domingo, 8 de junio de 2014

NERVAL (Omar García Ramírez)





“NERVAL”


“No me esperes esta noche ya que será negra y blanca…”
Gérard de Nerval.

Yo camino desnudo en la alta noche
                                                  hacia una estrella que me llevará a oriente.
Una estrella que a veces parece un ángel guardián
                                                   y otras un demonio de extraña belleza.
Coronan sus sienes bucles dorados; tirabuzones con los que solían adornar sus cabelleras las cortesanas amigas de mandame Recamier.
Yo voy desnudo en la alta noche
                                             hacia una estrella que me llevará a oriente.
No temo al blanco frio de la noche
mi piel de oso estelar suelta una pelusa de plata relampagueante.
Voy desnudo
                          detrás de una estrella
 ánima que brilla como un denario de cobre sublimado.

Algo que me levanta por los aires
y me golpea el pecho con un beso helado.

(Vete…vete hermosa negra, ya no te necesito…
Vete…vete hermosa esclava…¡Ya no requiero de tus venenos,  sueños de esmalte bajo cielos asiáticos!)

No tengo el lastre de los talentos fructíferos
ni de los exitosos del vodevil.
A mi obra de teatro solo entraron los cuervos y los abogados.
En mis manos estallan granadas de rosas 
y mi orina es la que beben en verde aterciopelado las ninfas de los bosques voluptuosos.
Voy desnudo buscando una estrella…
El fuego de una quimera que viene del oriente…
El secreto de un mago que mantiene la fe en el milagro.
La epifanía  de la revelación...                                                                                                         

Sospecho que ya no queda nada por decir.
Al fondo de la noche, en el bulevar desierto…
Una lámpara de gas como un gran bulbo inteligente
me hablará de una filosofía que se forjó sobre el pentagrama de un sol de cobre.
Espada de metal herido
                                         sobre una corona de fuego ondulante;
tótem urbano capaz de soportar el peso de mi aliento.
Solo un puñado de papeles y un poema para la dama británica
que en cada beso escatimado, sacaba un pequeño puñal y lo hundía en el fondo de mi afligido corazón.
Y una sombra
pesada, suspendida y negra.
Plomada muerta bajo la tormenta
                                      que devela el  vítreo y afilado rostro  de la quimera

                                                                                               en los abismos de la madrugada.

O.G.R.




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