jueves, 24 de septiembre de 2015

EN UN JARDÍN






ICONO 22
(Om/Garratz)




EN UN JARDÍN

(Omar García Ramírez)



Yo había entrado en un jardín donde...
Decían las leyendas, retozaban bestezuelas de oro y plata bajo los árboles estremecidos.

Me había internado en una gruta de estalactitas de sal y cobre; emergiendo de aquella ruta espeleológica, me había detenido frente a una muralla en ruinas…y ante una puerta de roble había palpado la madera milenaria de una casa abandonada.  La puerta se había derrumbado dejando abierto el claro vegetal azotado por el calor de un bosque que crecía abigarrado. Cruzado este umbral ruinoso, había transitado toda la noche sobre la ribera de un guadual de cantos sonoros y flexibles; había visto fogonazos de oro líquido dibujando herméticos símbolos sobre la pizarra de la noche.
Y había escuchado graznidos de hechiceras núbiles, estallando contra el cielo que trazaba una frontera en los límites de los ruidos del acero y de las máquinas…En medio de aquel bosque de verdes espadas y líquenes de plata, me encontraba.

Yo había desertado de las luces estroboscópicas…
Venía de las calles y del ruido.
De las bebidas lisérgicas, de los vinos agrestes que suelen beberse con amigos de bárbara bohemia  sobre las barras de madera y hierro. Yo venía con mi gabán negro sobre el hombro y mi libro de lírica maldita esgrimido en la mano izquierda.  Grimorio de fuego contra la luna enferma.

Yo venía de los grandes almacenes y de las mercaderías del capital global; del espectáculo del comercio; del circense y ruidoso milenio que se aprestaba para una nueva guerra.
Iluminado en veneno crudo, estaba hipnotizado por la propaganda; intoxicado por el sexo de las grandes vitrinas que se exhibía como  látex sinuoso de luces esclavas;  spot de siluetas refulgentes en una robótica de victim fashions. De los resplandores enfermos de la informática Matrix; de las sedas y brocados tejidos sobre el corpiño putesco de la luna; de las costosas joyas de la noche que se adorna para rituales secretos; yo venía.

 Y fui a tu encuentro…

(…Soñaba contigo en las playas nocturnas bañadas por una luz de escayola seca y azures de cielos de verano. En los bosques tropicales azotados por lluvias de acero y plata. En un desierto de arenas tersas vislumbré tu cara sumergida; escultura marmórea bañada por un mar de rojo mercurial: tu hermoso pie de bronce y jade, huella de una pisada en la playa).

Yo venía desde el centro y sus músicas pesadas; rocks tambaleantes sobre tambores metálicos; conciertos de címbalos ruidosos.  De los freacks golpeados por la heroína. Happenings en garajes Calligari y  discusiones teóricas en fiestas de la cofradía literaria;  porillos a docenas calcinados en las ceremonias cool de la feligresía progre. De sus cometas fugaces; de sus labios apergaminados posados sobre obscuros objetos del deseo; de sus libros de magias estilizadas; de sus hechicerías sutiles, de sus encantamientos livianos. De sus frases labradas por cátedras, reglas monásticas y escenarios de la penumbra. De sus carreras a los ministerios del dios Baal. De sus presupuestos para las lisonjas de los señores del poder. De su sombrero extendido para poder cantar bajo las fetideces de los metros: costillares de hierro y cemento bajo el esternón de las ciudades .

Y en ese bosque de líquenes negros y ojos azabaches tendidos bajo las redes de la noche; gritos de aves del paraíso y manos de gimientes arpas; todo aquello fue borrado.
Todo aquello, quedó supendido como la pesadilla parpadeante de una T.V. mal sintonizada en la habitación de un hotel, donde sus huéspedes se encuentran a la espera…

Te vi.
No fue la aparición de una extraña.
Lejana amiga. Reencuentro místico y alegre; perdida alma gemela que viene de un país lejano.
¿Quién estaba ausente Nina? ¿Tú o yo? éramos los lejanos olvidados de una raza herida, vestigios de una tribu que se había desperdigado bajo la guerra y la noche.
Pescadores con las olas del río a la cintura.
Colosos con el barro al cuello.
Las aves, los tulipanes, las islas, los cíclopes, los huracanes. Las crestas rojas, las hachas, las cabezas de piedra, las orquídeas de carne vegetal.

