domingo, 21 de octubre de 2007

LA ULTIMA BATALLA DEL JOVEN WALKER


LA ULTIMA BATALLA DEL JOVEN WALKER

I

De niño corría por los maizales dorados en la hacienda de mi abuelo en Nebraska......
Éramos una pandilla de chicos pecosos y rubios
Jugando a los vaqueros y los apaches entre las hojas verdes de las plantaciones.
Pantalones rotos, manos sucias, ojos azules en los
Atardeceres de tierras rojas y arcillas vegetales.......
Luego, en las noches, tarta de manzana y pop corns,
antes de ver al Laurel and Hardy en la Tv.
Había una pequeña capilla en las afueras del pueblo, yo a veces iba solo y entraba furtivamente por una rota ventana para contemplar la dulce y pacífica luz que se filtraba por la alta claraboya y permanecía allí horas en silencio dentro de esta arquitectura de madera blanca.
No sé por qué lo hacía. Tal vez por esa magnífica paz que suele dar al espíritu la espera en medio del silencio y ver a las palomas torcaces entrar a juguetear con los parches de luz.
Pasé la secundaria como cualquier hijo de vecino.
Tuve mi primer encuentro amoroso con Juliet a los diez y seis años
en el granero de su tío...
Toda ella dorada…
Toda ella azul…
Es uno de los pocos recuerdos que me quedan de aquella época.
Después entré a una ruidosa edad en medio de la cerveza,
el country, las motos y las peleas en las barras.
Rudos campesinos y vaqueros
que terminábamos los fines de semana
Compitiendo en carros destartalados y abollados por las carreteras del condado.

Pero se acabó la luna azul del verano y la gran planicie blanca del invierno.
Había crecido.
Tenía manos grandes y huesos duros.
Un par de cicatrices del rodeo
y los músculos elásticos de un gato montés.
Luego me llamaron al servicio militar obligatorio.
Intentaron llenarme la cabeza de gritos y de odio
y de paso aprendí a manejar algunas armas sofisticadas.
Fui aleccionado y entrenado para participar en una guerra en Centroamérica.
Aunque estuve en la retaguardia, me enteré de prácticas oscuras y sangrientas.
Vi el cuerpo de un campesino decapitado, y conocí a un tipo rudo de un escuadrón de tortura que me narró historias de odio y muerte.
Por esas geografías había transcurrido también otro Walker. Un antiguo y sangriento invasor que había sido fusilado por los rebeldes de Sandino a principios del siglo pasado.
Un rió de sangre que no cesaba.
Que se bifurca en los manglares de la historia.
Que me aportaba imágenes antiguas de odio y violencia.

Cuando regresé, ya venía con una herida.
No una herida de combate.
Una herida dolorosa y negra.
Cicatriz que te marca y nunca restaña.
Pasé unos años en la granja que mi padre había heredado de su abuelo,
pero pronto me aburrí…
Era mucho azul añil sin boca, sin canción,
Era mucho maíz dorado en sol, hasta dejarme ciego,
Era el mundo lejano llamándome…
El salvaje beduino que había en mí
abanicaba con una cimitarra dorada y apretaba las mandíbulas.
Me despedí de Juliet (Era madre soltera, tenía un niño y lucia robusta).
Hicimos el amor con dulzura en las orillas del río
y dejé atrás su frente de trigal tostado y sus ojos de potrilla azul.

