viernes, 8 de noviembre de 2013

“ENTRE LA NADA Y EL FERRO-GLIFO DE LA ROTONDA”



 





(Reflexiones sobre modernidad, postmodernidad y transmodernidad en el arte del Quindío) 

Por: Omar García Ramírez 

Lo había comentado en otras ocasiones; una ciudad que pretender buscar su vocación de polo cultural y turístico, debe prestar mucha atención a su producción artística. Debe buscar señales de identidad y canales de exhibición; espacios de encuentro de propuestas simbólicas. Estas señales identitarias deben explorarse hacia atrás, para rescatar tradiciones y ancestros culturales; y hacia el futuro, para explorar nuevos caminos y rutas de trabajo. 

Para una ciudad pequeña como lo es Armenia, en donde los creadores en el campo de la plástica y las artes visuales, disponen de pocos espacios para mostrar su trabajo, el salón de artistas quindianos se erige en uno de los pocos, en donde se pueden mostrar las búsquedas y los desarrollos de estas disciplinas. Un salón (ya no tan joven), que una vez abierto, muestra las potencialidades y las falencias de lo que hoy, por hoy, se hace en estas tierras; y es el trasfondo de discusiones estéticas y sociales de importancia capital.

EL SALON COMO ARQUEOLOGÍA. LAS RAICES. 

No se puede esperar naturalmente grandes obras, los presupuestos organizativos y los estímulos dejan poco que plantear a los artistas; magros y esmirriados, en comparación con los destinados a las carrozas y al fandango, hacen de la creación artística, una parcela de la periferia sin mucha importancia; (situación muy natural en estas tierras en donde la cultura es la del yippao y la caneca de aguardiente, herencia directa de la politiquería, el carnaval y la cosecha). Y no es que sea partidario de las subvenciones; pero sí soy partidario del gasto equitativo en lo concerniente a la cultura. Si se gastan cientos de millones en eventos que degradan y alcoholizan al pueblo; deberían gastarlos de igual manera y en iguales proporciones para eventos que presuponen un crecimiento cultural de una región; una inversión a futuro en la de la misma. Estos presupuestos de gasto obligatorio, que englobados dentro de lo que se denominan fiestas de aniversario; en los actuales momentos tienen unos rubros a todas luces inequitativos.

 Pero hablemos de las obras… En muchas de las obras presentadas al ultimo salón, se ve la improvisación, la jugada “genial”, el pelotazo, el juego de ruleta estética, que busca “mostrar algo” en medio de la precariedad. A veces, una que otra obra se convierte en una declaración de principios. A pesar de ello, se notan nuevos aires. Durante mucho tiempo, cofradías empotradas en la burocracia departamental hicieron y deshicieron lo que les vino en gana. Estas pequeñas familias que jugaban al monopolio simbólico sobre la esfera pública han sido desplazadas, y desde ya, se notan pequeños pero significativos cambios en la escena. 

Asistir como espectador crítico a ese galpón de la antigua estación (Estructura arquitectónica básica de lo que puede llegar a ser el MAQUI) lleno de propuestas artísticas; es, de cierta manera, hacer una arqueología sobre lo que es, lo que ha sido y lo puede llegar a ser el campo de las artes en nuestro departamento. Inmersos en este salón, los visitantes asistieron a un flash back como en una película multicolor, donde se podía ver el valle y las cordilleras con sus afluentes hacia esa especie de feria cultural que se nutrió de todos los canales. Propuestas que devienen en un rio caudaloso con todo su folclorismo y su diversidad que desembocaba a una laguna. En el centro de esa laguna un pequeño islote y un árbol. El suelo cubierto de rizomas sobre los que se aposenta el árbol leñoso y lleno de injertos, de sabores varios; que simboliza el arte quindiano. 

 Aciertos y búsquedas, lenguajes tradicionales y nuevos códigos balbuceantes que pretenden conformar una nueva semiótica visual: Pintura de caballete y de pared, bodegones, paisajes; la escultura de bulto con vocación monumental que hace honor a tradiciones y gestas colonizadoras; los trabajos de croché y macramé, artesanías primorosas y diseños de utensilios raizales bien elaborados. Al lado de pintura conceptual y política; instalaciones canónicas en el piso ––arte expandido––, (expandido por el piso de cemento); montajes e intervenciones varias, habituales referentes en este tipo de exposiciones. Algo de video y un poco más de performance balletero que se suele dar por estos lares. No falta la sopa relacional, el mondongo solidario que se reparte con espíritu de O.N.G. Nada fuera de lo común; todo muy dentro del mainstream postmoderno; algo deja vu, todo muy de prever, nada de sobresaltos, casi todo muy domesticado y más o menos pulidito.

