domingo, 30 de marzo de 2014

VISITANTES DEL DUENDE EN CARRERAS DEL INFIERNO.









"METAL RIFF PARA UNA SIRENA VARADA"

(OMAR GARCÍA RAMIREZ)





VISITANTES DEL DUENDE


EN CARRETERAS DEL INFIERNO





¿Cómo expresarlo? ...


¿Cómo decirlo? ...


¿Tomar una palabra, luego una oración para arrojarla al fuego?


¿Una frase poética, intentar algo lírico? ...


Mejor buscar algo coloquial, sin brillo; ––lluvia sobre mojado––; lugares comunes. O acaso dejarse llevar por la corriente y que decida ella, la voz, una voz que no es la nuestra, a lo mejor la de uno de ellos.


Uno de los caminantes del duende en las autopista del infierno...



Juanita Ballard tomó camino y se fue a la montaña blanca, ligerita de equipaje y casi transparente. Allí sobre la cima se dobló, sus senos tocaban el costillar tectónico de la montaña sagrada. Los pinos se agitaban y lloraban con lágrimas de cielos verdes. Sangraba ella, boqueaba sobre el precipicio.


El viento la engalanó con una bufanda roja de libertad. No se inmortalizó. Apareció en las páginas judiciales de algún periódico de provincia. Pero en la memoria de todos los jóvenes de aquella tribu, su rostro de heroína francesa recortándose frente al viento, se hizo memoria colectiva. Cayó de lado, como una gaviota que se extingue sobre una ola de aire y nieve. La encontraron sobre las rocas. Su cara de pájara azul estaba cubierta por una máscara de escarcha.



Pedro Sinisterra también se fué a lo suyo, era la velocidad su fantasma atávico, su melodía de maquinaria y gasolina. Acompañó su vida con el background de una banda sonora, pesada y metalera. Le gustaba el speed y también los poopeers que lo ponían a circunvalar el sistema que gira en torno a la gran cisterna. Había tenido seis accidentes de tránsito. Había perdido una pierna. En una temporada veraniega en Europa, recorrió las autopistas desde el sur de España hasta Polonia pasando por Ámsterdam. Conducía una Scorpa francesa. En su pierna ortopédica llevaba el alijo. Regresó con el dinero a dilapidar en su fiesta de duende trotamundos. Buscando combustible se fue de callejón en callejón, de alcantarilla en alcantarilla y de allí a la velocidad del forajido que escapa del condado, se estrelló contra una valla de ron Viejo de Caldas. (Un carro prestado, mala forma de morir). Su cuerpo alcoholizado era el de un ángel escapado del reformatorio. Una figura señera sobre el santoral de los caminantes del Dharma. Había dejado una nota que nadie pudo entender debido a una caligrafía chinesca y temblorosa; jeroglífica de alucinado.



Antonio Ferreira se extasiaba con los manglares, las madreselvas y los frailejones, se vinculó a una cofradía ecologista radical; se fue de viaje buscando el honguito sobre los páramos de Páez y Sumapáz y por allí se quedó colgado de una nube bajita con cara de pez globo. Una nube bajita con cara de mohán de lluvia, jaguar de niebla. Nube pesada y gris como ave de mal agüero que lo cubrió bajo su ala. Duró perdido 15 días. Regresó flaco, pálido y mojado, pero ya su cerebro había resistido demasiado; sus ojos habían visto otro mundo y su boca verde ya no pronunciaba palabras. Se quedó en silencio viendo por su ventana del quinto piso frente al centro de la ciudad y no recibió más visitas. Hace tiempo no se sabe nada de él. Detrás de su ventana lluviosa se adivina la historia de otro fantasma. Otro duende caminante del veneno.