Tomé un barco y fui al sur.
Conocí islas y cordilleras magnificas.
Estuve en las selvas del Amazonas entre Leticia y Manaos.
Me fui curtiendo, y para sobrevivir trapicheé con algunas mercancías ilícitas
(debo decir aunque ahora no parezca romántico, que era solo para tener un poco de dinero con que moverme, quería recorrer mundo).
Después tomé una decisión y fui al norte, y luego al África.
En Egipto conocí las pirámides y tome una curda fuerte en Estambul...
Alguna gente hablaba de ir al país del Kurdistan
por unas cuantos kilos de Hascling.
Yo acepté y me fui con un grupo de aventureros y traficantes.
Cuando pasamos la frontera de las tierras de Marovia.
Me encontré con un cielo límpido y unas montañas de tierra roja imponentes y áridas.
Estuve mucho tiempo en aquella montaña con los ojos abiertos hasta que llego un hombre vestido de negro con un tocado rojo.
Y me habló.
El mundo no era como yo lo había pensado.
El mundo no podía ser un gran supermercado en donde se exhiban cabezas de hombres y mujeres y en donde se lavaban los errores con detergentes y astringentes para el alma.
El mundo tenía un significado sagrado y oculto que se estaba perdiendo bajo las llantas y las orugas del metal, se estaba borrando el verdadero camino.
Y arrojó al lago de la montaña una piedra y me enseñó el secreto de las ondas y luego el significado del vuelo de los pájaros.
Detrás de cada roca y cada águila había una criatura,
y esa criatura era una en comunión con Dios.
Fuimos a unos pueblos perdidos en las cordilleras de las rocas blancas
Los magos, los derviches y los juglares cantaban leyendas de antiguas gestas y héroes de la época de Alejandro Magno.
Los jóvenes se quedaban aprendiendo durante meses en las tiendas que los campesinos preparaban para ellos.
En esos cantos había algo más que una leyenda.
Estaba la luz de los antiguos.
Visitábamos aldeas fronterizas y cruzábamos mercancías de signo dudoso sobre las noches de piedras somnolientas.
Me alejé de aquellos jóvenes maleantes y poetas
y me fui con los magos danzantes de la pétrea cordillera.
El mago de la tribu me ayudó a conseguir una casita en la montaña para vivir y hacíamos pan de trigo sobre una piedra gris.
Me alimentaba de leche de cabra y pescaba en el río.
Bailé una noche una danza giratoria hasta sentir en cada poro de mi piel
Estrellas y galaxias y descubrí en los ojos de aquellos campesinos rudos una sabiduría de ojos despiertos y alertas. Ojos de criaturas eternas tallados en la soledad de las escarpadas montañas de aquel país. Y amé a una mujer de rasgos dulces y besos de luna de cuajada helada y miel caliente.
Así que decidí adoptar sus costumbres; me hice uno más de su pueblo.
Era con ellos que estaba mi vida.
Me puse un turbante y unos pantalones de lona blanca...

Importaban más sus manos y sus ojos,
Su voz y sus raíces y su viento helado y su risa cantarina que cascabeleaba sobre las piedras.
Es verdad que eran rudos y castigaban con severidad el vicio y la corrupción en las ciudades; pero si comparamos y ponemos en balanza, en mi país también se castigaba con la muerte, el error, la raza y la pobreza.

El país que me había adoptado se vio abocado a una guerra absurda.
No tuve mucho tiempo para pensar.
Yo tomé las armas al lado de los que ya consideraba míos,
El país invasor era mi país de origen.
El poderoso imperio de la nueva era.
Los ancianos de la tribu me dieron a elegir con total libertad.
Yo asumí la guerra de los pobres de las montañas.
Venían bombarderos todos los días y arrojaban toneladas de bombas que mataban niños y mujeres
Nuestras ciudades fueron arrasadas en un acto de guerra de exterminio.
Nuestra columna de guerreros fue diezmada, al final se nos acabaron las municiones.
Fui atrapado y encerrado en un campo de prisioneros.
Nos daban orines en vez de agua,
y por las noches heladas nos apaleaban hasta el cansancio.
Ellos decían querer imponer la libertad,
y decían que pronto traerían la televisión y los supermercados
y que el hombre en democracia americana reiría y cantaría de alegría.
Nosotros moríamos como moscas, hasta que una noche nos sublevamos.
Éramos trescientos, nos levantamos como fieras enjauladas. A mí me hirieron.
Cuando desperté, me di cuenta que habían matado a la gran mayoría.
Me interrogaron los soldados invasores...se dieron cuenta por mi acento que yo venía de una ciudad del imperio.
Me dieron la oportunidad de hablar o condenarme a la silla eléctrica.
Me llamaron apátrida y traidor.
Yo no tenía nada que agregar, yo no tenía nada que decir...me cortaron las barbas, raparon mi cabeza, sanaron la herida de mi pierna.
Me transportaron en un avión de guerra
Y luego a una prisión federal de máxima seguridad cerca de un acantilado –no estoy seguro–.
Espero un juicio difícil, y seguramente condenatorio; tienen en mi, a un chivo expiatorio.
En mi alma solo queda un silencio como de un valle o un río, una quebrada silenciosa, un viento helado de montaña.
Ya no veo a los pastores ni a los campesinos del trigo amargo.
Las cordilleras de las piedras del silencio azul.
El mundo se esta llenando de ruidos y voces
En la celda de al lado, un negro canta un gospel mortuorio.
Afuera, la ciudad en el desierto helado y giratorio,
iluminada esta para la muerte.


II


El mundo dice que hay dos muchachos equivocados. El mundo dice que hay un rebelde muerto de apellido Walker y un prisionero apátrida de apellido walker, que los dos están o estaban equivocados.

No me confundan señores y señoras, no escribo ni he escrito para defender un crimen, escribo y escribiré siempre para defender a un hombre. No he aporreado el teclado de una vieja maquina o de un novísimo computador para defender una causa filosófica o política, pero escribo en la alta noche desde cualquier ciudad en donde se refugien mis huesos para defender un sueño que pasa por la dignidad del hombre.