Te sonreí.
Tu, mi Atlántico amor. Mi resplandeciente amor ausente; mi viento de cosechas perdidas.
Mi tsunami de peces y perlas orientales.
Mi gatita egipcia, mi osita ártica.
Mi fruta de pulpa roja y sangrante, mi costado herido, mi mano derecha vendada. Mi beso roto sobre el ánfora de vino; mi cabeza rapada, mi oído estallado bajo la metralla del obús en la trinchera. Mi viaje a bordo de una antorcha azul. Mi ojo nervioso cortado por la navaja afilada de la nube; mi boca sellada. Mi bestezuela de armiño, mi vellocino encendido; mi animal estelar, mi arquera entusiasta; mi musa de la luna negra. Mi heroína en la hora del dolor; mi rama dorada bajo la constelación de sagitario. Mi casa del sol poniente en New Orleans. Mi última partida de póker en la mesa del amor.

Mi laberinto; mi hechicera con el brebaje dulce y ácido que suelen cultivar entre sus piernas las mujeres griegas. Enteógena madreselva, sirena acústica sobre las rocas de la isla de Lesbos; mi guerrera.

El panal nido de mi fuego secreto.
El canto de mi cuervo eléctrico.
La voz de mi rebec enternecido.

Mi compañera de viaje iniciático en Eleusis. Mi laúd de juglaría; Mi canción de la minne. Mi Adriana, mi Berenice, mi María; mi cabellera de vestal narcotizada; mi Ophelia sin aliento reposando resplandeciente sobre el río de las violetas muertas de J. E. Millais.

Me enamoré de tu sombra vegetal, sonora.
De tu risa fantasma. De tu cuerpo de hielo.
Epifanía de cabellos negros y mejillas blancas; grenchas flamígeras caían hasta tus hombros.

Estilizada niña de la luna nueva.
Cruzas el manglar de mis sueños; desnuda, larga, extensa, bañada en sal y besos dulces; encantamiento de delicada hechicería;  aparición de fuego y  lumbre que golpea pedernales en la primavera para hacer danzar a las estrellas.

Blanca bruja de mi cielo ónice…
¡Dame la llave secreta de tu amuleto enterrado!

En tu boca nacía una bandada de palomas que aleteaba con aires de silencio. En tu lengua y en tus ojos de cervatilla mística afloraban los brillos del mundo y en tu naricita de conejita silvestre crecían las flores más alegres del campo, como si una primavera se hiciera a la mar y danzara desbordada en oleaje. En tus oídos de línea matemática, bordeando la curvatura de una minúscula galaxia, giraban los duendes de la música y la fiesta. En tus senos turgentes y pequeños, nacían mil delicias de nacaradas luces; destellos de amor en tu Vía láctea. 
Mi potrilla solar, mi vampiresa Phorno…
¡Toma mi sangre y mi sabia y llévala en tu corazón como un camafeo!

Y entonces miré hacia atrás, hacías las puertas derrumbadas…
Hacia las fronteras rebasadas…
Hacia la muralla de hiedra superada…
Y tomado de tu mano me interné
en aquella selva negra como un joven enamorado
Y a tu lado brillaba bajo una luz de fuego dulce, y caminábamos hacia un sol que se elevaba sobre un oasis de rubíes líquidos cuyos reflejos bañaban nuestros cuerpos…

Cuando llegamos a la orilla de aquel mar...
decidimos, que nunca más regresaríamos.
Que este silencio aleteando…
Que este vergel de naturaleza sublevada…
Esta música de góspel; este blues de terciopelos suaves y flautas repujadas en cobres antiguos y platas sonoras, era nuestro verdadero hogar.

