendo decir que actualmente estemos en proceso de reinstaurar una “religión del arte”, una pretensión romántica que nunca nos ha abandonado del todo, ni que los artistas tengan hoy la gran responsabilidad de mostrarnos el sentido del mundo y de la vida. Pero sí estoy convencido que el arte hoy tiene la tarea esencial en toda cultura democrática de desordenar todos los sentidos cosificados de nuestro mundo de la vida. Como ya he defendido en otro sitio[4], la tarea del arte hoy es introducir el caos en el orden. Ésta sería su “razón funcional”. Se trata de una razón que surge de una necesidad de toda sociedad auténticamente democrática. El problema de la función o de la falta de función del arte es un viejo problema que nació con la estética filosófica y en el que ahora no nos podemos detener, pero todas las formas de autoritarismo y de totalitarismo han sido contrarias al arte libre. En una visión democrática radical como la que yo defiendo, el arte y la cultura estética en general son un tipo de garante pluralista y politeísta ante el monismo y monoteísmo de la esfera cultural de la ciencia y la tecnología, y ante la tendencia igualmente unificante y homogeneizadora de la cultura normativa moral y política. Ante todas ellas, la permanente afirmación de la pluralidad de las visiones del mundo, la multiplicidad de los lenguajes y el carácter abierto de las experiencias posibles es el auténtico contrapunto de la visión unificada que buscan por propia naturaleza tanto la cultura científica como la normativa. Éstas tratan de encontrar la verdadera descripción del universo y el sistema justo y correcto de normas y valores de convivencia universalmente válido. En cambio para el arte hay infinitos mundos o infinitas maneras de ver el mundo y experimentarlo. No diré la obvia falsedad de que una buena cultura artística es imprescindible para formar un buen ciudadano de una sociedad democrática ideal. Por suerte o por desgracia, el arte no nos hace necesariamente mejores ciudadanos o mejores personas. Pero en cambio sí creo que un arte que se desarrolla en todas las direcciones es el arte de una sociedad democrática, aunque individualmente sus creadores o su público puedan ser monstruos. En este sentido, el arte de hoy es una parte fundamental del laboratorio en el que se gesta nuestro futuro.






3. Inteligibilidad




Esta “razón funcional” del arte tiene su fundamento en la naturaleza de la comunicación artística y del significado que nos ofrece, de su peculiar modo de dar razones y tenerlas. El arte hoy sobre todo nos comunica reflexivamente las posibilidades de sentido del mundo. Habitualmente no hace declaraciones afirmativas sobre el ser, sino sobre la pluralidad de las interpretaciones. No es un tipo de experiencia al lado de las otras, sino que es la experiencia de las posibilidades de la experiencia. La comunicación artística no es una forma de comunicación ordinaria y ordenada, sino una forma extra-ordinaria y des-ordenada. Intentaré explicar esto en términos no muy complicados filosóficamente. El modo de existencia de los seres humanos es el de estar siempre inmersos en el lenguaje y en sistemas simbólicos que preexistían y que son uno de los fundamentos del tejido social. Vivimos en un mundo articulado por estos lenguajes y  sistemas simbólicos que determinan lo que vemos y pensamos. La hermenéutica dice que existimos siempre en una comprensión y que vivimos siempre interpretando. El arte es posible sólo dentro de un horizonte de significados y de formas simbólicas. La fotografía de Nan Goldin o la instalación de Dora García sólo son posibles en un mundo de sentido en el que hay fotografías e instalaciones, en el que hay ojos entrenados a ver ciertos símbolos e interpretar ciertas imágenes, ciertos objetos, ciertas metáforas y ciertas situaciones. Sólo sobre este fondo conocido y familiar donde ya nos encontramos y que compartimos podemos plantearnos la pregunta básica que nos hemos hecho siempre ante una obra de arte: “¿Qué significa esto?”. Toda obra de arte se presenta con una pretensión de sentido. Como cualquier símbolo o cualquier enunciado, plantea “siempre ya” una pretensión de razón: la inteligibilidad. La “inteligibilidad”, de hecho, no es una pretensión de validez como las demás (la verdad, lo justo, lo auténtico, etc.), puesto que lo lenguajes nos sitúan siempre ya en una comprensión. Por consiguiente, cuando estamos en una determinada intelección del mundo la inteligibilidad no es una pretensión de validez. Pero en el caso del arte hablamos de pretensión porque no necesariamente estamos plenamente metidos en la comprensión previa de la obra, sino que hemos de dialogar con los nuevos significados que las obras nos proponen. La pretensión de inteligibilidad característica de las obras de arte se distingue porque se orienta no a lo que es o a lo que ha de ser pero que nos es ya familiar porque sabemos de qué hablamos cuando discutimos sobre si es verdadero o correcto o no, sino que se orienta, como celebra un famoso verso de Hofmannsthal, a eso que no ha sido nunca dicho (o simbolizado), es decir, a la apertura de una inteligibilidad nueva en relación con lo existente, con la articulación de una nueva parcela en el mundo. Además, el mundo abierto por el arte no se caracteriza por su estabilidad de sentido, sino que éste resulta de un trabajo de comprensión, de reflexión y de interpretación que a menudo no deja de ser una constatación del carácter enigmático de las obras de arte, para decirlo con una expresión de Adorno.


