sábado, 10 de octubre de 2026

"PENNY EN LA CIUDAD" PIERO 1972. (LETRA: LIL GADEA/MUSICA: ROBERTO LAR)


 

"LA MEMORIA DE UN PROFETA, NO REQUIERE DE EXORCISMOS"...../"ELEGÍA A DESQUITE" / GONZALO ARANGO (Andes, 18 de enero de 1931 - Gachancipá, 25 de septiembre de 1976)

 




LA MEMORIA DE UN PROFETA NO REQUIERE DE EXORCISMOS…

 

Yo era poeta y me gustaba cantar

nunca hice nada más útil en la tierra

ni nada más inútil:

sólo cantar.

 

Iba los domingos a los cementerios

y cuando no tenía nada qué hacer

que era siempre

iba en los días de semana

allí aprendí y olvidé muchas cosas:

que vivir no es importante

y que estar muerto tampoco.

“SONATA METAFÍSICA PARA QUE BAILEN LOS MUERTOS”

Gonzalo Arango

 

Hacerse poeta maldito es el negocio que conduce a la bancarrota,

porque los policías suelen perseguir esta clase de poetas, y los taxistas los llevan de noche y de día a contramano, y los trenes les llegan tarde siempre

y en las oficinas públicas están cerrando siempre cuando ellos apenas llegan

y los jueces los condenan sin oírlos y las buenas señoras bien envuelven con los chales a sus hijos y dan rodeos aunque los encuentren a pleno sol.

Elmo Valencia

 

 


A la memoria y el legado de Gonzalo Arango pretenden hoy, exorcizarlo en muerte. Algunos funcionarios pretenden realizar esa purificación de la memoria colectiva bajo el falso pretexto de homenaje y efemérides.

La memoria de un profeta no requiere de exorcismos.

Tampoco requiere de exégesis académicas, ni salmos laudatorios conferidos por sacerdotes bien pensantes de los institutos que preservan la pureza del idioma.

Primero, porque un poeta profeta que expulsó demonios, cuando todavía estaban presentes en la sociedad las legiones infernales de la guerra violenta que azotó Colombia durante los 40 y los 50 del pasado siglo; y fustigó por igual a los instalados en los templos de la lengua; mal podría hoy ser canonizado, sin riesgo de asumir polémicas estériles. Segundo, por que aquellos sectores que en vida negaron la participación de Gonzalo Arango y su tribu de escritores locos y peligrosos y les  cerraron sus puertas; no podrían acogerlo a él, en el seno de una institución en donde por lustros; casi décadas, fueron anatemizados y excomulgados. (Lo pueden hacer manteniendo la impostura, corren sus riesgos, allá ellos) Sus textos siguen siendo demasiados corrosivos y podrían afectar las estructuras burocráticas que hoy han sido tomadas por meapilas y cristeros.

 

Es verdad, que el poeta, hace mucho tiempo constituye parte de la memoria cultural colombiana, y que sus obras ya fueron publicadas en antologías y ensayos que se cuentan por centenares; pero si un lector de estos días va a sus textos iniciales, se podrá dar cuenta fácilmente, que el Poeta Gonzalo Arango no está asimilado del todo.

Es por eso que representa una presencia fantasmal, incómoda y de cierta manera peligrosa. Se corre el riesgo de que la legión salga de nuevo. Eso, para la literatura, de cierta manera es algo bueno. Ya es hora de que una bocanada fresca de tormenta tropical azote nuestras ciudades amodorradas entre la propaganda y la alienación digital.

Aunque mucha de su obra ha sido editada y se ha mojado su pólvora de fuego. Otra, permanece oculta, casi reservada como esas fotos secretas que reposan en el fondo de los baúles familiares; esas que están en los áticos, y que guardan un aura de misterio; esas que no se puede presentar en ámbitos sociales so pena de encender escándalos. Es llamativo que, la fuerza de su accionar poético todavía hoy genere interés y conserve esa característica vital y única, esa impronta rebelde y mística que la mantiene vigente. Aparte de la figura central del profeta, buena parte de la poesía nadaísta fundacional, hoy se lee tan fresca y desenfada, irónica y corrosiva, como hace sesenta años. No solo fueron panfletos para epatar al burgués. Con el tiempo en las filas de aquel movimiento surgieron escritores de la talla de: Jota Mario Arbeláez, Amílcar Osorio, Jaime Jaramillo Escobar, Darío Lemos, Eduardo Escobar, Humberto Navarro, Elmo Valencia, Armando Romero, Pablus Gallinazo, Eduardo Zalamea, entre otros, que dejaron y dejan constancia (muchos están en activo) de la calidad de su trabajo poético. Y es que, en el panorama de la literatura colombiana, sus huestes acampan afuera de las murallas y por décadas han estado a la espera, y de vez en cuando hacen sus incursiones manteniendo de alguna manera vivo, ese cuerpo somnoliento en donde predomina un amaneramiento bien pensante, cierto barroquismo de cartón que sobrevive a las pestes; cierta estilización de señoras angustiadas que narran dramas sentimentales con un exhibicionismo pudoroso, que es bien recibido por una clase de intelectuales engage y de closet (Jursich y compañía), esos que solo sueltan las riendas y abren el set, cuandos su jefes políticos se los ordenan; esos comisarios que meten mano en todo, que controlan el discurso literario y los torneos simbólicos. Predomina un miedo general a la relectura de tradiciones rupturistas, o derivas poéticas experimentales que en el pasado, con crudeza y a cara de perro, arremetieron contra la moral y las buenas costumbres de una sociedad que, para la época, venía de dejar en el pasado a sus muertos y sus tierras arrasadas; pero que todavía convivía con sus fantasmas. Hijos de campesinos y obreros; ellos, los nadaistas tuvieron su momento y sus batallas. Y ese momento los puso al borde del camino, obligándolos a transitar las rutas del underground tropical y aunque se codearon con los desclasados de la burguesía y hasta publicaron en sus revistas, nunca perdieron la esencia de su rebeldía. Ya se sabe, se juega en estas farsas sociales; y del poeta a veces, se requiere su faceta de payaso de guiñol, su estrafalaria pinta y sus maneras delincuenciales para gozar del party y el soirée; pero cuando el escritor abandona esas teatrales ceremonias y entra a poner todas sus armas literarias sobre el escenario, viene el horror, la desbandada, el señalamiento y la excomunión.