Hubo un Walker tambien obnubilado en un sueño de justicia, seguramente vendría de ese mismo tronco de guerreros e invasores; de bardos irlandeses, de borrachos luminosos. El Walker muerto hace doce años, dejo su último aliento en un pequeño pueblo de un país de Sudamérica y el otro fue hecho prisionero hace unos pocos años en un país del Medio Oriente durante una invasión del imperio. Dos seres en la distancia y el tiempo con un mismo apellido que refrenda la sangre, parecen dialogar dentro de una cuarta dimensión. El Mundo calla y respira, el mundo come y eructa, el mundo tiene la cara limpia y bien afeitada y ojos serenos y fieros de perro de presa. El mundo es el campo de tiro de un emperador que alimenta a sus fieles soldados con salchichas y banderitas de estrellas y los anima con bailarinas de play-boy. El mundo calla y agita los brazos de un general con bigotito ridículo y prominente panza sobre una insular megalomanía. De aquí no se pueden escapar. El mundo es una isla en la estepa sideral rodeado de planetas negros como un campo minado, sobre el que los niños juegan al fútbol con zapatillas de adidas. El alma del mundo esta tiritando en una trinchera bajo alambre cruzado.

Bien miremos hacia atrás, como lo decía más arriba, en un país de Sudamérica, hace una docena de años: Un joven de apellido Irlandés, de buena familia, se enamora de una causa justiciera. Está soltero, no tiene hijos y a pesar de haber sido bien educado ya que sus padres tenían dinero suficiente para pagarle una buena Universidad, renunció a su carrera de ingeniería. El país del sur estaba en guerra, una guerra del estado contra su propio pueblo. Moría la gente de hambre y no había trabajo para el pueblo, mientras la plutocracia descuartizaba el cadáver del sueño en el altar del dinero. El pueblo mendigaba, luego pasaba a acciones más decididas, entonces robaba, se organizaba, se sublevaba.

Circuló una corriente fresca de energía popular y renovadora dentro de las ciudades de aquel país suramericano y entonces nuestro joven de apellido Irlandés se enamoró de la causa, así que se hizo militante del sueño de la utopía social (esa ínsula aun no descubierta por los argonautas). Repartió panfletos, participó de resistencias cívicas y dio discursos en universidades y colegios. Pero esto no bastaba; a él se le exigía más y él quería más compromiso, así que vivió en pensiones de mala muerte, y conspiró dentro de los extramuros de la ciudad capital, y un día de octubre, frío y cenagoso, él y sus camaradas tomaron un pueblo para hacer propaganda revolucionaria. Entraron con pocas armas. Armas cortas, algunos revólveres y una vieja escopeta de caza. La policía llegó y rodeo el pueblo de aquel país del sur, colocaron retenes, llamaron refuerzos. Luego llegó el ejército. Algunos de los ciudadanos dieron la voz de alerta, otros colaboraron con las “fuerzas del orden” para señalar donde se refugiaban los rebeldes. Los fueron matando uno a uno. Los cazaron como a animales, a algunos que se rindieron los fusilaron en el acto, muy pocos de los alzados salieron con vida del cerco. El joven Walker del país del sur, luchó con valor hasta que fue herido. Cruzó una plaza allí le hirieron de nuevo. Como pudo, logró salir hasta las afueras del pueblo donde le remataron.
Varios helicópteros estaban sobrevolando el lugar de los hechos, uno de ellos aterrizó, bajaron varios soldados y le amarraron una soga a las piernas del Joven Walker. Después le patearon hasta dejarlo irreconocible. Los hombres del helicóptero alzaron el vuelo con el cadáver del joven Walker suspendido y dieron vueltas sobre la población, marcando con su sangre un círculo de miedo. Los diarios tomaron fotografías, algunas agencias de televisión también pudieron hacer tomas de estos sucesos, pero luego se autocensuraron por la crueldad de las escenas.

III

El mundo dice hay personas que están equivocadas, el emperador del mundo dice: “Hay que castigar con rigor ejemplar”, los ojillos del emperador del mundo buscan sangre y petróleo, la bocaza del gran emperador del mundo quiere engullir más, triturar más huesos, escupir más cabezas, bombardear con más eficacia; ¿para qué preocuparnos si después otros países reconstruirán y harán donativos? piernas de caucho, prótesis, raciones de comidas modificadas genéticamente. Después vendrán las tiendas de campaña para los damnificados; televisores, los avisos luminosos, los cines con sus ídolos y héroes que hablan en ingles. El mundo al norte se rasca la panza y se sienta al banquete. Al sur el mundo se hace más fiera contra las costillas de la tierra.

Había un joven de apellido Walker que andaba triste por la capital de un país del sur, con una rala barba como la de los personajes pintados en los cuadros de Puvis de Chavannes y se inclinaba de rodillas y esperaba con los ojos cerrados una luz que venía de un punto cardinal perdido más allá del desierto. De su boca no salió un grito. No tuvo miedo. Sabía que otro equivocado hermano surgiría en el tiempo cantando sobre el puente amarillo del silencio.

Todos ahora somos sospechosos de silencio, de boca cerrada con moscas mudas; de tener la piel roja manchada de arcilla negra o broncínea por el sol del trópico; todos ahora somos culpables del mundo que nos ha tocado, somos también culpables de las miradas esquivas, torpes, al suelo.
Todos ahora somos culpables de nuestras buenas conciencias arropadas, atrincheradas dentro de edificios, en donde el miedo vertical se almacena cada noche con un velo de buena conciencia. Todos somos culpables del destino de este mundo. Si no somos capaces de gritar y levantar el puño. Es hora del sueño, de la risa, de la mano extendida al cielo y al hermano.
Algunos dirán: “una consigna más”. Pero no, se trata de una voz. Se trata de la voz. De nuestras voces, una voz digna debería ser más eficaz que un manifiesto político. Una voz debería convocar más que un funeral.
La voz, de viva voz, debe ser el arma de los que están dispuestos a humanizar el mundo, devolverle una razón y un sueño. Dicen que la utopía es algo que se inventaron unos soñadores y que después destruyeron unos burócratas. Es posible, lo admito. Y ese recuerdo deberá estar siempre presente, como alerta, como advertencia. Pero además de eso, pienso que la utopía debería ser la forma permanente de la conciencia del hombre. La utopía es lo único que nos salva de la brutal realidad del presente.
Sabemos que nunca encontraremos el paraíso, pero sabemos que siempre estaremos luchando por él.
Nunca encontraremos el paraíso, ya lo habitamos y lo hemos convertido en un infierno.
Esta tierra-barca, nave-utopía que algún día llegará a las playas estelares de la galaxia. Es y será nuestro único y azul paraíso. Y al estar luchando por él, haremos menos duro y frío el invierno-infierno cotidiano.
Ya unos locos y desadaptados lanzaron un grito en Seathel, luego en Praga, en Barcelona, en Rió de Janeiro.
“¡Otro mundo es posible, otra globalización es posible!”,
“¡El mundo no esta en venta!”,
“¡No queremos vivir en un gran supermercado!”.
Al estar reinventando la utopía, nos estaremos reinventando como hombres. Es posible que la utopía sea un error necesario, una filosofía fallida en permanente re-visión y re-intención, un canto a capella esperando una melodía verdadera. La utopía como el amor, sabemos que no existe como perfección ideal, pero siempre le estaremos cantando, por que sabemos que sin él, ya estaríamos todos muertos.
Por eso invito a la utopía para cantar con los poetas estelares. La utopía deberá ser la lucha de los hombres por encontrar su voz y escuchar la voz de los otros, su dignidad y su esperanza. Cada generación trae un poco de la esquiva cosecha que recuerda los antiguos frutos de la utopía. Hoy se sabe, puede haber pan para todos en la mesa. Que técnicamente es posible, por que si el hombre ha inventado, ha perfeccionado y ha revolucionado los medios de producción y de distribución en la agricultura; estos deberían ser puestos al servicio del hombre y de la sociedad. La ciencia deberá ser la plataforma técnica que sirva a la sociedad en su proyecto social y espiritual de libertad. Y el pan… Tendremos que repartirlo, comenzado por el propio pedazo que nos ha tocado y después habrá que ir a los graneros y abrir las compuertas, para la utopía es necesario erradicar el hambre. y esa es una medida posible, plausible, probable, necesaria. El trabajo de los campesinos debe alimentar las bocas del sol y de la luna, y no servir de combustible a los tanques invasores del imperio. Un primer paso a la utopía es la gran cena en comunión fraterna sobre la mesa del mundo. ¿Será posible o tendremos que crucificar de nuevo al sueño y coronarlo de espinas?

Un niño nos mira desde todos los rincones del mundo. Respondamos, responde tú, respondan ustedes señores de la guerra, feudales de la infamia, traficantes del odio, terratenientes del miedo, mercaderes de la tecnología de la guerra, emperadores del petróleo y la miseria… ¡Respondan a ese niño ahora, o enfrenten a la vesania encolerizada y acorralada mañana!


O.G.R.

1 comentario:

Vanessa dijo...

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