A Periquita Fernández le gustaba la burujuana y la vida de lentejuelas y carnaval, componía y bailaba dentro del pentagrama bohemio, le gustaba el sarao, el fandango y el candombee. Su cuerpo estaba hecho de música Caribe, ––barracuda en aquelarre de ruido sinfónico––. No esa musiquita ligera de la que hablan algunos poetas, ella tenía cuerpo de música densa como la que emanan los calamares rojos en su época de acoplamiento; como el de moluscos quinéticos en otoño; asumía el aura de los pararrayos catódicos sobre las ciudades de la peste en el invierno; el susurro de los encefalogramas lisérgicos en los hospitales del miedo. Estaba dotada de un cuerpo para recibir la noche en una orgía interminable; danza de las pieles y el sexo. Su cara; (maquillaje de rubor graso), estaba acostumbrada a los reflectores y a las bombillas epilépticas. Daba lo suyo por evadirse dentro de una discoteca, había creado su hábitat y su nicho en un ambiente puntillista y poliforme. (Yo me la imagino entrando toda flaca y multicolor en un espacio de vicio como el del poeta Piñeiro, el mariquita cubano) hasta desvanecerse; hasta quedar reducida a una partícula de polvo cósmico, flotando bajo una lámpara-bulbo que se fragmentaba, una noche cualquiera acompañada de su chulo de ocasión. ––Esta vida es alegre, pero cobra en efectivo las risas––. Ella, como no, cuando se vio sin parné y sin un duro, se dedicó a deambular por los callejones de Miserabilalia, hasta que trastabilló y se fue de bruces. Cayó sobre una nota vibratoria, violín metálico que le dejaba sin energías y sin aires.


Meses atrás la vi; estaba en otra onda, parecía sorda. Había perdido 12 carteras, 10 años, 20 kilos y 3 dientes. Su cuerpo parecía haber recibido los azotes de la noche. Una cocotte que caminara adentro de las sombras. Gambeteaba con sus huesos porteños la garúa nocturna. No me reconoció y yo tampoco. Nos vimos desde lejos como dos fantasmas ausentes. Solo alcancé a ver en su vestidito de flores amarillas, destellos de su vida alegre. Llega a mí, su vieja imagen de vez en cuando; como un canto de verano. La vi pasar mientras se internaba en una frontera urbana llena de ruidos y luces acuáticas. Ya no era un gorrión ––nervioso cobre––. Lucía una piel macilenta de murciélago.


Algo más trágico le ocurrió a Pedro Catarsis quien con su grupo de rock “Violines Pesados” (una pandilla simpática que no alcanzó a prosperar en el medio) se fueron a una casona campestre que le había dejado la abuela a su novia Verónica Morgana. Todos ahí con su grupo y sus gouppies. Llegaron a ensayar una tarde y se quedaron tres días, habían llevado merca y farlopa; torta vino y merengue, como para unas semanas. Primero sintieron ruidos, y luego constantes bajones de electricidad. No habían podido avanzar hasta que después de las diez de la noche todos empezaron a tocar como si estuvieran inspirados. Las manos corrían rápida y ligeras sobre las estratocasters; la pianola eléctrica aullaba y destilaba melodías forjadas sobre un metal gore y obscuro; del violín de Verónica emanaban notas que hubiesen agradado a Paganini, a Poe y a Ligeia. Solos, en automático, y casi sin consultar para nada al talento y la perica en el cerebro de aquellos cuatro músicos que se habían dejado llevar por el duende, los instrumentos respondían magistralmente; parecían seres vivos que sin manejo, soltaban sus melodías envolviéndolo todo en una atmosfera de ajenjo violeta, como criaturas que solo necesitaran del roce ligero de las manos de sus amos para extenderse y maullar (gatos eléctricos). La música se extendía hacia los cerros del norte, rompía las gargantas vegetales, lamía los farallones. Estuvieron tres días seguidos. Tocaban sin parar una serie de melodías que dijeron quienes las escucharon: (algunas groupies que quedaron medio tocadas, campesinos y vecinos extrañados) eran lo más terrorífico que se había creado en la música de aquella época. Lo más extraño que habían escuchado en toda su vida, y eso que algunas de aquellas señoritas, se habían movido entre la escena gótica, el Death y eran consultoras noctámbulas de la Ouija.


En el día dormían. Se levantaban pálidos, casi sin abrir los ojos (una gasa blanca se había posado sobre sus parpados, un azúcar acido se había cristalizado sobre sus miradas), la luz les molestaba. Tomaban algo de fruta y agua. Prendían los calderos de marihuana, hacia las pociones de hongos, montaban las pipas de burujuana, montaban las micro-líneas de nazca y por las tardes retomaban la orgía del sonido.