Ciertamente, como apuntaba Goodman, en algunos aspectos el arte y la ciencia no son tan diferentes, ya que ambos son maneras de hacer mundos. Sólo que en la ciencia la pretensión de inteligibilidad (p.e. “el corazón de la Vía Láctea es un agujero negro”) va unida a una pretensión de verdad (o hay un agujero negro o no; miremos con el Hubble, etc.), mientras que la pretensión de inteligibilidad de las obras de arte o de la literatura (p.e., un verso como “tu mirada es un agujero negro” o una instalación consistente en una habitación completamente oscura, sin iluminación) se une a otro tipo de pretensión de validez como puede ser la belleza, la autenticidad, la subversión, la cualidad u otra forma de fuerza estética, que resultan de la articulación de su sentido en un campo de fuerzas entre el mundo objetivo, el mundo social y el mundo subjetivo de cada receptor, lugar y momento. Estas pretensiones de validez se pueden dirimir en un largo proceso en el que cada uno vota en un sentido. El verso puede parecerme cursi y la instalación carente de fuerza e interés. Pero quizá yo pertenezco a una minoría que no reconoce las pretensiones de estas obras, mientras que la mayoría sí que las reconoce y sus autores pasan a la historia del arte y la literatura y más adelante al canon de la sociedad futura. Todo este complejo de racionalidad se puede explicitar y desde Kant se ha estado intentando explicitar, aunque de manera insatisfactoria. Pero hoy estamos intentando hacer explícitas las formas de la razón sin fondo que se encuentran  presentes en las obras en tanto que pretenden comunicar a alguien algo sobre algo, obras que interpretamos con la pretensión de decir alguna cosa válida sobre ellas y sobre las que discutimos con otros sobre cómo han de interpretarse y qué afirmaciones son más válidas que otras, e incluso cuáles no son en absoluto válidas y resultan simplemente falsas.