Entonces nos besamos…
Y nuestra saliva preñada, como una galaxia estalló con miles de soles diminutos en la estelar sangre de una copa constelada; y escanciamos ese beso, para embriagarnos en la luz de aquel bosque marino, repentinamente iluminado en oro, de frondosos arabescos vegetales.




Del libro en imprenta:

"12 TROVAS GOLIARDAS Y UNA CANCIÓN MINNESÄNGER"











martes, 15 de septiembre de 2015

INVITACIÓN AL PARNASO






“INVITACIÓN AL PARNASO”


(Omar García Ramírez)







¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?


Groucho Marx









Recibí un par de e-mails en mi computador.


Y al buzón de mi apartamento, llegó una extensa carta en sobre de manila.


Se me invitaba a entrar en el Parnaso.


Debía tener algunas referencias.


Adjuntar algunos títulos; notas bibliográficas,


y un cheque con sello de banco respaldando una cifra interesante…



Revisé bien. Que no fuese un error.


Nunca me he postulado para tales dignidades.


No participé de ningún club con este nombre.


Nunca fui de buen recibo en ciertos círculos literarios.


(Los únicos círculos que aspiraba trasegar eran algunos del inferno nombrados por Dante Alighieri en su Divina Comedia).


No sé muy bien por qué…

Pagué mis cuentas de borracho.

Nunca cacé musas de pluma dentro de sus territorios; además, el talento femenino en estos bosques casi siempre va acompañado de una fealdad virtuosa...

Por esta razón, busqué la poesía y la belleza en otros cotos.

No sableé, y resistí con estoicismo los mandobles al cuello de una buena fracción del poetariado


Abordé con paciencia los novelones de los bestselleros y de los cuenteros de carrilera.

Leí sus libros, poniendo en riesgo mi salud mental, mi digestión, mi sueño.

No me alineé con ningún petit comité; no lideré ninguna facción sediciosa de la intelligentsia.

No hice proselitismo de mi luciferismo Golden Dawn.

No hice ostentación de mi alquimia personal.

No milité en ninguna célula corporativa.

No recibí prebendas de la nomenklatura, ni cadeaux del stablishment.


Compartí mi Maryjean; fui generoso con mis pepas de prescripción viciátrica y mis ácidos de nube lisérgica; mi aguardiente de mandrágoras, mi vino de amapolas.

Ejercí la ironía en los límites de una caballerosidad británica

y el humor negro dentro de los cánones de la poética irlandesa.

Pero, para ser estricto
siempre estuve dentro de las líneas de la picaresca hispánica.

Nunca me dejé enredar en líos de poetas inéditos e ilíquidos.

Sufrí las overdósis de oficio en sanatorios privados, alejado de los reflectores.

En fin… traté de estar sobrio en medio de crápulas

y estuve ligeramente ebrio en medio de moralistas y fariseos.





Por algún momento, el órgano de mi vanidad entró en erección.

Luego vino una calma de borrasca ligera

aires de manglares bajo una lluvia de ron de las Antillas.

Pasada esa ligera embriaguez, dejé la carta en la mesa de trabajo

sobre un par de libros viejos de dos maestros orientales

cuyas cubiertas ajadas eran bañadas por la luz ambarina de una lámpara.






Antes de entrar en el Parnaso…

Debo ofrecer un gambito de dama; realizar un enroque de rey

sobre el tablero del escenario…

––Me dije mientras movía las fichas hindúes de madera lacada––.

Colgarme de un sol de brillo noble;

que riachuelos de vino sanguíneo lo adornen

como al escudo de un guerrero griego.

Las heridas sublimadas ––medallas de la andadura y la batalla––,

dispuestas sobre la solapa del saco azul.


O…debería pensarlo bien…

Dejar a un lado esa tentación de trascendencia.



Antes de entrar en el parnaso…

¿Debería ponerme el vestido de juglar o de payaso?

Bellas sedas; tafetanes cruzados por cintas de oro
                                                           y botones con broches de perlas.

Hermosos atavíos, legendarios vestuarios de periclitadas épocas,

¡El escenario me llama, las tablas están a la espera!

También es de rigor, al final de esa función, una salida a los bajos fondos.