La batería se abrió en un redoble de fuego mítico y los violines de Katerian Lobo-Guerrero sonaron embrujadas en la noche. Luego en las ventanas escucharon ruidos como de hielo golpeando. Una tormenta. Pedazos de arboles rotos se estrellaban contra las puertas y las murallas de piedra de aquella casona. La estructura se fue ajando de una manera extraña, como si hubiesen pasado no días, sino años de peste sobre sus jardines. Dicen ellos que parecía que las ramas y las raíces trepaban por los ventanales. Ruidos y gritos de aves agoreras, aullidos como de gatos escaldados. Sonidos fortísimos contra las puertas.


Pedro Catarsis que en viaje de heroína y cocaína (chutado y recontrachutado) empezó a cantar y agitarse como un pelele. Su cabeza rítmica al principio, se agitó con una fuerza descomunal, su cuerpo parecía levitar. Luego fue arrojado por una fuerza supra-natural contra una de las paredes de la casona. Se abrió la frente y se rompió el tabique y en su cara la sangre afloró, casi negra.


Verónica Morgana se tiró del segundo piso; dijo que abajo la estaba esperando un príncipe ataviado con una capa de fuego. La encontraron muy mal herida y golpeada sobre el andén de piedra. Reaccionaron muy tarde. Llamaron a urgencias pero nadie les respondió. Se fueron en su carro al hospital más cercano a una media hora. En el camino se vararon, habían olvidado llenar el tanque de la gasolina. Los recogieron en una buseta “Sabana-Metropol”. Los llevaron directo al hospital.


Una muerta. Cura de desintoxicación para una docena. Varios alienados durante semanas y algunos músicos y algunas groupies marcados de por vida.


Antonieta Belozantta era una belleza. Le encantaba la mandrágora y el beleño y se fue de rumba un viernes en busca del “Duende”. Este, quien era maleante de baja estofa, se la llevó al rió creyendo que era mozuela pero tenía a R.Darío.


R.Darío que era “camello” y “jibaro” medio chulo, se enteró por los mohicanos de las calles y se fue a buscarlos con la pistola aceitada y montada. Nunca logró tal propósito. No encontró a Antonieta ni a su “Duende”. Perdió un año completo en su búsqueda. Ya desencantado decidió cambiar de geografía. Se fue a buscar destino a España. A R.Darío le cogió la marea en Aranjuez metiéndose unos picos con la gitanería flamenca y de allí al puente lo vieron bajar envenenado para morir el último verano sobre un parque vigilado por dragones de fósforo y helio. Se separaron sus dos vidas en una calle del tiempo llamada melancolía.


De Antonieta Velozantta, su musa perdida, nunca más se supo nada. El duende se la había llevado a la tierra de la bruma y del olvido. Se dice que corrió la misma suerte de algunas divas del carnaval barriobajero, mutiladas golpeadas y violadas como muñecas rotas cerca al charco en donde se pudren las ilusiones. Los golems del mercado de la cocaína dejaron bajo los puentes de este país un reguero de Ofelias sin sueños, flotando en las hieles del vino y el aguardiente. En los sótanos de algunos edificios una macabra exposición de putitas plásticas descoyuntadas, al mejor estilo de Hans Bellmer.



A Mari Shelley Fernández le gustaba a Frankie Gutiérrez el de los tatoos. Como esta no le correspondía. El frankie enloqueció y se hizo malo. Se la llevó a una casa vieja en donde le dio ribotril y choques de miedo hasta dejarla esmaltada en blanch, como a una muñeca de porcelana. La encerró durante tres meses en un barrio perdido contra las colinas del sur y le dio lo suyo. La poseyó una y otra vez sobre un viejo colchón. Ella se había quejado de su voz, de su aliento, de su falta de cultura, de tacto, de finura; y el hombre como mala bestia le dio lo suyo hasta quemarla. La tatuó, la grabó, la escarificó como a esas doncellas tribales de la Oceanía. Luego se dijo que si no era para él, definitivamente no sería para nadie y después de una cena con champaña chilena y muchas pepas. Franki Gutiérrez se metió fuego con su amada, a quien obligó a una ceremonia sati para la eternidad.