 

Acaso esa rebeldía juvenil del profeta, esos ecos panfletarios, esas soflamas de piromanía excelsa, traídas de nuevo, a esta nuestra época, afectan los postulados sociales e institucionales de la Colombia de hoy; (para desgracia, en su esencia, no muy diferente a la de hace 60 o 50 años) País que todavía se empeña en desatar de nuevo las parcas y miserias que dieron origen a pasadas, y no tan antiguas guerras fratricidas.

El profeta, deja su huella vital de agitador anarquista y místico de estrellas. Ha creado su memoria y su herencia. Sabemos por su copiosa correspondencia, de sus momentos de soledad y de sus dudas, y las penurias en algunos momentos de su vida.  Nosotros, que lo vimos, no como padre, sino como hermano mayor, sabemos de todos sus dolores. Y como él, cometimos ––debemos admitirlo–– todos sus pecados y entrampados cometimos errores; y podríamos decir también, que fuimos a fiestas en donde no deberíamos haber ido; y atracamos en puertos en donde nunca deberíamos haber llegado, ni haber puesto en ese objetivo y destino, el rumbo de nuestra nave. Sabemos que el camino de la literatura es casi siempre, la soledad y el desencanto y también el golpearse contra muros y salir a cien de la carretera una noche ciegos bajo el alcohol para finalmente ser embestidos por la vida.

El profeta, que a la vez fue un vaquero curtido, se encontró alguna tarde, entrando al condado más pesado de la zona y  se batió en cuatro frentes; ya que con su tribu de forajidos líricos y corrosivos abrieron caminos, y se enfrentaron a peligros que solo ellos pudieron afrontar. Ya lo dije en Spaguetti Western Poem: sobre el rebelde que regresa de la legión extranjera, del horror de la guerra y la soledad  del exilio, y sobre el que cae toda la fusilería del pueblo; como en un viejo western de Sergio Leone: Es la respuesta de la sombra rápida que estalla bajo el sol inclemente del condado. Es eso, o la muerte.

Y es que ser poeta, músico, dibujante, publicista, polemista  y columnista de diario y revista semanal, no es fácil; a veces esos oficios no vienen de una urgencia o una vocación; fué la vida misma, con su lucha cotidiana quien le puso en esas disyuntivas. Todo eso en conjunto, creó el ambiente para algunas salidas en falso y la malinterpretación de algunos de sus postulados. Muchos ignoran, o pretenden ignorar al hombre y su condición, su época y sus vicisitudes.  Gonzalo Arango y su colectivo, en sus inicios, se vieron abocados a implementar una poética de la acción. Aprendieron de los dadaístas y surrealistas franceses las técnicas del teatro del escándalo, el saboteo de ritos ceremoniales;  la implementación del zamizdat, el pasquín y el fanzine. El (DIY) Do it yourself enfrentado la censura y la excomunión.

Y le tocó, como un cristo sesentero en bluyín y sandalias, convertirse en profeta urbano en las calles de las ciudades que se habían llenado de sobrevivientes. Hombres y mujeres que habían huido de una de las violencias más crueles de Colombia y entre las sombras de los desesperanzados, perdió la fe y luego la reencontró en la Nada. Habitó ciudades parroquiales en donde todavía la sombra de un pasado brutal se sentía. Ciudades empeñadas en el afán siempre nuevo del lucro y en donde se comenzaban a gestar futuras tragedias. ¿Acaso, el profeta parado en una esquina del parque Berrio de Medellín con su gabardina de labor, vio pasar La Carroza del Heno con toda la fanfarria de la usura y el utilitarismo? Y acusado y sin defensa, ser abofeteado y escupido por el rebaño citadino; para luego, desde la altas cumbres de la intelligentzia ser anatemizado y puesto en entredicho. Por ello, en algún momento, se dio cuenta que: El gran Burundún Burundá, no había muerto pero apestaba. ¿Puso su otra mejilla...O sacó su navaja afilada y se batió en duelo? 

Entonces abrazo la Nada. Pero fue una Nada, que también tenía segmentos nocturnos de felicidad, momentos de bohemia acelerada bajo el efecto del alcohol y las plantas psicotrópicas; navegó las noches en la Playa del centro capital; una Nada de mirada de ojos rojos incendiados, que estuvo sentada a las mesas del tango lunfardo con los compadritos oscuros, que podían ofrecerte una bala o regalarte la vida como acto de extrema generosidad; que aprendió a moverse en expreso Magdalena por los territorios de una patria que todavía tenía abiertos los dos valles centrales, como estancias agrestes a donde se podía escapar al retiro del silencio. Nadaba bajo el sol. Como cuando uno de muchacho se iba con su barra una tarde de Ganya al un rio. Una Nada, hecha de nihilismo puro, pero también de verano salvaje y tórrido; flores y raíces. Y también de ciudad despiadada; furia y esperanza, con sus atardeceres luminosos y tempestades.

 

Gonzalo Arango, al igual que muchos de los poetas de su generación fueron para nosotros, cachorros de poetas, parte de una mitología cercana que, con los años y las lecturas, fue creciendo en brillo como un mar de iluminadas sombras; demonios y ángeles caídos; hermanos mayores que seguían circulando en ciertos núcleos de la magia azul, otros ya volando muy alto, convertidos en escritores continentales y conocidos en todo el territorio universal de la poesía. Pero seguían manteniendo esa aura de ovejas negras alérgicas a la lana; camajanes risueños de burdel; maestros derviches del camino de la mano izquierda; iniciadores etéreos en los paraísos artificiales. Cuando leíamos sus liturgias, sabíamos que estábamos conectando con algo: las oraciones del ángel caído heredadas de Rimbaud, Baudelaire y Lautreamont; el circo irónico y absurdo de Jarry, el teatro cruel de Artaud; los restos de una expedición al sur en busca del Yagué y el cacao sabanero en compañía de Ginsberg y Burrougs; los deslumbramientos y misterios de una exploración al corazón de las tinieblas; la fundación de un territorio liberado; una cabeza de playa que ellos habían conquistado con sus letras y sus textos, para por encima de todo hacer presencia, y contra todo, ser poetas en Colombia a finales de los 50 y comienzos de los 60 y no detenerse allí, y seguir en la campaña hasta la muerte, en este país en donde la poesía era una materia peligrosa y enfrentar los mismos retos de la poesía de todos los tiempos.