Pero tal y como decía Platón de la belleza en el primer libro de estética que se escribió, las cosas con el arte son difíciles. En general, no se puede comprender ninguna forma de lenguaje o de comunicación sin a) estar ya en el lenguaje en el que se produce la comunicación y b) sin conexión con las pretensiones de validez y el saber de las condiciones que hacen aceptable o no lo que se ha dicho. En el lenguaje natural, por ejemplo, una oración no se entiende si no sabemos qué hace aceptable o válido lo que se enuncia[5]. Así, si alguien me dice que su automóvil consume gasolina sin plomo, entiendo la frase porque sé en qué condiciones podría aceptar esta frase como verdadera (p.e., mirando qué modelo es, su manual de instrucciones, comprobando si efectivamente su propietario pone gasolina sin plomo, etc.). Si alguien me dice que el aborto es un crimen consistente en matar una persona indefensa, entiendo la oración porque sé en qué condiciones podría considerar este juicio como correcto (p.e., si consideráramos que el feto de pocas semanas es una persona, que el derecho de un adulto vivo no es preeminente sobre el de un mero proyecto de persona, que Dios lo manda, etc.). Cuando leemos en Heidegger la frase:  “La técnica es la instauración incondicionada –situada en la autoimposición del hombre- de la desprotección incondicionada sobre el fundamento de la aversión reinante en toda objetivación contra la pura percepción, bajo cuya forma el inaudito centro de todo ente atrae hacia sí todas las fuerzas puras”[6], en general nadie que no haya estudiado a fondo Heidegger puede afirmar que ha entendido este enunciado porque no sabe en qué condiciones la consideraría válida o no y, por lo tanto, aceptable. En filosofía es característico que la inteligibilidad del discurso y las categorías se cuestione y que, entonces, la pretensión de inteligibilidad sea dirimida discursivamente en polémicas, artículos,  libros  y  seminarios.  De este modo,  podemos  llegar a la conclusión, por ejemplo,  de  que las categorías de sustancia o mónada, aunque tengan sentido, son inadecuadas para las pretensiones explicativas de la filosofía, nos conducen a malentendidos y nos confunden.


Ahora bien, ¿sucede con el arte algo parecido? También entendemos una obra de arte cuando sabemos qué hace aceptable o válido lo que dice. Evidentemente, no de la misma manera. Habitualmente nos acercamos a una obra de arte sin tener ni idea de en qué consiste su aceptabilidad. Sarah Lucas, una conocida artista británica actual, nos presentó en el espacio Tecla Sala del Hospitalet un viejo colchón sucio, en un lado del cual había dos melones y un cubo,  y en el otro dos naranjas y un pepino clavado entre ellas. Era fácil que alguien rápidamente se diera cuenta de que se trataba de una metáfora irónica sobre el sexo, sobre la visión de la mujer, etc. Igual que las metáforas del lenguaje natural, las metáforas visuales también hacen un uso anormal de los medios que emplean para decir algo nuevo sobre el fondo de lo ya conocido. Tan pronto he podido reconocer eso nuevo, ese uso nuevo de una forma, de un color, de unos objetos familiares, he empezado a comprender la obra, he reparado en su pretensión básica de inteligibilidad y, a partir de aquí, puedo emprender un largo camino de comprensión en el que puedo reparar en todas las razones de la obra que yo pueda reconocer. Puede que me equivoque en empezar a comprender la obra, pero quizá puedo reconocer el tipo de razones que alguien (por ejemplo un crítico) podría aducir para convencerme de que mi comprensión está equivocada. Quizá yo interpreto que Lucas defiende que las mujeres son receptáculos destinados exclusivamente a ser llenados de pepinos, pero quizá también puedo aceptar que si Victoria Combalia me explicara que esta comprensión mía estaba cien por cien equivocada por tal o cual razón, habré de cambiar de interpretación. O mejor aún, si me lo explicara la propia Sarah Lucas en persona, o en una publicación, o en un video tendré buenas razones para proceder a modificar mis suposiciones. Porque la comprensión es corregible en función de razones. Así, en la obra hay sus razones que dicen: “¡Escúchame! ¡Entiéndeme! ¡Interprétame! ¡Renueva tu lenguaje y tu visión!” El proceso de comprensión de la obra es abierto y seguramente inacabable, pero ésta se nos presenta con su pretensión de inteligibilidad abierta, con su pretensión de comunicar algo a alguien sobre algo, sea lo que sea y a quien sea. Pero eso que comunica es sobre todo que en cada obra hay una “apertura de mundo”, no sólo una “visión del mundo” sino también la visión de la pluralidad de las visiones del mundo. Por lo tanto, para la validez de una obra de arte no es únicamente decisiva su “aceptabilidad”, sino exclusivamente la actualidad de su perspectiva. Una obra lograda no lo es por el hecho de que compartamos su manera de ver el mundo, sino en la medida en que nos permite discutir con ella, entrar en un juego de dar, tener, reconocer y aceptar razones. Esta sería su genuina y fundamental pretensión de validez.


