domingo, 25 de octubre de 2015

"ANÓNIMOS" DE ALAN GONZÁLEZ SALAZAR


“ANÓNIMOS”
Las fronteras del abismo urbano
(Reflexiones sobre una novela) 



Cuando un joven poeta bebe en fuentes literarias trascendentales (háblese de Nietzsche, Dostoievski, Proust) ilustrado en grandes epopeyas burguesas (Balzac); corre el riesgo de deslumbrarse y desencantarse al mismo tiempo. Deslumbrarse ante las palabras que son capaces de crear grandes interrogantes espirituales, plantear teorías sociales, existenciales… Y desencantarse de una realidad que a todas luces parece más chata, cruel y salvaje que la narrada por aquellos maestros. Ese conflicto entre la vida literaria y el mundo exterior, lleva a ese buscador de significados cerca de las fronteras del abismo urbano con más interrogantes que certezas.

La novela “Anónimos”, ganadora del premio ciudad de Pereira 2012. Es una bitácora de movimientos errados, de líneas de fuga hacia horizontes de cielos pesados; cortinas de sangre y miedo que caen sobre la ciudad recién descubierta por aquellos jóvenes que desde el campo, llegan a las metrópolis en busca de estudio, trabajo, sueños, sexo y libertad. La ciudad acoge en su útero prostibulario todas esas almas que se van gastando rápidamente, que envejecen a ritmo acelerado sobre sus calles, bajo las malsanas luces de sus esquinas, inmersos en el ruido que permea todo y golpea con imágenes equivocas.

Alan González, escritor y poeta risaraldense, se decanta por una lírica densa, monólogos interiores y corrientes de conciencia que dan forma a esos espíritus sin nombre. Aborda con mirada crítica la descripción de los pasajes canallescos de la urbe. Como cronista de sensibilidad, nos deja abierto  un abanico de imágenes sugerentes sobre la condición del joven urbanita en el eje cafetero. Esa ciudad que Alan describe, nos muestra a todos, algo que sabíamos estaba allí, pero preferimos no ver;  ya que nuestras miradas desenfocadas buscan la bruma opaca, el esbozo ligero y no el acercamiento macroscópico a esas heridas que todavía sangran; estamos inmersos en la perplejidad de algo que nos toca directamente; por ello, muchas veces, optamos por mantener el distanciamiento frente a ese escenario ajeno a nuestras vidas. Sabemos que si ingresáramos en él como espectadores o actores, correríamos el riesgo de quemarnos.

No voy a citar textualmente frases o momentos memorables del libro. La idea es que los lectores lleguen al texto buscando en la oscuridad, acompañados de esos seres sin nombre, sin rostro, guiados por sus palabras que son iluminadoras unas veces, y otras, golpes rudos de alta poesía.

Asume el poeta (digo poeta ya que la novela experimental es asumida sin remordimiento por el poeta de inmersión profunda, no por aquellos de paseítos y tours a los extrarradios), la primera persona narrativa. Esa, tan poco entendida aun entre la fauna exquisita de la literatura, que considera a esa primera persona del singular un punto de vista autobiográfico, confundiendo muchas veces la ficción con las confesiones del Autor. Desde ese enfoque, el escritor da a sus personajes una voz ambigua, extrañada, dubitativa. En  la novela,  la palabra poética opera como un sensor de pesadillas dentro del laberinto de fantasmagorías. Describe con solvencia los paraísos artificiales de las drogas que muchas veces, no nos traen un despertar de conciencia, sino la oscuridad del purgatorio y la brillantez del infierno. Escenas de violaciones, descubrimientos carnales puramente fisiológicos, el sexo despojado de toda la carga lírica es llevado a la condición de performance amnésico; pieles que se encuentran en medio del hastió; madero de salvación en medio del vacío cotidiano.

Alan González, es un escritor que asume la visión colectiva de una generación de seres anónimos, que sin muchas esperanzas se encuentran viviendo en conflicto desde jóvenes. Inmersos en contradicciones existenciales frente a un futuro que no se ve muy claro. Ese conflicto, tiene sus raíces sociales y económicas más cercanas en una violencia que viene desde los campos y que se ha instalado en las urbes de una manera descarada y brutal. Los que huyen de la violencia o de la depredación de la guerra, no son simples cifras bajo el techo contaminado de la ciudad. Son seres viviendo y pensando sobre su condición de exiliados; personas tomando decisiones que en algún momento, les pueden llevar a las fronteras del delito o la tragedia. Si esta sociedad hubiese brindado a esos jóvenes alternativas reales y caminos despejados para el encuentro con una poesía menos oscura y más optimista; aquellos confrontados en su rebeldía con toda la estructura, tendrían una ruta de escape, unos linderos de amortiguamiento, unos modelos de redención. Pero, la novela da a entender, que a esos espíritus inquietos, esos poetas adolescentes que huyen de los campos rompiendo el alambre de púas que se ha enrollado sobre sus pechos como una trampa que no les deja alzar el vuelo, una de las pocas alternativas que les queda, es la literatura; y esta, es tan peligrosa como los extrarradios lumpenescos y brutales que se quieren evadir. Cuando se vive al límite, es un camino lleno de peripecias, obstáculos y certezas de corta duración. Su bildungsroman no está adornada con florecitas de optimismo, su camino está lleno de guijarros y de espinos.

Alan González Salazar, por mérito propio, es uno de los escritores del eje cafetero que de alguna manera, ha visto a la lírica danzando con las parcas en el banquete siniestro de nuestra sociedad. Ha metido el dedo en la llaga de nuestras almas. La quemadura oculta que duele al centro de nuestra vida. Pregunta, inquiere, golpea, ríe, llora; pero sobre todo, tiene la convicción del poder exorcizador del lenguaje, cuando va allí enfrentado a sus demonios; buscando lo nuevo en las viejas formas que se niegan a ceder; intentando crear nuevos ritmos sincopados, fragmentados, danzas tribales de muchachos enyerbados en mandrágoras de fuego que danzan como derviches giróvagos bajo las estrellas.

El espíritu del poeta cachorro ha sido superado. Su crisálida ha quedado como una vieja chaqueta olvidada en un bar de bohemia juvenil. Ahora, con más experiencia, enfrenta su propia búsqueda. Su lenguaje interior, su alquimia personal. Ha apostado fuerte a un texto narrativo que se sale de los cánones al uso; de la zona de confort de la cofradía literaria; la pista demarcada por los que quieren hacer carrera de bestselleros. A pesar de que ha sido reconocido en un certamen literario importante, se tendrá que enfrentar con el juicio de aquellos que creen que la novela es todavía, la tramita decimonónica de personajes atrapados en el hilo dramático de la poética aristotélica. Sabe que la novela contemporánea muchas veces, es apenas un destello, una intuición, una pregunta expresada en los límites del tejido textual.

Tiene camino que recorrer el escritor, duro camino; pero desde ya, ha trazado sus líneas, ha bosquejado su teatro del absurdo, ha vislumbrado sus horizontes y se ha echado a andar.
Buena suerte le deseo.

Omar García Ramírez.