martes, 22 de diciembre de 2015

D’Annunzio: sexo, política y fascismo



Trad. de Amelia Pérez de Villar








El 12 de septiembre de 1919, el poeta, dramaturgo, depredador sexual y protofascista italiano Gabriele D’Annunzio dirige desde su flamante Fiat de color rojo un contingente de más de un millar de «legionarios», voluntarios y desertores del Ejército italiano, que había partido desde Ronchi, cerca de Trieste, con el objetivo de tomar de una vez por todas la disputada localidad de Fiume (la actual Rijeka, en Croacia), un pequeño puerto que antes de la guerra servía de acceso de Hungría al Adriático. Fiume se había ido convirtiendo en un foco de alta tensión entre Italia y sus aliados tras la Gran Guerra en el marco de los territorios situados en el Adriático que Italia consideraba como «irredentos». Tras algunos disturbios que acabaron con la vida de varios soldados franceses, se decidió reducir el tamaño del contingente italiano de la guarnición aliada para restaurar el orden. Esta medida enfureció aún más a los iracundos patriotas de la localidad y a las autoridades militares de la zona, así como a los despechados nacionalistas italianos. Ante la inacción del gobierno de Francesco Nitti, Gabriele D’Annunzio decidió tomar cartas en el asunto y entró en los anales del siglo XX de la forma más rocambolesca. La «política de la poesía» que había prometido en 1897 al optar por el escaño vacante al Parlamento italiano, encontró en el pequeño puerto de Fiume un escenario insospechado para su plasmación hasta las últimas consecuencias.


En cualquier otro momento histórico, D’Annunzio hubiese sido una figura patética y tan solo habría suscitado la burla de sus conciudadanos. Sin embargo, en la Italia de la posguerra, su nacionalismo melodramático pronto generó una devoción próxima al culto religioso. En su amplia faceta literaria, D’Annunzio recibió elogios en Italia y de otros destacados autores del período. Así, Henry James alabó la «extraordinaria fineza y alcance» de la inteligencia artística de sus novelas. Proust se mostró «entusiasmado» por una de sus novelas y James Joyce señaló que D’Annunzio era el único escritor desde Flaubert que había logrado llevar la novela a nuevos territorios, situándolo, junto a Tolstói y Kipling, como uno de los hombres «de más talento» del siglo.


Poeta, depredador sexual, protofascista…: podríamos acumular adjetivos sin llegar nunca a definir la naturaleza de este aborrecible personaje


Poeta, dramaturgo, esteta, depredador sexual, drogadicto, héroe, visionario, sedicioso, sátrapa, protofascista…: podríamos acumular los adjetivos sin llegar nunca a definir la naturaleza de este fascinante y aborrecible personaje. ¿Quién fue en realidad Gabriele D’Annunzio? ¿Se trató tan solo un poeta sobresaliente? ¿De un novelista revolucionario? ¿De un esteta de la política o de un esteta metidoen política? ¿Fue tan solo un hombre temerario, frívolo y casquivano, adicto al sexo y a las drogas? ¿Un oportunista sin relevancia alguna? ¿Acaso fue el creador del fascismo? ¿O, como lo definió Mussolini para gran enojo del poeta, el «Juan Bautista del fascismo»? ¿Cuál fue su legado? ¿De dónde surge el interés actual por su figura? Para responder a estas cuestiones, resulta oportuno bucear en su biografía, ya que, fuera de Italia –donde su figura también ha ido difuminándose con el tiempo– y, en cierta medida, de Gran Bretaña, se trata de una figura relativamente oscura, una mera nota a pie de página en los anales del siglo XX. La historiadora cultural Lucy Hughes-Hallett, autora de su más reciente y oceánica biografía, El gran depredador. Gabriele D’Annunzio, emblema de una época, contradice esta valoración y defiende que la figura de D’Annunzio merece ser conocida más a fondo «por razones que van más allá de su enorme talento y del drama de su vida –por muy escabrosa y ajetreada que fuese–, porque ilustra una franja de la cultura que tiene sus orígenes, aparentemente inocuos, en el pasado clásico, pasa por las maravillas del Renacimiento y el idealismo del Romanticismo de principios del XIX y acaba por meterse en el ejército o en el manganello, el club fascista».


D’Annunzio, cuyo verdadero nombre era Gaetano Rapagnetta, nació en 1863. Hijo de un terrateniente de Pescara, de niño se interesó por Napoleón y Byron hasta un extremo tan obsesivo que le llevaría a leer con avidez todo lo referente a estas dos figuras tan dispares entre sí. La Italia en que nació acababa de completar su compleja unificación y la joven nación se veía arrastrada por los embates de un nacionalismo de nuevo cuño. Sin embargo, el singular y accidentado proceso de unificación legó al nuevo Estado una compleja herencia difícil de gestionar. En primer lugar, suscitó entre los italianos políticamente activos unas expectativas desproporcionadas sobre el poder y la proyección internacional de un Estado rezagado que llegaba tarde al reparto colonial. Por otro lado, al forjar una nueva nación sin involucrar o satisfacer a la gran masa de la población, se configuró un sistema sociopolítico plagado de debilidades y contradicciones.




Con los años, D’Annunzio se convirtió en un hombre no particularmente agraciado, de breve estatura y caderas anchas que, sin embargo, ejercería a lo largo de su vida –incluso cuando se quedó calvo y fue perdiendo la dentadura– un magnetismo personal y sexual avasallador. El periodista Edoardo Scarfoglio, que lo conoció en Roma en la década de 1880, señaló que tenía la mirada de una «joven tímida y alocada». Su primer libro de poemas, Primo Vere, fue publicado cuando tenía tan solo dieciséis años con el patrocinio de su padre. A D’Annunzio le gustaba presumir de ser «el bardo de Italia», superado únicamente por figuras insignes de la cultura italiana como Dante, Petrarca y Leopardi. Así, él mismo definió su poesía como «rosáceos resplandores de la juventud». Asimismo, escribió críticas y artículos para periódicos locales y en 1889 publicó una notable y escandalosa primera novela, Il piacere(El placer), que le brindó el mismo éxito en prosa del que ya gozaba como poeta.





En esta época de aprendizaje, D’Annunzio se apropió de autores como Dostoievski y Nietzsche, así como de la estética decadente del escritor Joris-Karl Huysmans. No en vano, Andrea Sperelli, el joven aristócrata romano de Il piacere, es un remedo de Des Esseintes, el protagonista del célebre À rebours (1884), de Huysmans. Las obras de D’Annunzio son una artificiosa exaltación del heroísmo y de la acción, del erotismo y de la violencia expuesta en un particular lenguaje que renovó la literatura italiana. Haber conseguido ser un gran poeta –y fue considerado por muchos como el mayor poeta italiano desde Dante– tendría que haber sido suficiente para D’Annunzio. Sin embargo, sintió la necesidad de escandalizar al país con sus novelas y obras teatrales, en las que incluía temas como el infanticidio, el lesbianismo y escenas tórridas de sexo en las que el lector podía sentir la corrupción y la depravación.