Sin embargo, este salón tiene una característica única. Muestra caudal (el rio); Muestra raíces y frutos (el árbol). La ruptura y al mismo tiempo la liaison; la textura histórica que de alguna manera se tejía, y jalonaba como una gran manta colorida en donde se podía prever que en el futuro las cosas pueden tender a buscar caminos de expresión muy particulares. Para mí ––como espectador ––, la riqueza de ese salón se establecía en la manera en que tradiciones ancestrales y artes de taller se mostraban al lado de propuestas más experimentales. Juego de tensiones, contradicciones y vasos comunicantes, que de alguna manera trazan una nueva cartografía sobre la plásticas quindiana. Se exhibían las raíces, luego las ramas y uno que otro fruto sazonado y casi dispuesto para los paladares de los visitantes. Esa distribución de feria museística, podría calificarse de impostura para muchos diletantes y connaisseurs que abundan por estos lares; a mi entender, era necesario, como una apertura desde el pasado más reciente, hacia las posibilidades de un futuro más cercano. Se requería escenificar toda esa amalgama, ese cruce, esa creolización, ese mestizaje de las artes en el Quindío. 

LAS OPINIONES Y LA ACADEMIA

Las reacciones, matizadas unas, bien ponderadas otras, irónicas algunas, oblicuas y veladas las demás; no se hicieron esperar. Muchos educadores o artistas enchufados en la academia (directos responsables de la dudosa calidad de una buena parte del arte que se hace en el Quindío) se rasgan las vestiduras y proclaman rigor, concepto y estudio, desde esos mismos claustros en donde la mediocridad más ramplona ha sido la constante. Uno de ellos, en estos días, proclamaba con orgullo en un medio local, que sus únicas vías de financiamiento eran las vías estatales: becas y subvenciones; (partiendo de esa premisa, ya se puede suponer qué es lo que puede enseñar y producir el maestro de marras) Y claro se debe decir que si desde esas instituciones se hubiese hecho una gran labor, no estaríamos hablando de estos asuntos en términos de búsquedas, sino haciendo balance sobre trabajos ya consolidados; los egresados de esas mismas instituciones ––que son legión–– nos demostrarían mediante obras y no discursos desteñidos y plañideros, lo que puede ser el verdadero arte de vanguardia en esta provincia cafetera y platanera.
 Debería saber el educador-burócrata-subvencionado al que me refiero, que si estudia las academias artísticas que comenzaron a consolidarse después del siglo XVII en Europa, se dará cuenta que de alguna manera fueron el resultado de la legitimación de los gremios y sindicatos oficializados mediante decretos reales o jugadas políticas del momento, que trataban de justificar y certificar un dominio sobre cierto tipo de saberes en las artes aplicadas. Y es, en contra de cierta parte de la academia artística, que va mi crítica más enconada; ya que es un espacio de normatividad semiótica, que no gradúa libre-pensadores y creadores; lo que re-produce son legiones de profesores, deseosos de entrar en la estructura al servicio de las ideas dominantes del momento. Para que la academia artística quindiana pase de modernidad a la post-modernidad, y luego dé su salto cualificado a trans-modernidad; deberá, primero que todo, empezar a reconocer que su tradición ha estado anclada en saberes de la pre-modernidad; que su práctica ha sido durante décadas arcaizante, así su discurso de cara a las graderías adopte el barniz de las modas vanguardistas; aceptar de manera autocrítica que su accionar se ha quedado en escuela de florituras para señoritas y que no puede ir más allá mientras su discurso pretendidamente trasgresor y anti-sistema dependa de los presupuestos estatales. Presupuestos que de alguna manera, delimitan su accionar político-social; no solo por las limitantes económicas, sino por la injerencia directa de la politiquería que suele ser la característica dominante en estas instituciones. Una academia artística en estas condiciones no puede llegar a ser más que la oficina de patentes y legitimación cultural de un sistema, que como el actual, favorece la inequidad.

