martes, 22 de enero de 2013

Una carga de mierda, cuento de John Berger


Una carga de mierda, 

cuento de John Berger*

John Berger

En uno de sus libros, Milan Kundera desecha la idea de Dios porque, en su opinión, ningún dios podría haber concebido una forma de vida en la que fuera necesario cagar. El modo en que enuncia este argumento lleva a pensar que no se trata tan sólo de una broma. Kundera expresa una profunda afrenta, una afrenta típicamente elitista. Transforma la repugnancia natural en shock moral, un ejercicio muy caro a las élites. El coraje, por ejemplo, es una virtud por todos admirada, pero sólo las élites condenan la cobardía como una bajeza. Los desposeídos saben perfectamente que en determinadas circunstancias todos somos capaces de ser cobardes.

La semana pasada cargué y enterré la mierda de todo el año. La mierda de mi familia y de los amigos que nos visitan. Hay que hacerlo una vez por año y mayo es el momento oportuno. Antes de mayo, se corre el riesgo de que esté congelada y más tarde llegan las moscas. Hay muchas moscas en verano a causa del ganado. Un hombre, hablándome de su soledad, me dijo no hace mucho: “El invierno pasado llegué a echar de menos las moscas”.
Primero cavo un foso en la tierra del tamaño de una tumba, pero no tan profundo. Los bordes deben ser firmes para que la carretilla no se deslice cuando la inclino para descargarla. Estando parado allí en el foso, se acerca Mick, el perro de mi vecino. Lo conozco desde que era cachorro, pero nunca me ha visto así, frente a él, más bajo que un enano. Su sentido de la proporción se perturba y comienza a ladrar.
No importa con cuánta calma comience la tarea de cargar la mierda junto a la casa, transportarla en la carretilla y descargarla en el foso: fatalmente llega el momento en que comienza a brotar en mí una especie de ira. ¿Contra qué o contra quién? Creo que se trata de una ira atávica. En todas las lenguas “¡Mierda!” es una maldición que expresa exasperación. Algo de lo que uno quiere liberarse. Los gatos esconden la suya, cubriéndola con tierra con una de sus patas. Los hombres maldicen por la suya. Nombrar eso que junto con la pala, finalmente, me provoca una ira irracional. ¡Mierda!

Si de mierda se trata, la bosta de vaca y de caballo es relativamente más agradable. Puede inclusive provocar nostalgia. Huele a grano fermentado y hay un rastro lejano de heno y hierba en su olor. La mierda de las gallinas es desagradable e irrita la garganta por la cantidad de amoníaco que contiene.
Mientras se limpia un gallinero hay que salir de vez en cuando a tomar un poco de aire fresco. El olor del excremento de los cerdos y de los hombres, sin embargo, es el peor porque el hombre y el cerdo son animales carnívoros y su apetito es indiscriminado. Tiene un resabio dulce, nauseabundo de podredumbre. Hay un rastro lejano de muerte.
Mientras cargo la pala, me vienen a la mente imágenes del Paraíso. No de ángeles ni trompetas celestiales, sino de jardines amurallados, una fuente de agua pura, los colores frescos de las flores, una tela blanca inmaculada extendida sobre la hierba, ambrosía. El sueño de la pureza y la frescura nació de la omnipresencia del estiércol y el polvo. Esta polaridad es, sin duda, una de las más profundas de la imaginación humana, vinculada íntimamente a la idea del hogar como refugio –refugio contra muchas cosas, incluida la suciedad–.