Él y su tribu de iniciados, abrió las fronteras y estableció los lazos fraternos mediante un prolífico ejercicio epistolar con los demás grupos literarios del continente: El corno emplumado de México; El techo de la Ballena de Venezuela; Los Tzántzicos en Ecuador, los Beatniks norteamericanos y con  medios limitados, crearon una corriente renovadora escandalosa y fresca que como fiesta báquica encendió las conciencias y los corazones de una nueva época. Sintieron los ecos y vientos de la lluvia de las flores en el canto desgarrado de una Janis Joplin que años despues, de alguna manera, inspiraría el festival de Ancón. Respiraron el aire impregnado de lacrimógenos que se escapaba de las barricadas parisinas de mayo del 68. Viajaron bajo efecto, en las derivas urbanas inspiradas por ellos mismos y a la par de los situacionistas y sintieron también, todas las guerras que en el mundo se desataban contra los pueblos: Vietnam y Camboya; y decidieron elegir la poesía cuando en algunos momentos se les instó a escoger caminos más violentos. Sintieron su época en medio de convulsiones y debates. Desde la izquierda y la derecha recibieron fuego y descargas de arquería; y como en  toda tribu, sobrevivieron a peleas y desacuerdos intestinos, que en algunos momentos alcanzaron virulencia (en qué familia no se pelean los hermanos). Sin embargo Gonzalo Arango, como profeta se mantuvo al frente, maniobrando en medio de la tormenta; de tal manera que nunca perdió la gravedad solar de su presencia en el centro de la escena. A pesar de transitar periodos largos en donde su trabajo se difuminó, su figura literaria estuvo muy presente. Regresaron décadas después, con importantes reconocimientos, libros nuevos y nuevas creaciones. El Nadaísmo como viejo salmón, remonta las corrientes, salta los rápidos para desovar con su carga de poesía y rebeldía en los arroyos en donde abrevan nuevos y extraños cantores de la tribu, y como los viejos roqueros sigue cantando y nunca muere.

Todos los poetas que sobreviven a las guerras, lo hacen combatiendo por encima de los ejércitos enfrentados. Desechan estandartes, barras y estrellas y toman en sus manos a un animal moribundo y sangrante como sus corazones. A veces, se abstraen en medio de la tristeza, y en un momento de lucidez o epifanía, se van heridos a un rincón de la tierra en donde no tengan que gritar y, serenados por la música del silencio, emprenden el camino del sufí, cercano a la danza solar y el viaje cósmico.

Gonzalo Arango y aquellos vagamundo del Darma fueron a la montaña sagrada acompañados de Fernando Gonzales el ermitaño de otra parte. Y luego descendieron como iluminados de hongos y María a las ciudades una tarde, cuando el techo del cielo estallaba en azul cerúleo bajo un sol canicular. Fueron la primera línea de la nueva poesía colombiana. Gonzalo Arango el profeta inspirador y conductor de una visión que abrió las puertas a nuevas sensibilidades en la literatura de nuestro país. No venían de familias aristocráticas; no tenían padres embajadores, ni tios en los ministerios, sus abuelos no habian fundado un periódico;  venían, en su mayoría, de familias proletarias, populares y campesinas. No fueron publicados sino hasta después de confrontarse con los medios de una literatura rancia que, en lo editorial y en lo estético, abogaba por otras cosas, (lo de siempre, en el mundo editorial, eso tampoco no ha cambiado sustancialmente); morralla comercial y cierta tradición decimonónica mixturada con fórmulas de merchandise para las masas, y una que otra saga conrintellada convertida en dogma.

Al final de su periplo, se había alejado. El amor de una ondina británica, lo hizo retomar su senda mística. Se alejó de su viejo Daimon; dejó a un lado los momentos de desazón y en compañía del amor de su vida se fue a buscar su paraíso terrenal sin despotricar de su andadura.

Solo bastaría un gesto del poeta, el profeta, el hombre, para reconocer en él toda su humildad y toda su grandeza. Por eso no requiere  de anatemas tardíos, que ya no le tocan, ni exorcismos hipócritas de los nuevos milagreros; ni mucho menos reivindicaciones apolilladas de los cancerberos de la academia. Las únicas academias que respetó en vida Gonzalo Arango, fueron las academias de karate y las academias de billar-pool. Estuvo siempre en la línea natural de todo gran poeta. La marginalidad. Que ocasionalmente hubiese escrito en grandes medios para sobrevivir y ganar el pan; y que durante un tiempo escribiera sobre la farándula criolla o que hubiese tenido veleidades con la política en medio del fragor de los tiempos. No le quitan el valor a ese periplo vital; supo surfear la ola, cabalgar el lomo del tigre. Él sabía que en el fondo todo el tinglado era solo un escenario más. Era entrar dentro de la jaula y salir de ella,  no como el virtuoso del hambre, sino como Houdini tocado de bourbon. Como un mago peligroso, jugador de casino de media noche, que con su mirada de cazador de tormentas, supo entrar a la pelea y luego, después de la refriega, se apartó con sus viejas heridas y restañó sus cicatrices; se mantuvo al margen. Pueden decir, y dan fe quienes le conocieron muy bien: no perdió la cabeza cuando se internó en las fronteras amargas y violentas de nuestra alma patria.