Si esto es así e interpreto correctamente las cosas entonces, el arte, por un lado, es un tipo de comunicación que tiene unas pretensiones de validez diferentes pero cercanas a otros tipos de comunicación. Unas pretensiones que tradicionalmente se habían presentado en términos de belleza o armonía y más recientemente autenticidad, cualidad, fuerza y otras pretensiones que, en su pluralidad,  serían el equivalente a la verdad en la esfera teórica y descriptiva, y de la justicia y el bien en la esfera de lo normativo. Ahora bien, por otro lado, el arte plantea una pretensión de sentido, se produce en él una apertura de mundo, como diríamos con Heidegger, con pretensiones de inteligibilidad. Aperturas de mundo las hay constantemente en muchos ámbitos de la ciencia, la política, la religión, etc. En este aspecto el arte no parece diferente a otros lugares en los que al abrir mundo se plantea una pretensión de inteligibilidad, como cuando un político propone reconocer un derecho universal en la reproducción de todo ser humano, o cuando un científico presenta por primera vez una teoría sobre los quarks. Heidegger llamó a esto Lichtung o Unverborgenheit (“desocultación”) en tanto que noción genuina de verdad de la que la verdad como correspondencia sería una noción derivada y secundaria. En este sentido, el arte se nos presenta primero como una pretensión de inteligibilidad (dice “¡préstame atención, que tengo sentido, compréndeme!”) y después ya podremos ver cómo este sentido se relaciona con lo fáctico, lo normativo o lo estético (es decir, “¡después ya verás si soy bella, justa y verdadera!”). Los artistas, como los poetas, nos abren el mundo, pero esta apertura de mundo que se produce en el arte, y como ya hemos dicho antes, no es de la misma naturaleza que la que se produce en otras esferas como la ciencia o la moral. En la experiencia del arte se nos abren las posibilidades de la experiencia, se nos abre un mundo de mundos posibles. Así, la cibachrome de Nan Goldin a la que nos referíamos al comienzo de este artículo no es simplemente una obra que nos abra a la comprensión de la paliza que la señora Nan Goldin sufrió un día de 1984 por parte de su pareja, de la barbarie de la violencia masculina contra las mujeres y una imagen que puede ser quizá “fuerte”, “interesante” o “provocadora”, pero no es “bella” ni “armónica”. La obra hace más que esto, nos abre a la comprensión de todos los apaleamientos que han sufrido y sufren las mujeres, a todos los abusos soportados por amor, por debilidad, por impotencia, por defender hijos, a las violencias futuras y al imperativo de que no se repitan, al imperativo de escuchar a las víctimas, a la vulnerabilidad de la existencia, a la injusticia que domina la vida, a la simbólica reparación con una barra de carmín, a la pregunta de si seré yo la siguiente víctima o el siguiente verdugo. Todas estas posibilidades indeterminadas, todos estos elementos de sentido inestables, fluidos y no cosificados son lo que nos permite hablar de la “verdad” del arte (o de la literatura) como una cosa que tiene que ver con “lo humano”, con el “esclarecimiento de la topografía del alma”, con “los intereses más elevados del espíritu”, con “el ser”, etc.