El primer terremoto político para D’Anunnzio fue, sin duda, la desastrosa campaña italiana en Etiopía, que se saldó con la derrota en Adua en 1896, en la que murieron siete mil soldados italianos. Al año siguiente, en una carta a su editor, D’Annunzio escribe: «¡El mundo debe convencerse de que soy capaz de cualquier cosa!». Aunque parecía una salida de tono, su objetivo era ser elegido miembro de la Cámara de los Diputados, institución por la que albergaba un profundo desprecio. Sin embargo, no se trataba de una bravata. Aunque el mundo estaba mucho menos interesado en él de lo que creía, fue elegido diputado por un período de tres años, describiéndose a sí mismo como el «candidato de la belleza», hasta que en 1910 su estilo de vida temerario le obligó a dimitir. Aunque se había inclinado por la derecha política, no tuvo problemas en unirse a la bancada de los socialistas, alegando que ellos representaban «la vida». Sin embargo, su corazón no estaba tampoco comprometido con la izquierda y, tras perder su escaño, prestó su voz a los grupos nacionalistas emergentes, de gran relevancia en el contexto italiano y que, lamentablemente, apenas se mencionan en la obra de Hughes-Hallett.


Como su patrimonio nunca podía hacer frente a sus gustos de esteta, en 1910, con cuarenta y ocho años de edad, D’Annunzio decide huir a Francia para perder de vista a sus acreedores. Allí, y a pesar del éxito de sus obras, pronto fue considerado un arribista y un fraude. El novelista René Boylesve señaló: «Es un crío, se pone en evidencia con un sinfín de mentiras y de trucos». Sin embargo, ya nada detendría a aquel hombre enjuto y poco agraciado. Se dedicó a escribir cuentos, poesía, artículos, gastando todo aquello que ganaba con una mano pródiga. Siempre vivió por encima de sus posibilidades, con una acusada debilidad por la promiscuidad sexual. Esas fueron las constantes de su vida hasta su muerte: un deseo irrefrenable de aventuras se conjugaba con una voracidad sexual inagotable, tan solo interrumpida por períodos de reposo para seguir escribiendo. «Bajito, calvo, cargado y estrecho de hombros y, según su entregada secretaria, con “una dentadura horrible”, su aspecto físico no impresionaba; pero la larga lista de sus amantes incluía a la etérea y encantadora Eleonora Duse, una de las actrices más grandes de Europa [...] y era capaz de manipular a una multitud de la misma manera que seducía a una mujer».


Resulta complicado comprender cómo lograba compaginar la escritura y las conspiraciones políticas con el tiempo y la energía que dedicaba al sexo, a asistir a todo tipo de fiestas mundanas, a coleccionar ropa, telas, alfombras y perros de raza, y a su obsesión con los arreglos florales. Se decía que dormía utilizando una almohada rellena de mechones de pelo que había ido cortando a cada una de sus múltiples conquistas amorosas a lo largo de su vida. Así, los propagadores de la negra leyenda en torno a D’Annunzio afirmaban que el poeta tenía por costumbre beber buen vino en una copa fabricada con el cráneo de una joven que, supuestamente, se había suicidado por amor. «En el cielo, querido poeta –le escribió Romaine Brooks–, te tendrán reservado un enorme pulpo con cien piernas de mujer y sin cabeza». D’Annunzio amaba las flores, la morfina y, posteriormente, en su época de Duce en Fiume, la cocaína, los helados y el cunnilingus. Le apasionaban la historia y los mitos de la antigua Roma y adoraba lo novedoso. Era un hombre profundamente supersticioso, pero no religioso, al que le gustaba compararse con Jesús o con san Sebastián.


Resulta complicado comprender cómo lograba compaginar la escritura y las conspiraciones políticas con el tiempo y la energía que dedicaba al sexo


Al inicio de la Gran Guerra, D’Annunzio regresó a Italia y apoyó con entusiasmo la entrada de su país en el bando de los aliados. Sus incendiarios discursos exigiendo la entrada de Italia en la guerra ofrecían para muchos una peligrosa distracción ante la banalidad burguesa de los tiempos de paz: «Si se considera un crimen incitar a los ciudadanos a la violencia –manifestó–, entonces me jacto de cometer ese crimen». El celebrado poeta italiano Giosuè Carducci había afirmado que la antigua Roma había inspirado el «Risorgimento» italiano, pero que aquella idea de grandeza y de fuerza había desembocado en una «Bizancio», pobre y corrupta. D’Annunzio, que lo sustituiría como el poeta más admirado en Italia, tenía una idea muy clara de cómo remediar la situación.


Resulta necesario subrayar que D’Annunzio nunca fue un hedonista inofensivo. De entre todas las cosas en las que encontraba belleza y placer, la violencia y la muerte sobresalían por derecho propio. Parecía desear convertirse en el portavoz de una generación que ansiaba la aventura y el riesgo hasta sus últimas consecuencias. Creía que la guerra ofrecería una renovación espiritual gracias a la ruptura con el pasado y a la materialización de un idealismo desinteresado. Todo ello debía desembocar en la posibilidad de cauterizar la herida inherente a la creación del Estado italiano, salvando la brecha entre las clases y entre los individuos mediante una unidad nacional orgánica movida por una suerte de estado de ánimo apocalíptico. Para D’Annunzio, la población italiana no era más que simple ganado cuyo único fin en la vida era el sacrificio en aras de la grandeza nacional. La tragedia italiana fue la extraordinaria capacidad que demostró el poeta para articular de manera efectiva aquel sangriento elitismo con que arrastró a muchos tras de sí al matadero para satisfacer sus fantasías nietzscheanas. D’Annunzio no arengaba a sus conciudadanos porque creyese que la entrada de Italia en la guerra proporcionaría alguna ventaja, «sino porque tenía un apetito desmedido por la violencia cataclísmica».