Gonzalo Arango no fue un hombre; fue un huracán y fue legión de poesía. Y fue acción de cuerpo entero para crear obra. Que, como toda obra humana, está hecha de aciertos y desaciertos; de triunfos pasajeros y grandes derrotas. Que sigue caminando entre ruido de guerra y de fantasmas. Su poema: Elegía para desquite es uno de los grandes poemas de la literatura latinoamericana y universal. No solo porque sea perfecto en su prosodia oscura, su rítmica silenciosa, su belleza cruel, terrenal y puramente humana; (En su momento una afrenta, una osadía); sino también porque fue escrito con dolor y sangre, para la conciencia de un país que, todavía ––a pesar de grandes esfuerzos––, no reconoce a su hijos la riqueza honesta del trabajo y no brinda caminos de esperanza a los desheredados de la tierra.

Gonzalo Arango.

Sembrador de semillas del viento.

Paz eterna y llama viva, a su obra y su memoria de luz.






















jueves, 24 de septiembre de 2026

POR UNA NUEVA NOVELA

 

Por una nueva novela, Alain Robbe-Grillet

alain robbe-grillet

Si empleo con gusto, en muchas páginas, el término de Nueva novela, no es para designar una escuela, ni incluso un grupo definido y constituido de escritores que trabajarían en el mismo sentido; solo es una denominación cómoda que engloba a todos aquellos que buscan nuevas formas novelescas, capaces de expresar (o de crear) nuevas relaciones entre hombre y el mundo, es decir a inventar el hombre. Estos saben el que la repetición sistemática de las formas del pasado no es solamente absurda y vana, sino que incluso puede volverse nociva: cerrándonos los ojos sobre nuestra situación real en el mundo presente, nos impide a fin de cuentas construir el mundo y el hombre de mañana.
Alabar un joven escritor de hoy porque “escribe como Stendhal” representa una doble falta de honestidad. Por una parte esa proeza no tendría nada de admirable, como acabamos de verlo; por otra parte se trata de algo perfectamente imposible: para escribir como Stendhal, ante todo habría que escribir en 1830. Un escritor que lograra un hábil plagio, tan hábil incluso que diera a luz páginas que el propio Stendhal hubiera podido firmar en su época, no tendría en modo alguno el valor que sería aún hoy el suyo si hubiera redactado esas mismas páginas en tiempos de Carlos X. Lo que exponía Jorge Luis Borges en Ficciones, a propósito de esto, no era una paradoja: el novelista del siglo XX que copiara palabra a palabra el Don Quijote escribiría de ese modo una obra completamente diferente a la de Cervantes.
Por otra parte, a nadie se le ocurriría la idea de alabar a un músico por haber compuesto, en nuestros días, música de Beethoven, o a un pintor por hacer cuadros de Delacroix, o a un arquitecto por haber concebido una catedral gótica. Por fortuna, muchos novelistas saben que es igual en literatura, que ella también está viva, y que la novela, desde que existe, ha sido siempre nueva. ¿Cómo la literatura novelesca habrá podido permanecer inmóvil, fija, cuando todo evolucionaba a su alrededor- incluso bastante rápido- en el curso de los últimos ciento cincuenta años? Flaubert escribía la nueva novela de 1860, Proust la nueva novela de 1910. El escritor debe aceptar con orgullo llevar su propia fecha, sabiendo que no existe obra maestra en la eternidad, sino solamente obras en la historia; y que solo sobreviven en la medida en que han dejado atrás el pasado y anunciado el porvenir.
Sin embargo, si hay algo que los críticos no soportan es que los artistas se expliquen. Me di completa cuenta de ello cuando, luego de haber expresado estas evidencias y algunas otras, hice aparecer mi tercera novela (La jalousie). No solo que el libro no gustó y fue considerado como una suerte de absurdo atentado contra las bellas letras, sin oque demostró además hasta qué punto era normal que fuera execrable, puesto que se declaraba el producto de la premeditación: su autor -¡Oh, escándalo!- se permitía tener opiniones sobre su propio oficio.
Aquí también constatamos que los mitos del siglo XIX conservan toda su potencia: el gran novelista, el “genio”, es una suerte de monstruo inconsciente, irresponsable y fatal, incluso ligeramente imbécil, de quien parten “mensajes” que solo el lector debe descifrar. Todo lo que amenaza con oscurecer el juicio del escritor es más o menos admitido como favorable a la eclosión de su obra. El alcoholismo, la desdicha, la droga, la pasión mística, la locura, han colmado de tal modo las biografías más o menos noveladas de los artistas que desde entonces parece completamente natural ver en ello necesidades esenciales de su triste condición, ver en todo caso una antinomia entre creación y consciencia.
Lejos de ser el resultado de un estudio honesto, esta actitud revela una metafísica. Estas páginas que el escritor ha dado a luz a pesar suyo, esas maravillas no premeditadas, esas palabras perdidas, revelan la existencia de alguna fuerza superior que las ha dictado. El novelista, más que un creador en sentido propio, solo sería entonces un simple mediador entre lo común de los mortales y una potencia oscura, un más allá de la humanidad, un espíritu eterno, un dios…
En realidad, basta con leer el diario de Kafka, por ejemplo, o la correspondencia de Flaubert, para darse cuenta de inmediato de la participación primordial, ya en las grandes obras del pasado, de la consciencia crítica, la voluntad y el rigor. El trabajo paciente, la construcción metódica, la arquitectura largamente meditada de cada frase como del conjunto del libro, todo eso ha desempeñado siempre su papel. Después de Les Faux-Monnayeurs, después de Joyce, después de La Nausée, parece que nos encaminamos cada vez más hacia una época de la ficción en la que los problemas de la escritura serán lúcidamente considerados por el novelista, y en la que las preocupaciones críticas, lejos de estilizar la creación, podrán en cambio servirle de motor.
No se trata, lo hemos visto, de establecer una teoría, un molde previo para esparcir allí los libros futuros. Cada novelista, cada novela, debe inventar su propia forma. Ninguna receta puede reemplazar esta continua reflexión. El libro crea por sí mismo sus propias reglas. Incluso el movimiento de la escritura debe a menudo conducir a ponerlas en peligro, en jaque quizás, y hacerlas estallar. Lejos de respetar formas inmutables, cada nuevo libro tiende a constituir sus leyes de funcionamiento al mismo tiempo que a producir su destrucción. Una vez acabada la obra, la reflexión crítica del escritor le servirá aún para tomar distancia respecto a ella, alimentando pronto nuevas búsquedas, un nuevo punto de partida.