En su ensayo: “La enseñanza de arte como fraude” Luis Camnitzer escribe citando a Andrea Fraser una artista norteamericana: “Arte político en cierta forma significa que subdividimos el pastel del conocimiento en tajadas de tajadas. En un número de la revista Artforum, la artista norteamericana Andrea Fraser enfrentó estos problemas en una forma que me gustó mucho. Definió al arte político de una manera similar a la que yo definiría a todo el arte: “…Una respuesta es que todo arte es político, el problema es que la mayoría (del arte) es reaccionaria, es decir, pasivamente afirmativo de las relaciones del poder bajo las cuales fue producido…Yo definiría al arte político como el arte que conscientemente se propone intervenir en las relaciones de poder (en lugar de solamente reflexionar sobre ellas), y esto significa necesariamente las relaciones de poder dentro de las cuales el arte existe. Y hay una condición más: Esta intervención tiene que ser el principio organizativo de la obra de arte en todos sus aspectos, no solamente en su “forma” y su “contenido”, sino también en su forma de producción y de circulación.” Y a continuación señala: “Se puede afirmar que la enseñanza del arte se dedica fundamentalmente a la enseñanza sobre cómo hacer productos y cómo funcionar como artista, en lugar de cómo revelar cosas. Es como decir que enfatizamos la caligrafía por encima de los temas sobre los cuales queremos escribir y como vender esas páginas caligrafiadas. Y con ello, bajo el disfraz de lo apolítico o de una política consumida instantáneamente, servimos a una estructura de poder que es totalmente política”. http://esferapublica.org/nfblog/?p=23857
De otra parte, está el entorno económico y social en donde la academia ejerce. Si ese entorno es tercermundista, latinoamericano, mestizo, criollo, cafetero, platanero; se verá afectado de una manera diferente, a si se encuentra inmersa en un entorno postindustrial, enmarcado en sociedad el conocimiento. Mi crítica especifica (afinemos puntería) en este caso, va dirigida a esos filósofos de claustro y pizarra, que desde la seguridad de academia pretender aportar un discurso de avant garde mientras en su práctica más cercana y curricular no han pasado de decorar vitelas, pergeñar vitrales con sus delicados champlevé de utilería y hacer algunas cajitas de primorosa factura naif. Filosófos del arte, que ni siquiera se han atrevido a una revisión de la realidad cultural más inmediata en sus aspectos estructurales.
Más que una Écol de Beaux-Arts el Quindío requeriría de una academia tipo Bauahus, así su accionar seria más acorde con las necesidades de nuestra sociedad y nuestro tiempo. Y si no pudiese emular en su espíritu esencial, un modelo de escuela de la talla y alcance de la que orientara en su fundación el genial Walter Gropius y luego Mies van der Rohes en la Alemania de los treinta del pasado siglo (que pretendía el poner al servicio del hábitat social del hombre de su tiempo, el arte, la técnica y el diseño) al menos, una escuela de artes aplicadas, podría establecer líneas de comunicación y relación hacia la sociedad. Hacer propósito de enfocar las artes hacia las necesidades de una comunidad (que todavía en gran parte) vive en un estadio de pre-modernidad. Una comunidad que vive en cinturones de miseria, una comunidad que no tiene derecho a parques públicos ya que en buena medida están privatizados; una comunidad que vería con buenos ojos el concurso de diseñadores, artistas, arquitectos, ingenieros, semiólogos en donde las condiciones de vida pudiesen ser transformadas mediante la aplicación de conocimientos ancestrales y diseños modernos ––investigación y aplicación de nuevas alternativas ecológicas y sostenibles para la vida digna––. En medio de una naturaleza hermosa pero difícil; telúrica, sísmica, compleja. Una sociedad, que desde la política no ha sido lo suficientemente enérgica para impulsar por un desarrollo estético, ecológico y humano. Una sociedad que en lo referente a los lineamientos de desarrollo urbano todavía no ha podido cumplir con los postulados de una modernidad que desde los años treinta un grupo de arquitectos visionarios plantearon en La carta de Atenas. Allí en uno de sus apartes se leía: “Un carnicero que vendiera carne corrompida sería condenado, pero el código permite imponer alojamientos corrompidos a las poblaciones pobres. En aras al enriquecimiento de unos cuantos egoístas, se tolera que una mortalidad pavorosa y toda clase de enfermedades hagan pesar sobre la colectividad una carga aplastante”. http://www-etsav.upc.es/personals/monclus/cursos/CartaAtenas.htm
 Una sociedad que planta tugurios para después cosechar crimen y carne de presidio.

