martes, 29 de julio de 2014

UN FESTIVAL DE POESÍA QUE DA VOZ A LOS PUEBLOS DE LA TIERRA





POETA FREDY KHINCANGANA DE LA NACIÓN YANACONA, COLOMBIA.





UN FESTIVAL DE POESÍA
QUE DA VOZ A LOS PUEBLOS DE LA TIERRA

Orishas, Nahuales, Chamanes, Mamos, acompañados de flautas, ocarinas, tambores y naturalmente, sus voces que, desde todos los puntos cardinales de la tierra, se dieron cita en el 24o festival internacional de  poesía de Medellín, por los pueblos de los mundos y por la paz de Colombia. Paz justa primavera del mundo” fue la consigna bajo la cual se cantó y se leyó poesía. Más de 150 recitales, cerca de 80 poetas de América, África Europa y Asia, en un encuentro sin precedentes abierto al público.

 La poesía en nombre de la tierra, se expresó en francés, inglés, español, ruso, y decenas de lenguajes y dialectos de diversas naciones y pueblos de toda la tierra. La solidaridad expresada para con el pueblo de Palestina, ante la brutal agresión que el estado  de Israel ejerce con la complicidad de Estados Unidos y la Unión Europea, resonó también de forma clara y contundente.

Medellín, una ciudad que se cambia de la mano de la cultura y el arte, pero a la que, transformaciones económicas y culturales todavía no le alcanzan para cerrar una brecha que como una herida trata de cicatrizar sobre el cuerpo social.  Sin embargo es previsible, que los procesos darán sus frutos a mediano y largo plazo. Es nuestra esperanza que la fuerza de la cultura se interiorice de manera permanente en una sociedad que quiere, desea, anhela trasformaciones en beneficio de la paz. Una ciudad importante en el conjunto de nuestra nacionalidad y un referente mundial en el campo de la literatura leída de cara al público.

Muchos dirán que la literatura y el arte no influyen en una sociedad, al menos de la forma como en el pasado los grandes meta-relatos (que también hacen parte de la literatura) lo hicieron mediante corrientes de pensamiento global que afectaron y movilizaron a grandes colectividades humanas; pero, la literatura y el arte pueden transformar el alma de un niño, un joven, un hombre, una mujer. Si esa pequeña transformación espiritual opera gradualmente en el conjunto de una sociedad, es importante. Ya que basta esa semilla para que puedan germinar los frutos del futuro. Es verdad que la literatura muchas veces entra en conflicto con la sociedad. Que ese choque adquiere matices dramáticos y a veces, el litigio entre artista y sociedad es un conflicto sin resolución total. El escritor muchas veces ha sido condenado a ser un outsider, y como tal, propone su poética. Pero el arte reflexiona desde la crítica y opera sobre el imaginario social de una manera creativa, nunca destructiva.

La poesía es crítica, pero también gozo estético; es atrevimiento dinámico, pero también contemplación estática; es figurativa por su imaginería y abstracta por sus conceptos. Cuando la conciencia ecológica se torna literatura para dar lugar al espíritu del mundo, es entonces cuando comienza la verdadera transformación. Reconocer a la tierra como madre naturaleza y comenzar a destinar para  ella las mejores obras, cambio en la conciencia, trasformación en la actitud y en la estética cotidiana del obrar.  

Esas transformaciones solo pueden ser plasmadas en un país en paz. De nada sirven educación y cultura, si la juventud de este país se ve avocada a la guerra y a la muerte bajo cielos de tormenta. Años de sufrimientos y perdidas humanas, económicas, ecológicas y naturales han servido de telón de fondo a una barbarie que solo beneficia a unos pocos en los grandes estamentos del latifundio, la banca, la burocracia, la política y el poder. Colombia requiere de transformaciones reales, el pueblo está aportando la sangre, la fuerza y la poesía en este proyecto futuro; se requiere que aquellos que se alimentan de la guerra, dejen sus espíritus de tierra arrasada, neutralizados en la profundidad de sus almas, y que el gobierno dé los pasos necesarios para que la comunidad y los ciudadanos, entren a proponer los cambios más urgentes. Es la ciudadanía empoderada la que debe marcar los derroteros inmediatos.