4. Comprensión y mediación: críticos, curadores y filósofos.






Si mi razonamiento hasta aquí es correcto, deberemos aceptar que la experiencia del arte se ha convertido en algo reflexivo y trabajoso. Raramente nos encontramos ya con un tipo de obra que simplemente contemplamos y nos place de manera pasiva. Es verdad que al arte le hemos pedido que nos plazca, que nos entretenga y nos consuele de las miserias de la existencia. Y hoy hay toda una industria dedicada a satisfacer estas necesidades. Con independencia de su origen, los desayunos de Renoir, los girasoles de Van Gogh y las bailarinas de Matisse son tan populares porque parece que de entrada nos hablen de la felicidad, el amor, la paz y la armonía que acostumbran a faltarnos en nuestra vida. Encajan bien en un comedor o sobre el sofá de la sala porque refuerzan el sentido de seguridad y refugio del interior privado del hogar. Pero el arte contemporáneo en general no quiere saber nada del  luxe, calme et volupté a la manera de Matisse. En plena restauración napoleónica, Hegel escribió que “el pensamiento y la reflexión se han extendido sobre el arte [...] lo que ara les obres de arte suscitan en nosotros es, además del goce inmediato, también nuestro juicio, pues lo que sometemos a nuestra consideración pensante es el contenido, los medios de representación de la obra de arte y la adecuación entre ambos aspectos.” [7] La reflexividad se ha convertido en una parte estructural de las obras, de su producción y de su recepción. Eso se ha traducido en el hecho de que los discursos sobre el arte sean hoy más importantes para éste que los discursos sobre el arte tradicional, que no necesita muchos comentarios. Además, también suelen ser discursos más difíciles, más complejos y, como señalábamos al principio,  profundizan la trinchera existente entre el gusto y el juicio artístico. Las obras, las instalaciones o las acciones artísticas contemporáneas suelen ir acompañadas de las reflexiones discursivas de los artistas que explican sobre qué son las obras, el porqué de como son y también acostumbran a dar pistas de cómo nos hemos de relacionar con ellas, aunque esto último siempre es algo de cada uno y no hay una única manera correcta de experimentar una obra concreta. Estos discursos de los artistas a veces son imprescindibles. De otra forma, no sabríamos de qué trata la obra. Es cierto que alguna vez son superfluos porque la obra se sostiene visualmente por ella misma, pero eso es raro. La figura del artista que es a la vez un teórico aparece en época de la Ilustración, cuando el arte alcanza su autonomía, es decir, su libertad respecto a las funciones tradicionales religiosas, morales, políticas y de representación, y empieza a ser necesario que el artista aclare el sentido de su labor y la función del arte en la nueva situación. En el arte contemporáneo esta necesidad de reflexión discursiva ha llevado al paroxismo lo que ya empezaron a experimentar las generaciones de artistas en época de la Revolución Francesa y del Romanticismo. La cuestión es que si queremos entender las obras de Nan Goldin, de Damien Hirst o de Dora García hemos de hacer el esfuerzo de leer sus textos, las entrevistas publicadas o grabadas en vídeo o sus libros. De lo contrario, la comunicación artística resulta coja o fallida.