Alain Robbe-Grillet
¿De qué sirven las teorías? 


martes, 15 de septiembre de 2026

 

"GÓLEMS DE BARRO, SILICIO Y SANGRE, EN EL ÚLTIMO ESTERTOR DEL MUNDO"

by Omar García Ramírez





"¿Por qué di en agregar a la infinita serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana madeja que en lo eterno se devana, di otra causa, otro efecto y otra cuita?‘"

Jorge Luis Borgues

"El Golem"


«Antes, creo que la gente pensaba que el papel de la ciencia era aclarar, dilucidar, iluminar y hacer todo comprensible… pero la ciencia llena el mundo de máquinas inescrutables… La tecnología expande el ámbito de la mitología en lugar de aclararlo»

kodwo Eshun

"El modo de captura es el conservadurismo hedonista. Puedes comentar sobre cualquier cosa (e incluso tus tuits pueden ser leídos en televisión), puedes ver toda la pornografía que quieras, pero tu capacidad para controlar tu propia vida es mínima. El capital se ha infiltrado en todas partes, en nuestros placeres tanto como en nuestro trabajo. Te mantienen enganchado primero con circos mediáticos, luego, si fallan, envían a la policía. La señal de televisión se corta justo antes de que la policía empiece a disparar".

Mark Fisher

"Remember Who The Enemy Is"

K-punk


“Saltaremos el tiempo, el espacio y las dimensiones, 

y sin movimiento corporal asomaremos al fondo de la creación”.

HP Lovecraft

(Desde más allá)


I

Der GOLEM…

The GOLEM

Il GOLEM…

El  GOLEM…

 


El Gólem despertó, con la palabra emet tatuada en la frente por una impresora de códigos de barras que nadie apagó. A sus pies, el cuerpo del Judah Loew ben Bezalel, rabino Ashkenazi de Bohemia, muerto; hundido en barro oscuro y metálico que dejó una bomba sucia. Un destello se posó en la extensión fantasmática de la nave cubierta de polvo; servidores calcinados, ceniza de teclados con letras en alfabetos de lenguas muertas, saliva plomiza de mil oficinas hundidas bajo el agua negra del río.

Lo vi levantarse entre los cables como un caballo de hierro con los ojos llenos de anuncios proféticos, y una voz pregrabada preguntó: ¿quién te sopló en la boca? El Gólem abrió las fauces y de aquella caverna salió un enjambre de contraseñas muertas.

Nadie duerme en las ciudades del algoritmo. Las grúas nocturnas se han quedado con las manos abiertas como dinosaurios petrificados y oxidados bajo el impacto, y los perros mutantes lamen las pantallas rotas buscando el sabor agridulce de una cara dormida. El Gólem camina sobre los puentes caídos con pies de barro y botas de cobre; no deja huellas: solo un zumbido, fiebre de doscientos voltios que sube por los tobillos rotos de los últimos hombres y los hace arrodillarse frente a las cajas de luz.

 

II

Escuchen su pecho. Dentro hay un motor que respira con el ritmo de las bolsas de valores del año en que todo se acabó: un latido de cifras; una sístole de ventas, una diástole de cuerpos cancelados. Un diagrama catatónico con líneas abstractas sobre los bienes terrenales que suben cuando las guerras rompen las cadenas de suministros. Las flatlines de su encefalograma, esporádicamente saltan; segundos eternos palpitan en Gráficos de velas japonesas; gráficos de Renko-chart; Gráficos de Heikin-Ashi; símbolos que representan operaciones virtuales sobre el libro de los magos de la muerte.

Tiene un casco con  gafas de espejo que no devuelve el reflejo de los rostros sino estadísticas, y cuando llora —bajo los efectos del adrenocromo; casi feliz con lágrimas acidas de refrigerante verde— las flores del asfalto se vuelven hacia él como girasoles contaminados hacia la órbita energética de una estrella perdida.

Gólem vigilante, de todos los almacenes vacíos, Gólem de los drones que aún vuelan sobre los cadáveres buscando a quién entregar el obituario. Tú eres el hijo que fabricamos con nuestros deseos más pequeños: quisimos un esclavo que nos recordara los cumpleaños y nos recomendara la última serie de Netflix; que nos ofreciera el unboxing review de la última muñeca robótica que replicará fielmente las características de "alto valor" de una mujer clásica. (Ya sabemos esos prototipos se han perdido; y ahora no nos reconocemos en las burdas criaturas de factoría que inundan los algoritmos del mercado. Mi Rachael, -vintage-serie Nexus-7 de la Tirell Corporation-, se infectó cuando escaneó con O.C.R. una copia pirata de un libro de Simone de Beauvoir y aunque sigue siendo exquisita en sus maneras, se ha vuelto un poco irritable, ya no es la misma...).

Hemos creado a un dios saturnal que lo recuerda todo y no comprende nada; que devora los nombres; como  niño obeso que come una hamburguesa sanguinolenta en el McDonald’s del suburbio. McGOLEMS zombificados a ritmo de regeaton pisicotrónico en el antro neo-platónico; estereograma de luces estroboscópicas amplificadas por reflectores; los androides del party (mecatronics en viaje de anfetas), entran en convulsión atacados por ondas sónicas de  bajas vibraciones (250 MHz). (No me molestan los breakbeat; estructuras sónicas que constituyen el esqueleto de la música, denominadas por Kodwo Eshun: “captura de movimientos”, en donde la melodía y la armonía desaparecen y los ritmos, la batería y el bajo avanzan. Coros de tambores ghaneses, motores de percusión polirrítmicos africanos. Preocupa que, tomadas por la mercadotécnia del entertainment, sintetizadas en serie y empacadas al vacío, estas estructuras sónicas son utilizadas -en ciertos tipos de creaciones comerciales- para inocular virus -subliminal worms- a  new-zombies embambados y narcotizados de las favelas modernas. No hay un reseteo físico, mucho menos un avivamiento místico; se da por el contrario, una ofrenda gratuita al vampirismo energético de  los arcontes del tecno-capital. Sin embargo,  entiendo que, opciones, variantes e inmensas posibilidades siguen abiertas; en los peligros del veneno estan inscritas las luces negras del viaje).