En el mundo de la higiene moderna, la pureza se ha convertido en un término puramente metafórico o moralista. Carece de toda realidad sensual. En los hogares pobres de Turquía, en cambio, el primer gesto de hospitalidad consiste en ofrecer agua de colonia de limón para que el viajero se refresque las manos, los brazos, el cuello, el rostro. Este gesto me recuerda un proverbio turco sobre los elitistas: “Se cree un ramito de perejil en medio de la mierda del mundo”.
La mierda cae deslizándose de la carretilla, cuando se la vuelca con un peso muerto. El hedor dulce acicatea, irrita con su teleología. El olor a podredumbre y de allí al olor a putrefacción, a corrupción. El olor a muerte, sin duda. No conduce, sin embargo, a la vergüenza ni al pecado ni al mal, tal como el puritanismo con su desprecio por el cuerpo ha tratado de demostrar. Sus colores son el dorado bruñido, el marrón oscuro, el negro: los colores del cuadro de Rembrandt de Alejandro el Grande con su yelmo.
Mi hijo Yves me cuenta una historia que ha escuchado en la escuela del pueblo:
Es otoño en la huerta. Una manzana rosada cae sobre la hierba, junto a una bosta de vaca. Amistosa y gentil, la bosta de vaca le dice a la manzana: “Buenos días, Madame La Pomme, ¿cómo está usted?”
La manzana ignora el comentario porque considera que la conversación es ajena a su dignidad.
“¿Buen tiempo, no cree, Madame La Pomme?”
Silencio.
“Verá que la hierba es aquí muy dulce, Madame La Pomme.”
Silencio, otra vez.
En ese momento, un hombre atraviesa la huerta, ve la manzana rosada y se agacha a recogerla. Mientras el hombre muerde la manzana, la bosta de vaca no se puede contener y dice: “¡Nos vemos pronto, Madame La Pomme!”
La mierda aparece en chistes tan universales porque nos recuerda, de modo ineludible, nuestra dualidad, nuestra naturaleza sucia y nuestro deseo de gloria. Es la última lèse majesté.

Mientras descargo la tercera carretilla de mierda, canta un pinzón en uno de los ciruelos. Nadie sabe muy bien por qué los pájaros cantan tanto. Lo único cierto es que no cantan para engañarse a sí mismos ni para engañar a los demás. Cantan para anunciarse tales como son. Comparada con la transparencia del canto de un pájaro, nuestra habla es opaca porque se ve obligada a buscar la verdad en lugar de actuarla.
Pienso en la gente cuya mierda transporto. Tantas personas diferentes. La mierda es lo que queda atrás, indiferenciado: el desecho de la energía recibida y consumida. La energía tiene miles de formas, pero para nosotros, humanos, con nuestra mierda humana, toda energía es en parte verbal. Hablo conmigo mismo mientras levanto la pala, prudentemente, para que no caiga demasiado al suelo. El mal no deriva de la materia que se descompone, sino de la capacidad humana de persuadirse a uno mismo.
La imagen del buen salvaje del siglo XVIII era miope. Confundía un ancestro distante con los animales que ese hombre cazaba. Todos los animales viven conforme a las leyes de su especie. No conocen la piedad (aunque conocen el duelo), pero nunca son perversos. Es por ello que los cazadores creen que algunos animales son naturalmente nobles y poseen una gracia espiritual que armoniza con su gracia física. No es el caso del hombre.
No existe el mal en la naturaleza que nos rodea. Es necesario repetirlo una y otra vez, porque una de las formas humanas de persuadirse a cometer actos inhumanos consiste en tomar como ejemplo la supuesta crueldad de la naturaleza.
El cuclillo recién empollado, todavía ciego y sin plumas, tiene un hueco especial, como un hoyuelo en su lomo, para cargar a los otros pichones, uno por uno, hacia afuera del nido. La crueldad es el resultado de persuadirse a uno mismo a la imposición del dolor o a la ignorancia consciente del dolor ya infligido. El cuclillo no se persuade de nada. Tampoco el lobo.
La historia de la Tentación con la otra manzana (ya no Madame La Pomme) está bien contada. “… la serpiente dijo a la mujer, Tú, de seguro, no morirás.” La mujer no ha comido aún la manzana y, sin embargo, las palabras de la serpiente son la primera mentira o el primer juego de palabras vacías. (¡Mierda! Se me ha caído media palada.) La máscara inocente del mal.
“Una cierta fraseología es inevitable –dijo George Orwell– si se quiere nombrar las cosas sin apelar a las imágenes mentales de las cosas.”