El viejo edifico que ocupaban con otros squatters se desplomó llevándose a otros seis miembros de la tribu del cul- de-sac de los venenos. La gran “z” negra con la flecha arriba, ardió en rojo sobre la puerta calcinada. Las páginas amarillas tuvieron otra historia. Los bomberos metropolitanos ganaron horas extras y bonificaciones.


Julietta Querubina gustaba del teatro, el carna-baal, la mascarada y su comparsa. Gastó su prima juventud buscando el minimalismo zen, el misterio del kabuki, y afinando el gusto por la fonrnicatta Meyerhold; creando en su cama una contorsión biomecánica que hacía perder la cabeza a más de un actor. En su cintura de cinabrio elástico los metales del viento rondaban mientras le acariciaban como una legión de lémures de hierro.


Sobre las tablas del teatro festivalero ejerció, y sobre el trapecio conoció el abismo. Supo burlarse de las censuras y se batió en duelo frente a los críticos de la ínsula de Crimeria. Vomitó sobre los delantales de la clase más excelsa y se batió a puñetazo limpio con una docena de poetas adocenados en una barra después de un gay festival.


En su cartera mantenía una puñaleta de fuego y una moña de madreselva lujuriosa. Reverdecían en sus ojos esmeraldas, los sueños de los saltimbanquis y las ilusiones los trovadores. Se enamoró de un minessanger teutón que llegó del norte de Europa buscando el nuevo Dorado y quien allí, junto a los muelles de Phantasilandia le había hundido la ponzoña y la había preñado, para después dejarla en la tristeza de la ciudad. La vimos taciturna cuando el marinero normando la abandonó y la dejó a la suerte de una vida dadaísta, en cabarets automáticos tipo Voltaire.
Ella apareció una noche por la cantina de los reencuentros y las despedidas. Mario Martlop el tabernero le sirvió su ajenjo amargo del regreso. Pero ella ya venía con el hígado curtido en los Cabernet Sauvignon de la tragedia.


Su Rocamadour norteño acunado entre los brazos, mamaba de su hermosa teta alba cruzada de micro-riachuelos violetas. Estaba flaca de amamantar y de cantar bajo la luna de Crimeria. Su hijo fue adquiriendo unos extraños ojos rojos. Muchas de las mujeres de su tribu citadina, dijeron que ese niño estaba maldito. Sus pequeños dientes de porcelana sangrienta la estaban matando.



Julietta Querubina murió delgada, con la palidez de las doncellas del bosque de la soledad. Su última y desesperada jugada: Intentó robar a un conde en una villa del sur de Francia a donde había ido a parar, detrás de su vikingo, se había empleado como profesora de francés (lo hablaba muy bien pero no tenía preceptiva, había puesto sus ojos en la billetera del anciano feudal). Fue detenida, abusada y humillada. Después de un año, le dieron libertad condicional. Pero para ella fue su libertad final.


En un hotelucho de la Avda. Pigalle parisina, se aplicó la dosis final de la heroína, mientras observaba a través de los cristales una mascarada de fuego. Sospechó al final, que su Rocamadour se convertiría en un muchacho lautreamontano. (Casi todos los padres y madres envenenados en algún momento lo intuyen, ya llevan ellos mismos las señales de la licantropía) Su hijo ––adoptado por el conserje del hotel–– creció. Joven guerrero. Pasó a vivir en casa de familiares extraños y lejanos. Se fue buscando al fantasma de su padre como Hamlet, con algo de amor y también con una alforja donde ocultaba un puñal plateado. Heredó de su madre las costumbres circenses y actorales; de su padre nórdico la estatura y el amor por la libertad.


Después de doce años de búsqueda, no encontró a su padre. Se quito de encima la cruz de una venganza. Pero encontró el camino de los hijos de Caín; de los hijos de Bakunin. Gritó con otros jóvenes: “¡si no nos dan justicia y libertad, tendrán caos!” La policía alemana lo apresó robando un banco. Posó de frente y de perfil con una ficha negra con un número blanco.


Ahora está en Múnich pagando una condena. Se casó con su abogada en la prisión (hija del babe bum libertario de la “Baader-MeinHoff”). Estudia leyes e idiomas y escribe desde su celda contra el sistema. Los poetas del partido verde lo adoran.