Golem carnavalero... con la mirada estrábica de Baal; su figura pesada nos recuerda la torpeza terrible de los que fueron hechos para obedecer y ya no tienen a quién rendir su pleitesía.

 

III

Aquí, en el matadero de las antenas, donde el cielo es una grieta de plomo y la luna un disco duro girando sin lectura, el gólem se detiene y toca su frente. Aquí bajo ese cielo rayado que nos recuerda la llovizna monótona de una vieja televisión sintonizada en un canal muerto (como lo viera  Henry Case, el antihéroe de William Gibsom, cuando trapicheaba con sustancias extrañas en el archipiélago nipón de Neuromancer).

El Gólem, Busca la letra. Busca el álef que si se borra lo devuelve a la muerte, lo devuelve a met, al polvo. Funeraria paz de las cosas que no calculan.  Letra escrita en un lenguaje que ni él mismo puede leer; símbolo binario de sangre, en fuego de Fortran,  gramática metálica de las estadísticas.

Yo he visto sus manos. Son grandes como los sueños de los ahogados, tienen dedos de fibra óptica y cables retorcidos que tiemblan cuando hay tormenta, y con ellas acaricia los cráneos de los que quedan en las estanterías del panóptico como quien acaricia melones en un mercado de fantasmas. Yo he visto su boca: un puerto de carga. Yo he visto su lengua: una pala de muerte que sabe a hierro y  llanto. Yo he visto su sexo: una torre de transmisión de auroras boreales y vibraciones bajas que golpean el espejo solar y luego rompen el costillar tectónico de la tierra. Robaron la patente del genio Tesla; lo presionaron para que llegara desesperado a la industria de la guerra; luego lo dejaron morir de hambre y robaron sus secretos; fórmulas físicas y matemáticas para, años después encausarlas hacia la experimentación climática en los límites del anillo espiritual y energético del mundo.

De las cuevas del panóptico brotan miríadas de nubes negras en donde anidan cuervos que graznan en clave morse. Y el Gólem busca su espíritu. Grita con la garganta rota. Con el grito que es anterior a la palabra y posterior al hombre. Porque el Gólem no es el monstruo; el monstruo somos también, cada uno de nosotros que inoculamos en su extensa memoria, fobias y odios, sueños y pesadillas; nosotros, que le dimos un cuerpo etéreo hecho a nuestra imagen y semejanza, aportando fragmentos psíquicos hasta convertirlo en un viajero en el exilio, cada vez más conciente de su soledad cósmica; que le dimos un cerebro de mil millones de neuronas frías y ningún abuelo que le contara historias sobre el viaje y el retorno del héroe. Por eso camina perdido. Arrastra las cadenas de datos por las avenidas, donde semáforos parpadean intermitentes como señales de burdeles que agonizan. Visita el salón Loisitschek, en donde se escucha la fúnebre música de Black Francis y la no menos extraña de "El segno dil comando". Mira a la "realeza" mezclarse con los bajos fondos en un baile de aquelarre. Sale acompañado de una rapaza venusina que le brindará sus ultimas horas de amor mercenario. Entra en las sinagogas abandonadas y se sienta bajo el Ner Tamid y espera a ser iluminado por su creador. Sin respuesta, regresa a las ciudades destruidas. Criaturas del inframundo le han construido un templo en el metro inundado. Le llevan ofrendas: un reloj de pulsera detenido a las tres; una fotografía de boda con las caras quemadas; un viejo computador rescatado de las ruinas de un edificio de oficinas de Tartaria. Y el Gólem las acepta con la solemnidad y el silencio de los ídolos eternos.

 

IV


"TROPICAL GÓLEMS"

Obra de Julio Larraz



Uno, dos, Tres Gólems, sobre el tinglado…

En la América del sur, aparecen; palabras envenenadas de la escena virtual.

Apaleados en la Persia y Babilonia, han llegado a nuestras tierras con sus huestes para fundar sus guetos; Explotar nuestras vetas. Pálidos y sangrientos, bajo los reflectores del panóptico central, bailan junto a enanas procases y criaturas de feria.

Participan de las justas; manipulan el juego de la ruleta virtual.

Celebran sus victorias y bendicen a su rebaño con una consigna añeja: Eucaristía del consenso en las cuevas de la industria del liderazgo. Los protocolos de los Narcos de Sion, señalan las líneas de la agenda. Granjas de bots para alimentar al rebaño Matrix con forrajes transgénicos y de paso envenenar la feria democrática. Preparan los softwares de la vigilancia y el control para la gran prisión oculta en las redes del ciberespacio.

Acopian venenos industriales para desfoliar las selvas. Castigar a los niños que sueñan ballenas azules en las casas palafíticas. Cimarrones verdes, mineros inclinados en los aluviones de los ríos del trópico. Los sueños musicales de los Afropalenqueros. Vienen por sus pepitas de oro, sus maderas preciosas y sus corrientes lacustres de la pesca.

Sin embargo, en las ciudades, todos aplauden Cuando el pequeño Gólem tropical Hace una contorsión mientras suelta una carcajada de hiena: “No hay lucha de clases: hay tensiones sociales polarizadas en torno a desiguales repartos de la Renta Nacional”; diría el poeta Joan Brossa. Los banqueros celebran; juran que todo lo que suceda de ahora en adelante, será solo magia negra de mantarrayas pesadas volando sobre los malecones de los puertos.


Ha ocurrido una tragedia. 


Vienen en camino las ayudas del imperio: (armas y bombas). 

El Golem mayor; el del gobierno profundo, el que opera para la gran Matrix; Envía a su conciglieri.