La despreocupación con que cagan las vacas es quizá parte de la placidez y la paciencia que ha llevado a muchas culturas a considerarlas animales sagrados.
El mal aborrece todo aquello que ha sido creado físicamente. La primera manifestación de ese odio consiste en separar el orden de las palabras del orden de aquello que denotan. ¡Oh Hansard!
Mick, el perro, me sigue mientras llevo la carretilla hasta el foso. “¡No más ovejas!”, le digo. La primavera pasada, junto con otro perro, mató tres ovejas. Mick baja la cola. Después de haber matado lo encadenaron durante tres meses. El tono un tanto sarcástico de mi voz, la palabra “oveja”, y el recuerdo de la cadena lo hacen recular un poco. Pero mentalmente no nombra la sangre derramada con otro nombre, y me mira fijo a los ojos.

No muy lejos de donde cavé el foso, florece un lilo. Ha de haber cambiado el viento y ahora sopla desde el sur, porque siento el aroma del lilo a través de la mierda. Huele a menta mezclada con mucha miel.
El perfume me devuelve a mi primera infancia, al primer jardín que conocí, y de pronto, desde aquel tiempo tan lejano, vuelven ambos olores, desde mucho antes que el lilo o la mierda tuvieran nombre para mí.






Luis Hernández Navarro

John Berger en tres tiempos

EL ESCRITOR

En la era de los ordenadores, John Berger escribe con una pluma fuente Sheaffer. Le fascina su tinta negra que asegura es "la más maravillosa tinta negra del mundo, por los otros colores que tiene". También dibuja con ella.

Foto: tomada de Selected Essays by John Berger editado porPantheon Books
Escribe todo lo que puede, lentamente, con dificultad, durante cuatro o cinco horas diarias, después de resolver los requerimientos del día imposibles de ignorar. Busca minuciosamente la palabra adecuada, revisando en su cuerpo su significado específico. Redacta varios borradores de un mismo escrito. Los revisa y corrige detenidamente.
Dotado de una capacidad de observación sorprendente, su obra es fruto de ella y no de algo que necesariamente le haya ocurrido. Es producto de la experiencia. La narración le permite entrar en otras pieles. Escribe una vez que el silencio que necesita ser llenado encuentra un espacio en su mente. Construye sus relatos como si fueran objetos visibles.
Simultáneamente cronista y testigo, es, por encima de todo, un narrador de historias, tanto así que, hasta en sus ensayos sobre arte, lo que hace es contar historias. Como artista sigue sus instintos, y el instinto lo ha llevado a la historia de las gentes. Es un receptor natural de las historias de los otros y su arte consiste en relatarlas con una gran profundidad. Se sumerge en ellas con pasión e identidad.
Pintor y profesor de dibujo hasta los treinta años, comenzó a escribir porque sentía que lo que pasaba en el mundo era tan urgente que necesitaba hacer algo. Terminaba la década los cincuenta. La Guerra fría estaba en su apogeo. Sin participar en sus filas, se encontraba cerca del Partido Comunista. Era una figura que hablaba en mítines y daba conferencias. Explicó cómo tomó esta ruta en una carta a sus críticos aparecida en 1954: "Lejos de que la política me haya arrastrado al arte, es el arte el que me ha arrastrado hacia la política."
Publicó sus primeros escritos en el semanario de izquierda británico Tribune y, a partir de 1951, en el New Statesman. Eran pequeños ensayos de entre tres y cinco páginas, constreñidos por el formato de una revista. Una colección de estos polémicos escritos se publicó en 1960 con el título de Permanent Red. No olvidó el dibujo, aunque lo mantuvo como actividad secundaria.
Antes, sin embargo, había tenido ya una incursión literaria. Reclutado en 1944 por la Armada, convivió por primera ocasión con trabajadores de carne. "Acostumbraba –cuenta– a escribir cartas para ellos, dirigidas a sus padres y, en ocasiones, a sus novias. Fue la primera ocasión en la que escribí públicamente en un año muy desagradable. Fue una experiencia muy importante."
En 1958 publicó su primera novela, Un pintor en nuestro tiempo, nacida de su convivencia con un grupo de refugiados políticos del fascismo. Escrita en la forma de un diario, trata de un emigrado húngaro que regresa a Budapest durante el levantamiento de ese año. El libro aborda los dilemas de la relación entre arte y política de la que el autor se ocupó en sus primeros escritos. Termina con el regreso del pintor a Budapest, después de la intervención del Ejército Rojo. La crítica lo recibió con una gran hostilidad. Fue acusado de simpatizar con el totalitarismo.
La experiencia le hizo dudar en escribir más. Sin embargo, a pesar de este atropellado comienzo literario, siguió adelante. Tanto así que, casi cincuenta años más tarde, Berger ha publicado casi treinta libros, diez de ellos novelas, además de poemas, ensayos, crítica de arte, guiones de cine y cuentos. Sus colaboraciones aparecen en varios periódicos, La Jornada, entre ellos.
EL MOTOCICLISTA
A sus ochenta y un años de edad, John Berger conduce una motocicleta Honda. Con ella ha recorrido Europa de arriba abajo. Con ella se mueve por las calles de Paris. Con ella se traslada Jean Ferrero, el personaje de su novela Hacia la boda, una historia de amor en tiempos de sida.