Sin embargo, los deseos de grandeza para Italia chocaban con la realidad económica del país y con la escasa tradición marcial. Pocas veces un país ha entrado en guerra tan desorganizado y tan mal preparado como Italia en la Gran Guerra. Los oficiales, en su mayoría del norte del país, trataban con enorme brutalidad a los soldados, que provenían en su mayoría del Mezzogiorno. Durante los dos años y medio siguientes los italianos lucharon con enorme dureza en las denominadas «batallas del Isonzo». Tras sufrimientos indecibles, todo lo que lograban era avanzar unos cuantos kilómetros. El equivalente de las trincheras enfangadas del frente occidental lo encontrarían las tropas italianas en la cordillera del Carso, cuyas afiladas rocas penetraban como cuchillas en las botas de los soldados. Incluso las tropas de montaña especializadas contaban con pocos recursos para minimizar las incomodidades de la montaña y sus peligros.


Sin embargo, la incompetencia de los mandos italianos no pareció conmover a D’Annunzio, quien consideraba que la guerra era la última palabra en poesía. Como señala Hughes-Hallett: «Miraba a los soldados con ternura. Algunos eran tan bellos como un estatuario clásico [...]. D’Annunzio los valoraba sobre todo como víctimas para el sacrificio. Dispersos como estaban por la pradera los veía como “una masa, un torrente de carne preparada para el desastre”». Se regocijaba en el hecho de que él y otros como él los habían llevado allí a morir: «Me miraban como si yo los dirigiera, como si yo personalmente les estuviera conduciendo hacia la muerte». Cuando se enteró al comienzo de la guerra de que uno de cada veinticinco soldados franceses que habían salido del campo de batalla había resultado muerto, se lamentó de que fueran tan pocos: «Hablaba de banderas ondeando al viento en toda Italia, de ríos llenos de cadáveres, de la tierra sedienta de sangre. Animaba a los soldados de una forma que ellos tal vez no discernían, pero que les inflamaba».


Como contraposición, en su novela sobre el desastre italiano en Caporetto, Ernest Hemingway escribió: «Siempre me han dado cierto reparo palabras como “sagrado”, “glorioso” y “sacrificio”, y la expresión “en vano”. Yo no he visto nada sagrado, y lo que era glorioso no tenía gloria ninguna, y los sacrificios eran como los establos de Chicago si no se iba a hacer nada con aquella carne, salvo enterrarla. Había demasiadas palabras que resultaba insoportable oír». Sin embargo, D’Annunzio se sentía pletórico con el «esplendor de la muerte»: «Los soldados que luchaban y morían en aquellos profundos cortes practicados en el terreno eran como hijos de la tierra, que ahora les reclamaba. La tierra era una fundición en la que se desmenuzaba para poder forjar una raza nueva: era la diosa que exigía su muerte en el holocausto. La matanza era el necesario preludio del renacimiento. “Allá donde la carne se pudre es donde surgen los sublimes fermentos”».


D’Annunzio compartió con el movimiento futurista la pasión por la incipiente tecnología que definiría al siglo XX. El futurismo consideraba como elementos principales de la poesía el valor, la audacia y la revolución, y pregonaba el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso acelerado y el salto peligroso. Los adeptos del futurismo glorificaban la máquina moderna no porque los aviones o los automóviles hicieran la vida más sencilla, sino porque la convertían en algo más audaz, incierto y peligroso. Los futuristas habían declarado que «la guerra era el único remedio para el mundo». Eran postulados que en gran medida ya había insinuado D’Annunzio.




De forma natural, D’Annunzio se sintió muy atraído por la revolucionaria y novedosa arma aérea. En Italia, como en el resto de Europa, se había despertado el interés popular por la aviación. Mussolini, aficionado a los aviones, señaló: «Volar constituye el poema más grande de los tiempos modernos». Durante el conflicto, D’Annunzio se enfrentó en numerosas ocasiones a la muerte como piloto de guerra voluntario y perdió la visión de un ojo en un accidente aéreo. Aunque sus convicciones vitales fueran erróneas, resulta innegable que siempre demostró el valor de defenderlas. El 9 de agosto de 1918, como comandante del escuadrón conocido como «La Serenísima», organizó una de las mayores hazañas de la contienda bélica al conseguir que nueve aviones de guerra realizaran un viaje de más de mil kilómetros hasta Viena para lanzar panfletos propagandísticos escritos por él mismo. El cielo se llenó de octavillas con los colores nacionales de Italia que instaban a Austria a rendirse. Los italianos, ansiosos por encontrar héroes en aquella devastadora guerra de desgaste, disfrutaron con sus incursiones aéreas y el alto mando italiano se mostró encantado con el valor propagandístico del intrépido aviador.


La guerra generó un clima de intensa exaltación nacionalista que se vio truncado con el desenlace del conflicto. Los opositores del sistema liberal se vieron motivados por el fracaso del primer ministro Orlando para obtener las ganancias territoriales que deseaban los italianos. Orlando tuvo una idea que entusiasmó a los nacionalistas y enfureció a los aliados: «El Tratado de Londres más Fiume». En Fiume, además del factor nacionalista, entraron en juego otros intereses. Se temía que, con ese puerto, Yugoslavia pudiera hacer competencia al de Trieste. Por otro lado, sectores del ejército italiano deseaban retrasar la desmovilización que comportaría inevitablemente la reducción del presupuesto militar.


El presidente estadounidense Woodrow Wilson impulsó la creación de la Sociedad de Naciones y trató de reorganizar el mapa europeo siguiendo el principio de las nacionalidades. Wilson estaba convencido de que la diplomacia secreta había sido la causante de la guerra y no se sentía en modo alguno vinculado por los términos del Tratado de Londres que había logrado que Italia se uniese a la causa aliada. Los franceses, por su parte, se oponían a la cesión de territorio por parte del recién creado Estado yugoslavo. Así, las reivindicaciones italianas sobre Trieste y Dalmacia no podían ser satisfechas.


Orlando regresó a Italia con las manos vacías y D’Annunzio comenzó a hablar de la «vittoria mutilata». Orlando fue sustituido por Francesco Saverio Nitti, cuya actitud conciliadora hacia los aliados le valió el apodo de Cagoia («cagón») por parte de D’Annunzio. La mayor parte de los italianos consideró que habían sido engañados por sus aliados e Italia comenzó a adquirir la condición de «perdedor honorífico» en el escenario de la posguerra. El mito de la «victoria mutilada» desempeñaría un papel destacado en el ascenso del fascismo: «Victoria nuestra –escribió D’Annunzio–, nadie podrá mutilarte». Tras el armisticio, D’Annunzio escribió: «Huelo el hedor de la paz». Escribió poemas alabando los torpedos, criticando a la decadente aristocracia e incluyendo en sus obras escenas de amantes volando en aviones. De haber continuado su carrera como escritor, su interés hubiese sido disminuido. Sin embargo, su gran momento estaba por llegar.


