Yo era poeta y me gustaba cantar
nunca hice nada más útil en la
tierra
ni nada más inútil:
sólo cantar.
Iba los domingos a los cementerios
y cuando no tenía nada qué hacer
que era siempre
iba en los días de semana
allí aprendí y olvidé muchas cosas:
que vivir no es importante
y que estar muerto tampoco.
“SONATA
METAFÍSICA PARA QUE BAILEN LOS MUERTOS”
Gonzalo
Arango
Hacerse poeta
maldito es el negocio que conduce a la bancarrota,
porque los
policías suelen perseguir esta clase de poetas, y los taxistas los llevan de
noche y de día a contramano, y los trenes les llegan tarde siempre
y en las oficinas
públicas están cerrando siempre cuando ellos apenas llegan
y los jueces los condenan sin
oírlos y las buenas señoras bien envuelven con los chales a sus hijos y dan
rodeos aunque los encuentren a pleno sol.
“EL
OTRO POETA”
Eduardo Escobar
A la memoria y el legado de Gonzalo Arango pretenden hoy, exorcizarlo en muerte. Algunos funcionarios pretenden realizar esa purificación de la memoria colectiva bajo el falso pretexto de homenajes y efemérides.
La memoria de un profeta
no requiere de exorcismos.
Tampoco requiere de
exégesis académicas, ni salmos laudatorios conferidos por sacerdotes bien
pensantes de los institutos que preservan la pureza del idioma.
Primero, porque un poeta
profeta que expulsó demonios, cuando todavía estaban presentes en la sociedad, las huestes infernales de la guerra violenta que azotó Colombia durante los 40
y los 50 del pasado siglo; y fustigó por igual a los instalados en los templos
de la lengua; mal podría hoy ser canonizado, sin riesgo de asumir polémicas estériles.
Segundo, por que aquellos sectores que en vida negaron la participación de
Gonzalo Arango y su tribu de escritores locos
y peligrosos y les cerraron puertas; no podrían acogerlo a él, en el seno de una institución en
donde por lustros; casi décadas, fue anatemizado y excomulgado. (Lo pueden hacer manteniendo la impostura, corren sus riesgos, allá ellos) Sus textos
siguen siendo demasiados corrosivos y podrían afectar las estructuras burocráticas
que hoy han sido tomadas por meapilas y cristeros.
Es verdad, que el poeta,
hace mucho tiempo constituye parte de la memoria cultural colombiana, y que sus
obras ya fueron publicadas en antologías y ensayos que se cuentan por
centenares; pero si un lector de estos días va a sus textos iniciales, se podrá
dar cuenta fácilmente, que el Poeta Gonzalo Arango no está asimilado del todo.
Es por eso que representa
una presencia fantasmal, incómoda y de cierta manera peligrosa. Se corre el
riesgo de que con esta exhumación de memorabilia, su poesía más oscura salga de nuevo a escena. Eso, para la literatura, de cierta manera
es algo bueno. Ya es hora de que una bocanada fresca de tormenta tropical azote
nuestras ciudades amodorradas entre la propaganda y la alienación digital.
