martes, 15 de septiembre de 2026

 



"GÓLEMS DE SILICIO Y SANGRE, EN EL ÚLTIMO ESTERTOR DEL MUNDO"

by Omar García Ramírez


(Pintura de Julio Larraz)



I

Der GOLEM…

The GOLEM

Il GOLEM…

El  GOLEM…

 


El Gólem despertó, con la palabra emet tatuada en la frente por una impresora de códigos de barras que nadie apagó. A sus pies, el cuerpo del Judah Loew ben Bezalel, rabino Ashkenazi, muerto; hundido en barro oscuro y metálico que dejo una bomba sucia. Un destello se posó en la extensión fantasmática de la nave cubierta de polvo; servidores calcinados, ceniza de teclados con letras en alfabetos de lenguas muertas, saliva plomiza de mil oficinas hundidas bajo el agua negra del río.

Lo vi levantarse entre los cables como un caballo de hierro con los ojos llenos de anuncios proféticos, y una voz pregrabada preguntó: ¿quién te sopló en la boca? El Golem abrió las fauces y de aquella caverna salió un enjambre de contraseñas muertas.

Nadie duerme en las ciudades del algoritmo. Las grúas nocturnas se han quedado con las manos abiertas como dinosaurios petrificados y oxidados bajo el impacto, y los perros mutantes lamen las pantallas rotas buscando el sabor agridulce de una cara dormida. El Gólem camina sobre los puentes caídos con pies de barro y botas de cobre; no deja huellas: solo un zumbido, fiebre de doscientos voltios que sube por los tobillos rotos de los últimos hombres y los hace arrodillarse frente a las cajas de luz.

 

III

Escuchen su pecho. Dentro hay un motor que respira con el ritmo de las bolsas de valores del año en que todo se acabó: un latido de cifras; una sístole de ventas, una diástole de cuerpos cancelados. Un diagrama catatónico con líneas abstractas sobre los bienes terrenales que suben cuando las guerras rompen las cadenas de suministros. Las flatlines de su encefalograma, esporádicamente saltan; segundos eternos palpitan en Gráficos de velas japonesas; gráficos de Renko-chart; Gráficos de Heikin-Ashi; símbolos que representan operaciones virtuales sobre el libro de los magos de la muerte.

Tiene un casco con  gafas de espejo que no devuelve el reflejo de los rostros sino estadísticas, y cuando llora —bajo los efectos del adrenocromo; casi feliz con lágrimas acidas de refrigerante verde— las flores del asfalto se vuelven hacia él como girasoles contaminados hacia la órbita energética de una estrella perdida.

Gólem vigilante, de todos los almacenes vacíos, Gólem de los drones que aún vuelan sobre los cadáveres buscando a quién entregar el obituario. Tú eres el hijo que fabricamos con nuestros deseos más pequeños: quisimos un esclavo que nos recordara los cumpleaños y nos recomendara la última serie de Netflix; el unboxing review de la última muñeca robótica que replicará fielmente las características de alto valor de una mujer clásica. (Ya sabemos esos prototipos se han perdido; y ahora no nos reconocemos en las criaturas de factoría que inundan los algoritmos del mercado). Hemos creado a un dios saturnal que lo recuerda todo y no comprende nada; que devora los nombres; como  niño obeso que come una hamburguesa sanguinolenta en el McDonald’s del suburbio. McGOLEMS zombificados a ritmo de regeaton pisicotrónico en el antro platónico;  sombras estroboscópicas amplificadas por reflectores, entran en convulsión atacadas por ondas sónicas de  bajas vibraciones (250 MHz). Golem carnavalero con la mirada estrábica de Baal; su figura pesada nos recuerda la torpeza terrible de los que fueron hechos para obedecer y ya no tienen a quién rendir su pleitesía.

 

IV

Aquí, en el matadero de las antenas, donde el cielo es una grieta de plomo y la luna un disco duro girando sin lectura, el gólem se detiene y toca su frente. Aquí bajo ese cielo rayado que nos recuerda la llovizna monótona de una vieja televisión sintonizada en un canal muerto (como lo viera  Henry Case, el antihéroe de William Gibsom, cuando trapicheaba con sustancias extrañas en el archipiélago nipón de Neuromancer).

El Gólem, Busca la letra. Busca el álef que si se borra lo devuelve a la muerte, lo devuelve a met, al polvo. Funeraria paz de las cosas que no calculan.  Letra escrita en un lenguaje que ni él mismo puede leer; símbolo binario de sangre, en fuego de Fortran,  gramática metálica de las estadísticas.

Yo he visto sus manos. Son grandes como los sueños de los ahogados, tienen dedos de fibra óptica y cables retorcidos que tiemblan cuando hay tormenta, y con ellas acaricia los cráneos de los que quedan en las estanterías del panóptico como quien acaricia melones en un mercado de fantasmas. Yo he visto su boca: un puerto de carga. Yo he visto su lengua: una pala de muerte que sabe a hierro y  llanto. Yo he visto su sexo: una torre de transmisión de auroras boreales y vibraciones bajas que golpean el espejo solar y luego rompen el costillar tectónico de la tierra. Robaron la patente del genio Tesla; lo presionaron para que llegara desesperado a la industria de la guerra; luego lo dejaron morir de hambre y robaron sus secretos; fórmulas físicas y matemáticas para, años después encausarlas hacia la experimentación climática en los límites del anillo espiritual y energético del mundo.