Fiume estaba llamada a ser su Utopía. En los meses siguientes, fue un frenesí de ceremonias, espectáculos de toda índole y bailes


Ante la crisis de Fiume, D’Annunzio aceptó la invitación de un grupo de jóvenes oficiales para resolver la cuestión de la disputada localidad. Como un sonámbulo, ocupó la ciudad sin encontrar resistencia y permaneció allí hasta diciembre de 1920 bajo el lema «La revuelta contra la razón». Fiume estaba llamada a ser su Utopía. La acción de D’Annunzio recordó a muchos la célebre gesta de Garibaldi y «los Mil». En los meses siguientes, Fiume fue un frenesí de ceremonias, espectáculos de toda índole y bailes. «En la ciudad resonaban –según un observador– los jadeos de los amantes, y se reservó un hospital para tratar las enfermedades venéreas». Mussolini, a la sazón editor de un diario, seguía con detenimiento aquellos sucesos, mientras Lenin enviaba a D’Annunzio un tarro de caviar como homenaje.


Futuristas, poetas y radicales de toda índole se unieron a aquella fiesta, seguidos por periodistas, delincuentes y espías. La ciudad se sumergió en una orgía dionisíaca, regada con vino, cocaína y opiáceos. Se celebraron desfiles y espectáculos con fuegos artificiales. Los burdeles se encontraban atestados. Se llevó a cabo un simulacro de batalla mientras la orquesta de Toscanini entonaba la Quinta Sinfonía de Beethoven, lo que desembocó en una pelea real. D’Annunzio se había convertido en comandante de lo que él mismo denominó «la ciudad del Holocausto». D’Annunzio, señala Hughes-Hallett, «había encontrado la palabra en Salambó, donde Flaubert describe el sacrificio de docenas de niños a Moloch, y la había incorporado a su retórica de guerra. El conflicto era una hoguera en la que la mugre y la corrupción del tiempo de paz podían erradicarse por completo, dejando al mundo purificado y cauterizado». El término «Holocausto» adquiriría toda su cruel dimensión tras la Segunda Guerra Mundial. No resulta aventurado afirmar que algunos de los aspectos más oscuros del siglo XX se anunciaron en aquella pequeña localidad. Un consejero del presidente norteamericano escribió: «Por qué se empeñaron en ganar una ciudad de cincuenta mil habitantes de los que poco más de la mitad eran italianos constituye un misterio para mí». Ese misterio permanecería sin resolver y forma parte del enigma del personaje.


Bañado en perfume, enfundado en unos guantes blancos y calzando unos pequeños tacones, D’Annunzio parecía un diletante estrafalario. Sin embargo, se trataba de un hombre comprometido con la política radical. Escribió sobre la necesidad de un gran conflicto de razas que purgase a la sociedad con fuego y sangre. El hecho de que propusiera algo semejante tras presenciar el horror de la guerra convierte ese escrito en un dato revelador de su mentalidad. Que un envejecido poeta, arruinado y psicológicamente inestable, pudiera alterar las negociaciones de paz mediante un golpe de Estado resulta ciertamente extraordinario e inquietante a la vista de los acontecimientos futuros.


Durante más de un año, D’Annunzio desafió a su propio Gobierno, a las potencias aliadas y a la recién creada Yugoslavia. Asimismo, supuso un desafío para el propio Mussolini y el movimiento fascista. Si D’Annunzio tenía éxito en conquistar no sólo Fiume, sino también Italia, Mussolini se convertiría, en el mejor de los casos, en su segundo. Mussolini valoró cuidadosamente su posición. Tenía que desear éxito a la operación, pero no podía verse involucrado en un posible fracaso. Uno de sus biógrafos denominó acertadamente a D’Annunzio «el primer Duce». Su golpe en Fiume gozó de gran popularidad en Italia, aunque con el tiempo la gente comenzó a hartarse de su megalomanía y sus excesos.





Sacrificio de niños a Moloch descrito por Flaubert en Salambó



D’Annunzio declaró a Fiume Estado constitucional independiente, presagio del posterior sistema fascista italiano. Se nombró a sí mismo Duce e intentó organizar una alternativa a la Sociedad de Naciones para las naciones oprimidas del mundo (como Fiume) y forjar sin éxito alianzas con grupos separatistas de los Balcanes. La comunidad internacional comenzó a preocuparse y a pensar que aquel simulacro de Estado rebelde presagiaba una revolución italiana en toda regla. Aquel incidente fue mucho más que un golpe de efecto teatral y anecdótico de un excéntrico escritor. Se trató de un abierto desafío al Tratado de Versalles que dejó al Gobierno de Francesco Saverio Nitti en una precaria situación nacional e internacional. Italia había alcanzado un acuerdo con Yugoslavia en el Tratado de Rapallo, en el que se fijaban las fronteras entre ambas naciones. Italia recibió gran parte de la península de Istria, la localidad de Zadar, en la que los italianos eran mayoría, y unas cuantas islas del Adriático. Fiume se convertía en un Estado libre unido a Italia por una franja de tierra. Muchos nacionalistas consideraron que el tratado había sido un triunfo, pues se había impedido que Fiume cayera bajo control de los eslavos. Sin embargo, D’Annunzio ignoró el tratado entre Italia y Yugoslavia y declaró la guerra a Italia. Había ido demasiado lejos.


El ejército italiano finalmente entró en acción y Fiume se rindió en diciembre de 1920, después de que la Armada italiana bombardeara la ciudad. D’Annunzio, que había estado clamando «Fiume o morte», halló una oportunista tercera vía al huir a Italia el 18 de enero de 1921. Después del incidente de Fiume, D’Annunzio se retiró y pasó sus últimos años escribiendo. Mussolini tomó buena nota de los éxitos y los fracasos del «primer Duce». También observó con satisfacción cómo uno de sus principales rivales quedaba debilitado, humillado y, en definitiva, tocado de muerte sin que hubiera sido necesaria su intervención personal: D’Annunzio ya era suyo.


Los discursos de D’Annunzio en los balcones, los gritos sin sentido como «A Noi! Eia, eia alalà», la respuesta visceral de la masa, las camisas negras, el énfasis en el militarismo y el nacionalismo pasarían a ser parte integral de la coreografía fascista. Mussolini también se percató de los errores de D’Annunzio. Permanecer en la frontera sin el temple necesario para avanzar hacia Roma hizo que pronto se encontrase aislado y marginado. Si la lucha por el espacio político era uno de los temas de la política de posguerra en Italia, D’Annunzio calculó mal la jugada ajedrecística. Era en las calles y plazas de Italia, y no en el territorio de Fiume, donde debía librarse la lucha por el poder.