Salgamos… 

Cualquier domingo (como uno de los flâneurs críticos que encarnara Baudelaire y elevara a la categoría de personaje urbano Walter Benjamin) paseemos cerca a una plaza de mercado de cualquier ciudad del eje cafetero y podríamos ver ––como en un salto en el tiempo–– estampas medievales de carnaval agrícola y de cosecha; concentraciones humanas de desempleados y desplazados por la guerra como en cualquier grabado de la serie de los desastres de Goya; ceremonias de bailes y fandangos, mutilados y pordioseros, como en cualquiera de los cuadros creados por Brueguel el viejo; procesiones místicas cercanas en su pintoresquismo a una de las tablas de jardín de las delicias que plasmara el pintor de Hertongenbosh, Hieronymus Bosch; saltimbanquis faquires y maromeros en las esquinas, acompañados de música de carrilera, que tendrían similitud con los carnavales que estudiara tan bien en su libro “La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento” Mijaíl Bajtín. Entonces, no se entiende que ciertos señores de la academia artística, incluyendo algunos delegados del ministerio de cultura, clamen voz en cuello el salto a la postmodernidad desde el gesto superfluo de asumir posiciones de arte de vanguardia. ¿Dónde está el Gugenheim? ¿Dónde Silicón Valley? ¿Dónde están las avenidas que pudiesen emular con las de Brasilia?, ¿Dónde la arquitectura inteligente?; ¿Dónde las grandes centros de investigación tecnológica?, ¿Dónde los nodos de la sociedad del conocimiento? También pregúnteles a los señores de la política y a los barones de la industria y el comercio. 

Aceptémoslo, aquí se convive con diversas manifestaciones culturales; estamos inmerso en un rococó de brocados sociales, cada uno con sus respectivos nichos: Los nerds y los tribus urbanas ocupando los No lugares, camuflados o exhibiéndose de acuerdo al día de la semana, en los centros comerciales de arquitectura inteligente, minimalista y funcional; espacios muy adecuados para las mercancías ensoñadoras de la sociedad del espectáculo; mercancías listas para ser consumidas por las castas pudientes que hacen gasto suntuario y de ostentación como lo expresara en su libro “Las clases ociosas” Torstein Veblen. Y las comunidades agrícolas, proletarias, y los desclasados; en las plazas de mercado como una herida citadina, una pústula periférica en el corazón de la urbe. Los humildes y desposeídos que salen de sus jornadas de alienación y esclavitud para disfrutar de unas horas de amnesia entre los estertores del sexo mercenario y el alcohol barato. Allí, en una de aquellas tabernas donde abren sus marchitos pétalos las flores del fango, que vienen desde los valles verdes y feraces; danzan en abigarrada y lujuriosa cumbiamba, meretrices que bien podrían inmortalizarse en otra tela como Les Demoiselles d´Avigñon. En este caso, bien podría llamarse: Les Demoiselles, de fleur del Val.

 Mónica Lucía Vélez H. Filosofa de la Universidad de Caldas, en su ensayo: “Narrativas visuales y poéticas de ciudad” donde estudia el urbanismo kitsch de Manizales y los movimientos literarios de las elites que desde el pasado siglo hasta nuestros días consolidan diferenciaciones culturales como discursos de dominación, dice: “Este movimiento se encuentra en la base de lo que García Canclini (1989) describe como la consolidación e industrialización de los mercados simbólicos. Por lo pronto es preciso recabar en una estrategia cultural y política que involucra la recuperación estetizante de las tradiciones, esgrime la modernidad como una máscara de diferenciación, y caracteriza a una élite que “cultiva la poesía y el arte de vanguardia, mientras las mayorías son analfabetas” Más adelante agrega: “Por parte de estas élites hegemónicas “se asumen” vertientes del pensamiento moderno que marcan, sin duda, importantes enclaves de elaboración o de crítica de la tradición europea, pero que a falta de un correlato (local) moderno, económico, social, político, cultural, no encuentran “aquí” un espacio real de aplicación. Las singularidades premodernas refluyen de los moldes y de toda “aplicación” posible. O lo que es lo mismo, estos elementos del pensamiento moderno coexisten con formas y acontecimientos anacrónicos o arcaicos, de manera estéril y abigarrada, y sin propiciar su interpretación o su transformación. Lo grecoquimbaya determina pues una invención de lo popular a partir de un “eclecticismo básico” de modernidad y tradición, pero invierte además un gesto hegemónico de reproducción ideológica y de confirmación de la dominación que se materializan en la función del patrimonio cultural, y en la acumulación y el control de las ofertas materiales y simbólicas”. 