El sombrero calado, la bufanda negra cruzando el pecho.

En el Parnaso, las bacanales están cubiertas por talco de mármol, cierta frialdad lunar. Aire de obsidianas negras. Lápidas de bronce y candelabros de hierro.

Cierta pesadez de piedra sobre las bocas cantoras.

Melancolía tejida sobre abarrocadas faldas de poetisas bohemias.


Antes de ponerme a danzar sobre lápidas frías; es recomendable un baile lunfardo y caliente por callejones donde las cortesanas demimonde estén a la espera de su sueño; y yo, a la búsqueda de una Ofelia perdida para rescatarla del riachuelo cenagoso de la vida. (Aunque es muy posible, que terminemos los dos en el arroyo).





Antes de entrar en el parnaso…

Me gustaría encontrarme con viejos y querido poetas.

Si no estuviesen consumidos prematuramente por la bilis; si ejercieran el humor como un antídoto contra sus supercherías. Si en las ciudades, no se hubiesen convertido en ciudadanos grises bajo las cámaras paranoicas del gran hermano. Si el corre-ve-y-dile, la chismografía de alcantarilla y el radio bemba amarelo no hubiese malgastado sus energías y su talento.

Algunos de ellos, los más afortunados, ya escalan posiciones dentro de la frondosa estructura burocrática de la patria y posan sus nobles y maceradas nalgas sobre sillones de misiones extranjeras…

Pero con ellos no podría reunirme, no podría acceder a sus altos lobbies. Mi cara poetiana no es de buen recibo en sus fiestas; mis modales de drogatta en su nube artificial, no son entendidos por parte de esa exquisita fauna; sus secretos aquelarres; licenciosos Sabbats de banqueros y usureros, secretarios de despacho, ministros y mandriles.

Deberé encontrarme con los otros; gatos iluminados y solitarios que transitan los territorios fronterizos del idioma. Los de la juerga canalla. Los de la zambra pueblerina, gaznates abiertos a los rayos cristalinos del vodka y de la risa.

A ellos va mi encuentro en una taberna de pueblo.

En la barra de algún bar; lluvia luminosa contra las ventanas del abismo.

Poetas de líricas ácidas, viejos forajidos con su alijo de sueños…

“Sexo, poesía y alcohol”; su divisa corsaria.

Bueno…eran otros tiempos.

Teníamos el mazo de cartas completo...

El arcano de la estrella bajo la manga…

y no estábamos gastados por la rueda sucia de la fortuna.




Antes de entrar en el Parnaso.

Deberé afinar el semblante y la compostura.

Cuidar de mis modales y

Mandar lacrar con sellos mis papeles.

Para ingresar allí, me dicen, se requieren además de talento y oficio; Comediar frente a ciertos directores de revistas, hebdomadarios y pasquines de diferente condición. Gerentes de los mass media, publicistas de la gran estafa, quintacolumnistas de la opinión pública; presentadores de farándula y televisión.


No sé si cumpla tales requisitos; procuraré hacerme a algunos de ellos, de lo contrario…

Me sentiría muy desgraciado…

Tendré que contratar los servicios profesionales de un falsificador de balances y un asesor de imagen.

Antes de entrar en el parnaso, deberé pagar algunas cuentas.

Mi saldo en rojo no me permite recibir títulos honoríficos. Así que para ello, como escritor freelance, deberé recurrir a los ejecutivos librecambistas del laissez faire, laissez passer. De esta manera, cuadrando caja, podré estar seguro de dejar mis números en regla; es decir, igualar por rojo, los saldos negros del fracaso.



La verdad, hay que decirlo… nunca el fracaso o el triunfo lograron afectarme.

Todo el mundo hace algo mientras le llega la hora.


Groucho Marx decía: “¿Por qué debería preocupararme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”


Por esto… a veces pienso…

Que entrar en el Parnaso puede ser bastante aburrido….

Los sicofantes, la pompa, y el derroche de músicas graves…

Los archivos, los periodistas de la farándula a la entrada de la eternidad.

Las alfombras rosa, los claveles negros.