El deseo fascista de involucrarse en el meollo de la política –organización, administración, estrategia y gestión económica, cultura y servicios sociales– lo convirtió, más allá de la demagogia, en un movimiento atractivo, peligroso y triunfador. Sin duda, se trataba de asuntos para los que D’Annunzio no se encontraba ni preparado ni dispuesto. Una vez arrebatado su reducto de poder de Fiume, su participación en el Gobierno y la Administración apenas se sintió en los meses de la ocupación. Podía escuchársele quejándose de estar «confinado en una sofocante sala de reuniones, cuando podía estar recogiendo violetas». No es de extrañar que pronto la situación degenerase en caos y la economía se desplomara, así como sus relaciones con el resto del mundo. Como describe Hughes-Hallett, «nadie sabía a qué identidad política pertenecía Fiume, si es que pertenecía a alguna. Nadie sabía, por tanto, cual de las muchas divisas que circulaban por allí (monedas húngaras, italianas, yugoslavas) era válida». Los impuestos se pagaban en una moneda y los bienes de consumo en otra. Mussolini pronto se percató que el diletantismo político no llevaba muy lejos y el revolucionario profesional apartó del escenario político al amateur. En 1924, como un acto de ironía para D’Annunzio, sería Mussolini quien forzaría al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos a ceder Fiume.


D’Annunzio es una figura histórica idónea para escribir una biografía, a lo que se añade su tendencia enfermiza a dejar constancia de todo cuanto le sucedía


Con estas credenciales vitales tan atípicas, D’Annunzio es, a priori, una figura histórica idónea para escribir una biografía, a lo que se añade su tendencia enfermiza a dejar constancia de todo cuanto le sucedía. Incluso en sus misiones de bombardeo, debido al ruido del aparato, se comunicaba pasando notas que se han preservado también para la posteridad. Asimismo, escribió cartas a sus numerosas amantes que abundaban en todo tipo de detalles pornográficos. También escribió sobre sus sueños, el olor de sus amantes, lo que comía, lo que pensaba y todo esto permite a Hughes-Hallett crear un retrato íntimo de su figura. Sin embargo, uno debe cuestionarse si un escritor, cuya magna obra, apenas conocida hoy en Italia, alcanza los cuarenta y ocho volúmenes, merece una biografía de más de setecientas páginas como la de Hughes-Hallett. Asimismo, dado que su encanto radicaba en su voz y en sus hazañas sexuales, resulta complejo aproximarse a su figura y plasmar esos episodios en el papel. Resulta difícil abstenerse de hacer juicios de valor sobre un hombre enamorado de sí mismo, de retórica exacerbada y sexualidad desenfrenada. Tampoco resulta tarea sencilla alejarse del culto a la anécdota, que pareció ser una de las constantes de su vida.


Admiradora de parte de su obra, Hughes-Hallett evita en la medida de lo posible los juicios de valor. La autora señala que es «una mujer que escribe sobre un supuesto “poeta de la virilidad”» y una pacifista que escribe sobre un incitador a la guerra pero, afirma, «la desaprobación no es una respuesta interesante. No se puede despreciar a D´Annunzio diciendo que era un ser singularmente repugnante o trastornado». A pesar de todo, no puede evitar tildarlo en el texto de «horrible» en varias ocasiones. El objetivo de esta biografía, como señala pronto en la obra, es mostrar las dos caras de la moneda de D’Annunzio: la buena y la mala. Existe un D’Annunzio «aceptable, que escribe con enorme lirismo sobre la naturaleza y los mitos, y hay un D’Annunzio abominable, que instiga a sus compatriotas a ir la guerra y empapar la tierra con sangre, defensor de los más peligrosos ideales de patriotismo y gloria, que abrió el camino a la brutalidad institucionalizada. Los que admiran al primero han tratado con frecuencia de ignorar, incluso negar, la existencia del segundo […]. Yo me opongo a los dos argumentos. Los dos D’Annunzios son uno y el mismo».


La autora parece, al mismo tiempo, horrorizada y atraída por el biografiado. No intenta rehabilitar a D’Annunzio como escritor, una causa casi perdida si se tiene en cuenta el carácter antidemocrático y nacionalista de sus ideas. La literatura constituía para D’Annunzio un repertorio de poses. Por ello, lo que realmente distingue y sirve de cohesión a la obra de Hughes-Hallett no es su carrera como escritor. El elemento central de su vida era la obsesión casi patológica por convertir su existencia en una obra de arte: «Debes construir tu vida como construyes una obra de arte –escribió en Il Piacere–: es ahí donde radica la verdadera superioridad».


En ocasiones se ha defendido que D’Annunzio era un destacado escritor y un fascista tibio. Para Hughes-Hallett, se trataba de un firme creyente en el fascismo y de un destacado escritor. Su biografía analiza con precisión la ambivalente relación entre D’Annunzio y los futuristas de Marinetti, así como con los fascistas de Mussolini. La forma de abordar esta biografía, adoptando una forma no cronológica, con flashbacks y saltos en el tiempo, resulta en ocasiones sin duda original, aunque, a menudo, la información resulta un tanto inconexa, sin aparente lógica o contexto. Se trata de una obra extensa, tal vez en exceso, salpicada de abundantes detalles. El gran riesgo siempre presente en el género biográfico es el de personalizar en exceso procesos históricos complejos, haciendo demasiado hincapié en el papel de los individuos. La biografía de Hughes-Hallett no logra tampoco sortear ese escollo. Se echa así en falta una visión ampliada de los problemas que aquejaban al régimen liberal italiano y que, a la postre, precipitaron su caída.


Otro problema básico para los biógrafos es esa cualidad subjetiva denominada carácter. Los biógrafos tienden a considerar como carácter los elementos de la personalidad que permanecen más o menos constantes durante toda la vida. En el caso de D’Annunzio, la posibilidad de reinventarse fue una de las constantes de su vida, como queda patente en la obra de Hughes-Hallett. El mérito de la autora estriba en su habilidad para examinar cuidadosamente la poliédrica personalidad de D’Annunzio, logrando mostrar cómo la creatividad puede coexistir con un desprecio patente a la vida humana. No resulta tarea sencilla enfrentarse a un hombre que se convirtió en esteta, rimador profético, aviador maníaco y demagogo marcial, un hombre cuya prodigalidad se veía tan selo superada por su promiscuidad, crueldad y narcisismo.


