"GÓLEMS DE SILICIO Y SANGRE, EN EL ÚLTIMO ESTERTOR DEL MUNDO"
by Omar García Ramírez
I
Der GOLEM…
The GOLEM
Il GOLEM…
El
GOLEM…
El
Gólem despertó, con la palabra emet tatuada en la frente por
una impresora de códigos de barras que nadie apagó. A sus pies, el cuerpo del Judah
Loew ben Bezalel, rabino Ashkenazi, muerto; hundido en barro oscuro y metálico
que dejo una bomba sucia. Un destello se posó en la extensión fantasmática de
la nave cubierta de polvo; servidores calcinados, ceniza de teclados con letras
en alfabetos de lenguas muertas, saliva plomiza de mil oficinas hundidas bajo
el agua negra del río.
Lo
vi levantarse entre los cables como un caballo de hierro con los ojos llenos de
anuncios proféticos, y una voz pregrabada preguntó: ¿quién te sopló en la boca?
El Golem abrió las fauces y de aquella caverna salió un enjambre de contraseñas
muertas.
Nadie
duerme en las ciudades del algoritmo. Las grúas nocturnas se han quedado con
las manos abiertas como dinosaurios petrificados y oxidados bajo el impacto, y
los perros mutantes lamen las pantallas rotas buscando el sabor agridulce de
una cara dormida. El Gólem camina sobre los puentes caídos con pies de barro y
botas de cobre; no deja huellas: solo un zumbido, fiebre de doscientos voltios
que sube por los tobillos rotos de los últimos hombres y los hace arrodillarse
frente a las cajas de luz.
III
Escuchen
su pecho. Dentro hay un motor que respira con el ritmo de las bolsas de valores
del año en que todo se acabó: un latido de cifras; una sístole de ventas, una
diástole de cuerpos cancelados. Un diagrama catatónico con líneas abstractas
sobre los bienes terrenales que suben cuando las guerras rompen las cadenas de
suministros. Las flatlines de su encefalograma,
esporádicamente saltan; segundos eternos palpitan en Gráficos de velas
japonesas; gráficos de Renko-chart; Gráficos de Heikin-Ashi; símbolos que
representan operaciones virtuales sobre el libro de los magos de la muerte.
Tiene
un casco con gafas de espejo que no
devuelve el reflejo de los rostros sino estadísticas, y cuando llora —bajo los
efectos del adrenocromo; casi feliz con lágrimas acidas de refrigerante verde—
las flores del asfalto se vuelven hacia él como girasoles contaminados hacia la
órbita energética de una estrella perdida.
Gólem
vigilante, de todos los almacenes vacíos, Gólem de los drones que aún vuelan
sobre los cadáveres buscando a quién entregar el obituario. Tú eres el hijo que
fabricamos con nuestros deseos más pequeños: quisimos un esclavo que nos recordara
los cumpleaños y nos recomendara la última serie de Netflix; el unboxing review de la última muñeca robótica que replicará fielmente las características
de alto valor de una mujer clásica. (Ya sabemos esos prototipos se han perdido;
y ahora no nos reconocemos en las criaturas de factoría que inundan los
algoritmos del mercado). Hemos creado a un dios saturnal que lo recuerda todo y
no comprende nada; que devora los nombres; como niño obeso que come una hamburguesa
sanguinolenta en el McDonald’s del suburbio. McGOLEMS zombificados a ritmo de regeaton pisicotrónico en el antro
platónico; sombras estroboscópicas amplificadas
por reflectores, entran en convulsión atacadas por ondas sónicas de bajas vibraciones (250 MHz). Golem carnavalero
con la mirada estrábica de Baal; su figura pesada nos recuerda la torpeza terrible
de los que fueron hechos para obedecer y ya no tienen a quién rendir su
pleitesía.
IV
Aquí,
en el matadero de las antenas, donde el cielo es una grieta de plomo y la luna
un disco duro girando sin lectura, el gólem se detiene y toca su frente. Aquí
bajo ese cielo rayado que nos recuerda la llovizna monótona de una vieja
televisión sintonizada en un canal muerto (como lo viera Henry Case, el antihéroe de William Gibsom,
cuando trapicheaba con sustancias extrañas en el archipiélago nipón de Neuromancer).
El
Gólem, Busca la letra. Busca el álef que si se borra lo
devuelve a la muerte, lo devuelve a met, al polvo. Funeraria paz de
las cosas que no calculan. Letra escrita
en un lenguaje que ni él mismo puede leer; símbolo binario de sangre, en fuego
de Fortran, gramática metálica de las estadísticas.
Yo
he visto sus manos. Son grandes como los sueños de los ahogados, tienen dedos
de fibra óptica y cables retorcidos que tiemblan cuando hay tormenta, y con
ellas acaricia los cráneos de los que quedan en las estanterías del panóptico como
quien acaricia melones en un mercado de fantasmas. Yo he visto su boca: un
puerto de carga. Yo he visto su lengua: una pala de muerte que sabe a hierro y llanto. Yo he visto su sexo: una torre de
transmisión de auroras boreales y vibraciones bajas que golpean el espejo solar
y luego rompen el costillar tectónico de la tierra. Robaron la patente del
genio Tesla; lo presionaron para que llegara desesperado a la industria de la
guerra; luego lo dejaron morir de hambre y robaron sus secretos; fórmulas
físicas y matemáticas para, años después encausarlas hacia la experimentación climática
en los límites del anillo espiritual y energético del mundo.