 Cierto poeta de nuestra región cafetera, muy snob y con cierto tufillo provocador decía en tono irónico: “Que desgracia ser un óscar Wilde en tierra del Charrito de oro y Alarido Gomez”. Sin embargo ––quitándole vitriolo al asunto––; esta misma itellitgenzia, no puede negar, que se dan destellos de una creatividad dinámica que se expresa en múltiples lenguajes y soportes. Desde la clásica pintura, hasta el performance y la instalación. Para algunos los lenguajes y los soportes son el tema a discutir; pero se sabe hace mucho tiempo, que no son los soportes sino la utilidad que se dé a estos y las búsquedas estéticas sobre los mismos y en ultimas, el dialogo que se establezca con sus destinatarios. No es el medio como tal el que puede definir la calidad de una obra. El sólo hecho de utilizar el video (una técnica medial muy contemporánea) o el cuerpo en un performance, (técnica antigua como el teatro, devenida en arte de vanguardia) no garantiza la calidad estética de la obra.

Antonio Muñoz Molina, el escritor español, dice con respecto a los aspectos estilísticos del arte de vanguardia: “El arte, desde la irrupción de las vanguardias, ha tomado del lenguaje de la ciencia la idea de la experimentación permanente, llegando a la paradoja de que se ha instituido lo que podría llamarse un conformismo o un academicismo de lo experimental, así que la provocación y la acomodación son simultáneas y hasta indistinguibles. Un cuadro pintado al óleo, por ejemplo, tendrá serias dificultades para ser aceptado en una exposición de tendencias últimas: un pollo con o sin la cabeza cortada, o un individuo que se practique incisiones en la piel delante de una cámara de vídeo, son sin embargo, tan indiscutibles, tan absolutamente canónicos como podía serlo hace cien años una alegoría en mármol del comercio marítimo”.  Muñoz Molina, A.: “Conocimiento prohibido”, El País, 9/4/97 

La calidad de una obra, sin importar su medio, se calificaría mejor, por la capacidad de crear mediante lenguajes simbólicos, líneas de comunicación y participación de la sociedad en la búsqueda de poéticas críticas y expresiones estéticas. Capacidad de expresar sus tensiones, sus miedos, sus angustias y sus deseos. “Las funciones del arte y de la política son hacer que la gente sueñe, cumplir con sus anhelos, transformar el mundo, cambiar la vida y ofrecer un escenario sobre el cual el deseo pueda actuar su fantasmal teatro”. Decía Jean-Francois Lyotard y ese, en esencia es uno de los postulados que sigue vigente para el arte actual. 

UN SALON QUE A PESAR DE TODO, JALONA Y PROYECTA.

Es bueno y sano recrear un salón que se abre y jalona. Se abre, porque esta desprejuiciado frente a los quehaceres culturales del medio; y jalona, porque propone maneras novedosas de llegar al hecho estético, nuevas vías; o vías ya transitadas pero que abordadas de una manera diferente y reinterpretadas muestran puertas y ventanas, oxigenan la escena que desde hacía un tiempo estaba secuestrada y reducida por la banda de los cuatro (cuatro gatos que no cazaban ratones, pero se hacían con todos los contratos y las subvenciones de la cartera pública). Punto aparte, se hace necesario que el salón impulse sin prejuicios ni complejos, nuevas miradas y nuevas búsquedas. Para los próximos salones, se podría pensar en una muestra alterna destinada solo a creadores que trabajen con técnicas más relacionadas con la artesanía y el arte decorativo; de esa manera asistiríamos a un salón menos fraccionado como el actual, en donde se pretende mostrar de un lado los inscritos en una especie de mainstream postmoderno, y de otro lado, los artistas que vienen ejerciendo su obra desde una perspectiva más tradicional. Un salón independiente que al estilo del B.A.T recupere una serie de prácticas tradicionales y artesanales (que si bien son desdeñadas desde la academia y los círculos de la intelligentzia), aportan mucho a las tradiciones y los oficios de nuestra región. En efecto, un salón en donde cerámica, cestería, curtiembres, textiles, barranquismos y otras labores se pueden exhibir en condiciones dignas, mostrando en muchas de ellas alternativas de economía sostenible, ornato público y tradición de saberes ancestrales. En definitiva un salón para artistas ––con todo lo que el concepto engloba–– y otro salón alterno de artesanías de altísima calidad. 