Aunque mucha de su obra
ha sido editada y se ha mojado su pólvora de fuego. Otra, permanece oculta,
casi reservada como esas fotos secretas que reposan en el fondo de los baúles familiares;
esas que están en los áticos, y que guardan un aura de misterio; esas que no se
puede presentar en ámbitos sociales so pena de encender escándalos. Es llamativo
que, la fuerza de su accionar poético todavía hoy genere interés y conserve esa característica vital y única, esa impronta rebelde y mística que la
mantiene vigente. Aparte de la figura central del profeta, buena parte de la poesía
nadaísta fundacional, hoy se lee tan fresca y desenfada, irónica y corrosiva,
como hace sesenta años. No solo fueron panfletos para epatar al burgués. Con el
tiempo en las filas de aquel movimiento surgieron escritores de la talla de: Jota
Mario Arbeláez, Amílcar Osorio, Jaime Jaramillo Escobar, Darío Lemos, Eduardo
Escobar, Humberto Navarro, Elmo Valencia, Armando Romero, Pablus Gallinazo,
Eduardo Zalamea, entre otros, que dejaron y dejan constancia (muchos están en activo) de la calidad
de su trabajo poético. Y es que, en el teatro de operaciones en el campo de la literatura colombiana, sus
huestes ligeras acampan emboscadas afuera de las murallas; y por décadas han estado a la espera, y
de vez en cuando, hacen sus incursiones (fantasmales Britzkrieg) manteniendo de alguna manera vivo y en alerta, a ese
cuerpo somnoliento en donde predomina un amaneramiento bien pensante, cierto
barroquismo de cartón que sobrevive a las pestes; cierta estilización de
señoras angustiadas que narran dramas sentimentales con un exhibicionismo
pudoroso, que es bien recibido por una clase de intelectuales engage y los de closet, esos que solo sueltan las riendas y abren el set, cuandos su jefes políticos se los ordenan; esos comisarios que meten mano en todo, que controlan el discurso
literario y los torneos simbólicos. Predomina un miedo general a la relectura
de tradiciones rupturistas, o derivas poéticas experimentales que en el pasado,
con crudeza y a cara de perro, arremetieron contra la moral y las buenas
costumbres de una sociedad que, para la época, venía de dejar en el pasado a
sus muertos y sus tierras arrasadas; pero que todavía convivía con sus fantasmas.
Hijos de campesinos, obreros y clase media urbana; ellos, los nadaistas, tuvieron su momento y sus
batallas reales. Ese momento los puso al borde del camino, obligándolos a transitar
las rutas del underground tropical y
aunque se codearon con los desclasados de la burguesía y hasta publicaron en
sus revistas, nunca perdieron la esencia de su rebeldía. Ya se sabe, se juega
en estas farsas sociales; y del poeta a veces se requiere su faceta de payaso, de actor de guiñol, su estrafalaria pinta y sus maneras delincuenciales para gozar del party y el soirée; pero cuando el escritor
abandona esas teatrales ceremonias y entra a poner todas sus armas literarias
sobre el escenario, viene el horror, la desbandada, el señalamiento y la
excomunión.
Acaso esa rebeldía
juvenil del profeta, esos ecos panfletarios, esas soflamas de piromanía excelsa,
traídas de nuevo, a esta nuestra época, afectan los postulados sociales e
institucionales de la Colombia de hoy; (para desgracia, en su esencia, no muy
diferente a la de hace 60 o 50 años) País que todavía se empeña en desatar de
nuevo las parcas y miserias que dieron origen a pasadas, y no tan antiguas guerras
fratricidas.
El profeta, deja su
huella vital de agitador anarquista y místico de estrellas. Ha creado su
memoria y su herencia. Sabemos por su copiosa correspondencia, de sus momentos
de soledad y de sus dudas, y las penurias en algunos momentos de su vida. Nosotros, que lo vimos, no como padre, sino
como hermano mayor, sabemos de todos sus dolores. Y como él, cometimos ––debemos
admitirlo–– todos sus pecados y entrampados cometimos errores; y podríamos
decir también, que fuimos a fiestas en donde no deberíamos haber ido; y
atracamos en puertos en donde nunca deberíamos haber llegado, ni haber puesto
en ese objetivo y destino, el rumbo de nuestra nave. Sabemos que tomar ciertos caminos agrestes en el campo de la
literatura, pueden conducir a la soledad y el desencanto; correr el riego de estrellarse contra muros fronterizos y salir a cien de la carretera, una noche, ciegos bajo el alcohol
para finalmente ser embestidos por la vida.
El profeta, que a la vez
fue un vaquero curtido, se encontró alguna tarde, entrando al condado más
pesado de la zona y se batió en cuatro
frentes; ya que con su tribu de forajidos, líricos y corrosivos, abrieron
caminos, y se enfrentaron a peligros que solo ellos pudieron afrontar. Ya lo
dije en Spaguetti Western Poem:
sobre el rebelde que regresa de la legión extranjera, del horror de la guerra y
la soledad del exilio, y sobre el que
cae toda la fusilería del pueblo; como en un viejo western de Sergio Leone: Es
la respuesta de la sombra rápida que estalla bajo el sol inclemente del
condado. Es eso, o la muerte.