En esta ciudad los periódicos no podían seguir la ruta de los perdidos. Los titulares daban cuenta de otras cosas más cruentas y reales como la guerra. Pero en la oscuridad se podía seguir su resplandor de mascaras boreales.


Los gángsteres se enfrentaban contra los diseñadores del tinglado. Salían de noche y se encontraban en los callejones, intercambiaban disparos: (balas de plata contra cerbatanas de cazadores y reducidores de cabezas). De estos encuentros sangrientos siempre quedaba un pájaro roto; un ojo con sal de mercurio enredado sobre el rostro del miedo; una cuerda eléctrica suspendida bajo un pedazo de rama vieja, un fetiche quemado en las fronteras de la guerra, y un ventanal abierto a las praderas de la nada.



A Sahito Ishagoda, (hijo de padre japonés y madre colombiana) le llamaban el poeta de la línea parda, le gustaba la química grasa de la amapola; se pateó medio mundo de fumadero en fumadero, de picadero en picadero, hasta llegar a un fumadero en el Bronx de Nueva York en donde le dieron una pipa balsámica y etérea. No pudo descolgarse a tiempo y se deshidrató en un sueño narcótico y profundo. Pero regresó después de un viaje en donde dicen, visitó la otra frontera. Esa frontera en donde se puede ver el túnel de la luz.


Retornó fragmentado para plasmar su viaje en la obra: “Los venenos de Manhattan” opúsculo que narraba la vida de los drogadictos y los inmigrantes ilegales; (gusanos luminosos de la gran manzana). Era de venas duras, arterias de caucho vulcanizado, y continuó dando la guerra como otros.


Shaito Ishagoda es un samurai que sobrevivió al camino de los venenos porque conocía las artes del guerrero, y a pesar de su palidez enfermiza, se decía que su código bushido era exquisito. Intentó vender su libro a tres editoriales y recibió ese mismo número de rechazos.


No tenía paciencia, no tenía tiempo. Publicó el libro de su bolsillo en una edición de rustica de 300 ejemplares que regaló en las calles y en los barrios bohemios de la capital.


Fracaso como escritor y regresó a lo suyo.


Shaito Ishagoda se asomaba a esa noche de todos y tomaba posiciones sobre las trincheras urbanas. De Los de la tribu fraterna, era él, ––único sobreviviente––, que conocía los puntos neurálgicos del cuerpo enganchado, la acupuntura de los yonkis; los vericuetos del bussiness; los gambitos de dama sobre el ajedrez de la mentira y las trampas sobre las praderas del miedo; Estaba preparado para los dobleces de esquina y los asaltos a la noche patibularia. Conocía los humos que abanican y curtían las caras de los desertores. (En los cruces de trenes de niebla se intercambiaban los maletines negros llenos de papeles verdes. Algunos miraban como sus fortunas crecían exponencialmente; otros perdían su salud y su dinero y engrosaban las filas de los enganchados a las perfect drougs. La mercancía absoluta de la que hablara el camello Burrougs).


Shaito Ishagoda, se había salvado de la heroína en Nueva York ahora estaba enganchado en su guerra personal. Entonces se reencontró con G. Bellatin ––otro viejo chaman de la tribu––. Quien conocía de coches veloces, (maquinas más hermosas que la Venus de Samotracia según palabras del poeta futurista) y de las Venus de los suburbios donde las pieles son como armiños de cal quemada. De las sonrisas de los bares mefíticos; de las noches de cigarrillo en traba, que ostentaban rayando sus bocas los gitanos paranoicos.


G. Bellatín tenía maneras de dandy y cuerpo de atleta, había sido constructor de pirámides y demoledor de muros en la Suiza helvética. Allí conoció a un ladrón chileno que se había graduado en la difícil carrera de abrir cajas fuertes. Participó en varios performances con profesionales alemanes, franceses e italianos. Para perfeccionar la técnica, trajo esa peligrosa cátedra a estas tierras, planeando hacer un par de inings en compañía de Sahito Ishagoda.


En la primera ronda les fue muy bien y celebraron con champán y seis modelos de la pasarela más exquisita. Tenían corazón y una buena parte del alijo lo donaron a un colectivo de niños de la calle.


En la segunda entrada a G. Bellatín lo pillaron infraganti. Lo golpearon una noche los gorillas que defendía la fortuna de un gangster; un maleante de mirada torva y revolver caliente. Les dieron duro abajo y cuando se escapaba zigzagueando por los callejones del duende, le soltaron una granizada de plomo caliente. Se defendió como un Robín Hood de peto roto y sonrisa de hielo. Se salvo por los pelos.


G. Bellatín y Shaito Isahgoda siguen caminando adentro de la noche bronca, con sus llaves y ganzúas cuando los serenos del mundo hacen su ronda vigilante. Y en sus corazones regados por alcoholes de centeno, abren sus pétalos sangrantes las flores de la venganza.




Otros se encargaban de las líneas de la noche... Alta tensión y fuegos fatuos que vestían de carnaval a los fantasmas.


Otros se encargaban del carnaval para las masas... Con figurines de mostrar. Feria de guigñols para los niños autistas.



Otros se ocupaban del ruido y de la música para los hambrientos...Algo que los dejara fuera de control, algo que los hiciera agarrar el ritmo, algo que les prometiera felicidad.



Carlos Medenett Buscaba el dinero, sabía de los oficios de la usura y de la bolsa, conocía los secretos del lucro. Cambio los cuchillos por los libros de la carrera de economía y trabajó para los gobiernos de una república en banca rota que supo vender a tiempo al imperio, sus mejores empresas. Ejerció adocenado y genuflexo en los falansterios burocráticos y fue asesor de media docena de presidentes y banqueros. Puso su yate con las velas de la bolsa rumbo a una fortuna gigantesca.


Eran tiempos de pirámides invertidas, de banqueros enquistados en el poder. Asesoró a los gobiernos de Falansteria en el arte de robar mediante los impuestos, privatizar el agua, la luz y el aire; ahora dirige un organismo internacional encargado de la confiscación de los bienes de los países tercermundistas. Cartera de clientes morosos. (Nosotros no pensábamos que terminaría así. Pensamos que sería dueño de un supermercado y a lo mejor tendría una cadena comercial de artilugios para la depravación sexual; pero no sabíamos que el muchachito tenía ambiciones y resultó ser un psicópata privatizador).


Recientemente lo han pillao´ con las manos en la masa. Un paparazzi lo ha fotografiado al entrar a un hotel con dos prostitutas de alto standing. La cámara con teleobjetivo ha quemado un par de rollos. Carlos Medenet se despachaba tres gramos inmaculados por las narices mientras sometía a las meretrices a una jornada de disciplina y bondage.


No había perdido sus afectos ni sus vicios. Ahora tendrá que vivir de lo robado el resto de su vida. Las fotografías en primera plana de una revista corazón de circulación internacional, no perdonan.



Arturo Villalona era periodista de la prensa roja de un pasquín metropolitano. Cansado de reportar la muerte, (cuando podía se evadía hacia los bares), ruleta-rusa de bohemia. Allí buscaba refugio y escape. Litros de alcohol, humaredas de marihuana.


Salía de su columna y de su periódico a las barras lupanares.


Una noche se encerró con su amante a fornicar, kama-sutrear y Ananga-Refocillar hasta la madrugada mientras le daba a la heroína en pipa. Cuando ella despertó lo encontró dormido a su lado, muerto. Una cifra más. Un fantasma perdido en las ciudades del duende.



Ah, no me digas que cante, ya no canto. Nunca he cantado... no se puede cantar en medio del aquelarre de la guerra. Soy un cronista en tierra baldía.



Poetas


Agiotistas


Brujos


Cangaiceiros


Rocanroleros


Guerrilleros


Heroinómanos


Marihuaneros


Fotógrafos de la guerra


Pendencieros de la justicia


Maleantes del sueño.


Economistas de la miseria.


Cirujanos del hambre.


Caminantes del sendero de los venenos.

Los que cantaron bajo la luz de la luna interpretando las ceremonias mágicas del los últimos signos. Todos cabalgando el viento de la carretera, endriagos de una comparsa que marchaba hacia las fronteras del reino. Easy riders en la cinta asfáltica de la desbandada. Visitantes del duende en las carreteras del infierno.