Realizar un salón alterno como el que se propone; un salón de artes tradicionales, requiere presupuestos decentes, no las miserables partidas destinadas a la cultura de las artes visuales en nuestro departamento. Esta no sería una feria más de artesanías, en ese salón se propone que participen creadores y artesanos que por su calidad y maestría, muestren la riqueza y la calidad del diseño autóctono. Esto potencializaría un mercado que se podría inscribir en el del turismo y en el de diseño tradicional. ––Se trata de ser propositivos como lo dicen y predican muchos, pero que en la práctica proponen pocos––. Esos mismos que despotrican contra las prácticas ancestrales de las artes, son hijos, de ceramistas y artesanos, cesteros y talabarteros, talladores y carpinteros, arrieros y cafeteros. Reniegan de sus raíces y como nouveaux riches se proclaman en la cresta de la vanguardia y se avergüenzan de sus ancestros. Desconocen por falta de cultura, de lecturas, de viajes y de estudio, que en nuestras sociedades confluyen de manera caótica estéticas coloniales y decoloniales; el modernismo, el postmodernismo y también algunas prácticas de transmodernidad conviven en sus manifestaciones arquitectónicas, en las artes, en las comunicaciones, en la arquitectura y en la literatura. 

Es verdad que no se ha podido construir una memoria colectiva, ni una identidad social ya que nuestra sociedad en conflicto, representa un campo de fuerzas encontradas; una burguesía aculturada en la estética del imperio del norte y una clase agrícola y proletaria signada por saberes y tradiciones vernáculas que resiste la expoliación y el desprecio. En el medio del sanduche, una clase media pauperizada y sin poder de decisión, acrítica y desdibujada en propuestas asistencialistas de ONG. Estas ciudades del eje cafetero y esta nuestra ciudad de Armenia se constituyen en las salas de exposiciones de esas contradicciones; el anfiteatro de ese juego complejo. Por lo tanto, debemos saber encontrar en su abigarrado laberinto, una luz o una esperanza. En palabras de Juan Villorio escritor mexicano: “Ciudad: lugar para perder la brújula de las calles y de uno mismo. Babilonia, Sodoma, Babel son otros nombres para estos paisajes de extravío y de caída. La selva de hierro y argamasa es un reto moral y recibe las invectivas de ‘monstruo’, ‘hidra’, ‘puta’. En sus arrabales sin término el ciudadano se expone a cautivadoras amenazas; los muros lo aíslan, las máquinas lo desviven, la muchedumbre borra su rostro, el trabajo lo enajena”
Villoro , Juan. (1996). La ciudad es el cielo del metro. 
Revista Número, No. 10. Bogotá. 

INVENTARIO MÍNIMO. 
EL LIRISMO DE LA NADA. EL JUEGO DE LOS PREMIOS.
Resumiendo en este apartado: un aspecto positivo del salón fue el declarar un inventario abierto a todas las prácticas artísticas, para después, y en perspectiva, buscar nuevos caminos mediante una selección de propuestas, una clasificación de intereses y una decantación de proyectos. Naturalmente que la crítica del salón no queda ahí, está el espinoso asunto de los premios. Y como en todo salón, el debate estará servido por un tiempo. 

Ahora, vienen los debates sobre la modernidad, la postmodernidad y las artes de vanguardia que es la otra cara de la moneda; el meollo del asunto y el quid de la cuestión que nos trae entre manos. Las disecciones que se abren en esta ciudad al tenor de este salón; las prácticas sociales en la esfera de las artes y el puente que se establece con los monumentos o esculturas públicas. 

La colectividad que organizó (escuché a las malas lenguas decir que la comunidad LGTB). Aclaro que, como improvisado periodista de la corriente Gonzo-Bonzo, recojo de primera mano ––sin que me constriña ni me ruborice la corrección política––, el habla sardónica del vulgo en medio del sarao. La comunidad que curó, organizó, seleccionó y premió a los ganadores del pasado salón; de alguna manera acertó al elegir como ganadora una obra que no dice nada sobra la realidad de la región y del país pero que expresa un sentimiento de abatimiento lírico; una obra se ahoga en una piscina de hastío; obra en los linderos del autismo y de la amnesia; obra solipsista: Nada de Nada, arar sobre el desierto nadar en una piscina de abyección en medio de un nicho cerrado en donde solo tienen futuro los que medran a las sombra del establecimiento. Nada para el proyecto existencial y cultural de un pueblo y de una cultura que se acostumbro a esperar bajo la sombra del silencio. Obras inocuas, asépticas, sin fuerza conceptual, social, ni política, para un pueblo que busca a tientas sus raíces y que camina narcotizado al centro de un circo ruidoso y festivo.
Obra, que representa de cierta manera, el hastío del artista colombiano frente a una sociedad futbolera, políticamente servil y violenta; en donde no importa para nada el pasado ya que se considera tierra quemada; el presente es evanescencia opiácea de fulgor mediático, y el futuro no se espera, se vive como pesadilla siempre postergada. Obra de ambición modesta en lo estético, deficiente en su ejecución, y solo sublimada en sus significados por la escritura conceptual de quien en este momento se ocupa de ella. Obra en la justa medida para una región en bancarrota espiritual y económica. La comunidad que realizó la mise en scene, acertó ya que ese es el espíritu que prevalece en medio del arte de nuestra región; derrotismo, espíritu pusilánime y desesperanza. 