Foto: Evangelina Robles
"El asunto al manejar una moto es que tú manejas el riesgo, así que deja de ser desconocido o de estar en la penumbra –dice John en una entrevista–. Otra cosa es que cuando vas manejando el tiempo entre la decisión y el efecto de esa decisión –y ambos dependen de todo tu cuerpo– es el más breve posible. Tú decides algo y sucede, y en ese momento estás acercándote a algo que está muy cerca de la libertad existencial."
Esa libertad existencial es la misma con la que escribe: es él quien se pone sus límites, uno de los más grandes lujos que un escritor puede darse. Su voz, libre, clara, directa y práctica, es lo contrario de muchos críticos e intelectuales de la época. Esa libertad interior es la que le permite eludir compartimentar sus trabajos, intereses y observaciones; la que lo alimenta para expresar sus radicales puntos de vista.
Polémico, original, su curiosidad creativa y versatilidad lo hacen estar muy lejos de los intelectuales "específicos", aquellos que, trabajando dentro de una disciplina determinada, son capaces de utilizar su competencia en cualquier otro campo. La "especificad" provoca la pérdida de la visión de todo lo que se encuentra por fuera del campo inmediato de especialización y el sacrificio de la cultura general. Propios del neoliberalismo, estos intelectuales ha querido sustituir lo que Michel Foucault ha llamado el intelectual universal. A diferencia de ellos, Berger es, por la vastedad y el amplio registro de su obra, un intelectual universal.
A pesar de que una parte muy importante de su obra fue escrita fuera de Inglaterra, el autor de Puerca tierra es uno de los intelectuales británicos más influyentes de nuestro tiempo. Aunque ha confesado que le gustaría que el español fuera su lengua materna, es un escritor de lengua inglesa. Nació en ella y ha vivido en ella.
Heredó de George Orwell, su mentor en las páginas de The Tribune, la preocupación por evitar los clichés, las metáforas manidas, el lenguaje perezoso. Aunque no fue cercano a él, su influencia fue muy importante en el uso del lenguaje, en la búsqueda de la claridad. Orwell corregía sin piedad todos los textos que Berger le presentaba.
Lejos del dogmatismo y de las modas intelectuales al uso, formado en el humanismo marxista, sigue reivindicándose como tal. En el texto Donde hallar nuestro lugar, que forma parte del libro Con la esperanza entre los dientes, el autor escribe: "Alguien pregunta: ¿sigues siendo marxista? Y, después de un apasionado relato sobre la explotación contemporánea y la resistencia que la enfrenta, se responde: ‘Sí, entre otras muchas cosas, sigo siendo marxista.’"
Sus raíces intelectuales, empero, son mucho más vastas. Además de Orwell, es significativa en su educación política la influencia de autores como T. S. Elliot, Walter Benjamin, Roland Barthes, D. H. Lawrence y el marxista austriaco Ernest Fisher. Baruch Spinoza es una fuente de inspiración constante. Más recientemente ve enRetórica bélica, de Arundhati Roy, una obra apasionada, insolente, que, a pesar de describir situaciones terribles, nunca pierde el sentido de que hay cosas maravillosas en la vida.
Prófugo de la academia, Berger se encuentra a años luz de distancia de los "intelectuales escolares". Su pericia poco tiene que ver con la acreditación necesaria como experto académico en un área. Su trayectoria puede muy bien ser encuadrada en la definición de artista e intelectual independiente elaborada por C. Wright Mills, es decir, de "las contadas personalidades que siguen estando equipadas para ofrecer resistencia y combatir el proceso de estereotipación y la muerte consiguiente de las cosas dotadas de vida genuina".
