jueves, 15 de septiembre de 2011

PASAJERO NEGRO


PASAJERO NEGRO

La vida es una canción que huye hacia un lejano puerto; sabemos que viajamos siempre hacia ese destino por todos conocido, dentro de hermético cuarto metálico. Vagón de tren, obscuro espectro segregado de la factoría. Desde afuera llega un olor de musgo y aire salitroso, al silencioso tren. Hombre que fuma su cigarro envuelto en una nube de humo azul, de aroma dulzón acre. Ve pasar el valle, un poste telegráfico, un triceraptus que mordisquea una palmera, el trópico verde alucinante.

El pasajero del vestido negro, y una piel curtida por el sol y la tempestad, apura su cerveza en lata que después tritura y arroja por la ventana, (blanca estela, sed del polvo). Luego un cigarrillo que consume a chupadas lentas y profundas, mientras su mirada de miel carcomida se vitrifica en una tarde de sol que calcina el óxido mineral de las montañas.

La camarera pasa mirando muy interesada, el pasajero del vestido negro carbón coke, le da una orden para dos cervezas sin dejar de mirar ausente por la ventana, ella se aleja contoneando su figura y exudando un perfume de caña brava y ron. Regresa con las dos cervezas que aún conservan restos de hielo como icerbergs atrapando ojivas nucleares; con gesto tranquilo las coloca sobre la mesita plegable y con coquetería desabrocha su blusa dejando ver unos senos bastante saludables y de pezones grandes y aureolados, pasa su brazo por encima de la casposa solapa del pasajero de negro y con gran habilidad enciende otro cigarrillo rubio que toma de la cajetilla. Expulsa el humo que sale de su boca colorete rojo sobre el rostro del viajero que no levanta su mirada de un periódico donde se informa con grandes titulares, sobre una masacre en Segovia Antioquia. "La procuraduría investiga".

El hombre dobla con fastidio el periódico y mira a la camarera a través de unos lentes polarizados sobre los que se proyecta una vieja película de los hermanos Lumier. La camarera le recuerda a una prostituta que había conocido en Amsterdam, que usaba pintalabios con ese color rosa podrida; llevaba en su cartera una navaja Victorinox Suiza y tenia un reloj con números de LSD sobre la mesa de noche.

La camarera se contorsiona con un placer amaestrado y besa con detenimiento al pasajero negro, mientras coloca sus piernas veladas sobre la litera de enfrente. Hay un rápido movimiento del hombre, como un capotazo de saco manchado de cerveza y ceniza de cigarro. El pasajero de rostro abuzardado por un acné juvenil, fornica rítmicamente con la mujer que exhibe sin pudor y con euforia su derrier de generosas proporciones. Alcanzan una crisis demencial acompañados de alaridos y respiraciones jadeantes de animales enjaulados, mientras por el suelo cae un maletín de cuero negro del que saltan papeles y mapas de topografías inhóspitas.

El pasajero de negro reacomoda sus pertenencias y con parsimonia matemática, reorganiza sus ropas. La camarera se va un poco como flotando levemente, patinando con maestría sobre una banda de caucho. Un altavoz anuncia que el tren 457 ha llegado a un lugar de geografía de montaña del país; el pasajero de negro toma su maletín y su gabán; desciende en una estación en donde una bruma constante y cierta llovizna pertinaz azota su rostro de asteroide seco. Desaparece en una carcajada de vapor.

Omar García Ramírez.