ENTRE LA NADA Y EL FERROGLIFO.

Lo haré a la manera decimonónica:

Acompáñenme; pasemos a un escenario abierto, la rotonda…

Arte de vanguardia, escultura pública o NO escultura pública, para un NO lugar arquitectónico. Hablamos del ferro-glifo empotrado en la rotonda donde antes existiera un camello (que al parecer, ha desaparecido por el ojo de una gigantesca aguja, después de haber permanecido durante varios lustros sobre el filo de un enorme serrucho) es una manifestación de lo que puede ser un arte más cercano a lo conceptual que a lo objetual. No tiene volumen, es plano; su  decoupage permite al espectador dotado de alguna alfabetidad visual, soñar con perspectivas de chambranas y escaleras. Pintado de amarillo y con solo dos caras (debería haber intentado buscar al menos tres caras para de esa manera poder llegar a participar de los que el escultor llama como arte cinético) que tampoco es op art como acertadamente lo describió y con argumentos un académico y columnista de el único medio local. (No es Soto, no es Calder) pero si podría intentar llegar al trompe-l'œil.

El arte moderno, por el que muchos claman voz en cuello, se constituye algunas veces, en la impostura y en la parábola de una jugada maestra. No es su resultado final, sino el proceso que conlleva el poder dejar caer de punta sobre el césped que antes abonara un lánguido camélido de elástica cerviz, esta muralla de metal. No es el resultado en sí lo que cuenta en esa nueva escena del arte, sino los mecanismos por los que se acede a entrar en comunicación con los otros y/o a establecer la incomunicación. Ese arte relacional tan en boga hoy en las academias; arte relacional que se puede explicar ––muchas veces–– en las relaciones non santas entre políticos y algunos artistas para imponer proyectos de manera arbitraria. 

Es sin embargo y de otra manera, escultura de campo expandido, esa que bocetara en sus conceptos básicos Rosalind Krauss. Una casa, que NO es una casa en el aire; que NO es una casa de interés social, que NO es una casa abstracta en vías de desaparición (ya se sabe que los monumentos de la colonización antioqueña desaparecen por docenas todos los días cediendo paso a las “grandiosas” obras de la postmodernidad) y que tiene todos los elementos para llegar a ser un tótem a la vacuidad. También esta obra era necesaria. Después de un pequeño rodeo a la rotonda, diré por qué:
 Porque es arte expandido; escultura de no lugares. Escultura si se quiere de vanguardia y por la que se propugna en las academias de las que tanto hemos hablado; (su hija repudiada, la criatura no patentada).Un hueco, una montaña de cacahuetes, una colina de estiércol, una grieta en un museo, un trampolín sobre una piscina vacía. Aceptémoslo, estamos frente a una obra absolutamente postmoderna. La que allí parece establecer sus dominios, es la escultura tratando de buscar un diálogo con el espectador que no se concreta. La escultura ya no conmemora. La escultura ya no recuerda las gestas de antaño, quiere superarlas, abolirlas; quiere, a la manera de la transmodernidad, establecerse desde la periferia en el centro de la ola, delicada, plástica y liviana . Esta obra deja pasar por los vacios e intersticios de su metal perforado, los sueños de algo que ya fue superado y que quedó en el pasado como mitología telúrica y terrígena; algo que parece ser amenazado en su olvido; algo que parece ser deglutido y arrollado por otra cosa más compleja en su extensión, pero elemental y simplificada en su estética; algo que se puede ver en cualquier parte. Señal inequívoca de la NO estética de la globalización. 