Las nubes pesadas de helio.

Las luces solares muy altas.

Las noches de juerga interminables…

(Bueno, esa es una de las pocas cosas que de verdad serían interesantes).

Pero no…

He decidido no entrar en él.

He decidido no presentar oposiciones.

Quince minutos de fama son suficientes. Un orgasmo de más de media hora solo es soportado por faquires o yoguis. Una eternidad, en constante inspiración, está destinada a los dioses o a los espíritus selectos de la metempsicosis.

No presentaré mi currículo ante las puertas de oro y cobre.

No pisaré la báscula de los pecadores y los virtuosos.

No tañeré la lira en frente de vates dorados y orates plúmbeos con testas coronadas de laurel.

Creo que mejor volveré a mi vida de otros tiempos.

No vale la pena entrar en el Parnaso cuando ya está lleno de bombines y chisteras; abogados y libreas.
La verdad, de entrar allí, sería para armar una gran conmoción y terminaría, para mi mal, vinculado a una resistencia.
Y encontrarme… con los mismos trepas montando escaleritas, tendiendo trampitas, montando tramoyas, con sus enciclopedias abiertas debajo de sus atriles. Con sus heráldicos corazones abrillantados para el desfile de las vanidades.

Con sus recomendaciones; sombreros estirados implorando con lenguas de fuego bajo los castillos de cristal y cemento. Sus circos del absurdo y sus colas de dragones. Sus políticos de la Nueva Era, sus magos escleróticos, sus camaleones contorsionistas.

Mejor seguir con el corazón en bandolera

bajo la luna de los caminos junto al mar y los pies sobre la tierra.

Pasar por las tabernas goliardas para libar los odres ásperos; mosto salvaje de las uvas abisales.

No debo perder la costumbre. (Ya me canso de esta vida de monje anacoreta y ermitaño).

Arrojaré el guante a algunas crapulitas de altar;

meapilas cortesanos que me vienen manoseando los cojones.


En el pasado ejercí Mester de juglaría en la plazas e inoculé tibios venenos en las copas de los obispos ilustrados; directores espirituales del rebaño Matrix; grandes ídolos de la clerecía culterana.

(No me voy; estoy de regreso. Y no será para darles el óbolo a los enchufados; mis aportes crematísticos solo se destinan a las filles galantes de madame Recamier; lo demás es despilfarro).

Creo que desertaré del Parnaso; a pesar de que, dicen, algunas de mis canciones ya están tocando a las puertas del cielo. (Están tocando, pero no les abren; me dijo el viejo Dylan).

No quiero estar en las listas del top ten. Hace tiempo que no veo las noticias. A los diarios solo los consulto para leer horóscopos, el pronóstico del tiempo y las especulaciones bursátiles.

Entraré en un bosque negro con la caravana de Rimbaud; con los juglares de la cuerda de Villon. Sediento vino  en las gargantas de los emboscados de la luna; mi melena en cardos coronadas.

No habrá Walhalla, ni valkirias...

No habrá paraíso, ni bailes de huríes…

Ni arpas, ni ambrosías...

Solo el canto áspero y rojo de los minnesängers...

Las calles entintadas de luces minerales, inundadas de riachuelos de plata

y asteroides giróvagos bajo estrellas y cimbeles.




Mi poema… serena risa de la noche.


Mi poema… secreta sombra de los acantilados.

Mi poema… faro avistado por el barco ebrio de mi corazón de piedra.

Mi poema enamorado de la luna…se forjó de cara al sol subiendo a la montaña de la laguna.

Mi poema…

Se extenderá como el polen de los vendavales

o se quemará como las cañas secas de los incendios forestales.

A la tierra volverá como cimiente o ceniza.

Seco y estilizado en la luz de las estrellas, duro como diamante negro…

Carbón  de flor al rojo en el río del tiempo; lava del volcán más vigoroso.


Y cantará en silencio por siempre.

Y para siempre.

Como debe ser.



O.G.R.

Del libro en imprenta:

"12 TROVAS GOLIARDAS Y UNA CANCIÓN MINNESÄNGER"