Y es que ser poeta,
músico, dibujante, publicista, polemista
y columnista de diario y revista semanal, no es fácil; a veces esos
oficios no vienen de una urgencia o una vocación; fué la vida misma, con
su lucha cotidiana quien le puso en esas disyuntivas y se las sumó todas a su operacion vital. Todo eso en conjunto,
creó el ambiente para algunas salidas en falso y la malinterpretación de
algunos de sus postulados. Muchos ignoran, o pretenden ignorar al hombre y su
condición, su época y sus vicisitudes. Gonzalo
Arango y su colectivo, en sus inicios, se vieron abocados a implementar una poética
de la acción. Aprendieron de los dadaístas y surrealistas franceses las
técnicas del teatro del escándalo, el saboteo de ritos ceremoniales; la implementación del zamizdat, el pasquín y el fanzine. El (DIY) Do it yourself enfrentado la censura y la excomunión.
Y le tocó, como un solitario cristo
sesentero en bluyín y sandalias, convertirse en profeta urbano y predicar en las calles de
las ciudades que se habían llenado de sobrevivientes. Hombres y mujeres que habían
huido de una de las violencias más crueles de Colombia y entre las sombras de
los desesperanzados, perdió la fe y luego la reencontró en la Nada. Habitó ciudades parroquiales en donde todavía la sombra de un pasado brutal se sentía.
Ciudades empeñadas en el afán siempre nuevo del lucro y en donde se comenzaban a gestar futuras tragedias. ¿Acaso, el profeta parado en una esquina del parque Berrío de Medellín
con su gabardina de labor, vio pasar La Carroza del Heno con toda la fanfarria
de la usura y el utilitarismo? Y acusado y sin defensa, fue abofeteado y escupido
por el rebaño citadino; para luego, desde la altas cumbres de la intelligentzia ser anatemizado y puesto
en entredicho. Por ello, en algún momento, se dio cuenta que: El gran Burundún Burundá, no había muerto
pero apestaba. ¿Puso la otra mejilla...O sacó su navaja afilada y se batió
en duelo?
Entonces abrazó la Nada. Pero
fue una Nada, que también tenía segmentos nocturnos de felicidad, momentos de
bohemia acelerada bajo el efecto del alcohol y las plantas psicotrópicas; navegó
las noches en la Playa del centro capital de la montaña; una Nada de mirada de ojos rojos
incendiados, que estuvo sentada a las mesas del tango lunfardo con los
compadritos oscuros, que podían ofrecerte una bala o regalarte la vida como acto de extrema generosidad; que aprendió a moverse en expreso Magdalena por los
territorios de una patria que todavía tenía abiertos los dos valles centrales,
como estancias agrestes a donde se podía escapar al retiro del silencio. Nadaba bajo el
sol. Como cuando uno de muchacho se iba con su barra una tarde de Ganya al río. Una Nada, hecha de
nihilismo puro, pero también de verano salvaje y tórrido; isla caribe rastafari y creolé; Islanada pacífica y barracuda; flores, manglares y raíces. Y
también Nada de ciudad despiadada; Smog y ruido y furia, con atardeceres luminosos
y tempestades.
Gonzalo Arango, al igual
que muchos de los poetas de su generación, fueron para nosotros (cachorros de
poetas a finales de los 70 y comienzos de los 80) parte de una mitología cercana que, con los años y las lecturas, fue
creciendo en brillo como un mar de iluminadas sombras; escritores que habían tenido trato non santo con demonios y ángeles caídos; Stalkers que habían entrado a zonas de oscuros arsenales donde moraba la raza antigua de los metales; algunos habían emprendido marchas, anábasis hacia los reinos de la locura y luego en retirada, habían perdido sus poemas y hasta su vida. Hermanos mayores que seguían circulando en ciertos núcleos de la magia negra, roja y azul; unos ya volando muy alto, convertidos en escritores continentales y conocidos en
todo el territorio universal de la poesía, otros, desdibujados en las tintas del olvido. Pero que seguían manteniendo esa aura de
ovejas negras alérgicas a la lana; camajanes risueños de burdel; maestros
derviches del camino de la mano izquierda; iniciadores etéreos en los paraísos artificiales.