Su paso por distintas escuelas fue una pesadilla. "Mi niñez, de los seis a los doce años –ha dicho– se gastó en esas monstruosas instituciones." Se escapó del colegio a los dieciséis años para estudiar bellas artes. El motivo principal de su huída –dijo aEl País– fue "para mirar mujeres desnudas". Es hasta su entrada a la Escuela de Arte de Chelsea, donde pasó tiempo dibujando, pintando, escribiendo y platicando con Henry Moore, que encuentra un lugar al cual pertenecer.
Su verdadera educación, la de la escuela de la vida, transcurre en dos momentos. "Tuve dos educaciones –contó a The San Francisco Chronicle–. Una, entre los dieciséis y los treinta años, cuando viví en Londres. Estuve acompañado de refugiados europeos del fascismo, eran refugiados políticos, en su mayoría judíos. Eran mayores que yo. Había pintores, escritores, filósofos, historiadores. De ellos aprendí de historia, en un sentido continental; de política, en un sentido mucho más amplio del que se debatía públicamente en Inglaterra entonces.
Mi segunda educación vino mucho después. Comenzó hace veinticinco años, cuando me mudé a una villa en los Alpes. Las personas allí, de quienes me hice muy cercano, eran viejos campesinos que alguna vez habían sido hijos de campesinos de subsistencia. Con ellos aprendí de la naturaleza, la tierra, las estaciones, y otras prioridades de acuerdo con las que vivían. Aprendí un montón de asuntos prácticos y físicos y una especie de código ético."
"Cuando llegué a los Alpes –comentó en otra ocasión– pasaba la mayor parte del tiempo con los viejos campesinos, porque los jóvenes se habían ido, y ellos se convirtieron en mis maestros. Fue como mi universidad, porque no fui a la universidad. Aprendí toda una constelación de sentido y valores sobre la vida."
EL CAMPESINO
John Berger nació el 5 de noviembre de 1926 en el seno de una familia de clase media. Su madre era una mujer trabajadora, sufragista y vegetariana, mientras que su padre, ex oficial sin ninguna calificación, se convirtió en director de una empresa de consultoría en finanzas. Tanto su padre como su abuelo, que provenían de Trieste, eran judíos. Sin embargo, su progenitor se convirtió al catolicismo. Después de la guerra, con una beca del ejército, el autor estudió tres años en la Escuela de Arte de Chelsea, en Londres.
En 1962 emigró a Francia. Él rechaza que se trate de un exilio. Fue su decisión hacerlo. Nunca añoró regresar a su país de origen. Oficialmente se ha dicho que su salida fue para convertirse en un escritor europeo. La realidad, según contó a Juan Cruz en El País, es distinta: "Me fui muy confuso de Inglaterra –dice–. Sin saber por qué, algo me impulsó a irme. En realidad no me sentía en casa en la Inglaterra de los años setenta. Me daba cuenta de que mi conducta espontánea, mi forma de hablar, mi lenguaje corporal producían vergüenza en los demás."
Diez años después, en 1972, G, novela experimental en la que incursiona en lo que después sería el postmodernismo, gana el Broker Prize. Durante el discurso de aceptación del premio fustiga a su patrocinador, Broker McConnell, por sus vínculos históricos de explotación en Indias Orientales. Dona, además, la mitad del dinero a los Panteras Negras.
¿Fue cínica su actitud? En lo absoluto. Un cínico –dice Oscar Wilde– es aquel que conoce el precio de todas las cosas, pero el valor de nada. Berger es, desde este punto de vista, todo menos un cínico.
También, en 1972, la cadena bbc produce la serie de televisión Modos de ver y publica un libro. El texto se convierte en una obra de referencia y de culto para la crítica de arte. De paso, Berger encuentra en su trabajo en ese medio electrónico la forma de ganarse la vida. "Durante cuarenta años –dijo en 2001 al periódico inglésThe Telegraph– me he ganado la vida modestamente escribiendo. Pero hasta hace cinco años el dinero era un problema. Así es que la televisión era un envío de Dios."