Por razones similares, además de las reflexiones discursivas de los artistas, hoy resultan muy importantes las reflexiones de los expertos, es decir, de los curadores de las exposiciones, de los críticos y de los teóricos del arte. También Hegel decía, en el mismo pasaje que citábamos hace un momento, que la ciencia del arte es en nuestra época una necesidad mucho mayor que en épocas en las que el arte garantizaba una satisfacción directa y completa. Incluso hay muchos que, como Arthur Danto, piensan que hoy no es posible la recepción de las obras de arte sin una filosofía que nos las permita identificar como tales, puesto que, desde el punto de vista visual, hoy una obra de arte puede tener cualquier aspecto o, dicho de otra forma, cualquier cosa puede ser una obra de arte. Muchas de las obras contemporáneas (y unas cuantas obras modernas) las identificamos sólo visualmente como arte porque se encuentran en un marco institucional donde se supone que sólo hay obras de arte, como una galería, un museo o una sala de exposiciones. Pero si encontráramos esas mismas obras abandonadas en la calle o en un vertedero no sabríamos identificarlas como tales, algo que no hubiera pasado nunca con un Rembrant o un Picasso. Danto sostiene que las podemos identificar como arte  no sólo porque alguien haya decidido arbitrariamente que estén físicamente en un lugar institucionalmente adecuado, como tiende a defender la llamada “teoría  institucional del arte”[8]. Ésta es, sin duda, una condición necesaria. Si no hubiera un mundo del arte entendido como un mero complejo institucional a su alrededor, éste no podría existir. Pero esta no es una condición suficiente para identificar y comprender el arte. Para ello hace falta una “atmósfera de teoría del arte, un conocimiento de la historia del arte”.[9] En un sentido estricto esta posición de Danto es falsa, pero en un sentido muy amplio la podemos considerar correcta en la medida que necesitamos un cierto arsenal de conceptos y un entrenamiento  para ver arte contemporáneo, para saber relacionar lo que se nos propone con lo que sabemos del pasado, etc. Ahora bien, si pensamos en una teoría como una explicación general de lo que es una obra de arte y esperamos que cuando nos encontramos ante una supuesta obra la podremos subsumir como un caso particular de nuestra explicación general, entonces nunca tendremos una teoría de este tipo, porque el arte, por su naturaleza abierta, no se deja cerrar en un concepto. Aún así, lo que nos interesa es precisamente esta falta de encaje de las nuevas obras y el significado que les damos respecto a lo que sabemos. Nunca tendremos la teoría correcta para toda forma de arte, pero necesitamos teorías para ver mejor eso que no encaja y, por lo tanto, para ver hacia dónde y cómo hemos de modificar nuestras categorías y nuestros discursos. Esto es hoy aún más obvio, si cabe, pues en esta tradición pluralista postmoderna del presente parece que en el campo del arte domine el any thing goes. Tener una teoría del arte en el sentido fuerte de la palabra se contradice con lo que sabemos de la naturaleza del arte contemporáneo, a pesar de que ésta misma es ya una tesis fuerte sobre el arte. Pero esto hace, además de apasionante, paradójica la tarea de los teóricos del arte contemporáneo, ya que hacen teoría sabiendo que están condenados a ser ridiculizados en el futuro. Antes de referirme a la filosofía del arte contemporáneo querría decir un par de cosas sobre los curadores o comisarios y sobre los críticos de arte.


La crítica de arte nació con las libertades modernas, e institucionalmente fue un elemento de constitución de la esfera de opinión pública de los individuos libres e iguales que ventilaban, mediante el uso público de la razón, las cuestiones del conocimiento, de la moral y la política, y del arte. La emancipación del arte comportó que sus funciones y su naturaleza fuesen cada vez menos evidentes. Por lo tanto, se hizo necesaria la función de mediador del crítico que informaba, explicaba, interpretaba, orientaba y valoraba como experto las obras para un amplio público profano. En la últimas décadas esta tarea se ha hecho más imprescindible que nunca (en el arte igual que en cualquier otra manifestación cultural) dada la hipertrofia del mundo del arte. Sin los críticos no podríamos orientarnos bajo la permanente alud de exposiciones que las galerías, los museos, las fundaciones y las numerosas salas de exposiciones públicas nos ofrecen cada día del año en las grandes, medianas y pequeñas urbes de todo el mundo. Pero justamente, cuanto más importante es  la función del crítico, más desorientado se encuentra éste en una encrucijada de caminos que conducen a direcciones diferentes. El crítico ha llegado al presente por dos caminos.[10] Por un lado, el camino ilustrado de la crítica como explicación y evaluación inaugurada por Diderot y que, a través de Baudelaire, culmina en Greenberg y Fried. Por otro lado, el camino romántico de la crítica como compleción de la obra, como interpretación constitutiva de ella y cumplimiento artístico a la manera de Friedrich Schlegel, Walter Benjamin y Adorno. Ambos caminos, no obstante, han puesto siempre el público en una situación de subalternidad ante un crítico experto investido de una autoridad cultural e institucional que hoy no deja de resultar poco estética desde el punto de vista democrático, en una situación en que cualquiera es un artista y no hay teorías fuertes que puedan  justificar la autoridad cognitiva del crítico, que hoy se nos aparece como alguien que hace unos servicios parecidos a un vendedor de coches usados o a un agente inmobiliario que ofrece su mercancía en un mundo en el que es raro encontrar una buena oportunidad y que sabemos que, diga lo que diga, está pensando sobre todo en sus intereses particulares y contingentes. La crítica hoy está en proceso de adaptarse a un público que quizá, más que su autoridad, requiere de ella instrumentos para hacer sus propias experiencias del arte y su propia crítica. Pero, en la medida que esto se puede hacer, socava la figura del crítico y se difumina la naturaleza de su tarea.