Cuando leíamos sus liturgias, sabíamos que estábamos conectando con algo: las
oraciones del ángel coronado con el lucero de la mañana, heredadas de Rimbaud, Baudelaire y Lautreamont; el
circo irónico y absurdo de Jarry, el teatro cruel de Artaud; los restos de una expedición
al sur en busca del Yagué y el cacao sabanero en compañía de Ginsberg y
Burrougs; los deslumbramientos y misterios de una exploración al corazón de las tinieblas; la
fundación de un territorio liberado; una cabeza de playa que ellos habían conquistado
con sus letras y sus textos, para por encima de todo hacer presencia, y contra
todo, ser poetas en Colombia a finales de los 50 y comienzos de los 60 y no
detenerse allí, y seguir en la campaña hasta la muerte, en este país en donde la
poesía auténtica era una materia peligrosa y enfrentar los mismos retos de la poesía de
todos los tiempos.
Él y su tribu de
iniciados, abrió las fronteras y estableció los lazos fraternos mediante un prolífico
ejercicio epistolar con los demás grupos literarios del continente: El corno emplumado de México; El
techo de la Ballena de Venezuela; Los
Tzántzicos en Ecuador, los Beatniks
norteamericanos y con medios limitados, crearon una corriente
renovadora, escandalosa y fresca que como fiesta báquica encendió las
conciencias y los corazones de una nueva época. Sintieron los ecos y vientos de
la lluvia de las flores en el canto desgarrado de una Janis Joplin, las canciones de Jim Morrison, los riffs flamígeros de Jimi Hendrix; y alguna noche, en aquelarre de luna y hoguera, acompañados de una dulce hippie llamada Margarita, escucharon los tambores africanos resonando atras, al fondo de guitarras eléctricas y sintieron la voz cavernosa y eterna que venía desde los inicios de la historia, en Sympathy for the Devil de los Stones; años despues, de alguna manera, todo eso inspiraría el festival de Ancón. Respiraron el aire impregnado de lacrimógenos que
se escapaba de las barricadas parisinas de mayo del 68. Viajaron bajo efecto, en las
derivas urbanas descubiertas por ellos mismos y a la par de los situacionistas y sintieron también, todas
las guerras que en el mundo se desataban contra los pueblos: Vietnam y Camboya;
y decidieron elegir la poesía cuando
en algunos momentos, se les instó a escoger caminos más violentos. Sintieron su
época en medio de convulsiones y debates. Desde la izquierda y la derecha
recibieron fuego y descargas de arquería; y como en toda tribu, sobrevivieron a peleas y
desacuerdos intestinos, que en algunos momentos alcanzaron virulencia (¿en qué familia no se pelean los hermanos?).
Sin embargo, Gonzalo Arango, como profeta se mantuvo al frente, maniobrando, curtido capitán, en
medio de la tormenta; de tal manera que nunca perdió la gravedad solar de su
presencia en el centro de la escena. A pesar de transitar periodos largos en
donde su trabajo se difuminó, su figura literaria estuvo muy presente.
Regresaron décadas después, con importantes reconocimientos, libros nuevos y
nuevas creaciones. El Nadaísmo como viejo salmón, remonta las corrientes, salta
los rápidos para desovar con su carga de poesía y rebeldía en los arroyos en
donde abrevan nuevos y extraños cantores de la tribu, y como los viejos
roqueros sigue cantando y nunca muere.
Todos los poetas que sobreviven
a las guerras, lo hacen combatiendo por encima de los ejércitos enfrentados.
Desechan estandartes, barras y estrellas y toman en sus manos a un animal
moribundo y sangrante como sus corazones. A veces, se abstraen en medio de la
tristeza y en un momento de lucidez o epifanía, se van heridos a un rincón de
la tierra en donde no tengan que gritar. Luego, serenados por la música del silencio,
emprenden el camino del sufí, cercano a la danza solar y el viaje cósmico.