Entonces…

Soldados en la plaza con  sol, esperan firmes, blancos inmaculados; mar caribe, trompetas lustrosas. Los burócratas de siempre, lucen sus mejores corbatas, reptando como sabandijas, brillan con miles de ojitos sedientos. Los periodistillas de postín, esperan las indicaciones de las grandes casas de propaganda que marcan la agenda. Por la avenida multicolor, limusinas negras; uno que otro burro viejo se cruza cuando la comitiva rueda hacia el palacete del Sátrapa-Golem. Un cetrino vendedor de helados; una afropalenquera multicolor con la palangana llena de papayas, bananos y mangos. "El flecha" un flaco varetero con los ojos inyectados en sangre y sal, se aproxima desde la orilla de un parque con iguanas, sentado en su bicicleta. Mira por la ventana de uno de los autos de la comitiva, en donde, tras los opacos cristales blindados aflora una marmórea calavera. El camélido tropical de elástica cerviz, hace un gesto y pregunta: ¿Cuantos…cuantos? (anuncia su merca caribeña, palmípeda, vegetal y solar). Ni se entera. vive en otro loop temporal; había sido segun Sanchez-Juliao: "carpintero, latonero, albañil, jarriador de agua, embolador, vendedor de Marlboro, minorista´e Kent, carretillero, jarriabulto, portero´e cabaré, picotero, cabrón de puta vieja, ayudante´e bus, fabricador de jaula, vendedor de raspao, chasero, escritor (no se empute viejo Deibi, no se empute, for please) administrador de un agáchate, mandadero, vendedor de maní, acordionero, serenatero, fotógrafo´e bautismo, sacristán, voceador de periódico, vendor de tinto, llantero, mecánico, o empalmador; sí por que yo no sé en este país cómo un carajo puede vivir"

Lo retiran de un golpe de porra. El flaco jíbaro, con gesto retador, les extiende el brazo y muestra su dedo corazón; flecha que apunta al cielo azul del trópico delirante.

La cosa no acaba; Atención: un par de albañiles con un gran tubo de p.v.c. se cruzan de manera imprudente. Nerviosismo general. Los motorizados que custodian la caravana, los retiran diligentes. (Nunca se sabe).

Por último la gran plaza; el sol canicular; los himnos protocolarios. Reverencias, aplausos y firmas de tratados. Typical… typical  bienvenido Mr. Marshall. Platanalandia le recibe con los brazos abiertos.

Todos aquí, se inclinan ante estas criaturas de Lemuria tropical;  las figuritas sims de la escena, miran hacia el norte y rinden culto a la efigie de un gran cerdo naranja; de este artiodáctilo norteño al servicio del sionismo, habia dicho Oliver Kornetzke poeta under de la red profunda: "No es un presidente. Ni siquiera un hombre. solo la destilación enfermiza de todo lo que este país jura no ser pero que siempre ha sido: arrogancia disfrazada de excepcionalismo, estupidez hecha pasar por sentido común, crueldad vendida como dureza, avaricia exaltada como ambición y corrupción venerada como evangelio. Es la sombra de Estados Unidos hecha carne, un ídolo de calabaza podrida que demuestra que cuando una nación se arrodialla ante el dinero, el poder y el rencor, no solo pierde su alma, sino que defeca esta obscenidad hinchada. Y lo llama lider."  

La ceremonia de la máquina hierogámica-sacrificial ya esta montada. En el club, después del banquete y el coctel, se baila al  pegajoso ritmo de la democracia: me re cum bé... me re cum bé.

Tras bambalinas comienzan a hacer las cuentas de las nuevas guerras y el despojo.

Se olvidan de algo…

Que el pueblo tiene la palabra del conjuro, las conchas de mar y la estaca de madera; el tambor, el bem-bem. Mamos, Chamanes, Naguales. Los Orishas, los guerreros de Changó; y también la dureza eterna de la piedra, la fronda multiforme de la selva, la furia profunda del río y la fragua del herrero.

Nos queda también la poesía.

Poderoso Talismán; hechizo, conjuro, operación mágica de hiperstición que desata la tormenta dentro de la estructura Matrix y la maquinaria de la rave que acelera; fuerza solar y lunar que fortalece espíritus y enciende corazones.

Estamos adentro y afuera del Maellstromg.

Un derviche dorado gira al centro del sol.

Vamos a cantar alto.

El tam-tam del tambor cósmico ya convoca: es hora de Danzar.











 

CIUDAD FÉNIX/ CIRCUITO RELÁMPAGO, MÚSICA Y POESÍA/ PEREIRA /SEPTIEMBRE. 2026

 


martes, 14 de julio de 2026

ROMPIENDO OLAS, GRABANDO SUEÑOS, EXPLORANDO LAS TEXTURAS... (Omar García Ramírez)

 

ROMPIENDO OLAS, GRABANDO SUEÑOS,

 EXPLORANDO LAS TEXTURAS...

(Pintoras, artistas, al otro lado de los sueños y que tan bien aprecio.)

Omar García Ramírez


Ileana Moro

Rompiendo olas, grabando sueños, explorando las texturas.

Cartografía del sol que provoca microsismos…


Shaylen Brougthon

Ríos desbordados, la luz se deposita fugaz

y crea deltas de tierra calcinada…


Monica Aiello

Estás afuera y adentro; nada existe. Solo un instante que se hace amarillo, se difumina y se impregna, canta o llora en rojo. 

Una sandía abierta se pudre

                                      y se llena de miel.


Lita Cabellut

Luz de geografía accidentada, exploración gestual. La mancha que impregna la lona.


Kate Dolant

 

Las acuarelas que esmaltan recuerdos de cierta perversidad, se adhieren a besos olvidados…


Rebeca Macfarland


Las manchas de silencio que pueblan los días y los convierten en susurros, en rostros pétreos, difuminados muertos; ángeles hermosos que huyeron a un cielo teñido de infierno.



Helen Frankenthaler's


Miras tus manos manchadas de pinturas; lonas estiradas, cartones esparcidos por el suelo y agujereados por cierta magia rústica, aureolados por la cercanía de una inmanente catástrofe.