En este contexto ha aparecido en los últimos quince años una nueva figura dentro el mundo del arte: el curador o comisario. En el pasado, el curador era el responsable del cuidado de una colección, aquel que la preservaba, la inventariaba, la autentificaba y hacía las nuevas adquisiciones. Pero en el mundo del arte de hoy el curador normalmente no tiene una colección que atender,  sino que es “independiente”, alguien a quien se le encarga puntualmente que preste sus cuidados a una exposición concreta, a una bienal o a una retrospectiva. Lo que caracteriza al curador contemporáneo es su creatividad. Normalmente, la exposición de la que se encarga  un curador independiente es su propia obra de arte y nos propone que la juzguemos como un producto con un significado que hemos de comprender y juzgar con criterios análogos a los que ponemos en juego para comprender y juzgar las obras que contiene la exposición. Incluso hace pocos años que se han empezado a ofrecer, por ejemplo en el Bard College de Nueva York o en la escuela Elisava de Barcelona, estudios curatoriales. Estos estudios no son específicamente ni de historia del arte ni de arte, sino de organización de exposiciones y de redacción de catálogos.  Será sumamente interesante seguir la evolución no tanto de los curadores de edad que vienen de una formación curatorial tradicional y que se han adaptado a las nuevas situaciones, sino de los jóvenes que se han formado específicamente en esta nueva práctica dentro del mundo del arte contemporáneo.




El filósofo, que en general es una figura muy alejada del público y de la vida mundana característica del mundo del arte, se encuentra, como es propio de la filosofía en la modernidad (y en la postmodernidad y en la segunda modernidad),[11] en un campo de fuerzas en el que un vector viene de la tradicional tarea de tratar de resolver ciertos problemas muy abstractos y generales, persistentes y quizá insolubles (¿qué es el arte? ¿qué es la belleza?), mientras que otro vector procede de la actualidad como una exigencia de interpretación del presente (¿cuál es el sentido de lo que pasa?). La filosofía del arte ha conocido, desde los tiempos de Schelling y Hegel un período esplendoroso con filosofías de importancia histórica universal como las de Schopenhauer, Nietzsche, Dewey, Benjamin, Heidegger y Adorno. Pero el arte contemporáneo nos ha puesto desafíos de gran envergadura para los que no tenemos herramientas suficientemente satisfactorias. La hermenéutica filosófica se metió en un callejón sin salida que no ha llevado a ninguna parte después de Gadamer. El postestructuralismo francés de Lyotard, Deleuze y Derrida no parece tener tampoco nada más que decir. La segunda generación de la teoría crítica no se ha ocupado del arte, sólo del lenguaje, la ética y la política. Como en otros campos de la filosofía, la única corriente que parecía prometer alguna cosa es el análisis filosófico que ha sabido hoy aunar en mayor o menor medida la tradición analítica de procedencia centroeuropea (Wittgenstein) con la única tradición genuinamente americana, es decir, con el pragmatismo. N. Goodman, A. Danto, N. Carroll y R. Shusterman nos dan hoy muchas pistas para seguir pensando qué es el arte a la vista de las nuevas manifestaciones artísticas que no encajan con lo que conocemos y que nos obligan a modificar nuestras categorías, nuestras suposiciones y nuestros argumentos, es decir, a la vista de la distancia entre la teoría y la experiencia. La filosofía siempre a ha tenido el problema que Hegel señalaba con la metáfora del búho: la filosofía, como el búho de Minerva, siempre emprende el vuelo en el crepúsculo, cuando el día ya ha pasado. Para la filosofía del arte contemporáneo, el desafío es intentar comprender el arte contemporáneo en general, al mismo tiempo que éste se produce y ve la luz. Parece muy difícil hacer esto sin una renovación importante de nuestro vocabulario. La filosofía del arte contemporáneo no podrá aportar grandes cosas a la solución del enigma del arte del presente sin ser ella misma creativa en el momento de reinventar y renovar el lenguaje con el que nos referimos a esto que hacen los artistas actuales. En este sentido, también en la filosofía deben producirse aperturas de mundo que nos permitan ver y pensar eso que hoy a penas vemos y no podemos pensar del arte contemporáneo.  Para lograr hacer una buena filosofía del arte contemporáneo, es necesario poner en movimiento la fuerza literaria de la filosofía. Pero esto no deja de ser paradójico. La comunicación artística necesita hasta cierto punto la filosofía para funcionar con éxito, pero una filosofía que se ha de abrir a nuevas posibilidades de sentido es tan difícil en ella misma como su objeto.  El arte contemporáneo y la filosofía del arte contemporáneo se iluminan mutuamente, pero no esperamos que se resuelva completamente el enigma. A Adorno le gustaba decir que las obras de arte, a la vez que nos ofrecen un significado, nos ocultan otro y por eso son como jeroglíficos que nunca llegaremos a descifrar del todo. Esto es, justamente, lo que da un valor irreducible al arte en un mundo en el que todo es instrumentalizable, dominable, conmensurable, igualable y homogeneizable. Eso siempre ha sido algo característico del modo de comunicación del gran arte de todos los tiempos: abrirnos a la pluralidad de posibilidades de la experiencia. Ahora perece que se ha convertido en un rasgo general. La comunicación artística, el arte como práctica de dar y aceptar razones, por lo tanto, seguirá dando fe de que siguen existiendo misterios, eso heterogéneo y no idéntico en medio de aperturas de sentido imprevistas en las que podemos establecer diálogos que no sabemos adónde nos llevarán.  Y seguirá siendo una forma fundamental de la  razón insatisfecha.