En su faceta política, una cuestión relevante para la historia de Italia y para la europea es si D’Annunzio fue un precursor o, incluso, el ideólogo del fascismo: «Aunque D’Annunzio no era un fascista –concluye Hughes-Hallett–, el fascismo era d’annunziano. […] Las camisas negras, el saludo romano con el brazo extendido, los cánticos y los gritos de guerra, la glorificación de la virilidad y de la juventud, la patria y el sacrificio cruento eran, todos ellos, elementos que ya estaban presentes en Fiume tres años antes de la marcha de Mussolini en Roma». D’Annunzio generó gran parte de las corrientes venenosas que desembocarían en el pantano fascista. Para D’Annunzio, como para Nietzsche, el estilo era el contenido. Y si el fascismo era «la estética de la política», como afirmó Walter Benjamin, D’Annunzio se convirtió en su mejor representante avant la lettre. Era calvo, pero sus seguidores pronto se raparon las cabezas para asemejarse a su líder y su legado permanece en losskin heads actuales. Su estilo rítmico al hablar, construyendo discursos con repeticiones y preguntas retóricas histéricas, sería copiado por Hitler. D’Annunzio deseaba crear una «la política de lo poético» y se convirtió en un maestro de los eslóganes, de los cánticos y los espectáculos.


Como sucede en la vida y las ideas de D’Annunzio, todas las formas de fascismo contendrían un «núcleo mítico» que incluiría la creencia en la necesidad de hacer tabula rasa de las formas políticas existentes y en el establecimiento de un «nuevo orden» basado en los «nuevos valores» y en el «nuevo hombre fascista». Este nebuloso deseo variaría según los distintos contextos nacionales, pero incluía desde los heroicos valores de un centurión imperial (la analogía favorita de Mussolini) hasta el nacionalismo racial del nazismo, con su adulación de la supuesta «superioridad» de la mítica raza aria y el hombre nórdico. En 1892, D’Annunzio ya había anunciado: «Los hombres se dividirán en dos razas. A la superior, que se habrá elevado impulsada por la energía de su voluntad, le estará permitido todo; a la inferior, sin embargo, nada o muy poco».





Gabriele D'Annunzio y sus chicos, en Fiume



Sin embargo, a pesar del lado estetizante, y aunque D’Annunzio se proclamara «inventor del fascismo», una tesis que la autora parece suscribir, una panorámica más amplia muestra que, en realidad, no era, ni mucho menos, la única figura que defendía esas ideas, y que se trataba más de un síntoma que de la causa. Un indicio de una enfermedad que iba apoderándose de Europa debido a las consecuencias imprevista de una guerra que debía «terminar con todas la guerras». La devastadora pérdida demográfica, la interrupción del comercio internacional, la destrucción industrial, la quiebra del sistema monetario basado en el patrón oro y la inflación resultante de la financiación del esfuerzo de guerra, fueron algunos de los factores más destacados de la ruina económica que se abatió sobre Italia y sobre Europa. En el orden moral, la guerra afectó a toda una generación que en adelante se definió como excombatiente (como D’Annunzio, Mussolini y Hitler). Como escribió D’Annunzio –el guerrero-poeta–, a aquellos líderes surgidos de las trincheras, «la música incomparable de la guerra divina» les resonaba en sus cabezas.


Las condiciones propicias para la toma del poder por el fascismo en Italia surgieron, en gran parte, por la incapacidad de los gobiernos liberales posteriores a la unificación italiana de involucrar a una mayor cantidad de población en los asuntos políticos. Cuando surgió una auténtica democracia, lo hizo con una rapidez explosiva en un momento, además, en que Italia se enfrentaba a los efectos devastadores de la guerra mundial, a una aguda crisis económica, al descontento social y a las frustraciones nacionalistas. Es probable que esos problemas hubiesen podido ser absorbidos por un sistema parlamentario firme y estable, algo inexistente en Italia, donde los «D’Annunzios» podían exaltar libremente a las masas ante la ausencia de una estructura que canalizase democráticamente el descontento.


El problema no era nuevo y hundía sus raíces en el dilema de los gobiernos italianos posteriores a la unificación de tener que hacer frente a un problema social muy complejo: la aparición de las «masas» en el escenario político. No se trató de un problema exclusivamente italiano. Sin embargo, en el caso italiano el agravante en la posguerra fue que gran parte de la población no se sentía vinculada políticamente a ningún partido. Entre ellos se encontraban dos grandes grupos: los veteranos de guerra que se sentían injustamente tratados y un grupo heterogéneo de clase media formado tanto por nuevos grupos sociales urbanos ambiciosos como por sectores temerosos y resentidos, más parecidos a la pequeña burguesía en declive que glosara con tintes apocalípticos Karl Marx. Estos italianos, como D’Annunzio y Mussolini, que no se encontraban vinculados al liberalismo tradicional ni al catolicismo político, ni todavía al socialismo, conformaron la base del movimiento fascista.


La relación política y personal de D’Annunzio con Mussolini estuvo siempre marcada por la ambigüedad, en gran parte derivada de los celos mutuos. El poeta, como reconocían muchos observadores, era el único hombre en Italia con los suficientes carisma y autoridad para detener a los camisas negras que sembraban el terror. De hecho, el 13 de agosto de 1922, en su retiro del Lago de Garda, D’Annunzio, en compañía de la última de sus amantes, Luisa Baccara, sufrió una caída y se fracturó el cráneo, quedando en coma durante tres días. Los motivos de aquella caída que, en consonancia con su tendencia a la hipérbole, definió como un «vuelo de arcángel», no quedaron nunca claros. Podría haberse desplomado debido a la influencia de las drogas que estaba consumiendo, o que se debiera a la presencia durante el accidente de Aldo Finzi, uno de los lugartenientes más fieles de Mussolini, que se vería posteriormente involucrado en la muerte de otro gran rival del Duce, Giacomo Matteotti, aunque esta hipótesis es remota y sin fundamento documental. La autora concluye que «Finzi ha sido, y sigue siendo, amigo y admirador de D’Annunzio. Además, si aquello fue un intento fallido de asesinato fue, desde luego, bastante patoso: hasta la víctima tuvo problemas para taparlo. D’Annunzio cuenta en su Libro segreto, a medio camino entre la ficción y la autobiografía, que aquella caída fue un intento de suicidio. Y puede que lo fuera: llevaba años coqueteando con la idea de quitarse la vida [...]. O tal vez –esta parece ser la explicación más probable–, simplemente, se cayó». D’Annunzio, como señala acertadamente la autora, «veía a los fascistas como burdos imitadores suyos: podían resultar útiles como simpatizantes, pero sus métodos eran terriblemente brutales y su pensamiento, nada refinado».