El poeta no está de espaldas al conflicto. Lo vive de manera directa. Como todos los colombianos, tiene una familia afectada por la guerra. La naturaleza de su arte está cercana con las vibraciones del entorno, hostiles o inarmónicas; el poeta trata con esfuerzo de establecer una voz de comunión entre el hombre y la ciudad; entre la ciudad y la naturaleza; entre los animales salvajes y ese otro animal domesticado que es el hombre. Las voces de los poetas en todo el mundo proponen una revolución estética y de conciencia. Una revolución a escala humana y ecológica. En esa revolución, la parte económica es de obligada referencia. No se puede seguir avanzando en pro de la reconciliación en medio de la guerra. Mientras la riqueza está destinada a  expoliación y la masacre, no se puede seguir soñando con la paz bajo una lluvia de sangre.

Cuando las tierras regresen a los campesinos desplazados; cuando la dignidad en la ciudades se establezca de manera que las comunidades puedan desarrollarse, con acceso a los servicios básicos de la civilización; cuando las oportunidades de estudio y progreso para todos los jóvenes esté al orden del día; cuando los santuarios naturales no sean el botín de minería de las grandes trasnacionales; en esos momentos, la voz de la poesía cantará con una fuerza de sinfonía de paz, armonía y comunión. Por el momento, eleva su voz y clama bajo lenguas de fuego, bajo soles de veranos extensos. Con esperanza, la voz de los poetas canta al lado de sus pueblos aborígenes, así muchas veces, sus cantos perecen acallados bajo el ruido de la maquinaria de la usura y de la guerra.

En Medellín, se escucharon los cantos y versos de Gcina Mhlophe de Suráfrica que con su góspel de libertad abrió y epilogó el festival en el cerro de Nutibara acompañada de cientos de espectadores y participantes. Los cantos urbanos y tribales de Tzu Baktun kan de la nación maya tz`utujil  que salmodiando a la manera de un rap místico, puso a danzar a los jóvenes de la ciudad. Los poemas y música de Joy Harjo, hermosa poeta de la nación Muskogee de los Estados Unidos que nos transportó a sus praderas sobre la cabalgadura de su Mustang de sueños. Los textos de Joséphine Bacon de la nación Innu de Canadá en donde la comunión con la naturaleza y el espíritu de los ancestros estaba presente como un tótem animal de fuerza natural. Fredy Chikangona de la nacion Yanacona del Cauca colombiano; quien con sus poemas nos recordó que no somos más que visitantes de una gran tierra, que nuestras vidas son frágiles y efímeros sonetos, mientras que la historia de la tierra pertenece a  una gran mitología de escala cósmica.

Además de estos poetas otros que hacen parte de la tradición literaria colombiana y sudamericana como: Renato Sandoval de Perú, Vilma Tapia de Bolivia, Liliana Ancalao de la nación Mapuche (con limites étnicos entre Argentina y Chile), los poemas urbanos y libertarios de Yuri Zambrano de México; las voces personalísimas y depuradas de Horacio Benavides, Rafael Patiño,  Rómulo Bustos, Juan Manuel Roca y Jotamario Arbeláez de Colombia, entre muchos otros, fueron quienes con sus textos llenaron de fuerza lírica y mística las docenas de escenarios que estuvieron disponibles para el propósito: desde comunas nororientales, hasta bibliotecas públicas; desde sedes sindicales hasta auditorios universitarios; desde los parques temáticos, hasta los jardines botánicos. Todo ello organizado por un equipo de jóvenes (entre traductores, lectores, actores, camarógrafos y fotógrafos); coordinada troupe bajo la dirección acertada de los poetas Fernando Rendón y la coordinación de Luis Fernando Rendón,  quienes lograron,  que la palabra viviera de nuevo en voz de sus autores, generada en un espacio de comunión y fraternidad.

Cuando la poesía se mueve como una máquina de paz en tiempos de guerra, cualquier sueño puede ser posible. El propósito de esa fuerza colectiva, es mantener viva la esperanza, activar la comunicación poética con la naturaleza, y no dejar que las voces de los ancestros mueran o se apaguen.

Miles de velas encendidas al cierre del festival fueron la representación simbólica de almas y de voces que nunca se acallaron. Que seguirán viviendo eternamente aún bajo cielos de guerra y  oscuridad.


Omar García Ramírez

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