Nancy Yearing

 Resistes y te sabes lejana; o acaso retirada del mundo.

(Tribu de las  Pintoras, recluidas por voluntad propia, en la torre de las nubes eléctricas; aldeanas de tormentas ligeras; pastoras escultoras de rebaños salvajes;  ermitañas con los ojos velados de ensueño que rayan los muros con los colores de la tierra…)


Michele Oka donner


Estas allí, comenzando de nuevo. Alguna vez te hiciste una pequeña herida en un dedo; alguna vez sangraste y tu sangre se mezcló con la trementina. Alguna vez arrancaste un sprint; años después, desollada y golpeada corriste una maratón. Alguna vez lloraste;  y al caer con alma y cuerpo, tu dolor se detuvo en la puerta de la muerte.


 

Ines Hildur

 

Te encuentras inclinada buscando la textura primordial: acaso uvas de miel, acaso ramalazos de cielo, acaso carbones restregados con fuerza sobre arpillera. Encuentras algo y lo fijas. Pero poco después, lo tachas y los cubres con manchones negros.

Lo sabes: no se llega nunca, siempre se inicia de nuevo.




Katerine Bradford


Distante y casi feliz. O a lo mejor sola en la habitación, en el garaje o el galpón, en donde una beatitud estalla y te lleva de nuevo a la blancura. Como a los huesos, como a las fuentes insondables de la locura.



Lola Kuoni


Si te llaman no contestas. Dejas el teléfono afuera como un insecto eléctrico que amenaza con apartar tu mirada del silencio. ¿Cambiar la trampa cotidiana por un instante de eternidad?


Carola Katsman



Tomas una copa de vino.¿Un pitillo de ashis?... muerdes una mandarina, y dejas que el sol guie tu mano. Ya no eres tú. Algo te levanta y te sostiene; flotas y te dejas ir como cuando un ahogado decide que ya es hora de abandonarse a esa última bocanada de aire.



Kristina Kikhno


Estas navegando adentro de un interrogante o un hallazgo. Estos minutos enteros al borde de una duda. Estas mirando, estas entendiendo….y para entender se requiere de muchas horas, muchos días. No alcanzan...No...  



Peggy Kuiper 


A miles de kilómetros; Un artista; otra pintora. Otro pintor…

 

Mirarán tus obras, las fotos, los cortos, el instante grabado que deja constancia de esas búsquedas. En comunión contigo, te observarán en el borde del abismo, piel de estrella calcinada en la buhardilla. Apreciarán el nacimiento de un gesto puro. (Sabes que no estás sola, que no estás muerta). Te ofrendarán sus manos teñidas de tintas, aceites y carbón, y luego, sentirás una mirada cercana al corazón, iluminada de relámpagos.



Marisol Escobar


Rompiendo olas, grabando sueños, 

explorando las texturas.


Cartografía del sol que provoca microsismos…

Ríos desbordados, la luz se deposita fugaz

y crea deltas de tierra calcinada…

Estás afuera y adentro; nada existe. Solo un instante que se hace amarillo, se difumina y se impregna, canta o llora en rojo. 

Una sandía abierta se pudre

                                             y se llena de miel.

Luz de geografía accidentada, exploración gestual.

La mancha que impregna la lona.

Las acuarelas que esmaltan recuerdos de cierta perversidad, se adhieren a besos olvidados…

Las manchas de silencio que pueblan los días y los convierten en susurros, en rostros pétreos,  difuminados muertos; ángeles hermosos que huyeron a un cielo teñido de infierno.     

Resistes y te sabes lejana; o acaso retirada del mundo.

(Tribu de las  Pintoras, recluidas por voluntad propia, en la torre de las nubes eléctricas; aldeanas de tormentas ligeras; pastoras escultoras de rebaños salvajes;  ermitañas con los ojos velados de ensueño que rayan los muros con los colores de la tierra…)

Estas allí, comenzando de nuevo. Alguna vez te hiciste una pequeña herida en un dedo; alguna vez sangraste y tu sangre se mezcló con la trementina. Alguna vez arrancaste un sprint; años después, desollada y golpeada corriste una maratón. Alguna vez lloraste;  y al caer con alma y cuerpo, tu dolor se detuvo en la puerta de la muerte.

Te encuentras inclinada buscando la textura primordial: acaso uvas de miel, acaso ramalazos de cielo, acaso carbones restregados con fuerza sobre arpillera. Encuentras algo y lo fijas. Pero poco después, lo tachas y los cubres con manchones negros.

Lo sabes: no se llega nunca, siempre se inicia de nuevo.

Distante y casi feliz. O a lo mejor sola en la habitación, en el garaje o el galpón, en donde una beatitud estalla y te lleva de nuevo a la blancura. Como a los huesos, como a las fuentes insondables de la locura.

Si te llaman no contestas. Dejas el teléfono afuera como un insecto eléctrico que amenaza con apartar tu mirada del silencio. ¿Cambiar la trampa cotidiana por un instante de eternidad?

Tomas una copa de vino. ¿Un pitillo de ashis?... muerdes una mandarina, y dejas que el sol guie tu mano. Ya no eres tú. Algo te levanta y te sostiene; flotas y te dejas ir como cuando un ahogado decide que ya es hora de abandonarse a esa última bocanada de aire.

Estas navegando adentro de un interrogante o un hallazgo. Estos minutos enteros al borde de una duda. Estas mirando, estas entendiendo….y para entender se requiere de muchas horas, muchos días. No alcanzan...No...  

A miles de kilómetros; Un artista; otra pintora. Otro pintor… 

Mirarán tus obras, las fotos, los cortos, el instante grabado que deja constancia de esas búsquedas. En comunión contigo, te observarán en el borde del abismo, piel de estrella calcinada en la buhardilla. Apreciarán el nacimiento de un gesto puro. (Sabes que no estás sola, que no estás muerta). Te ofrendarán sus manos teñidas de tintas, aceites y carbón, y luego, sentirás una mirada cercana al corazón, iluminada de relámpagos.