Gonzalo Arango y aquellos
vagamundos del Dharma fueron a la
montaña sagrada acompañados de Fernando Gonzales el ermitaño de Otraparte. Y luego
descendieron como iluminados de hongos y María a las ciudades una tarde, cuando
el techo del cielo estallaba en azul cerúleo bajo un sol canicular. Fueron la
primera línea de la nueva poesía colombiana. Gonzalo Arango el profeta
inspirador y conductor de una visión que abrió las puertas a nuevas
sensibilidades en la literatura de nuestro país. No venían de familias aristocráticas; no tenían padres embajadores, ni tíos en los ministerios, sus abuelos no habian fundado un periódico; venían, en su mayoría, de familias proletarias, populares y campesinas. No
fueron publicados sino hasta después de confrontarse con los medios de una
literatura rancia que, en lo editorial y en lo estético, abogaba por otras
cosas, (lo de siempre en el mundo
editorial, aunque hoy día, es mucho más complejo y amplio en comparación con el erial de aquellos tiempos; en el fondo, esa caracteristica se mantine; solo que, aunque existan dos o tres monopolios que trituran libros, ahora disponemos de centenares de alternativas para llegar a la gente); igual se sigue publicando mucha morralla comercial de autoayuda y noveletas engastadas en cierta tradición decimonónica mixturada con fórmulas de merchandise para las masas, y una que otra saga conrintellada convertida en dogma.
Al final de su periplo,
se había alejado. El amor de Angelita, una hermosa ondina británica, lo hizo retomar su senda mística.
Se alejó de su viejo Daimón; dejó a
un lado los momentos de desazón y en compañía del amor de su vida se fue a
buscar su paraíso terrenal sin despotricar de su andadura. La muerte se lo llevó en su mejor edad. Un accidente de transito. Un camión golpeó de costado el auto en que se movía con amigos por una de las carreteras de Cundinamarca, Colombia. Había dicho todo lo que tenía que decir; había escrito todo lo que tenía que escribir; y ahora se iba a ofrendar su espiritu como fuego en el altar del silencio.
Próximo a ser canonizado, tomo una flor blanca para llevar a su santuario. Pero no; prefiero leer su poesía escrita en sus manos abiertas como nubes. Solo bastaría un gesto
del poeta, el profeta, el hombre, para reconocer en él toda su humildad y toda
su grandeza. Por eso los anatemas tardíos ya no le tocan, ni los exorcismos hipócritas de los nuevos
milagreros; mucho menos reivindicaciones apolilladas de los cancerberos de
la Academia de la lengua. Las únicas academias que respetó en vida Gonzalo Arango, fueron las academias de karate
y las academias de billar-pool. Estuvo siempre en la línea natural de todo gran
poeta: La marginalidad. Que ocasionalmente hubiese escrito en grandes medios para sobrevivir y ganar el pan; y que durante un tiempo escribiera sobre la farándula
criolla o que hubiese tenido veleidades con la política en medio del fragor de
los tiempos. No le quitan el valor a ese periplo vital; supo surfear la ola, cabalgar
el lomo del tigre. Él sabía que en el fondo todo el tinglado era solo un
escenario más. Era entrar dentro de la jaula y salir de ella, no como el virtuoso del hambre, sino como Houdini
tocado de bourbon. Como un mago peligroso, jugador de casino de media noche,
que con su mirada de cazador de tormentas, supo entrar a la pelea y luego, después
de la refriega, se apartó con sus viejas heridas y restañó sus cicatrices; se mantuvo al
margen. Pueden decir, y dan fe quienes le conocieron muy bien: no perdió la
cabeza cuando se internó en las fronteras amargas y violentas de nuestra alma
patria.
Gonzalo Arango no fue un
hombre; fue un huracán y fue legión de poesía. Y fue acción de cuerpo entero
para crear obra. Que, como toda obra humana, está hecha de aciertos y desaciertos;
de triunfos pasajeros y grandes derrotas. Que sigue caminando entre ruido de
guerra y de fantasmas. Su poema: Elegía
para Desquite es uno de los grandes poemas de la literatura latinoamericana
y universal. No solo porque sea perfecto en su prosodia oscura, su rítmica
silenciosa, su belleza cruel y terrenal; (En su momento una afrenta, una osadía); sino también porque fue
escrito con dolor y sangre, para la conciencia de un país que ––a
pesar de grandes esfuerzos sociales recientes––, no reconoce todavía a su hijos la riqueza honesta del
trabajo y no brinda caminos de esperanza a los desheredados de la tierra.
Gonzalo Arango.
Sembrador
de semillas y poemas del viento.
Paz eterna y llama viva,
a su obra y su memoria de luz.