Lo barato y lo caro

De cierta forma una manera de afrontar esa vacuidad, ese nihilismo sin referentes ni perspectivas que propone la clase política de la región. Una escultura barata y cara al mismo tiempo. Barata por los materiales que en pocos años se convertirán en óxido férrico ––si no se han utilizado las pinturas adecuadas–– convirtiéndola en la señal de un peligro latente. Y cara, ya que ese espacio era importante para los referentes simbólicos de este pueblo. Barata como los emblemas, lazos con los que se condecora a los artistas que participan de los fandangos y yipaos; y que propone la administración con la aquiescencia de sus obsecuentes animadores. Símbolos de soga al cuello. De igual manera, “Cafetos de Oro” que son de latón; ––sobre ellos, ni siquiera se aplicó una patina ennoblecedora de tumbaga––. Trofeos kitsch para los que comen de la mermelada oficial en platitos de plástico; comensales baratos del gran serrucho estatal. Y caros, porque lo barato sale caro.
Decía Caro el artista antioqueño “TODO ESTA MUY CARO”; y en el mercado de las licitaciones con el establecimiento, los precios baratos a la postre resultan muy caros.
Pero ese era el monumento que se requería para los intereses de los patrocinadores. No una figura de pesebre. No una heroica figura fundadora y dinámica como la hubiese elaborado el maestro Arenas Betancourt; no un símbolo moderno de connotaciones ancestrales inspirado en el diseño precolombino como lo hubiese ejecutado un Rayo, un Negret, un Villamizar. Sino una tarjeta amarilla, un chip de metal, un ferro-glifo sin más connotaciones que la de los intereses que rodea los asuntos políticos y los asuntos urbanísticos de esta ciudad. Una ficha totémica sin raíces, sin connotaciones históricas y con pretensiones de transmodernidad. El desafío de las estéticas decoloniales tan en boga, es aparentar que se insertan en la esfera global. Era eso lo que se requería para romper de una vez con décadas de vernaculismo. En esta ciudad los políticos nunca han mirado el paisaje cafetero como una idea compleja, dinámica e interrelacionada; lo asumen como pequeñas parcelas de interés burocrático y ese puede ser el verdadero significado de esa escultura: una pequeña parcela de interés político-burocrático, señalizada mediante un mojón amarillo para demarcar un territorio. Un gesto audaz de cara a otros políticos y no de cara a la ciudadanía. 

Que no se hubiese realizado un concurso ––como se debería haber realizado––, para buscar elegir una obra dentro de un amplio abanico de posibilidades conceptuales y estéticas; me lleva a pronosticar, que en el futuro inmediato, este monumento podría ser destinado a los desguazaderos donde terminan, (por caprichos de alcaldes y de nuevos políticos), “los grandes proyectos” que no están en su agenda.
 Un concurso en donde se gane por meritos, por diseño, por elementos contemporáneos y relación estética de la obra con el espacio, se impone para todas las propuestas futuras en esta parroquia. 
Si esto no cambia, seguiremos soportando lo que se hace en el eje cafetero colombiano desde hace mucho tiempo; que la cultura y el arte se desligaron de los aspectos sociales, mediatizados por la burocracia corrupta y la politiquería inepta. Esta solo entiende la cultura como artes masivas del entretenimiento; la pachanga, la cabalgata equina y los jinetes borrachos, la comparsa de marimondas, la cumbia villera de lechona y año viejo, para los que sandunguean al ritmo impuesto desde las orquestas en las esferas del poder. Carnavales muy cercanos a las estéticas medievales de la que hablara Bajtín ––arriba citado–– pero sin su carga de desacralización, a lo sumo emparentados por las cantidades ingentes de alcohol y chicha que beben los parroquianos de estas comarcas. Esto es en ultimas, resultado del contubernio dañino entre ciertos colectivos artísticos y los políticos de la Societa Honorata que maneja la Cosa Nost Quería decir, la cosa pública. Se sabe por ejemplo, de folcloristas con academia de bambuco y porro, que explotan a decenas de muchachos para que formen sus comparsas sin pagarles un solo peso; mientras ellos ejercen con diligencia labores de lobby y cepillo en las oficinas gubernamentales. De esa manera se llevan millones cada año para sus mochilas arahuacas. No se trata solo de folclor, se trata de tráfico de influencias y politiquería de la más ramplona, a ritmo de bullerengue y de paseo… De paseo millonario. 

 PUNTO FINAL.

Entre estas dos obras que he tomado como ejemplo y excusa para mi disertación, existen muchas otras; Las que han sido y fueron censuradas por los jurados de hígados exquisitos, que como pavos cebados para el paté, desde hace años vienen siendo alimentados en las haciendas de la burguesía bogotana. Entre estas dos anodinas obras que he tomado como referentes del arte actual de esta ciudad, también están las otras obras; las que se expresan desde todo los puntos cardinales de nuestro eje cafetero y gritan con fuerza sobre un puente defectuoso; ese que comunica las regiones más profundas donde crecen las raíces, a otro espacio, en donde los artistas y sus creaciones se expondrán y se comunicarán de manera directa con su público; las flores de esos árboles estéticos, en un futuro se abrirán bajo nuevas y más favorables condiciones de luz.
Eso esperamos, y por eso propugnamos.

Omar García Ramírez
 Oct/2013.
Armenia/ Quindío.