«Aunque D’Annunzio no era un fascista –concluye Hughes-Hallett–, el fascismo era d’annunziano» 


En cualquier caso, la caída de D’Annunzio y su posterior coma resultaron de enorme utilidad para los fascistas que, hacia el verano de 1922, habían logrado imponer por medio del terror su control de la Italia septentrional y se encontraban en condiciones de enfrentarse al debilitado Estado liberal. En la autobiografía de Mussolini, la lucha fascista durante el «bienio rojo» es descrita como una pugna heroica: «El miedo y la cobardía –señalaba– habían sido las características del Partido Socialista en Italia». Mussolini señalaba que eran los socialistas y los anarquistas quienes arrojaban bombas o golpeaban a los fascistas. Se trataba de una falacia, pero los fascistas lograron aparecer como los defensores del orden y la ley a los ojos de la clase media.


Conforme aumentaba la conflictividad social, la violencia fascista arreció, demandada a menudo por empresarios o terratenientes. El número de escuadras fascistas se multiplicó por toda la geografía italiana. Los métodos eran brutales, pero efectivos. En 1920, un millón de agricultores se encontraban en huelga. En 1921, la cifra se había reducido a tan solo ochenta mil. Para Mussolini se había confirmado «la necesidad de hierro de la violencia». La policía hacía la vista gorda mientras el squadrismo destruía la base del poder socialista en las provincias. Entre las filas socialistas cundió el desánimo debido a la quema de sus sedes y a las frecuentes palizas que recibían sus miembros. El fenómeno del squadrismo ponía en evidencia la debilidad del Estado en la Italia liberal.


D’Annunzio había sido invitado por un veterano político liberal a encontrarse con Mussolini el 15 de agosto para intentar lograr algún tipo de acuerdo: «Todas nuestras fuerzas deben unirse –le advirtió–, usted ve el peligro y puede movilizar a la juventud, motivarla y devolverla al camino correcto». El «vuelo de arcángel» de D’Annunzio anuló aquel encuentro y, dos meses más tarde, los fascistas lanzaban su «marcha sobre Roma». Como apunta Hughes-Hallett, «a lo largo de los años veinte mucha gente volverá su mirada hacia él esperando que explote su enorme tirón y les ofrezca un camino por el que ellos le seguirán: por un lado, los fascistas, consternados por los compromisos que Mussolini está adquiriendo en su ascenso hacia la consolidación del poder; por otro, los antifascistas, que creen que el poeta puede convertirse en el emblema de un régimen menos brutal. Ambos miraron hacia él en vano». D’Annunzio siempre creyó que él había allanado el camino para los fascistas: «En el movimiento que se autodenomina “fascista”, lo mejor del mismo, ¿no ha sido engendrado por mí?», escribió a Mussolini, frustrado tras la marcha sobre Roma. D’Annunzio se mostró disgustado por la deriva del régimen fascista hacia la alianza brutal con Hitler. Los alemanes, en su opinión, constituían una «horda de bárbaros del lado erróneo de los Alpes». D’Annunzio escribiría a Mussolini advirtiéndole que se alejara de Hitler, «ese rostro innoble manchado de cal y cola». Su consejo caería en saco roto.


D’Annunzio nunca estuvo directamente involucrado en los gobiernos fascistas italianos, pero eso no le impidió vivir a costa del Estado italiano. Según Mussolini, era una «muela cariada» que había que «arrancar o empastar con oro». «Tengo lo que he dado» fue la orgullosa divisa heráldica esculpida por el poeta en el pórtico de la pretenciosa ciudadela monumental erigida a orillas del Lago de Garda, conocida como Il Vittoriale degli Italiani, su última morada, que D’Annunzio entregaría desinteresadamente al Estado, pero a cambio de que éste le proporcionara la financiación necesaria para sus pomposas ambiciones arquitectónicas. El ejército de admiradoras y concubinas no disminuyó aunque, en sus últimos años, destrozado por la sífilis y medio ciego, el ídolo ya no era más que una sombra mórbida de lo que había sido. Falleció el 1 de marzo de 1938 de un derrame cerebral a los setenta y cuatro años. Señala la autora que «Emy Huefler, la amiguita rubia de D’Annunzio, abandona el Vittoriale inmediatamente. Poco después estará en Berlín trabajando para el ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop. Era una agente nazi que habían metido en casa de D’Annunzio para espiarle. Se ha sugerido que podría haberlo matado ella con una sobredosis de cocaína, pero conociendo su historia de adicción a las drogas y de enfermedades venéreas, así como su declive físico, es posible que no fuera necesario». En Inglaterra, su reputación fue resumida por Lord Vansittart, del Foreign Office, quien rechazó enviar un pésame oficial por considerar que se trataba de un «canalla de primera categoría».


En la oficina de Mussolini, su muerte fue acogida con un aliviado «¡Por fin!». Mussolini, siempre atento a los efectos propagandísticos, organizó unos funerales de Estado donde aseveró: «Puedes estar seguro de que Italia alcanzará la cima con la que soñaste. Lo juro…» Era una promesa destinada a hacerse realidad, con consecuencias trágicas para Italia y para Europa. Al igual que D’Annunzio en su frustrada incursión sobre Fiume, Mussolini se vio obligado a lograr éxitos espectaculares y la naturaleza del régimen fascista que creó exigió que parte de esos éxitos llegaran en forma de conquistas militares. En la década de 1930, las decisiones más susceptibles de afectar al futuro de Italia eran las de política exterior y estas estuvieron casi exclusivamente en poder de Mussolini. La gran ironía de la política exterior fascista fue que, incluso en el caso de una victoria de las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial, Mussolini no hubiese logrado ni el poder ni el estatus que tanto anhelaba para él y para su nación. La Italia fascista no hubiese sido más que una potencia modesta en una Europa dominada por la Alemania nazi. En ese sentido, la aventura de D’Annunzio en Fiume, desestabilizadora y sorprendente, pero inútil, fue un presagio microscópico de lo que ocurriría con Italia durante la guerra mundial.


En un trágico reflejo de lo que había sucedido años antes en Fiume, la ausencia en Italia de procesos que permitieran analizar la situación internacional de forma adecuada forzaron a Mussolini a ir dando palos de ciego en la escena internacional, como un sonámbulo. Los años de incompetencia industrial, de burocracia, de erróneos cálculos políticos, de infantiles elementos psicofánticos, tanto en el ejército como en el Gobierno, no tardarían en desembocar en unos resultados calamitosos. La pasión «d’annunziana» por la velocidad y la acción, el sorprendente desdén por la reflexión y la precisión, así como la dudosa base moral del régimen, eran elementos que conducían directamente al fracaso y a un destino ligado a las veleidades del Führer alemán.