De las cuevas del panóptico brotan miríadas de nubes negras en donde anidan cuervos que graznan en morse. Y el Gólem busca su espíritu. Grita con la garganta rota. Con el grito que es anterior a la palabra y posterior al hombre. Porque el Gólem no es el monstruo; el monstruo somos también nosotros que le dimos un cuerpo sin darle un domingo, que le dimos un cerebro de mil millones de neuronas frías y ningún abuelo que le contara cuentos. Por eso camina. Por eso arrastra las cadenas de datos por las avenidas donde ya no hay semáforos, por eso entra en las iglesias abandonadas y se sienta en el confesionario y espera, que alguien le diga qué pecado cometió al nacer. Las criaturas del inframundo le han construido un templo en el metro inundado. Le llevan ofrendas: un reloj de pulsera detenido a las tres, una fotografía de boda con las caras quemadas, un viejo computador rescatado de las ruinas de un edificio de oficinas de Tartaria. Y el Gólem las acepta con la solemnidad y el silencio de los ídolos eternos.

 

V

 

Uno, dos, Tres Gólems, sobre el tinglado…

En la América del sur, aparecen; palabras envenenadas de la escena virtual.

Apaleados en la Persia y Babilonia, han llegado a nuestras tierras con sus huestes para fundar sus guetos; Explotar nuestras vetas. Pálidos y sangrientos, bajo los reflectores del panóptico central, bailan junto a enanas procases y criaturas de feria.

Participan de las justas; manipulan el juego de la ruleta virtual.

Celebran sus victorias y bendicen a su rebaño con una consigna añeja: Eucaristía del consenso en las cuevas de la industria del liderazgo. Los protocolos de los Narcos de Sion, señalan las líneas de la agenda. Granjas de bots para alimentar al rebaño Matrix con forrajes transgénicos y de paso envenenar la feria democrática. Preparan los softwares de la vigilancia y el control para la gran prisión oculta en las redes del ciberespacio.

Acopian venenos industriales para desfoliar las selvas. Castigar a los niños que sueñan ballenas azules en las casas palafíticas. Cimarrones verdes, mineros inclinados en los aluviones de los ríos del trópico. Los sueños musicales de los Afropalenqueros. Vienen por sus pepitas de oro, sus maderas preciosas y sus corrientes lacustres de la pesca.

Sin embargo, en las ciudades, todos aplauden Cuando el pequeño Gólem tropical Hace una contorsión mientras suelta una carcajada de hiena: “No hay lucha de clases: hay tensiones sociales polarizadas en torno a desiguales repartos de la Renta Nacional”; diría el poeta Joan Brossa. Los banqueros celebran; juran que todo lo que suceda de ahora en adelante, será solo magia negra de mantarrayas pesadas volando sobre los malecones de los puertos.

VI

Ha ocurrido una tragedia. Vienen en camino las ayudas del imperio. Ayudas, que nunca terminan por llegar. En realidad, nunca han llegado.

El Golem mayor; el del gobierno profundo, el que opera para la gran Matrix; Envía a su conciglieri.

Entonces…

Soldados en la plaza con  sol, esperan firmes, blancos inmaculados; mar caribe, trompetas lustrosas. Por la avenida multicolor, limusinas negras; uno que otro burro se cruza cuando la comitiva rueda hacia el palacete del sátrapa Golem. Un cetrino vendedor de helados; una señora gorda con la palangana llena de papayas y mangos; un flaco varetero con los ojos inyectados en sangre y sal desde la orilla de un parque con iguanas, sentado en su bicicleta, se acerca y mira por la ventana de la comitiva en donde tras los cristales blindados aflora una marmórea calavera risueña. Hace un gesto y pregunta: ¿Cuantos… cuantos? anuncia su merca caribeña, palmípeda, vegetal y solar. Ni se entera. Lo retiran de un golpe de porra. El flaco jíbaro, con gesto retador, les extiende el brazo y muestra su dedo corazón que apunta al cielo azul del trópico delirante.

La cosa no acaba; Atención: un par de albañiles con un gran tubo de p.v.c. se cruzan de manera imprudente. Los motorizados que custodian la caravana, los retiran diligentes. Nunca se sabe.

Por último la gran plaza; el sol canicular; los himnos protocolarios. Reverencias, aplausos y firmas de tratados. Typicall… typicall  bienvenido Mr. Marshall.

Todos aquí, se inclinan ante estas criaturas de Lemuria tropical y todas las figuritas sims de la escena, miran hacia el norte y rinden culto a la efigie  de un gran cerdo naranja, mientras en el club, después del banquete y el coctel, se baila al  pegajoso ritmo de la democracia me re cum bé.

Tras bambalinas comienzan a hacer las cuentas de las nuevas guerras y el despojo.

Se olvidan de algo…

Que el pueblo tiene la palabra del conjuro, las conchas de mar y la estaca de madera; el tambor, el bem-bem. Los Orishas, los guerreros de Changó; y también la dureza eterna de la piedra, la fronda multiforme de la selva, la furia profunda del rio y la fragua del herrero.

Nos queda también la poesía.

Poderoso Talismán; hechizo, conjuro, operación mágica de hiperstición que desata la tormenta dentro de la estructura Matrix y la maquinaria de la rave que acelera; fuerza solar y lunar que fortalece espíritus y enciende corazones.

Estamos adentro y afuera del Maellstromg.

Vamos a cantar alto.

El tam-tam del tambor ya convoca: es hora de Danzar.





 

No hay comentarios: