domingo, 13 de julio de 2025

"LOS CARROÑEROS SENTIMENTALES" BY OMAR GARCÍA RAMÍREZ

 





Los perros están en el bosque Y la cacería pinta bien Y a los mapaches en el monte Puedo oírlos arrastrarse

«Los perros están en el bosque»

Johnny Cash

 

Cada día es una montaña nueva No bebas mucho de la misma fuente

Acabarás hecho una bazofia

«Bazofia»

Bob Dylan

 

Estoy aquí, dije, con los perros románticos

Y aquí me voy a quedar.

“Los perros románticos”

Roberto Bolaño

 

 

 

 

 

 

“Los carroñeros sentimentales”

BY

Omar García Ramírez


Cuando un león celeste, deja el cadáver estrella de una gacela azul índigo, desteñida, entre aguas cenagosas …algo se mueve al fondo del escenario. Pareciera un personaje de guiñol con cintura adiposa y barbas hirsutas como eunuco de un grabado de Aubrey Beardsley que viene con sonrisa carroñera a devorar los restos de una hecatombe. Es el lider de los carroñeros sentimentales; últimos en la escala de la depredación que vienen a limpiar los restos y a contribuir con su labor en la cadena alimenticia.

El león, que han disfrutado de un largo festín con restos de purpura sobre su lomo, se aleja a paso lento, para dejar que las esporas parasiten las doradas flores de un cadáver con rizos argentados. Su saciedad ha llegado. Ahíto su paladar y su panza. Durante tiempos largos, muy largos, este tipo de caza calmó sus apetitos. Pero una gacela azul índigo podría ser otra cosa. Deja sus restos con sabor amargo y una acidez que baila en la retina.

Los carroñeros sentimentales gozan de estas piezas abatidas  y desestructuradas, roídas por una lluvia gris sobre un lecho de yerba podrida. Arqueadas osamentas se abren al cielo, como piezas de interrogación mecánica que brotan entre la maleza.

Las hienas sentimentales se acercan al festín; susurran cantos y gruñidos, teñidos de lubrico deseo. Y sobre las mutiladas ancas de las criaturas depredadas, hincan sus colmillos, diestros en el corte sobre nudos de carne seca atacada por hongos purulentos.

El león celeste, con lomos bermejos de un dorado brillante, visos de aceites de ultramar y salpicaduras de manglares del trópico; sabe que, detrás de estas visiones de brumas y serenos; vienen otras jaurías emboscadas; ya que las hienas no solo quieren la presa abatida y vencida sino también la fuerza animal del león: Su corazón de ónix, sus garras de marfil melódico… Y para ello vienen con su tribu de maldecidores, murmuradores, plumiferos de paskines, abogaduchos liliputienses inmersos en pleitos pueriles, pintorcillos copistas y reproductores de escenas bucólicas de ganadería y agricultura; y no faltan brujos de baja estofa con sus talismanes de purificación. Se alían además con maleantes justicieros y politiqueros hambrientos de protagonismo y wokismo de tercera categoría. Todo un batiburrillo de tribu hambrienta, amarillista y chismosa.

Danzan y liban de vinos de dudosa calidad, Imploran reivindicaciones por las piezas cazadas en los cotos de caza de los reyes abisinios. Se erigen en ecologistas y esgrimen catecismos y arrojan anatemas contra los librepensadores que van rumbo a las gestas de la furia. Como filisteos moralistas, despliegan su lista de deseos y desarrollan un canon de peticiones que pretenden conquistar mediante subterfugios y ridículas conspiraciones.

Pero todo eso queda en vilo...

Con sus caras demacradas espabilan... Después de refocilarse en su festín…Cuando El león da la vuelta y se encamina con fiereza hacia sus cuellos moteados y cagurrentos de bestezuelas que se hartan en jardines llenos de mierda; entre pequeñas piezas de decoración y modistería; coleccionistas de abalorios fútiles, falsificadores de idolatrías africanas y vendedores de géneros menores.

Todos ellos callan y boquean como sonámbulos ahogados en el estercolero de su propia cobardía, cuando se enfrentan a la cara fiera del león.

De eso se trata todo; esta guerra de caza, que se puede desarrollar aquí, en Londres o en Cafarnaúm. Siempre habrá carroñeros románticos dispuestos a colgarse una medalla de cuero, un disimulado amuleto de pedantería, para intentar ganar honores con batallas mínimas: sin ningún esfuerzo de honor, más que el de sus lenguas bífidas y sus plumas de gansos anodinos.

El león se da la vuelta y la estampida comienza…

                Entonces, la fiera, decide comenzar su verdadera cacería.