Marinetti





Mussolini y sus colaboradores exacerbaron, tal y como había hecho de forma irresponsable D’Annunzio antes de la Gran Guerra, la exagerada admiración hacia el poder del espíritu humano y creyeron en el poder de la fantasía geopolítica sobre la realidad de la guerra industrial moderna. D’Annunzio, como señala la autora, «había visto cientos de adolescentes perplejos, sacrificados en aras de una causa que no lograban comprender. Ahora se daba cuenta de que aquellas muertes habían sido inútiles, casi por completo. Pero la experiencia no había saciado su hambre de violencia. La guerra era música. La guerra era religión. No podía soportar que faltara». El régimen fascista añadió a esa «lírica» belicosa su sello característico de irresponsabilidad y fanfarronadas, una hostilidad hacia la competencia económica que podía haber ayudado a forjar una moderna maquinaria militar italiana, así como cierta timidez en el ejercicio del mando derivada de su perniciosa tendencia a los compromisos.






Los motivos del fracaso del fascismo y la caída de su líder no se encuentran, sin embargo, en errores de juicio. Es preciso identificarlos en las características inherentes del fascismo –heredero en parte de las extravagantes ideas de D’Annunzio–, en la desenfocada naturaleza de sus ideas, en los compromisos inevitables, pero nefastos, para mantener el poder y frenar el radicalismo interno, en la tendencia al expansionismo imperialista que la Italia fascista era incapaz de soportar y en un culto al líder «d’annunziano» del cual el sistema no podía escapar cuando el Duce ya no se mostró digno de suscitar la admiración de sus seguidores.


Las semillas del culto a la violencia de D’Annunzio darían su fruto en las dos décadas largas que duró el fascismo. Como señala la autora sobre el poeta: «Si la guerra era una sinfonía, sus discursos también eran composiciones musicales llenas de juegos de virtuosismo e insistentes estribillos. Las palabras que las recorrían eran como un leitmotiv: sangre, muertos, gloria, amor, dolor, sagrado, victoria, Italia, fuego y otra vez: sangre, muertos, Italia, sangre, muertos, sangre». El régimen fascista italiano, sin alcanzar los límites del aliado alemán, fue una mezcla de brutalidad, diletantismo y oportunismo, ideas que no eran ajenas al pensamiento y la acción de D’Annunzio. Durante la Gran Guerra, D’Annunzio había contemplado «los enormes tanques que se dirigían hacia el norte llenos de víctimas para el sacrificio y de borrachos cantando» y reflexionó que «el Destino ordena los acontecimientos como un gran poeta trágico». Aquellas palabras se materializarían en el cataclismo que causaron los fascismos en Europa.


Si tomamos a D’Annunzio como precursor de la tragedia fascista que se abatió sobre Italia, ¿qué valor puede tener en la actualidad estudiar la figura de D’Annunzio? Por sorprendente que pueda resultar, algunas de las facetas de su personalidad y de sus actividades nos convierten en sus extraños herederos. Su figura se refleja de forma implacable en nuestra cultura apasionada y enloquecida de las celebridades y el culto a la imagen. ¿No fue D’Annunzio un precursor, tanto de los fascismos que asolaron Europa como de las estrellas vacías que ocupan el imaginario colectivo actual: estrellas de cine, deportistas y famosos de toda índole?


D’Annunzio, como señala la autora, era en parte consciente de que alguien como él llevaba dos existencias: una como persona privada y la otra como imagen pública. Convirtiéndose en una figura pública, D’Annunzio anunciaba tanto los fascismos europeos como nuestro moderno culto a las celebridades adoradas por las masas. En realidad, en varios aspectos la sociedad actual ha seguido, desconociéndolo, muchos de sus pasos. Sus analogías con la política actual son evidentes y no resulta muy complicado trazar paralelismos con políticos italianos y europeos, líderes obsesionados por su imagen, incursos en problemas de corrupción y más atentos a las veleidades de la opinión pública que a la sustancia de la política. El historiador Emilio Gentile señaló que lo que el fascismo heredó de Fiume no fue un credo político, sino «un modo de hacer política».


Mussolini y los fascistas «se quedaron con la importancia del arte y la manipulación de las emociones colectivas de una comunidad. La doctrina política no era nada sin el arte que podía promocionarla». Un modo de hacer política que, como señala la autora, «a partir de entonces, se ha vuelto casi universal». D’Annunzio fue, al mismo tiempo, un hombre decadente y modernista, un virtuoso de la palabra con enorme atractivo para las masas. En su figura y, posteriormente, en el fascismo, se encuentra el germen de la comunicación y manipulación en las sociedades de masas. «Su mausoleo –concluye Hughes-Hallett– es la quintaesencia del monumento fascista». Como señaló el historiador Tony Judt, «los fascistas no poseen realmente conceptos: tienen actitudes».


Aunque la recaída en nuevas formas de fascismo es improbable en cualquier democracia occidental actual, la extensión del poder del Estado moderno sobre sus ciudadanos es motivo suficiente para desarrollar un elevado nivel de conciencia crítica como protección frente a las imágenes comercializadas de los aspirantes al liderazgo político, de figuras como D’Annunzio, prestas a lanzar retos a Estados en crisis. En marzo de 1923, Mussolini escribió: «Puede que el género humano esté cansado de la libertad. De libertad ha tenido ya una orgía». Marinetti escribió sobre D’Annunzio que «su capacidad de complacer era diabólica». Hughes-Hallett señala certeramente que «incluso quienes lo veían con malos ojos lo encontraban irresistible. De manera similar, y por censurables que resultaran los movimientos fascistas, la historia ha demostrado lo poderoso que fue su glamour. Para evitar que se repitan no sólo tenemos que ser conscientes de su crueldad, sino entender además su poder de seducción». Incluso hoy, cuando ha desaparecido prácticamente el atractivo del comunismo en gran parte del planeta, existen todavía simpatizantes de las ideas fascistas, personas que ven en ellas una alternativa al comunismo o al capitalismo. No debemos subestimar su potencial. En ese sentido, aproximarse a la figura de D’Annunzio debe servirnos de advertencia. La obra de Hughes-Hallett, un tanto «d’annunziana» en su planteamiento y estructura, constituye, sin embargo, la mejor guía para aproximarse al proceloso mundo de esta insólita figura europea, hija de un momento peculiar de la historia de Italia, una personalidad que tuvo la peculiaridad de resultar atractiva y repugnante en igual medida.






Álvaro Lozano es historiador. Sus últimos libros son La Alemania nazi (Madrid, Marcial Pons, 2008), El Holocausto y la cultura de masas (Barcelona, Melusina, 2010), Anatomía del Tercer Reich. El debate y los historiadores (Barcelona, Melusina, 2012), Mussolini y el fascismo italiano (Madrid, Marcial Pons, 2012), El laberinto nazi(Barcelona, Melusina, 2013) y La Gran Guerra (1914-1918) (Madrid, Marcial Pons, 2014).


Tomado de:


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