Durante la década de los setenta, Berger colabora con el director de cine Alain Tanner en varios guiones de cine. Salamadra, Jonás que cumplirá 25 en el año 2000Messidor son producto de esa asociación.
Figura importante de la izquierda de los cincuenta, Berger vive el ’68 más desde Praga que desde Paris. En el mayo de ’68 recolecta cerezas para los ferrocarrileros que estaban en huelga. En julio va a Praga a entregar mensajes de apoyo a la "primavera democrática" de Alexander Dubcek, por petición de su amigo Ernest Fischer. Los comunistas dogmáticos lo acusaron en aquel entonces de traidor.
En 1974 publica uno de sus más importantes libros para comprender el mundo actual:Un séptimo hombre, en el que describe la experiencia de los trabajadores migrantes en Europa. El texto tocó la fibra íntima de quienes han experimentado el desarraigo y la separación de las familias. "Puede pasar que un libro –escribió el autor en el prólogo de 2002– al contrario de lo que les ocurre a sus autores, se vaya haciendo más joven con el paso de los años. Y creo que esto es lo que puede haberle ocurrido a Un séptimo hombre."
La experencia de escribir esta obra le abrió, además, un nuevo horizonte. Gracias a él descubrió que no sabía suficiente sobre la gente de la que escribía. "Me di cuenta –asegura– de que podía imaginar su experiencia al arribar a las ciudades, pero no podía imaginar fácilmente la vida que habían dejado atrás."
A partir de entonces se traslada a Quincy, una pequeña villa rural en la Alta Saboya francesa, en la que vive y trabaja como granjero. "Fui a aprender y a escuchar para escribir, no para hablar por ellos –cuenta–. Quería vivir algo que fuera relevante en los Alpes franceses. En lugar de retirarme, estaba haciendo mi hogar en un punto nodal de un importante desarrollo en la historia contemporánea del mundo."
De esa experiencia de vida rural nació su más importante trabajo de ficción: la trilogía De sus fatigas, integrada por las novelas Puerca tierraUna vez en Europa y Lila y Flag, uno de los más grandes homenajes literarios que se han escrito en la época contemporánea a la cultura campesina.
EL POETA
Susan Sontag escribió en In Contemporany English letters: "Admiro y amo los libros de John Berger. Escribe acerca de lo que es importante y no sólo interesante."

Foto: Henri Cartier-Bresson
© Magnum Photos, cortesía de Bloomsbury publishers
Efectivamente, John escribe sobre lo que es importante. Muestra de ello es Con la esperanza entre los dientes, un libro que lo mismo recupera al poeta turco Nazin Hikmet que reflexiona sobre la resistencia palestina.
El texto transcurre a dos manos descifrando simultáneamente los misterios del gran arte y narrando la vida de los desposeídos. Los ensayos que integran el volumen son de una energía contagiosa, de una curiosidad creativa infatigable. Todos están escritos con una prosa mesurada, un poder de observación sorprendente, desbordantes en detalles significativos y fineza conceptual.
Imbuido por un sentido trágico de la vida –que no le impide reír a menudo–, estos escritos documentan un fundado optimismo en la capacidad de resistencia de los de abajo. A pesar de que no sea consciente de la esperanza que introduce en su obra, ésta existe, no como "una promesa ni una póliza de seguro", sino como el llegar a ser.
"La poesía actual –dice Berger– tiene una especie de urgencia política. La poesía honra nuestro sentido de que necesitamos limpiar el lenguaje antes de usarlo adecuadamente." Con la esperanza entre los dientes es, en ese sentido, un gran trabajo poético.

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