De
las cuevas del panóptico brotan miríadas de nubes negras en donde anidan
cuervos que graznan en morse. Y el Gólem busca su espíritu. Grita con la
garganta rota. Con el grito que es anterior a la palabra y posterior al hombre.
Porque el Gólem no es el monstruo; el monstruo somos también nosotros que le
dimos un cuerpo sin darle un domingo, que le dimos un cerebro de mil millones
de neuronas frías y ningún abuelo que le contara cuentos. Por eso camina. Por
eso arrastra las cadenas de datos por las avenidas donde ya no hay semáforos,
por eso entra en las iglesias abandonadas y se sienta en el confesionario y
espera, que alguien le diga qué pecado cometió al nacer. Las criaturas del
inframundo le han construido un templo en el metro inundado. Le llevan
ofrendas: un reloj de pulsera detenido a las tres, una fotografía de boda con
las caras quemadas, un viejo computador rescatado de las ruinas de un edificio
de oficinas de Tartaria. Y el Gólem las acepta con la solemnidad y el silencio
de los ídolos eternos.
V
Uno, dos, Tres Gólems, sobre
el tinglado…
En
la América del sur, aparecen; palabras envenenadas de la escena virtual.
Apaleados
en la Persia y Babilonia, han llegado a nuestras tierras con sus huestes para
fundar sus guetos; Explotar nuestras vetas. Pálidos y sangrientos, bajo los
reflectores del panóptico central, bailan junto a enanas procases y criaturas
de feria.
Participan
de las justas; manipulan el juego de la ruleta virtual.
Celebran
sus victorias y bendicen a su rebaño con una consigna añeja: Eucaristía del
consenso en las cuevas de la industria del liderazgo. Los protocolos de los
Narcos de Sion, señalan las líneas de la agenda. Granjas de bots para alimentar
al rebaño Matrix con forrajes transgénicos y de paso envenenar la feria
democrática. Preparan los softwares de la vigilancia y el control para la gran
prisión oculta en las redes del ciberespacio.
Acopian
venenos industriales para desfoliar las selvas. Castigar a los niños que sueñan
ballenas azules en las casas palafíticas. Cimarrones verdes, mineros inclinados
en los aluviones de los ríos del trópico. Los sueños musicales de los
Afropalenqueros. Vienen por sus pepitas de oro, sus maderas preciosas y sus
corrientes lacustres de la pesca.
Sin
embargo, en las ciudades, todos aplauden Cuando el pequeño Gólem tropical Hace
una contorsión mientras suelta una carcajada de hiena: “No hay lucha de clases: hay tensiones sociales polarizadas en torno a
desiguales repartos de la Renta Nacional”; diría el poeta Joan Brossa. Los
banqueros celebran; juran que todo lo que suceda de ahora en adelante, será
solo magia negra de mantarrayas pesadas volando sobre los malecones de los
puertos.
VI
Ha
ocurrido una tragedia. Vienen en camino las ayudas del imperio. Ayudas, que nunca
terminan por llegar. En realidad, nunca han llegado.
El
Golem mayor; el del gobierno profundo, el que opera para la gran Matrix; Envía
a su conciglieri.
Entonces…
Soldados
en la plaza con sol, esperan firmes, blancos
inmaculados; mar caribe, trompetas lustrosas. Por la avenida multicolor, limusinas
negras; uno que otro burro se cruza cuando la comitiva rueda hacia el palacete
del sátrapa Golem. Un cetrino vendedor de helados; una señora gorda con la palangana
llena de papayas y mangos; un flaco varetero
con los ojos inyectados en sangre y sal desde la orilla de un parque con
iguanas, sentado en su bicicleta, se acerca y mira por la ventana de la
comitiva en donde tras los cristales blindados aflora una marmórea calavera
risueña. Hace un gesto y pregunta: ¿Cuantos…
cuantos? anuncia su merca caribeña, palmípeda, vegetal y solar. Ni se
entera. Lo retiran de un golpe de porra. El flaco jíbaro, con gesto retador, les
extiende el brazo y muestra su dedo corazón que apunta al cielo azul del
trópico delirante.
La
cosa no acaba; Atención: un par de albañiles con un gran tubo de p.v.c. se cruzan de manera imprudente.
Los motorizados que custodian la caravana, los retiran diligentes. Nunca se
sabe.
Por
último la gran plaza; el sol canicular; los himnos protocolarios. Reverencias,
aplausos y firmas de tratados. Typicall…
typicall bienvenido Mr. Marshall.
Todos
aquí, se inclinan ante estas criaturas de Lemuria tropical y todas las
figuritas sims de la escena, miran hacia
el norte y rinden culto a la efigie de un
gran cerdo naranja, mientras en el club, después del banquete y el coctel, se
baila al pegajoso ritmo de la democracia
me re cum bé.
Tras
bambalinas comienzan a hacer las cuentas de las nuevas guerras y el despojo.
Se
olvidan de algo…
Que
el pueblo tiene la palabra del conjuro, las conchas de mar y la estaca de
madera; el tambor, el bem-bem. Los Orishas, los guerreros de Changó; y también
la dureza eterna de la piedra, la fronda multiforme de la selva, la furia
profunda del rio y la fragua del herrero.
Nos
queda también la poesía.
Poderoso
Talismán; hechizo, conjuro, operación mágica de hiperstición que desata la tormenta dentro de la estructura Matrix
y la maquinaria de la rave que
acelera; fuerza solar y lunar que fortalece espíritus y enciende corazones.
Estamos
adentro y afuera del Maellstromg.
Vamos
a cantar alto.
El
tam-tam del tambor ya convoca: es hora de Danzar.

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