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Notas



[1] T.W. ADORNO, Ästhetische Theorie, Francfort: Suhrkamp, p. 167.


[2] N. GOODMAN, Los lenguajes del arte, Barcelona: Seix Barral, 1976; N. GOODMAN, Maneras de hacer mundos, Madrid: Visor, 1990.


[3] A DANTO, La transfiguración del lugar común, Barcelona: Paidós, 2002; A. DANTO, La Madonna del futuro, Barcelona: Paidós, 2002.


[4] G. VILAR, El desorden estético, Barcelona: Idea Books, 2000.


[5] Cf. J. HABERMAS, Teoría de la acción comunicativa, Madrid: Taurus, 1987, vol.1, p. 382 s.; id., Pensamiento postmetafísico, Madrid: Taurus, cap. 5; id., Verdad y justificación, Madrid: Trotta, 2002, pp.110 ss. y 128 ss. Por cierto que en este punto me inspiro libremente en las ideas de Habermas, pero no las defiendo ni sigo estrictamente aquí ni en otros lugares.


[6] M. HEIDEGGER, Caminos del bosque, Madrid: Alianza, 1995, p. 265.


[7] G.W.F. HEGEL, Lecciones sobre la estética, Madrid: Akal, 1989, p.78.


[8] G. DICKIE, The Art Circle: A theory of Art, Nueva York: Haven, 1984. Un resumen actualizado de esta teoría se puede encontrar en G. DICKIE, “The Institutional Theory of Art”, en N. CARROLL (ed.), Theories of Art Today, Madison: University of Winsconsin Press, 2000, p. 93-108.


[9] A.C. DANTO, “The Artworld”, Journal of Philosopy, 61 (1964), p. 580.


[10] Cf. G. VILAR, “L’origen de la crítica i el seu doble encuny. Un breu exercici de memòria”, Transversal, 16 (2001), p. 21-26.


[11] Cf. G. VILAR, “Una Segunda Modernidad”, Diálogo Filosófico (2002).